En el lago dormía la luna cansada,
y el viento besaba su faz plateada.
Tus pies desnudos rozaban la orilla,
y el agua te amaba con fe sencilla.
Cantabas tan bajo que el mundo callaba,
y mi alma temblaba con lo que escuchaba.
Eras diosa y doncella,
pecado y ternura,
y en tus ojos danzaba toda mi locura.
Mas llegó el invierno,
helado y cruel,
y el lago cubrió tu canto de hiel.
Desde entonces voy cada noche al lugar,
donde tu voz aún parece cantar.
