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Chapter 76 - Rescate

Durante casi una hora, Severus y León siguieron a las dos lechuzas.

El vuelo los llevó cada vez más lejos de la zona donde habían comenzado la búsqueda.

Entonces, de repente, Silver y Bond cambiaron de dirección.

Las dos lechuzas se separaron.

Una tomó rumbo hacia el norte.

La otra giró hacia el este.

Severus y León frenaron sus escobas en el aire.

Ambos se miraron.

—Se separaron —dijo León.

Severus observó a las dos lechuzas.

—Eso significa que han detectado algo.

León señaló a Silver.

—Yo seguiré a Silver.

—Yo iré detrás de Bond.

Ambos asintieron.

—Ten cuidado.

—Tú también, papá.

Las escobas se separaron.

León siguió a Silver.

Severus siguió a Bond.

Muy lejos de allí, Anya caminaba junto a otros prisioneros.

Por primera vez pudo observar mejor el lugar donde se encontraban.

Había hombres armados vigilando constantemente.

Pero había alguien que llamó especialmente su atención.

Un duende.

Era pequeño, llevaba ropas elegantes y tenía una expresión fría mientras daba órdenes.

—¡Todos a trabajar! —ordenó—. ¡No quiero retrasos!

Los prisioneros comenzaron a moverse.

Anya miró hacia una enorme entrada excavada en la montaña.

—¿Qué hay allí?

Uno de los prisioneros respondió en voz baja:

—Una mina.

—¿Una mina?

—Extraemos oro.

Anya abrió mucho los ojos.

—¿Oro?

El hombre asintió.

—Trabaja y no hagas preguntas.

Anya apretó los labios.

No le gustaba aquel lugar.

Pero siguió al resto.

Dentro de la mina, el aire era pesado.

Los túneles estaban iluminados por lámparas colocadas en las paredes.

Anya recibió una herramienta y comenzó a trabajar junto a los demás.

Cada golpe contra la roca producía un sonido seco que se repetía por todo el túnel.

Una y otra vez.

Hasta que escuchó algo diferente.

Un rugido.

Anya se quedó inmóvil.

—¿Qué fue eso?

Nadie respondió.

Volvió a escucharse.

Esta vez mucho más fuerte.

Anya levantó lentamente la cabeza.

—Eso no sonó como una persona...

Un prisionero que estaba cerca palideció.

—No vayas por ese túnel.

Anya miró hacia la oscuridad.

—¿Por qué?

—Porque no quieres saberlo.

Naturalmente, aquello hizo que Anya quisiera saberlo todavía más.

Avanzó unos metros.

—¡Anya! —susurró el hombre—. ¡Regresa!

Pero ella continuó.

El túnel desembocó en una enorme cámara.

Anya se quedó completamente quieta.

Sus ojos se abrieron con sorpresa.

Un dragón gigantesco estaba allí.

Tenía enormes cadenas alrededor del cuerpo.

Parte de su rostro estaba protegido por placas metálicas que cubrían sus ojos.

Sin embargo...

Parecía saber perfectamente que ella estaba allí.

El dragón levantó lentamente la cabeza.

Anya retrocedió.

—Es... un dragón.

El animal soltó un rugido profundo.

Anya tragó saliva.

No se quedó más tiempo.

Regresó rápidamente al túnel.

Horas después, los prisioneros comenzaron a salir de la mina.

Anya estaba agotada.

Pero entonces escuchó un grito.

—¡Déjame!

Anya se giró.

Un niño estaba en el suelo.

Uno de los vigilantes lo estaba castigando con un látigo.

Los demás prisioneros bajaron inmediatamente la cabeza.

Anya apretó los puños.

—¡Déjalo!

El hombre se detuvo.

Giró lentamente hacia ella.

—¿Qué dijiste?

Anya señaló al niño.

—¡He dicho que lo dejes!

Algunos prisioneros la miraron horrorizados.

—No hagas eso...

Pero Anya ya había tomado una pequeña piedra del suelo.

La lanzó.

La piedra golpeó al hombre.

—¡Cobarde!

El hombre avanzó hacia ella.

