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Chapter 8 - Capítulo 8 Cuando la duda se volvió hambre

Nota del compilador

 

Después del incidente del submarino, el ocultamiento dejó de ser una estrategia.

Se convirtió en una carrera.

 

Las autoridades insistieron en el mismo discurso: accidentes, desprendimientos, errores humanos.

Pero ya era tarde.

 

Porque cuando la duda se instala, no se queda quieta.

Se mueve.

Se reproduce.

Y comienza a morder desde dentro.

 

Las personas no necesitaban una prueba definitiva.

Solo necesitaban algo más simple:

 

la sensación de que les estaban mintiendo.

 

Y una vez que esa idea entra en la mente colectiva, el miedo deja de ser reacción.

Se vuelve anticipación.

 

El siguiente registro corresponde a Matías y Sebastián.

 

No hay gritos.

No hay persecuciones.

No hay criaturas.

 

Solo dos adolescentes mirando una pantalla.

 

Y entendiendo, lentamente, que el mundo ya no estaba funcionando como antes.

 

[Archivo 27 – Interior / Noche]

 

La cámara se enciende con un sonido breve, como un clic.

 

El encuadre es irregular. Se nota que Matías la dejó apoyada sobre algo: una silla, una caja, un borde del escritorio. La luz del computador ilumina el cuarto con un tono frío, casi enfermo.

 

Sebastián está sentado frente a la pantalla. Tiene el rostro tenso.

Matías se mueve detrás, como si no supiera dónde ponerse.

 

—Ok… —dice Matías, en voz baja—. Ya. Estamos grabando.

 

Sebastián no responde al instante. Tiene el mouse en la mano, pero no hace clic. Solo mira.

 

En la pantalla se ve una página abierta. No es un noticiero oficial. No hay logos. No hay presentadores. Es un sitio con publicaciones cortas, videos mal recortados, mensajes de gente común.

 

Matías se sienta en el borde de la cama.

 

—Esto es lo que tú querías ver —murmura—. Lo que "no censuran".

 

Sebastián suelta una risa breve, sin humor.

 

—No es que no censuren —dice—. Es que no pueden.

 

Matías se cruza de brazos.

 

—Igual pueden decir que es fake.

 

—Sí, pero… —Sebastián señala la pantalla con un dedo—. Mira esto.

 

Matías se inclina un poco para ver mejor.

 

Un titular escrito por alguien cualquiera:

 

"Desapareció barco de pesca. Señal perdida. Nadie responde."

 

Debajo, un video de baja calidad. Oscuro. Se escuchan voces en un idioma que no es español. Un mar agitado. Luego un golpe. Un grito. Después, nada.

 

Matías frunce el ceño.

 

—Eso podría ser cualquier cosa.

 

Sebastián cambia de pestaña.

 

Otra publicación:

 

"No vuelvan al sendero. No es seguro."

 

Una foto borrosa de árboles.

Y algo al fondo. Una sombra que parece demasiado alta.

 

—¿Ves? —dice Sebastián—. No es uno. Son muchos.

 

Matías traga saliva.

 

—Pero eso no significa que sea… ya sabes.

 

Sebastián lo mira.

 

—¿Qué? ¿Un dinosaurio? —pregunta, como si la palabra le diera asco.

 

Matías no responde.

 

Sebastián vuelve a la pantalla y hace scroll. La página se llena de mensajes, algunos en inglés, otros en idiomas que Matías no reconoce.

 

"Se escuchan rugidos en el bosque."

"Alguien vio algo cruzar la carretera."

"Perdimos contacto con el campamento."

"La policía no está entrando."

 

Matías se ríe, pero su risa sale rota.

 

—Esto parece un foro de creepypastas.

 

Sebastián asiente lentamente.

 

—Sí —dice—. Exactamente.

 

Matías levanta la vista.

 

—¿Y si lo es?

 

Sebastián no responde de inmediato.

 

—¿Y si solo es gente inventando cosas porque se aburrieron? —insiste Matías—. ¿Como siempre?

 

Sebastián hace clic en un video.

 

El sonido es lo primero: viento. Respiración. Pasos rápidos.

La cámara se mueve entre árboles.

 

Alguien susurra algo. Luego se escucha un golpe seco, como una rama rompiéndose.

La cámara gira y enfoca la oscuridad del bosque.

 

No se ve nada.

 

Pero se escucha.

 

Un sonido grave. No como un rugido de película.

