El viento siberiano soplaba con una violencia renovada, arrastrando consigo el olor metálico de la sangre y el ozono residual de los ataques de Aurion. En el centro del cráter, Ryuusei terminaba de recomponer su pierna, un proceso que dejaba su piel humeante y sus nervios al rojo vivo. A pocos metros, John Valmorth jugueteaba con su hoja de oscuridad, observando al chico con una mezcla de fascinación y desprecio.
Aurion, suspendido en el aire como un sol artificial, no compartía la ligereza de John. Sus ojos dorados no se apartaban de Ryuusei. Él había visto cómo el chico se regeneraba después de ser decapitado; había sentido la oscuridad de Snow bullendo bajo la superficie.
—John —dijo Aurion, su voz resonando con una gravedad que hizo que la nieve dejara de caer por un instante—. No te confíes. Ese chico es fuerte. No es una anomalía común; es algo que muerde cuando crees que ya lo has matado. He intentado incinerarlo y decapitarlo, y aquí sigue.
John soltó una risita seca, sin dejar de mirar a Ryuusei.
—Tranquilo, viejo. Los fuertes suelen ponerse nerviosos cuando ven algo que no comprenden. Pero yo comprendo perfectamente lo que tengo delante —John dio un paso hacia Ryuusei, bajando su arma pero manteniendo una postura de dominio absoluto—. Antes de que sigamos con esta "pelea", cachorro, creo que necesitas una lección de historia. Estás muy perdido en este mundo de poderes, y me ofende que alguien tan... peculiar sea tan ignorante.
John extendió una mano, señalando el horizonte desolado de Rusia, pero su mente parecía viajar mucho más atrás en el tiempo.
—Todo empezó alrededor del inicio de la Primera Guerra Mundial —comenzó John, su tono volviéndose narrativo—. Esa gran carnicería en Europa. Fue ahí donde aparecieron los primeros en manifestar habilidades evidentes. Pero no te imagines dioses, Ryuusei. Eran hombres con un poco más de fuerza de lo normal, una velocidad limitada que apenas superaba a la de un caballo. Rudimentarios, apenas más que atletas mejorados. Los llamaron "héroes"... qué patético. Esa fue la Primera Generación. Carne de cañón con esteroides naturales.
John caminó en círculo alrededor de Ryuusei, quien lo seguía con la mirada, apretando los mangos de sus martillos.
—Luego vino la Segunda Guerra Mundial —prosiguió John, y su expresión se volvió más sombría—. Ahí el poder evolucionó hacia algo más insidioso: la habilidad de moldear mentes, de mover masas con la sola vibración de la voz o la presencia. La Segunda Generación. ¿Has oído hablar de Hitler? Su oratoria no era solo persuasiva, Ryuusei. Era una forma de control psicológico a escala nacional, una resonancia que doblegaba voluntades. Aterrador a su manera, sí. Otros políticos y líderes de la época tenían manifestaciones sutiles de esa influencia antinatural, pero Hitler... él aprovechó su poder al máximo para incendiar el mundo.
John se detuvo frente a Aurion, señalándolo con un gesto desdeñoso.
—Tiempo después, el poder se volvió más... mundano. Elemental. Fuego, agua, tierra. Control directo sobre las fuerzas básicas de la naturaleza. Poderes de combate más convencionales, fáciles de clasificar y vender al público. La Tercera Generación. Son abundantes, predecibles... aburridos.
El tono de John cambió drásticamente. El desprecio desapareció, reemplazado por un orgullo gélido e inherente a su linaje. Sus ojos rojos brillaron con una luz propia.
—Y entonces... llegó la Cuarta. Marcó el inicio de los años 2000, nuestra era actual. Individuos con un nivel de poder crudo que no se había visto en siglos. Un punto de inflexión evolutivo.
John miró directamente a Aurion, quien permanecía en silencio, inalterado por la clasificación.
—Aurion —lo nombró John—. Inmenso. Un cataclismo andante. Un faro para los débiles. Aunque... si me preguntas a mí, ya es un poco obsoleto para ser la cúspide de la evolución. Su era está declinando, aunque él se niegue a aceptarlo. —John soltó una leve mofa antes de señalarse a sí mismo—. Y luego estamos nosotros. Los Valmorth de Linaje Primigenio. Nosotros somos el verdadero rostro de la Cuarta Generación llevada al límite. Poderes que van más allá de lo elemental o lo político. Nosotros somos la creación y la destrucción a un nivel fundamental. Nosotros no solo pertenecemos a esta era, Ryuusei... nosotros representamos su pináculo.
John volvió su atención completamente a Ryuusei. Su mirada ya no era de burla, sino puramente analítica, como si estuviera diseccionando una aberración fascinante en un laboratorio.
—Pero tú... —dijo John, y por primera vez hubo una nota de genuina perplejidad bajo su arrogancia—. Tú eres raro. No encajas en el molde de ninguna de estas eras. Esa regeneración tuya... no es simple curación acelerada como la de un Primera Generación. Es algo más primitivo, más brutal. Una reescritura constante de tu propia carne, como si tu cuerpo se negara a aceptar las leyes del tiempo y el daño. Y sí... es claramente dolorosa. Se nota en tu olor, en cómo vibran tus músculos. Eres una Quinta Generación, Ryuusei. Una Singularidad. O tal vez... —John sonrió con malicia— tal vez incluso algo más alto, una Sexta que nació antes de tiempo. Pero bueno... ya basta de hablar. Las lecciones de historia se pagan con sangre.
