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Chapter 167 - El Precio de la Arrogancia

El grito de Ryuusei se extinguió en un gemido ronco mientras se desplomaba sobre la nieve, que ahora hervía por el calor de la sangre que brotaba de su pierna seccionada. El dolor no era solo físico; era una humillación que calaba hasta el alma. Aurion, el Dios Sol de Japón, se mantenía suspendido a unos centímetros del suelo, pero su atención ya no estaba en el chico mutilado. Sus ojos dorados estaban fijos en la figura que acababa de emerger de la ventisca con una calma insultante.

—¡Muéstrate! —rugió Aurion, y su voz hizo que el aire vibrara con la intensidad de una llamarada—. ¿Quién se atreve a intervenir en mi ejecución?

La figura caminó con paso lento, envainando una hoja que parecía hecha de obsidiana líquida. Al salir de la bruma de nieve, la luz de Aurion iluminó a un joven de porte aristocrático, con una elegancia que contrastaba violentamente con la carnicería a su alrededor. Tenía una sonrisa ladeada, cargada de una confianza que solo posee alguien que sabe que es intocable.

—Tranquilízate, viejo enojón —dijo el recién llegado, sacudiéndose un poco de nieve del hombro—. Te va a dar un infarto solar si sigues gritando así. No es bueno para la piel.

Aurion se quedó petrificado. La luz que emanaba de su cuerpo parpadeó, un signo inaudito de inestabilidad emocional. Solo había una persona en el mundo que se atrevería a hablarle con ese tono de burla casual, y solo una familia que tenía el poder para respaldar tal insolencia.

—John... ¿John Valmorth? —la voz de Aurion bajó varias octavas, pasando de la furia al desconcierto, e incluso a un rastro de temor genuino.

Aurion se olvidó por completo de Ryuusei. El chico de la máscara de Yin y Yang seguía en el suelo, sujetándose el muñón mientras su piedra de regeneración trabajaba a marchas forzadas, emitiendo un humo negro y denso. Pero para Aurion, Ryuusei ya no existía. Frente a él estaba un miembro de la familia Valmorth..

Aurion descendió hasta tocar tierra y se acercó a John con pasos rápidos.

—¿Qué haces aquí, John? —preguntó Aurion en voz baja, casi en un susurro—. ¿Por qué no estás en Dinamarca? Se supone que deberías estar bajo la supervisión de tus hermanos y de tu madre. Si Laila se entera de que estás en un frente de guerra activo sin escolta...

John soltó una carcajada melódica y despreocupada, metiendo las manos en los bolsillos de su abrigo de diseño.

—Relájate, tío Aurion. Mi madre no se va a enterar de nada. Ella cree que me fui a una de esas fiestas en Copenhague que duran dos o tres días. Ya sabes cómo soy, el "hijo rebelde" que solo piensa en el champán y la música —John guiñó un ojo—. Mientras no cause un incidente internacional demasiado ruidoso, estoy a salvo. Pero el aburrimiento en casa era insoportable, y escuché que estabas teniendo problemas con una "hormiga" especialmente molesta en Rusia.

John giró la cabeza, dirigiendo su mirada hacia el cráter donde Ryuusei intentaba desesperadamente ponerse en pie. Sus ojos, del rojo más intenso que Ryuusei había visto jamás, brillaron con una curiosidad depredadora.

—¿Así que este es el famoso problema? —preguntó John, señalando con la barbilla al chico herido—. Parece un poco... desordenado.

Aurion asintió, recuperando un poco de su compostura. —Es el tipo que ha estado dándole problemas a la Asociación estos últimos meses. Se hace llamar Ryuusei. Es una anomalía.

John se acercó al borde del cráter. Ryuusei, sudando y pálido, logró apoyar su peso en su pierna recién regenerada, aunque todavía sentía el eco del corte. Sus manos temblaban, pero sus martillos todavía estaban cerca.

—Oye, tú —dijo John, mirando la máscara del Yin y Yang—. Quítate eso. Me gusta ver a los ojos a la gente cuando les corto las extremidades. Es una cuestión de cortesía.

Ryuusei levantó la cabeza. El dolor le nublaba la vista, pero su espíritu seguía siendo un fuego negro. Sin decir una palabra, levantó la mano derecha y le mostró el dedo medio con una firmeza absoluta.

—Púdrete —gruñó Ryuusei por debajo de la máscara. Luego, haciendo un esfuerzo sobrehumano, añadió—: ¿Tú eres uno de esos... Valmorth de sangre pura de los que todos hablan?

John se quedó inmóvil. Su sonrisa no desapareció, pero sus ojos se entrecerraron. Para un Valmorth, ser ignorado o insultado por alguien que consideran "inferior" es una falta de respeto que generalmente se paga con la vida.

—Vaya —murmuró John—. Tienes agallas, cachorro. Pero te falta educación. Siento que es una falta de respeto que me hables así mientras te desangras en mi presencia. Casi me dan ganas de darte un golpe para que aprendas modales.

En un parpadeo, John se lanzó hacia adelante. Su velocidad no era como la de Bradley, que dependía de la física; era un movimiento que parecía doblar el espacio mismo. Sin embargo, Ryuusei, impulsado por el miedo y el instinto, arrojó una de sus dagas y se teletransportó al otro lado del cráter justo antes de que el puño de John impactara en el lugar donde estaba su cabeza.

John se detuvo, mirando su mano vacía y luego a Ryuusei, que ahora estaba a diez metros de distancia, jadeando.

