Habían pasado cinco días desde que los tres Snape llegaron a Florida.
Después de recorrer casi todo Disney, Severus decidió que el sexto día sería diferente.
—Ya hemos pasado suficiente tiempo entre multitudes —dijo mientras desayunaban—. Hoy iremos a conocer una zona natural.
Anya levantó la cabeza.
—¿A dónde?
—A los pantanos de Florida.
Los ojos de Anya se iluminaron.
—¡¿En serio?!
—Sí. Pero hay una condición.
—¿Cuál?
—No te separas de nosotros.
Anya asintió inmediatamente.
—¡Prometido!
León sonrió.
—Eso significa que no puedes investigar por tu cuenta.
—¡Sé comportarme!
Severus levantó una ceja.
—Eso está por demostrarse.
Horas después, los tres llegaron a una zona turística de los pantanos.
Había senderos señalizados, pequeños puestos para visitantes y varias personas recorriendo el lugar.
Severus estaba más tranquilo al comprobar que no estaban completamente aislados.
—Manténganse juntos.
—Sí, papá —respondieron ambos.
Durante un rato todo transcurrió con normalidad.
Anya tomó fotografías.
León observó los animales que aparecían entre la vegetación.
Severus, aunque seguía vigilando a ambos, incluso comenzó a disfrutar discretamente de la tranquilidad del lugar.
En cierto momento llegaron a una pequeña plataforma de observación.
Había varias personas alrededor.
Anya se acercó al borde para mirar el agua.
—¡León! ¡Mira!
—¿Qué?
—¡Creo que vi algo!
León se acercó.
—¿Un cocodrilo?
—No sé.
Severus estaba apenas a unos pasos de ellos.
Entonces escuchó una voz.
—¿Es la niña de la camisa rosa?
Severus se volvió.
Una mujer que llevaba una credencial de visitante señalaba hacia una zona lateral.
—Creo que dejó caer algo allí.
Anya miró su mochila.
—¿Qué?
—Parece que se te cayó un accesorio.
Anya revisó rápidamente sus pertenencias.
—No veo nada.
La mujer señaló el suelo, cerca de una de las barandas.
—Creo que está por allí.
Severus se acercó inmediatamente.
—Anya, no te muevas.
La mujer retrocedió.
—Claro.
Severus recogió el objeto.
Pero en ese instante, una familia pasó entre ellos y bloqueó momentáneamente la visión.
Solo fueron unos segundos.
Cuando Severus volvió a mirar hacia Anya...
Ella ya no estaba.
—Anya.
León se giró.
—¿Qué?
—¿Dónde está tu hermana?
León miró alrededor.
—Estaba aquí.
Severus comenzó a buscar entre la gente.
—¡Anya!
Nadie respondió.
León corrió hacia el otro lado de la plataforma.
—¡Anya!
Nada.
Severus sintió que su estómago se contraía.
No había podido desaparecer por su cuenta.
Habían estado rodeados de personas.
Y él la había visto hacía apenas unos segundos.
Entonces observó el objeto que acababa de recoger.
No era de Anya.
Era una pequeña pieza de plástico.
Una distracción.
Severus comprendió inmediatamente.
—León.
—¿Qué?
—No fue un accidente.
La expresión de León cambió.
—¿Qué quieres decir?
Severus miró alrededor.
La mujer que había señalado el objeto ya no estaba.
Tampoco estaba el hombre que había permanecido cerca de ellos durante los últimos minutos.
Severus apretó la varita.
—Se llevaron a Anya.
León palideció.
—¿Qué?
—Nos estaban vigilando.
Severus recorrió la multitud con la mirada.
—No entraron aquí por casualidad.
León apretó los puños.
—Tenemos que encontrarla.
—Lo haremos.
La voz de Severus era fría.
Pero debajo de aquella calma había una furia creciente.
Sacó la varita.
—Y quienquiera que haya hecho esto acaba de cometer un error.
León miró el lugar donde Anya había estado unos segundos antes.
—Papá...
Severus colocó una mano sobre su hombro.
—La encontraremos.
Esta vez no había ninguna duda en su voz.
—Te lo prometo.
Severus y León abandonaron la zona turística después de proporcionar a las autoridades toda la información que tenían.
