El fragor de la batalla había sido reemplazado por un silencio sepulcral, solo roto por el silbido del viento que barría la nieve ensangrentada. Aurion, con el rostro contraído en una mueca de frustración contenida, cargaba el cuerpo de John Valmorth mientras sobrevolaba los restos de la estepa rusa. No se dirigía a una base militar, sino a un punto de encuentro coordinado en las sombras de un bosque de pinos congelados.
Al aterrizar, una figura los esperaba junto a un transporte furtivo de tecnología avanzada. Se trataba de un hombre mayor, de porte impecable a pesar del clima extremo. Tenía el cabello blanco como la escarcha y unos ojos negros penetrantes que delataban su herencia: era un mestizo, alguien que no poseía la "pureza" total de los Valmorth, pero que servía a la familia con una lealtad absoluta. Su nombre era Luigi, el mayordomo personal de la rama principal de la familia.
Aurion dejó a John en el suelo. Para sorpresa del "Héroe de Japón", las heridas del joven Valmorth ya se habían cerrado. Su piel estaba limpia de moretones y su mandíbula volvía a estar en su lugar; la regeneración de un Quinta o Sexta generación era, en efecto, un milagro biológico. John se puso en pie, sacudiéndose la nieve del abrigo con una elegancia recuperada, aunque sus ojos rojos aún ardían de odio.
—Gracias por la ayuda, tío —dijo John, acomodándose el cuello de la camisa—. Y por favor... hazme un favor personal. No le digas ni una palabra de esto a mi madre. Me ocuparé de ese tal Kisaragi a mi manera, sin que ella se entere de que un "cachorro" me tocó la cara.
Antes de que Aurion pudiera responder, Luigi dio un paso adelante y, con una rapidez asombrosa, le propinó un golpe seco y sonoro en la espalda a John. El joven Valmorth se tambaleó, soltando un quejido de sorpresa.
—Su madre se va a enterar de absolutamente todo esto, Joven John —sentenció Luigi con una voz gélida y profesional—. Usted abandonó sus responsabilidades en Dinamarca por un capricho de sangre. Ha sido humillado en combate y ha puesto en riesgo el anonimato de sus movimientos. No hay fiesta lo suficientemente larga para ocultar este desastre.
—¡Luigi, por favor! —suplicó John, su arrogancia desapareciendo frente al mayordomo—. Sabes cómo es ella. Me encerrará en el complejo de entrenamiento con Hiroshi durante meses. ¡Dile que me caí en un club o algo así!
Luigi lo ignoró por completo. Se giró hacia Aurion y, con un gesto de cortesía, le entregó una maleta de metal reforzado. Al abrirla, el brillo del dinero y los lingotes de platino iluminaron el rostro del héroe.
—Por las molestias causadas a la Asociación, señor Aurion —dijo Luigi—. Considere esto una compensación por el tiempo perdido y por su... discreción. Nos retiramos.
Sin más palabras, Luigi empujó suavemente a John hacia el interior del transporte. Aurion se quedó solo en el bosque, viendo cómo la nave desaparecía en el cielo gris. Tenía las manos llenas de riqueza, pero el alma llena de una inquietud que el dinero no podía calmar.
En otro punto del valle, lejos del centro de mando, Ryuusei se dejó caer sobre una roca negra. Sus manos temblaban tanto que apenas pudo desabrochar los cierres de su máscara de Yin y Yang. Cuando finalmente se la quitó, el aire gélido golpeó su rostro sudoroso y manchado de lágrimas.
Empezó a llorar. No era un llanto de alivio, sino de una impotencia corrosiva.
—Soy débil... —susurró, con la voz rota—. No he mejorado nada. Snow me dio el poder, Sterling me dio el traje, Aiko creyó en mi... y aun así, John me cortó como si fuera papel. Aurion me manejó como a un juguete.
