Prólogo: Durante siglos, nuestro mundo ha convivido con el equilibrio del Bien y el Mal; sin embargo, una ruptura interdimensional provocó que los habitantes y monstruos que existen en todo el mundo se atacaran sin motivo alguno. Muchos pueblos de distintas razas perecieron y los monstruos, aquellos que eran dóciles y hostiles, se volverían despiadados con los humanos que viven en reinos. Ante la desesperación, un grupo conformado por hechiceros dio la propuesta de traer a guerreros de diferentes dimensiones a que lucharan por ellos, de una manera astuta para no perder más gente inocente. Y la solución fue mediante la creación de portales con la capacidad de desafiar las leyes y fronteras universales; todos los reinos accedieron a cooperar con los recursos, pero lo que no tenían en mente era el peligro absoluto que traerían al iniciar la invocación
En el centro del arco de invocación, bajo en el subsuelo de un castillo, la luz de la luna iluminaba toda la estructura. Elara y Thorne, dos hechiceros encargados de iniciar pronto el prototipo, se erguían frente al portal naciente. El aire olía a ozono y ceniza antigua. Las runas grabadas en el suelo palpitaban como venas expuestas.
—¿Estás seguro de que esta vez no nos matará a todos? —preguntó en voz baja, casi un susurro que se perdía en el zumbido creciente.
Thorne no apartó la mirada del vórtice. Su mano temblaba ligeramente para ajustar el último cristal de enfoque.
—No hay certeza en la magia interdimensional, Elara. Lo sabes mejor que yo. Pero si no lo intentamos... nuestra hija crecerá en un mundo que ya no existe. —Hizo una pausa, tragando saliva—. Lo último que quiero es repetir el error de hace cinco años.
Ella soltó una risa amarga, sin humor.
-¿Error? Casi mataste a medio gremio con tu "solución heroica". Y ahora pretende que confie en que no traeremos otro horror.
Thorne se volvió hacia ella por fin. Sus ojos, normalmente firmes, brillaban con algo parecido al arrepentimiento.
—No pretendo que confíes ciegamente. Solo... que me des una oportunidad más. Por Thamara. Por lo que queda de nosotros. —Extendió la mano hacia la de ella y, acercando sus labios, la besó; un tibio y reconfortante beso la calmaría, pero Elara retrocedió un paso.
—No me beses. No hasta que vea qué sale de ahí.
El portal se estabilizó con un chasquido sordo, como un hueso rompiéndose. Una silueta vaga comenzó a perfilarse en el interior: alta, delgada, con contornos que no pertenecen a todo este mundo.
Thorne sonó débilmente, intentando sonar convincente.
—Mira. Es un héroe. Lo siento en la energía. Esta vez... esta vez será diferente.
Elara no respondió. Solo vi, el corazón latiéndole en la garganta, mientras la figura daba un paso adelante, invisible aún para ellos en la penumbra.
—Eh, Thorne... Dijo con una voz temblorosa.
—Eh, ¿qué sucede, Elara, creo que viste un monstruo? —él bromeó al darle la espaldaal portal. —Vamos, mujer, el invento funcionó, solo debemos darle la bienvenida.
Ante esas palabras, un presentimiento de peligro recorrió el cuerpo del hechicero; Un silencio abrupto paralizó el entorno por completo. Su esposa abriría con susto y asombro cómo una mano atravesó el portal y después una figura humanoide pasaría sin problemas el portal. Thorne, ante la mirada perdida de ella, giraría lentamente la cabeza. Lo que tenían en frente era algo totalmente distinto a un humano común.
Suapariencia era bípeda igual a la de ellos, pero lo que lo distinguía eran sus pies, manos y torso para arriba; todo tenía una forma que no comprendía, en especialsu cara; era muy atemorizante para describir. El invasor dio un paso al frente y, volteando su cabeza, contempló el portal en todas partes. Él estaría tranquilo comosi analizara la estructura que lo trajo. Elara y Thorne, ambos sin dar un movimiento brusco, retrocederán despacio para no alertarlo y buscar ayuda a los guardias; no obstante, un gruñido del humanoide los alertaría.
Elara no respondió. Solo observaba, el corazón latiéndole en la garganta, mientras la figura daba un paso adelante, aún invisible en la penumbra.
—Eh, Thorne... —dijo con voz temblorosa.
—Oye, ¿qué sucede, Elara? ¿Crees que viste un monstruo? —bromeó él, dándole la espalda al portal—. Vamos, mujer, el invento funcionó. Solo debemos darle la bienvenida.
Pero un presentimiento helado recorrió la espalda de Thorne. El silencio se hizo absoluto, pesado. Elara abrió los ojos con susto y asombro: una mano larga y de dedos irregulares atravesó el velo del portal. Luego, sin esfuerzo, surgió una figura humanoide completa.
Thorne giró lentamente la cabeza. Lo que tenían enfrente no era humano.
Bípedo como ellos, sí, pero desde los pies hasta el torso y la cabeza todo era... equivocado. Piel que parecía cambiar de textura bajo la luz, extremidades demasiado articuladas, y una cara que no se dejaba describir del todo: era puro contenido de terror. El invasor dio un paso al frente y giró la cabeza, inspeccionando el portal y el círculo de runas como si evaluara una máquina.
Elara y Thorne retrocedieron despacio, sin movimientos bruscos, buscando no alertarlo mientras se dirigían hacia la salida para llamar a los guardias. Pero un gruñido bajo vibró en el aire.
—Elara, corre. Avísales a los demás hechiceros. Yo lo entretengo.
—¡Estás loco! No sabes de qué es capaz.