Anya retrocedió.

Un paso.

Otro.

El hombre levantó el látigo.

Anya continuó retrocediendo.

Hasta que su espalda chocó contra un árbol.

No había más espacio.

Miró a su alrededor.

Nadie se movía.

Todos los prisioneros mantenían la cabeza baja.

Anya respiró profundamente.

No cerró los ojos.

Miró directamente al hombre.

—Eres un cobarde.

El hombre levantó nuevamente el brazo.

Anya apretó los dientes.

—¡Cobarde!

El látigo descendió.

—¡PAPAAAAAAAAAAAAÁ!

Antes de que pudiera alcanzarla...

Una niebla negra apareció frente a Anya.

El aire pareció detenerse.

La niebla tomó forma durante apenas un instante.

El hombre abrió los ojos.

—¿Qué...?

Una fuerza invisible lo golpeó y lo lanzó hacia atrás.

Salió despedido varios metros hasta caer contra un árbol.

El látigo cayó al suelo.

Todo el campamento quedó en silencio.

Anya permaneció inmóvil.

La niebla negra seguía frente a ella.

Entonces escuchó algo.

Un ulular.

—¡Uhuu!

Anya levantó la cabeza.

Muy arriba, entre los árboles, una lechuza volaba sobre el campamento.

—¡Bond!

La niebla negra comenzó a disiparse lentamente.

Anya permaneció inmóvil, todavía sorprendida por lo que acababa de ocurrir.

Entonces una silueta apareció detrás de la niebla.

Las ropas negras.

El cabello oscuro.

La mirada fría.

Y la varita levantada, apuntando directamente hacia los hombres armados.

—Severus... —susurró uno de los prisioneros.

Anya abrió los ojos.

—¡Papá!

Severus no apartó la mirada de los soldados.

Su expresión era completamente fría.

Demasiado fría.

—Aléjense de mi hija.

Los hombres levantaron sus armas.

Severus movió ligeramente la varita.

—Les aconsejo que no lo hagan.

El hombre que había atacado a Anya comenzó a levantarse lentamente junto al árbol.

—¿Quién demonios eres?

Severus lo miró.

—El padre de la niña a la que acabas de amenazar.

Un silencio sepulcral llenó el ambiente.

Durante unos segundos, nadie se movió.

Severus permanecía delante de Anya, con la varita firmemente sostenida en su mano.

Los soldados comenzaron a rodearlos.

Uno de ellos levantó su arma.

Severus no esperó.

Movió la varita con un rápido gesto.

—¡Ventus!

Una poderosa ráfaga de viento atravesó el campamento.

Los soldados que estaban delante salieron despedidos hacia atrás, perdiendo el equilibrio y cayendo varios metros más allá.

—¡Disparen!

Los demás soldados levantaron sus armas.

El sonido de los disparos rompió el silencio.

—¡Papá! —gritó Anya.

Severus golpeó el suelo con la punta de su varita.

—¡murus lapideus!

Un enorme muro de piedrase levantó frente a ellos.

Las balas comenzaron a golpearlo una tras otra.

¡Tac! ¡Tac! ¡Tac! ¡Tac!

Ninguna consiguió atravesarlo.

Detrás del muro, los prisioneros se agacharon.

Algunos se cubrieron los oídos.

Otros temblaban mientras escuchaban el constante sonido de los disparos.

Anya abrazó a uno de los niños que estaba cerca.

—No tengan miedo.

El pequeño la miró.

—¿Tu papá puede detenerlos?

Anya respondió sin dudar.

—Sí.

Su padre permanecía completamente sereno.

Los soldados continuaban disparando.

—¡Es un mago! —gritó uno de ellos.

—¡Sigan disparando!

—¡No le den tiempo para lanzar sus hechizos!

Severus entrecerró los ojos.

—Ya han tenido suficiente tiempo.

Levantó la varita.

—Serpiente de fuego.

Una llamarada surgió detrás del muro.

El fuego se elevó lentamente, retorciéndose sobre sí mismo hasta adoptar la forma de una gigantesca serpiente.

La criatura pasó por encima de la barrera.