Más bajo. Más real.

Como un animal demasiado grande respirando cerca.

 

La grabación termina.

 

Matías se queda quieto.

 

—Eso… —dice, sin poder terminar.

 

Sebastián pausa el video y se frota la cara con ambas manos.

 

—Eso no es un filtro —murmura—. No es un audio editado de TikTok.

 

Matías se levanta, nervioso, y camina por el cuarto.

 

—Pero no vimos nada —dice—. No hay prueba.

 

Sebastián lo mira fijo.

 

—Matías… la prueba es que ya no están mostrando nada en las noticias.

 

Matías se detiene.

 

Sebastián vuelve a hablar, más lento.

 

—Si fuera mentira… lo estarían usando para burlarse. Para hacer rating. Para vender miedo.

 

Matías frunce el ceño.

 

—¿Y por qué no lo hacen?

 

Sebastián señala la pantalla.

 

—Porque esta vez… el miedo es real.

 

Silencio.

 

Matías mira de nuevo el computador, como si de pronto fuera algo peligroso.

 

—O sea… —dice— ¿tú crees que lo del submarino…?

 

Sebastián asiente.

 

—Sí.

 

Matías baja la voz.

 

—¿Y si hay algo en el mar?

 

Sebastián no parpadea.

 

—Ya lo hay.

 

Matías traga saliva.

 

—¿Y en los bosques?

 

—También.

 

Matías vuelve a sentarse, pero ya no parece cómodo.

 

—¿Y por qué no…? —intenta— ¿por qué no están diciendo nada?

 

Sebastián responde sin emoción, como si la respuesta le diera rabia.

 

—Porque si lo dicen… se les cae el mundo.

 

Matías lo mira.

 

—¿Y si ya se cayó? —pregunta, casi sin darse cuenta.

 

Sebastián no responde.

 

La cámara sigue grabando.

 

El brillo del computador ilumina sus caras.

No como una luz de noche.

 

Como una fogata que no calienta.

 

Nota del compilador

 

Ese fue el inicio de una nueva fase.

 

No la de los avistamientos.

No la de las pruebas.

 

Sino la de la búsqueda.

 

Cuando la gente deja de mirar hacia arriba esperando respuestas

y comienza a mirar alrededor, esperando señales.

 

Y cuando todos miran al mismo tiempo…

el mundo deja de ser silencioso.

 

Solo queda la pregunta:

 

¿Qué está mirando de vuelta?

 

Nota del compilador

 

A pesar de todo, la incredulidad humana fue persistente.

 

La mayoría no quería respuestas.

Quería descanso.

 

Quería que el tema muriera como mueren las tendencias:

por cansancio.

 

Incluso después del submarino, incluso después de los registros nocturnos, incluso después de los testimonios, la reacción más común seguía siendo la misma:

 

olvidar.

 

Pero hubo un evento que lo cambió todo.

 

Uno que no pudo borrarse con rapidez.

Uno que ocurrió en vivo.

En cadena nacional.

 

Un país —no puedo determinar cuál— intentó acallar los rumores con la peor decisión posible:

 

Quiso demostrar que no había nada.

 

Envió periodistas.

 

La información exacta del lugar se perdió. El idioma del registro no es uno que se use hoy en día. Puede que todos los que lo hablaban hayan muerto. Puede que el país entero haya dejado de existir.

 

Pero el archivo es claro.

 

Demasiado claro.

 

[Archivo 28 – Transmisión nacional / Grabación doméstica]

 

La imagen comienza con el brillo azul de una televisión en una sala.

 

La cámara doméstica apunta al televisor. Se escuchan voces de una familia fuera de cuadro.

 

—Graba… graba por si después dicen que no pasó —dice alguien en voz baja.

 

En la pantalla aparece un estudio de noticias. Dos presentadores sonríen con esa expresión exageradamente tranquila que se usa para calmar a una audiencia nerviosa.

 

El presentador habla en un idioma desconocido.

 

En la esquina inferior aparece un gráfico. Se distingue una frase que se repite varias veces, pero no puedo traducirla.

 

La presentadora hace un gesto amplio, como introduciendo algo "especial".

 

La transmisión cambia.

 

Aparece una cámara en vivo desde un bosque.

 

La imagen es estable, profesional. Se nota que no es un celular. Hay iluminación, micrófonos, equipos. Un grupo de periodistas avanza entre árboles densos. La vegetación es espesa, húmeda. El aire parece pesado incluso a través de la pantalla.