—¡Empecemos! —rugió John.
Pero Ryuusei ya no estaba para juegos, ni para lecciones, ni para sermones sobre su linaje. El dolor de la pierna cortada, la humillación de Aurion y la arrogancia de John habían cocinado un caldo de cultivo de pura rabia en su interior. Snow rugía en su mente, y esta vez, Ryuusei no lo detuvo.
Antes de que John pudiera siquiera levantar su hoja de oscuridad, Ryuusei desapareció.
No fue un salto de teletransportación común. Fue un estallido de velocidad que dejó una grieta en el suelo. Ryuusei apareció en el espacio personal de John, a milímetros de su rostro.
—¡¿Quién es el cachorro ahora?! —rugió Ryuusei.
John, sorprendido por la velocidad, intentó levantar su arma, pero Ryuusei fue más rápido. Soltó uno de sus martillos y, con su mano libre, le propinó un puñetazo cargado con toda su fuerza directamente en la nariz de John. El sonido del hueso rompiéndose fue como el disparo de un rifle.
John salió disparado hacia atrás, pero Ryuusei no lo dejó escapar. Se teletransportó de nuevo, apareciendo sobre él en el aire, y descargó el Martillo directamente sobre el pecho de John, mandándolo contra el suelo con una fuerza que creó un nuevo cráter.
Ryuusei aterrizó sobre John antes de que este pudiera recuperarse. Con una furia ciega, empezó a descargar una lluvia de golpes sobre el rostro del Valmorth. La cara perfecta de John, esa que presumía de superioridad divina, empezó a deshacerse. Ryuusei le destrozó los pómulos, le partió el labio y le cerró un ojo de un golpe. La sangre "pura" de los Valmorth manchaba la nieve, y no era dorada ni brillante; era tan roja y mundana como la de cualquiera.
John intentó invocar su oscuridad, pero Ryuusei le agarró el cuello y lo estampó contra una roca, volviendo a golpearle la cara una y otra vez.
—¡Mírame! —gritaba Ryuusei, su máscara de Yin y Yang a centímetros de la cara ensangrentada de John—. ¡Mírame bien! ¿Esto es lo que llamas ser "obsoleto"? ¿Esto es tu "pináculo"? ¡Solo eres carne, John! ¡Carne que puedo romper!
Ryuusei levantó su martillo para dar el golpe de gracia, imbuyéndolo con una energía negra que parecía devorar la luz de Aurion. Iba a aplastar la cabeza de John contra el hielo ruso.
—¡SUFICIENTE! —La voz de Aurion bajó del cielo como un martillo de luz.
Antes de que Ryuusei pudiera descender el arma, Aurion aterrizó entre ambos con un impacto que separó a Ryuusei de John por pura presión de aire. Aurion extendió su mano, y una barrera de calor sólido empujó a Ryuusei hacia atrás, obligándolo a soltar al maltrecho Valmorth.
Aurion se puso frente a John, quien tosía sangre y trataba de recomponer sus facciones destrozadas con una expresión de shock total. Nunca nadie lo había tocado así. Nunca nadie lo había humillado.
Aurion miró a Ryuusei. Sus ojos dorados ya no tenían rastro de burla, solo una advertencia final.
—Detente ahora, Kisaragi —dijo Aurion, y su voz era una sentencia—. No te metas en más problemas de los que puedes manejar. Ya has demostrado tu punto, pero si matas a un Valmorth aquí y ahora, no habrá rincón en este planeta, ni sombra en la que te escondas, que te salve de lo que vendrá. No solo yo te cazaré; la familia entera convertirá este mundo en cenizas para encontrarte.
Ryuusei, jadeando, con la adrenalina quemándole las venas y los nudillos cubiertos de la sangre de John, mantuvo su postura de combate. Estaba listo para pelear contra los dos si era necesario.
Aurion dio un paso adelante, envolviéndose en una luz tan intensa que Ryuusei tuvo que cubrirse los ojos.
—Vete, Ryuusei —ordenó Aurion—. Llévate a tu equipo y desaparece en los agujeros de donde salieron. Disfruta tu pequeña victoria en Rusia, porque será la última. La próxima vez que nos encontremos... no habrá charlas sobre generaciones. No habrá advertencias. No dudaré. Te mataré antes de que puedas siquiera pensar en regenerarte.
Ryuusei miró a John, quien lo observaba desde el suelo con un odio que prometía mil años de tortura, y luego miró a Aurion. Sabía que no podía ganar contra ambos en ese estado, especialmente con su equipo aún recuperándose de la batalla en el búnker.
—Nos volveremos a ver, "tío" Aurion —escupió Ryuusei, guardando sus martillos—. Y para entonces, asegúrate de que tu sol no se haya apagado.
Ryuusei lanzó una daga de teletransportación hacia el horizonte y, en un parpadeo de energía púrpura, desapareció del cráter.
Aurion se quedó solo con John. El Valmorth se puso en pie lentamente, limpiándose la sangre de la cara con el dorso de la mano. Sus ojos rojos ardían con una promesa de muerte.
—Ese cachorro... —susurró John, su voz temblando de rabia—. Ese cachorro acaba de firmar su sentencia de muerte. Nadie le hace esto a un Valmorth y vive para contarlo.