Su cuerpo ardiente iluminó todo el campamento.

Los soldados dejaron de disparar.

—¿Qué demonios...?

La serpiente abrió sus fauces.

—¡Dispérsense! —gritó un soldado.

Los hombres comenzaron a correr en distintas direcciones.

Pero cuatro de ellos no consiguieron apartarse a tiempo.

La serpiente se lanzó sobre ellos y los engulló en medio de las llamas.

Los demás soldados huyeron aterrorizados.

Severus no les dio oportunidad de reorganizarse.

Se elevó sobre el muro mediante magia y quedó suspendido varios metros sobre el suelo.

Su túnica negra ondeó con el viento.

Anya levantó la mirada.

—Papá...

Severus apuntó hacia el terreno ocupado por los soldados.

—Bombarda.

La primera explosión sacudió el campamento.

—¡Bombarda!

Una segunda explosión hizo temblar el suelo.

—¡Bombarda!

Las explosiones se sucedieron por todo el terreno.

Los soldados salieron despedidos en distintas direcciones, perdiendo sus armas mientras intentaban mantenerse en pie.

El campamento quedó cubierto por una nube de polvo.

Poco a poco, los disparos cesaron.

Solo quedó el sonido del viento.

Severus descendió lentamente hasta tocar el suelo.

Un soldado que todavía permanecía consciente levantó desesperadamente su radio.

—¡Capitan, Capitan, Capitan!

Esperó unos segundos.

Nada.

Volvió a intentarlo.

—¡Capitan! ¿Me escucha?

Solo recibió estática.

El hombre miró a su alrededor.

—No contesta nadie...

Otro soldado observó a Severus con terror.

—Maldición...

Tragó saliva.

—Somos muy pocos para derribarlo.

Severus levantó lentamente la varita.

—Levitacorpus.

El soldado gritó al sentir que sus pies abandonaban el suelo.

Pero no fue el único.

Cinco soldados más comenzaron a elevarse junto a él.

—¡¿Qué está haciendo?!

Severus mantuvo la varita firme.

—Liberacorpus.

Los seis soldados cayeron al suelo, quedando completamente fuera de combate.

Los pocos que todavía podían moverse se miraron entre sí.

—¡Corran!

Los soldados huyeron despavoridos entre los árboles.

Uno de los prisioneros dejó escapar una exclamación de alivio.

Poco a poco, varios comenzaron a sonreír.

—¡Lo conseguimos!

—¡Somos libres!

Pero una voz fría interrumpió la celebración.

—Cobardes.

Todos se giraron.

El duende permanecía junto a una de las construcciones.

Había observado todo en silencio.

Su expresión estaba llena de desprecio.

Levantó ambas manos.

Varias espadas comenzaron a elevarse del suelo.

Los prisioneros dejaron de celebrar.

—¿Qué...?

El duende hizo un movimiento con las manos.

Las espadas salieron disparadas.

—¡Cúbranse! —gritó Severus.

Una lluvia de espadas atravesó el aire.

Los prisioneros corrieron en todas direcciones intentando ponerse a salvo.

Algunos no tuvieron tiempo de reaccionar.

El campamento quedó sumido nuevamente en el caos.

Anya se aferró a León.

—¡Papá!

Severus giró inmediatamente hacia ellos.

—¡Protego!

Una barrera apareció frente a ambos.

Las últimas espadas chocaron contra el escudo y cayeron al suelo.

Severus levantó lentamente la mirada.

Sus ojos se fijaron en el duende.

Ya no había ninguna duda sobre quién era el responsable.

El duende sonrió.

—¿Qué ocurre, mago? ¿Vas a protegerlos a todos?

Severus no respondió.

Levantó la varita.

Una sucesión de hechizos salió disparada hacia el duende.

—¡Expelliarmus!

—¡Stupefy!

—¡Bombarda!

Pero el duende reaccionó rápidamente.

Un escudo apareció frente a él.

Los hechizos chocaron contra el y desaparecieron.

El duende sonrió.

—No será tan sencillo.

Severus estrechó los ojos.

—Eso está por verse.

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