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Chapter 9 - Capítulo 9: Primer encuentro

Nota del compilador

Durante meses, los registros que encontré provenían de terceros.

Países lejanos.

Idiomas distintos.

Eventos que, aunque reales, podían sentirse distantes.

Eso facilitaba la negación.

Mientras el peligro ocurre lejos, sigue siendo una historia.

Pero tarde o temprano deja de ser "el mundo".

Y se vuelve tu casa.

El siguiente archivo marca ese punto para Matías y Sebastián.

No es un ataque.

No hay muertos.

No hay sangre.

Es algo mucho más simple.

Y por eso mismo, más perturbador.

El primer momento en que entendieron que ya no estaban observando el fenómeno.

Estaban dentro de él.

[Archivo 31 – Viaje / Día – Sur de Chile]

La grabación comienza dentro de un auto.

La cámara apunta al parabrisas. Lluvia ligera. Nubes bajas cubriendo montañas verdes.

El paisaje es reconocible: bosques densos, caminos estrechos, cercas de madera antiguas.

—Estamos yendo donde mi abuela —dice Matías desde el asiento trasero—. Literalmente no hay señal aquí. Si desaparecemos, nadie se entera.

—Perfecto para ti —responde Sebastián—. Te pueden secuestrar vacas.

Ríen.

El padre de Matías maneja. Se escucha música baja en la radio.

La escena continúa unos minutos más:

la casa de la abuela, el portón viejo, gallinas, el saludo, comida, conversaciones cotidianas.

Nada fuera de lugar.

Nada extraño.

La grabación se corta.

Nota del compilador

He omitido gran parte del metraje.

Comidas, conversaciones familiares, bromas internas.

Momentos normales.

Lo que hace más evidente lo que vendría después.

[Archivo 32 – Exterior / Tarde / Bosque cercano]

La cámara vuelve a encenderse.

Matías la lleva en la mano. La imagen vibra suavemente mientras caminan.

El sendero es angosto. Barro húmedo. Árboles altos cubriendo casi todo el cielo.

Se escuchan pájaros. Viento. Ramas.

El padre de Matías va unos metros adelante.

—Una hora y volvemos —dice—. Antes de que oscurezca.

—Si sale el chupacabras, tú corres primero —dice Matías.

—Si sale algo, te empujo —responde Sebastián.

Ríen.

Siguen caminando.

Durante varios minutos no ocurre nada. Solo pasos y respiración.

Entonces…

El bosque se queda demasiado callado.

No de golpe.

Gradual.

Los pájaros dejan de sonar.

El viento parece más pesado.

Sebastián baja la voz.

—¿Escuchaste eso?

Matías enfoca hacia el suelo.

—¿Qué cosa?

Entonces se oye.

Un sonido bajo.

Grave.

No es un rugido cinematográfico.

Es más… profundo.

Como aire pasando por algo enorme.

Como un motor lejano.

O un animal demasiado grande respirando.

El padre se detiene.

—Shh.

Los tres se quedan quietos.

Ramas moviéndose.

Pero no por viento.

Por peso.

Algo camina.

Paso.

Silencio.

Paso.

El suelo vibra apenas.

Matías gira la cámara lentamente hacia los árboles.

Entre las ramas…

algo se mueve.

Al principio parece una colina.

Luego se mueve otra vez.

Y el cerebro tarda en entender lo que está viendo.

Una masa gris.

Piel gruesa. Textura irregular.

Parte de un cuerpo.

Demasiado grande para pertenecer al bosque.

Sebastián susurra:

—No… no puede ser…

El cuello aparece entre los árboles.

Largo.

Curvándose lentamente.

Se eleva por encima de las copas bajas como si nada.

Después la cola, perdiéndose entre la vegetación.

El animal avanza con calma.

Cuatro patas enormes. Cada paso hunde el suelo.

No corre.

No se esconde.

Simplemente está ahí.

Sebastián susurra, casi sin voz:

—Es… es un saurópodo…

Matías no responde.

—Cuadrúpedo… cuello largo… herbívoro… —murmura Sebastián automáticamente, como si estuviera recitando una ficha técnica para no entrar en pánico—. Es… como… como un braquiosaurio o algo así…

El padre solo observa.

Nadie se mueve.

La criatura gira levemente la cabeza.

Los ve.

Por un segundo eterno.