Se sentía pequeño en un mundo de gigantes. La regeneración le permitía seguir vivo, pero el dolor del fracaso no sanaba tan rápido como sus huesos. En su mente, seguía viendo la sonrisa de John y la mirada de desprecio de Aurion. Se sentía un fraude, un niño jugando a ser soldado en una guerra de dioses.
De repente, un vibrido en su bolsillo rompió su trance. Sacó su teléfono táctico. Era una llamada encriptada desde Ottawa.
—¿Hola? —respondió Ryuusei, tratando de limpiar su voz.
—¡Ryuusei! ¡Hijo, lo lograste! —La voz del Primer Ministro Sterling estalló de alegría al otro lado de la línea—. ¡Las noticias están volando! Japón ha iniciado una retirada oficial del frente ruso. Las imágenes de sus satélites muestran a sus tropas retrocediendo hacia la costa. ¡Has ganado, Ryuusei! ¡Has humillado a la AHJ en su propio juego!
Ryuusei cerró los ojos, sintiendo un peso inmenso sobre sus hombros. —No fui yo solo, señor... fue el equipo.
—No seas modesto, las lecturas de energía en ese valle fueron masivas. Escucha —el tono de Sterling bajó un poco, volviéndose más informativo—. Cuando te fuiste, tuvimos un pequeño contratiempo aquí. Hubo un corte de luz masivo en todo el país, un apagón digital que duró una hora. En medio del caos, detectamos a unos adolescentes, unos chicos con firmas de energía extrañas, intentando infiltrarse en la Base Genbu. Al parecer, buscaban algo en los servidores antiguos. Pero no te preocupes, mis guardias de élite ya los echaron. No pasaron de la primera valla.
Ryuusei frunció el ceño. ¿Adolescentes atacando una base militar durante un apagón nacional? Era demasiada coincidencia.
—Gracias por el aviso, señor Ministro —dijo Ryuusei—. Regresaremos a Canadá en unos días. Solo... necesito terminar unas cosas aquí.
Al colgar, Ryuusei escuchó un crujido en la nieve. Se puso en guardia instantáneamente, pero lo que vio lo hizo sonreír por primera vez en horas. Un pequeño arbusto con piernas cortas corría hacia él a toda velocidad, agitando sus pequeñas ramas.
—¡JEFE! ¡JEFE! —gritó el pequeño Sylvan, saltando directamente a los brazos de Ryuusei.
Ryuusei lo atrapó, sintiendo la textura áspera y cálida de la corteza del elemental. Sylvan estaba radiante, sus ojos verdes brillaban con una excitación salvaje.
—¡Jefe! ¡Maté a muchos hombres malos! —exclamó Sylvan con orgullo—. Eran ruidosos, pero luego dejaron de gritar. Y... y tenían un sabor extraño, como a metal, ¡pero me los comí todos! ¡Soy el más fuerte!
Ryuusei sintió un escalofrío. Acarició la cabeza de ramas del pequeño. —Sylvan... escucha. Eso de comer personas... está mal. No puedes hacerlo cuando volvamos a casa, ¿entendido? Es peligroso y no es lo que hacen los héroes.
Sylvan ladeó la cabeza, confundido, pero luego asintió vigorosamente. —¡Está bien! Si el Jefe dice que no es rico, no lo comeré. ¡Pero ganamos, Jefe!
A lo lejos, Ryuusei vio aparecer dos siluetas más. Amber Lee caminaba con su paso felino, seguida por un Volkhov que, a pesar de estar cubierto de pólvora y sangre ajena, mantenía su porte de soldado profesional. Poco a poco, el resto del equipo —Bradley, Ezequiel, Kaira, Aiko, Brad y Charles— fue apareciendo por la ladera. Estaban heridos, exhaustos y sucios, pero estaban vivos.
Ryuusei suspiró, sintiendo que un nudo en su pecho se aflojaba. No importaba su debilidad personal en ese momento; su equipo, su familia elegida, había sobrevivido al infierno.