—Confía en mí. No conoce nuestra magia. Será fácil contenerlo —dijo Thorne, forzando una sonrisa confiada.
Ella dudó un segundo, luego giró y corrió hacia las escaleras. Thorne alzó las manos: cadenas de energía azul brotaron del suelo y se lanzaron hacia el humanoide.
Una nube de polvo se levantó del impacto. Thorne frunció el ceño. No había subestimado la velocidad del ser: simplemente no la había anticipado. En un parpadeo, una extremidad afilada atravesó su pecho, directo al corazón.
Elara llegó a la entrada de las escaleras y se volvió. Su mirada se quebró al ver la escena: el invocado, inclinado sobre el cuerpo de su esposo, devorándolo con una calma metódica y brutal.
—¡Nooo, Thorne! —gritó Elara con un desgarro que resonó en las piedras del círculo, al comprender el horror del error que habían cometido.
Ante el trágico suceso, el rey decretó la clausura inmediata del proyecto del portal. Cualquier intento futuro requeriría la supervisión estricta del reino entero. Del primer invocado, sin embargo, no se supo nada de su paradero en los días —ni en los años— siguientes. La grieta se selló, y el silencio cayó sobre el mundo... por un tiempo.
Cinco años habían transcurrido desde que la grieta se selló y el mundo intentó olvidar al primer invocado. En los bosques cálidos y densos del sur, donde la luz del sol se filtraba en rayos dorados entre hojas gigantes, un Emela-Ntouka huía a toda velocidad. Sus pezuñas golpeaban la tierra húmeda, levantando barro y hojas muertas. Algo lo perseguía: una presencia silenciosa, implacable.
El monstruo se lanzó entre unos arbustos espesos, agachándose para camuflarse entre raíces y sombras. Su respiración agitada se calmó por un instante. Creyó haberlo perdido.
No fue así.
Una silueta alta emergió detrás de él sin un solo ruido. Jherka, el humanoide de piel cambiante y ojos que brillaban como brasas frías, rugió bajo. El emela-ntouka giró, pero ya era tarde: una lanza de aleación oscura voló recta y se clavó en su corazón con un crujido húmedo. El animal soltó un último rugido gutural —¡Rooaarrgh!— antes de desplomarse, temblando en el suelo.
Jherka se acercó sin prisa. Extrajo la lanza con un movimiento fluido, limpió la sangre negra en la hoja del monstruo y cargó el cadáver sobre su hombro como si no pesara nada. El olor metálico de la sangre se mezclaba con el aroma terroso del bosque. Sin mirar atrás, se dirigió hacia las profundidades, donde la vegetación se volvía más espesa y el sol apenas llegaba.
Allí, semioculta por enredaderas y un campo de camuflaje óptico, aguardaba su nave: una estructura alargada, orgánica y metálica a la vez, como si hubiera crecido del suelo mismo. Jherka activó la entrada con un gesto de su mano. La puerta se deslizó con un siseo suave.
Dentro, el pasillo era ancho y tenuemente iluminado por luces azuladas que pulsaban al ritmo de su paso. Arrastró el cuerpo hasta la sala central: una mesa amplia ocupaba el medio. Dejó caer la presa con un golpe sordo y, sin ceremonias, cortó trozos de carne con una herramienta afilada. Se sentó y comió brochetas asadas directamente del fuego interno de la nave, masticando con calma metódica.
Terminó y se dirigió al puente de mando. Se sentó frente a la consola principal.
—Bay-ohma, actívate —dijo con voz profunda y grave.
Una interfaz holográfica se materializó: un rostro etéreo, femenino, de líneas suaves y ojos luminosos.
—¿Qué desea, señor? —respondió con tono sereno, casi maternal.
— ¿Cómo está el sistema de camuflaje y energía?
—Al 93 %, señor. Estable, pero el consumo aumenta con cada ciclo prolongado.
—¿Suministros de la nave?
—Al 80 %. Reparaciones pendientes en un 57 %. Nada crítico... aún.
Jherka soltó una risa seca, sin humor.
—Como lo supuse. ¿Alguna novedad sobre el regreso a casa?
La IA vaciló un segundo, algo inusual en ella.
—Aún no hay resultados viables, señor. Ninguna señal de coordenadas compatibles ni energía suficiente detectada.
—Maldición... —murmuró, frotándose la sien—. ¿Podemos fabricar una forma de volver? ¿Con lo que hay aquí?
—Posible, pero requeriría recolectar materiales raros o una fuente de energía masiva. Algo que este mundo podría proveer... si se busca más allá de la barrera.
Jherka miró por la ventana holográfica: el bosque infinito, hostil y ajeno.
—Comprendo. Prepare lo necesario, Bay-ohma. Haré un viaje largo. Más allá del bosque. Este lugar está lleno de humanos y monstruos. Enviaré datos recolectados cuando regrese.
—En seguida, señor. ¿Deseas el traje de combate y caza?
—Exacto —dijo con una sonrisa torcida, casi orgullosa—. Abra el compartimento 306. Y active todas las defensas. Si algo se acerca y quiere curiosear esta tecnología... no lo permitas.
—Sí, señor. Protocolo de autodestrucción listo si es necesario. Transferiré mi conciencia al traje en caso de brecha crítica.
Jherka se levantó, ajustándose el traje que emergía del compartimento: placas oscuras que se adaptaban a su forma como una segunda piel. Se detuvo en la entrada de la nave, mirando el bosque que lo esperaba.
—Esto va a ser jodidamente interesante —murmuró, con un brillo de determinación en los ojos.
Y salió, dejando que la puerta se cerrara tras él con un clic definitivo.
Fin del capítulo.