—Oh, teletransportación táctica —comentó John, divertido—. Así que no eres solo carne de cañón. Está bien, hagamos esto de forma civilizada. Cuando se conoce a una persona de mi calibre, primero tienen que presentarse. Es el protocolo.

Ryuusei, dándose cuenta de que no tenía escapatoria inmediata con Aurion y este nuevo monstruo rodeándolo, decidió ganar tiempo. Se enderezó, aunque su pierna todavía se sentía como si estuviera en llamas.

—Me llamo Ryuusei Kisaragi —dijo, su voz recuperando un poco de fuerza—. Y no soy el "cachorro" de nadie.

John aplaudió con sarcasmo. —Bien hecho, cachorro. Ves que no es tan difícil.

—¡Que no me digas así! —rugió Ryuusei.

—Es una broma, relájate —John hizo una reverencia exagerada—. Yo soy John Valmorth. El nombre que deberías estar rezando ahora mismo.

Ryuusei miró a Aurion, que observaba la escena con una mezcla de orgullo y molestia, y luego volvió a mirar a John.

—¿Aurion es como tu papá? —preguntó Ryuusei con una nota de confusión genuina—. Los dos tienen ese aire de creerse dueños del mundo.

John estalló en una carcajada tan fuerte que tuvo que sujetarse el estómago. Aurion, por otro lado, puso una expresión de asco profundo.

—¿Él? ¿Mi padre? —John se secó una lágrima de risa—. Por favor, Ryuusei. Mi madre, Laila Valmorth, nunca estaría con un "viejo" como él. Aurion es... digamos que es un buen empleado, un tío lejano o un amigo de la familia con beneficios políticos. Pero no compartimos sangre. Mi linaje es mucho más... antiguo y puro que el de un simple generador solar.

John caminó alrededor del cráter, analizando a Ryuusei como si fuera una pieza de exhibición en un museo.

—Dime, Kisaragi —dijo John, volviéndose serio de repente—. ¿De qué generación eres? Siento algo extraño en ti. No pareces un Rudimentario Físico de Primera Generación, pero tampoco tienes la finura de un Elemental. Y ese apellido... Kisaragi. Creo que viene de Japón ¿verdad? ¿Es un nombre con peso? casi como los Valmorth, aunque a una escala mucho más pequeña y olvidada.

Ryuusei apretó los dientes. No sabía qué responder. Para él, las "generaciones" eran términos técnicos que Aiko le había mencionado una vez, pero nunca les había prestado atención.

—No sé de qué generaciones hablas —contestó Ryuusei—. Solo sé que tengo un poder y que voy a usarlo para que dejen de cazarme. Y mi apellido es japonés, sí. Es el de mi familia. No es como el tuyo, que parece una marca de fábrica para gente que se cree dioses.

John arqueó una ceja. —¿No sabes qué generación eres? Increíble. Eres un diamante en bruto perdido en el lodo.

—Y sobre tu familia... —continuó Ryuusei, su voz volviéndose amarga—, sé lo suficiente. He oído los rumores. Los Valmorth, la gran familia "pura". Esa que mata a sus propios bebés si no nacen con el cabello blanco y los ojos rojos porque los consideran "defectos". Mi familia no será famosa, pero al menos no somos monstruos que asesinan a su propia sangre por un color de ojos.

El silencio que siguió fue absoluto. Incluso el viento de la estepa rusa pareció detenerse. Aurion dio un paso atrás, sabiendo que Ryuusei acababa de cruzar una línea de la que no había retorno.

El rostro de John Valmorth cambió. La diversión se evaporó. Su mandíbula se tensó y una presión invisible empezó a emanar de él, haciendo que la nieve a su alrededor se comprimiera hasta convertirse en hielo sólido. La temperatura bajó drásticamente, no por el clima, sino por la sed de sangre que John estaba liberando.

—En ningún momento te he faltado al respeto, Ryuusei —dijo John, su voz ahora era un susurro gélido que prometía dolor—. He sido amable. He sido paciente. Pero no hables de mi familia. No hables de nuestras tradiciones si no quieres que te arranque la lengua y te la haga tragar. Los Valmorth somos la cima porque entendemos el sacrificio. Si vuelves a hacer un comentario así... desearás que Aurion te hubiera matado hace una hora.

Ryuusei no retrocedió. A pesar de que sus piernas temblaban por la presión.

—¿Amable? —escupió Ryuusei, señalando con el martillo el lugar donde todavía había restos de su carne—. Eso es por la pierna. Me cortaste la pierna sin previo aviso y lo llamas cortesía. Si eso es ser amable para un Valmorth, prefiero que seas mi enemigo.

John sonrió, pero era una sonrisa carente de toda humanidad. Era la sonrisa de un verdugo.

—Tienes razón —dijo John, desenvainando de nuevo su hoja de oscuridad—. Fui injusto. Debería haber cortado las dos.

En ese instante, Ryuusei sintió que el aire se volvía denso como el plomo. John Valmorth no iba a pelear como Aurion, con ataques de luz masivos y discursos heroicos. John iba a pelear como lo que era: un depredador anacrónico que disfrutaba del proceso de desmantelar a su presa.

—Prepárate, Kisaragi —susurró John, y sus ojos rojos brillaron con la luz de un infierno personal—. Vamos a ver cuántas veces puedes regenerarte antes de que tu mente se rompa por completo.

Ryuusei se puso en guardia, sintiendo la presencia de Snow gritando en su mente que corriera, que huyera de ese monstruo. Pero no había donde ir. La batalla contra la sangre pura acababa de comenzar, y el suelo de Rusia estaba a punto de beber más sangre de la que Ryuusei jamás imaginó que poseía.

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