No hay agresión.

No hay curiosidad exagerada.

Solo registro.

Como si evaluara si valen la pena.

Luego…

Sigue caminando.

Se pierde entre los árboles.

El bosque vuelve a sonar.

Los pájaros regresan.

Nadie habla.

Matías baja la cámara.

—…eso no fue normal —dice finalmente.

Sebastián niega lentamente.

—No —responde—. Eso ya no es "internet".

Silencio.

—Vámonos —dice el padre.

Nadie discute.

Nota del compilador

Ese fue el primer registro directo de ambos.

No una sombra.

No un ruido.

No una teoría.

Un animal imposible caminando a plena luz del día.

Sin atacar.

Sin esconderse.

Sin miedo.

Como si el mundo siempre le hubiera pertenecido.

Y ellos fueran los intrusos.

 

Cuando dejaron de ser rumores

Nota del compilador

Después del primer registro directo de Matías y Sebastián, algo cambió.

No en el fenómeno.

En la visibilidad.

Durante meses, los avistamientos habían sido discutibles.

Sombras.

Sonidos.

Transmisiones cortadas.

Pero en el transcurso de uno o dos meses, los registros comenzaron a multiplicarse de una forma imposible de contener.

No porque las criaturas aparecieran más.

Sino porque ahora estaban demasiado cerca.

Demasiado grandes.

Demasiado evidentes.

Y por primera vez, no eran cámaras buscando el fenómeno.

Eran personas comunes…

grabando lo que se cruzaba en su camino.

[Archivo 33 – Interior / Casa suburbana / Brasil]

Una familia cena. La televisión encendida de fondo.

De repente, se escucha un estruendo afuera.

La cámara del celular apunta por la ventana.

El gallinero está destruido.

Las gallinas corren.

Entre la oscuridad, algo se mueve.

Una cola larga desaparece tras la reja rota.

El padre murmura:

—Eso no fue un perro…

La grabación termina.

[Archivo 34 – Exterior / Carretera / Noche / Canadá]

Dashcam de un auto.

Carretera vacía. Nieve ligera.

La radio suena bajo.

De pronto, los faros iluminan algo cruzando.

Demasiado alto.

Demasiado largo.

El conductor frena bruscamente.

La figura atraviesa la carretera en dos pasos enormes.

Cuello largo.

Cuerpo masivo.

El parabrisas vibra cuando pisa el asfalto.

El conductor susurra:

—¿Qué mierda fue eso…?

El video termina.

[Archivo 35 – Exterior / Selva / Reportaje local]

Un periodista habla frente a cámara.

Sonríe.

—Como pueden ver, los rumores sobre criaturas extrañas son exageraciones de internet—

Algo se mueve detrás.

El camarógrafo se detiene.

Las hojas se sacuden.

Un grito fuera de cuadro.

La cámara cae.

Solo vegetación.

Transmisión cortada.

[Archivo 36 – Patio trasero / Australia]

Un niño graba con un teléfono.

—Mamá, mira el lagarto gigante—

La cámara enfoca el patio.

No es un lagarto.

Una silueta baja, ágil, cruza saltando la cerca de madera.

Demasiado rápido para ser un animal normal.

Se pierde en la noche.

La madre grita:

—¡Entra ahora!

Nota del compilador

Registros como estos comenzaron a aparecer todos los días.

Diferentes continentes.

Diferentes climas.

Diferentes idiomas.

El mismo patrón.

Ya no eran historias aisladas.

Eran interrupciones constantes de la vida cotidiana.

Y eso fue lo que las autoridades no pudieron controlar.

Porque puedes borrar un video.

Puedes censurar un canal.

Puedes cortar una transmisión.

Pero no puedes borrar miles de experiencias personales al mismo tiempo.

No cuando todos tienen una cámara.

No cuando todos están mirando.

Cierre

Durante semanas, los comunicados oficiales siguieron usando las mismas palabras:

"Malinterpretación."

"Fenómenos naturales."

"Animales no identificados."

Pero ya nadie las repetía con convicción.

Porque cuando algo cruza la carretera frente a ti,

cuando escuchas pasos alrededor de tu casa,

cuando el bosque deja de sonar…

No necesitas un experto.

Sabes.

Y cuando suficientes personas saben al mismo tiempo,

la verdad deja de poder esconderse.