 

Se escuchan risas.

 

Uno de los periodistas habla mirando a cámara, con tono confiado, casi burlón.

 

Desde el estudio, se oye una respuesta. El público en el set —o los presentadores— parecen reír.

 

La familia en la sala también suelta una risa corta, incómoda.

 

—Mira estos… —murmura una voz.

 

Los periodistas avanzan.

 

Uno señala huellas en el suelo, exagerando sorpresa. Otro enfoca ramas rotas como si fueran evidencia de algo absurdo. Uno de ellos imita un rugido.

 

Se escuchan risas nuevamente.

 

El estudio responde con un comentario. La presentadora sonríe.

 

Durante unos minutos, todo parece un show.

 

Un intento de cerrar el tema con humor.

 

Hasta que el bosque cambia.

 

No visualmente.

 

El sonido.

 

Un crujido seco.

Como madera rompiéndose, pero demasiado cerca.

 

Uno de los periodistas se detiene.

 

Habla rápido, con una pregunta. Los demás se callan.

 

La cámara enfoca la oscuridad entre los árboles.

 

Algo se mueve.

 

Una sombra baja, rápida, cruzando entre troncos.

 

Uno de los periodistas se ríe nervioso y dice algo, como intentando mantener la broma.

 

Pero su voz tiembla.

 

El camarógrafo da un paso atrás.

 

La imagen se sacude.

 

Entonces se escucha un grito.

 

No humano.

 

Un chillido agudo, animal, cortante. Como si el aire se rasgara.

 

Los periodistas retroceden.

 

El presentador en estudio dice algo rápido, aún intentando mantener el control. La presentadora deja de sonreír.

 

La familia en la sala deja de hablar.

 

La cámara del bosque gira bruscamente.

 

Y ahí, por primera vez, se ve con claridad.

 

Una criatura.

 

Bípeda.

Rápida.

Delgada, pero musculosa.

La cabeza baja, el cuerpo inclinado hacia adelante como un depredador diseñado para correr.

 

Sus movimientos son demasiado fluidos para ser un montaje.

 

Demasiado vivos.

 

La criatura se lanza.

 

La cámara cae al suelo.

 

La imagen se llena de hojas, barro y movimiento.

 

Se escuchan gritos humanos.

 

Uno de los periodistas grita el nombre de otro. Otro intenta correr. Se oyen pasos, golpes, algo arrastrándose.

 

Y entre todo, el sonido del animal.

 

No como rugido cinematográfico.

 

Como respiración rápida y excitada.

Como un cazador.

 

La cámara gira un instante y capta una pierna humana cayendo fuera del encuadre.

 

Luego, un golpe seco.

 

La transmisión continúa unos segundos más.

 

Y entonces…

 

Se corta.

 

Pantalla negra.

 

En el televisor aparece el logo del canal. Un mensaje breve en el idioma desconocido.

 

La familia no habla.

 

La cámara doméstica sigue grabando la pantalla negra.

 

Alguien, fuera de cuadro, susurra:

 

—…no fue falso.

 

Nota del compilador

 

Ninguno de los periodistas salió de ese bosque.

 

No encontré registros posteriores de rescate.

No encontré comunicados completos.

No encontré funerales, ni nombres, ni explicaciones oficiales.

 

Solo encontré este fragmento.

 

La transmisión que debía "desmentirlo todo" terminó siendo la primera prueba pública imposible de negar.

 

Y lo peor fue que no mostró una criatura gigantesca.

 

Mostró algo más aterrador:

 

Un depredador pequeño.

Rápido.

Cercano.

 

Uno que no necesitaba destruir ciudades para demostrar que era real.

 

Solo necesitaba hacer lo que siempre hizo:

 

Cazar.

 

Nota personal del compilador

 

El archivo anterior no fue lo más peligroso que encontré.

 

Lo más peligroso fue el lugar donde lo encontré.

 

He estado en ciudades rotas, en túneles colapsados, en zonas donde el aire mismo parecía cargado de muerte… pero ese lugar en particular sigue siendo, incluso hoy, uno de los puntos más cercanos que he estado al final.

 

Aun así, grabé.

 

No por valentía.

 

Por necesidad.

 

Porque comprendí algo hace mucho:

 

Si mi vida terminaba ahí,

mi registro aún podía sobrevivir.

 

Y eso… era suficiente.