Cinco días después, el ambiente en Rusia había cambiado por completo. Lo que antes era un frente de guerra se había convertido en un camino de victoria. El equipo de la Operación Kisaragi viajó hacia la capital, escoltados por lo que quedaba del ejército ruso que ahora los miraba con una mezcla de temor y adoración divina.
Al entrar en la Plaza Roja de Moscú, la escena era surrealista. Miles, tal vez cientos de miles de personas, se habían agolpado en las calles. No había soldados japoneses a la vista; solo un mar de banderas rusas y pancartas hechas a mano.
—¡Miren eso! —exclamó Charles, señalando a la multitud.
Había carteles que decían: "Gracias, Kisaragi", "El fin del Sol Japonés", "Rusia es libre". Pero lo que más impactó a Ryuusei fue ver a los niños. Cientos de pequeños corrían por las calles llevando réplicas de cartón o plástico de su máscara de Yin y Yang. El símbolo del equilibrio se había convertido en el símbolo de la resistencia mundial.
—¡Ryuusei! ¡Ryuusei! ¡Nuestro nuevo Rey! ¡Nuestro Presidente! —gritaba la multitud al unísono, un rugido que hacía vibrar los edificios históricos.
Sylvan se bajó del hombro de Ryuusei y empezó a jugar con los niños rusos, quienes lo rodeaban asombrados, tocando sus hojas y riendo. Volkhov, por su parte, no perdía el tiempo. A pesar de la solemnidad del momento, el francotirador no paraba de guiñarles el ojo a las chicas rusas que le lanzaban flores, disfrutando de su nuevo estatus de héroe de guerra.
Sin embargo, el ambiente de celebración tenía un límite sombrío. El grupo fue conducido hacia la Catedral de San Basilio, donde se llevaba a cabo el funeral de estado del fallecido Presidente Ruso, quien había sido asesinado por un ataque directo de Aurion al inicio de la invasión.
El ataúd estaba cubierto con la bandera nacional, rodeado de una guardia de honor que mantenía sus cabezas bajas. Ryuusei se mantuvo al fondo, con su máscara puesta, sintiendo que no pertenecía a ese lugar de duelo político. Él solo era un chico que quería proteger a sus amigos, y cumplir su pacto.
Pasadas unas horas de ceremonias y llantos, un grupo de hombres vestidos de negro, con rostros severos y cicatrices de batalla, se acercó a Ryuusei. Eran los altos mandos del consejo de defensa y los líderes de la resistencia civil que habían sobrevivido.
—Señor Kisaragi —dijo el hombre que parecía liderar el grupo, su voz resonando con un respeto profundo—. El pueblo ruso no tiene un líder. Aurion nos quitó a nuestro presidente y nos humilló, pero usted nos devolvió el honor. Ha demostrado ser más fuerte que el "Dios" de Japón.
Ryuusei se quedó callado, sintiendo una premonición extraña.
—Queremos que suba al estrado ahora mismo —continuó el hombre—. El mundo entero nos está mirando a través de las cámaras. Queremos que diga unas palabras... y queremos hacerle una propuesta formal frente a nuestra nación. Señor Kisaragi... el Consejo de Transición ha decidido que usted es el único con la fuerza y la integridad para guiarnos. Queremos que sea el nuevo Presidente de la Federación Rusa.
El silencio cayó sobre el grupo de amigos de Ryuusei. Bradley abrió la boca de par en par, Kaira miró a Ryuusei con una mezcla de preocupación y asombro, y Ryuusei... Ryuusei sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
Él solo tenía 17 años. Solo quería volver a Canadá y comer algo caliente. Y ahora, una de las potencias más grandes del mundo le estaba ofreciendo una corona en medio de un funeral.
—Yo... yo no sé... —balbuceó Ryuusei, mirando a la multitud que esperaba ansiosa una respuesta.
Ryuusei miró su máscara de Yin y Yang en sus manos. La luz y la oscuridad. La paz y la guerra. El peso del mundo acababa de caer sobre él, y Aurion ya no era su único problema; ahora, tenía que decidir si quería ser un héroe o un gobernante.