El día que nadie volvió a dudar

Nota del compilador

Los registros comenzaron a multiplicarse.

Pequeños.

Fragmentados.

Cotidianos.

Pero todavía había margen para negar.

Mientras las pruebas fueran locales, borrosas o aisladas, el mundo podía fingir.

Siempre era "otro país".

"Otro caso".

"Otro error".

Hasta que dejó de serlo.

El evento que cambió todo no provino de un archivo recuperado.

No hay grabación.

No hay video.

Solo fotografías sueltas, copias impresas, recuerdos.

El material original se perdió cuando las redes cayeron.

Pero el recuerdo permaneció.

Porque fue transmitido en vivo.

Y millones lo vieron al mismo tiempo.

El siguiente registro es un testimonio.

[Archivo 41 – Entrevista / Interior / Día]

Un anciano sentado frente a la cámara.

Manos arrugadas.

Mirada cansada.

No parece asustado.

Parece alguien que ya procesó el miedo hace muchos años.

—Usted vio la transmisión —le digo.

Asiente.

—Sí —responde—. Todos la vimos.

—¿Qué era?

—Un rescate —dice—. Un barco grande. De esos de carga. Se estaba hundiendo.

Hace un gesto con la mano, como si todavía lo estuviera viendo.

—Había helicópteros… lanchas… periodistas… era un caos. Gente gritando. Cuerdas. Chalecos. Todo en vivo.

—¿Parecía grave?

—Sí… pero normal —dice—. Accidentes pasan.

Se queda callado unos segundos.

—Eso fue lo que lo hizo peor.

Lo miro.

—¿Por qué?

—Porque nadie estaba mirando el agua.

Silencio.

—Había ballenas —continúa—. Un grupo. Nadando cerca del barco. Como si nada. Era raro… pero nadie les prestaba atención.

Se frota las manos.

—Todos estaban mirando a la gente.

Traga saliva.

—Y entonces… se escuchó un golpe.

Hace el gesto con el puño contra la mesa.

—Fuerte. Como si algo chocara desde abajo.

—¿El barco?

Niega.

—El agua.

Mi estómago se aprieta.

—La cámara giró —dice—. Rápido. Muy rápido. El camarógrafo pensó que algo había explotado.

Se queda en silencio.

Sus ojos se pierden.

—Y salió.

—¿Qué salió?

Respira hondo.

—Algo demasiado grande.

Hace una pausa.

—Más grande que el helicóptero.

Silencio.

—Salió desde abajo. Como si el océano se abriera.

Sus manos tiemblan un poco.

—Agarró a una de las ballenas.

Se le quiebra la voz.

—Como si nada.

—¿Cómo… la agarró?

—Con la boca.

La habitación se queda en silencio.

—No la mordió —dice—. La atrapó entera. Como si fuera un pez pequeño.

Se inclina hacia adelante.

—Yo había visto documentales de dinosaurios cuando era joven. Eso… eso se parecía a uno de esos reptiles marinos. De los antiguos.

Lo miro.

—¿Qué hizo después?

—Se hundió —responde—. Desapareció.

Chasquea los dedos.

—Como si nunca hubiera estado ahí.

—¿Cuánto duró?

—Dos… tres segundos.

Se ríe, sin humor.

—Suficiente.

—¿Qué pasó después?

El anciano me mira directo.

—Nada volvió a ser igual.

—¿Por qué?

—Porque no era una sombra. No era un video borroso.

Aprieta los labios.

—Lo vimos todos al mismo tiempo.

Se inclina hacia atrás.

—Y cuando millones de personas ven lo mismo… ya no es un rumor.

Es la verdad.

Nota del compilador

No encontré el video.

Solo fotografías capturadas desde televisores.

Borrosas.

Impresas.

Rasgándose con el tiempo.

Pero suficientes para confirmar la forma.

Cráneo alargado.

Cuerpo hidrodinámico.

Mandíbulas desproporcionadas.

Un depredador marino de otra era.

El nombre que más se repite en antiguos textos científicos es:

Mosasaurio.

Después de ese día, las burlas terminaron.

No por convencimiento.

Por instinto.

Porque si algo así podía nadar bajo la superficie…

entonces nunca hubo un lugar seguro.

Ni el bosque.

Ni la montaña.

Ni la ciudad.

Ni el mar.

 

 

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