 

[Registro personal – Cámara en pecho / Exterior]

 

La grabación comienza con movimiento violento.

 

La cámara está enganchada a mi pecho. El ángulo es bajo, inestable. Apenas se distinguen fragmentos del entorno: suelo, vegetación, restos de concreto, sombras rápidas.

 

Estoy corriendo.

 

Mis pasos golpean el suelo con fuerza. Mi respiración suena demasiado alta en el micrófono.

 

No hablo.

 

No porque no pueda…

sino porque sé que cualquier sonido extra puede ser lo último que haga.

 

Algo viene detrás.

 

No lo veo.

 

Pero lo siento.

 

El aire cambia.

El silencio se vuelve pesado.

Y el suelo…

 

El suelo parece responder.

 

Doblo entre restos de estructuras. Paso junto a muros cubiertos de musgo. El lugar se siente abandonado desde hace décadas, aunque sé que no han pasado tantas.

 

Entonces lo veo.

 

Un auto volcado.

 

No pienso.

 

No dudo.

 

Me lanzo al suelo y me arrastro bajo el vehículo, pegando mi cuerpo al barro y la chatarra oxidada.

 

La cámara queda atrapada entre sombras.

 

Mis manos aparecen en el encuadre, temblando.

 

Saco una botella.

 

No es agua.

 

Es un líquido denso, con un olor fuerte incluso a través de mi propia memoria. Lo diseñé con lo poco que pude recuperar: restos químicos, aceites, compuestos viejos.

 

Un repelente.

 

No perfecto.

 

Solo… lo suficientemente útil como para ganar unos segundos.

 

Me lo aplico en el cuello, brazos, pecho. En la ropa. En la piel expuesta.

 

El líquido es frío.

 

Me arde.

 

Pero no me detengo.

 

Después, me quedo inmóvil.

 

La respiración me tiembla en la garganta. Me tapo la boca con una mano, presionando fuerte, como si pudiera contener el sonido dentro del cuerpo.

 

Uno.

 

Dos.

 

Tres segundos.

 

Silencio.

 

Entonces… el charco cerca de la rueda rota comienza a vibrar.

 

Al principio es leve. Como una gota.

 

Luego más fuerte.

 

Ondas concéntricas se expanden en el agua sucia.

 

Algo pesado se acerca.

 

No corriendo.

 

Caminando.

 

Paso por paso.

 

Y cada paso se siente como un golpe en el mundo.

 

La vibración dura varios segundos.

 

Se detiene.

 

Y luego vuelve, más cerca.

 

Mi respiración se congela.

 

La cámara, desde su ángulo bajo, capta una sombra que tapa la luz exterior.

 

Después… aparece una pata.

 

Reptiliana.

 

No como la de un animal actual. No como un cocodrilo. No como nada conocido.

 

Es enorme.

 

Más gruesa que mi torso.

 

Las escamas reflejan la luz en patrones irregulares. Se ven marcas, cicatrices, textura real. El peso hunde el suelo.

 

La pata se planta a un costado del auto volcado.

 

La cámara tiembla.

 

No por mi pulso.

 

Por el impacto.

 

Se escucha una respiración gutural.

 

Lenta.

Profunda.

Como un motor vivo.

 

La criatura está cerca.

 

Tan cerca que el aire parece cambiar de densidad.

 

La respiración se detiene un instante.

 

Como si olfateara.

 

Mi mano se aprieta más sobre mi boca. Siento el latido golpeándome la garganta.

 

Un sonido bajo… casi un gruñido.

 

Luego otro paso.

 

El charco vuelve a vibrar.

 

La pata se mueve fuera del encuadre.

 

La criatura camina lentamente alrededor del auto.

 

No apurada.

 

No nerviosa.

 

Como si supiera que el mundo le pertenece.

 

Pasan segundos eternos.

 

Finalmente, la vibración disminuye.

 

La respiración se aleja.

 

El suelo deja de temblar.

 

Sigo quieto.

 

No me muevo.

 

No todavía.

 

La grabación continúa varios segundos más, captando solo oscuridad, barro y el sonido de mi respiración intentando volver a ser humana.

 

El registro termina.

 

Nota del compilador

 

No sé qué era exactamente.

 

Nunca lo supe.

 

Pero sé esto:

 

Si esa criatura me hubiera encontrado,

no habría habido grito.

 

No habría pelea.

 

No habría historia.

 

Solo silencio.

 

Y un archivo menos en este mundo roto.

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