Cuando el ocaso se cubrió de fuego,
te vi descender con paso de ensueño.
Tu vestido danzaba,
ligero y divino,
como si el cielo siguiera tu ritmo.
Los músicos callaron,
temiendo interrumpir
el arte perfecto de verte existir.
Y yo,
que del mundo nada esperaba,
sentí que en tus ojos la vida empezaba.
Tus manos buscaban la mía,
temblando,
como dos almas que ya se estaban llamando.
Giramos despacio,
sin tiempo,
sin fin,
bajo un sol que moría,
rendido ante ti.
Mas el baile cesó con un beso final,
tu nombre en mis labios fue sal y cristal.
Y supe,
amor mío,
con serena tristeza,
que danzar contigo fue mi última promesa.
Aún sueño a veces con aquella tarde,
donde el cielo nos vio y el amor arde.
Y aunque el ocaso ya nunca regrese,
mi alma,
en silencio...
aún te pertenece.
