La vieja casa aún guarda tu voz,
entre los muros murmura tu adiós.
Las sillas,
el piano,
la copa vacía,
me hablan de ti con melancolía.
Tu retrato pende junto al ventanal,
con tu risa intacta y tu mirar inmortal.
Y a veces,
al filo de la medianoche,
tu sombra camina,
leve,
sin reproche.
He jurado no llorar,
mas no puedo,
cuando el eco del pasado me da miedo.
Pues esta casa,
de amor y pecado,
es mi corazón...
deshabitado.