Durante la conversación, descubrieron algo que hizo que Severus se preocupara todavía más.
No era la primera desaparición.
En los últimos meses habían desaparecido personas de diferentes edades en distintas zonas de Florida.
Adultos.
Adolescentes.
Niños.
Algunos habían desaparecido mientras viajaban y otros mientras se encontraban en zonas poco concurridas.
León escuchó en silencio.
—Papá...
Severus no respondió inmediatamente.
Había comprendido algo.
Aquello no parecía un incidente aislado.
—La policía comenzará una búsqueda —dijo finalmente.
—¿Y cuánto tardarán?
Severus miró a su hijo.
—Demasiado.
León apretó los puños.
—Entonces nosotros la buscaremos.
Severus asintió.
—Eso haremos.
Horas después, ambos se encontraban en una zona boscosa cercana a los pantanos.
Severus sacó su varita.
—Mantente cerca de mí.
—Sí.
Severus respiró profundamente.
—Expecto Patronum.
Una luz plateada apareció frente a ellos.
La forma de una hermosa cierva se materializó y permaneció unos segundos junto a Severus.
—Encuéntrala.
El Patronus levantó la cabeza.
Después salió disparado entre los árboles.
León observó sorprendido.
—Es rápido.
—Sí.
Severus sacó dos escobas que habían llevado consigo.
—Vamos.
Ambos montaron y siguieron al Patronus desde el aire.
Durante varios minutos pudieron verlo entre los árboles.
Pero de repente desapareció.
—¡Papá!
—Lo he visto.
Severus volvió a aterrizar.
—Expecto Patronum.
La cierva volvió a aparecer.
Esta vez tomó otra dirección.
Severus y León la siguieron nuevamente.
Pero ocurrió lo mismo.
El Patronus desapareció después de avanzar cierta distancia.
Volvieron a conjurarlo.
Y nuevamente desapareció.
Así continuaron durante horas.
Cada vez que el Patronus desaparecía, Severus lo volvía a invocar y buscaban otra dirección.
Finalmente, llegaron a una zona donde el fenómeno se repitió de manera diferente.
La cierva avanzó unos metros...
Y desapareció.
Severus permaneció inmóvil.
—Papá, ¿qué pasa?
Severus observó los árboles.
—Protecciones mágicas.
León abrió los ojos.
—¿Aquí?
—Sí.
Severus levantó la varita y examinó el área.
—Algún tipo de barrera está interfiriendo con el Patronus.
—Entonces Anya está dentro.
—Es una posibilidad.
León miró el bosque.
—¿Podemos atravesarla?
—No desde aquí.
Severus desmontó de la escoba.
—Tendremos que continuar a pie.
El bosque se volvió cada vez más espeso.
Los árboles dificultaban el paso y apenas podían distinguir el cielo.
Después de varias horas, Severus comprendió que continuar durante la noche podía hacer que se perdieran.
—Nos detendremos aquí.
León miró alrededor.
—Pero Anya...
—Lo sé.
Severus se sentó junto a un árbol.
—Si seguimos avanzando sin descanso, podríamos perder el camino.
León se sentó a su lado.
Durante unos segundos permaneció en silencio.
Finalmente preguntó:
—¿Crees que encontraremos a Anya?
Severus lo miró.
—Sí.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
León bajó la mirada.
—Tengo miedo.
Severus colocó una mano sobre su hombro.
—Yo también.
León levantó la cabeza, sorprendido.
Severus continuó:
—Pero tener miedo no significa que vayamos a rendirnos.
A la mañana siguiente, Severus se levantó antes del amanecer.
Volvió a tomar su varita.
—Expecto Patronum.
La cierva apareció.
Pero esta vez no avanzó.
Permaneció quieta.
Severus frunció el ceño.
—¿Qué ocurre?
La cierva miró en diferentes direcciones, pero no reaccionó.
León comprendió lo que significaba.
—No puede encontrarla.
Severus permaneció en silencio.
Por primera vez, León pudo notar claramente la preocupación en el rostro de su padre.
Entonces tuvo una idea.
—Papá.
—¿Sí?
León miró las dos cajas que habían llevado consigo.
—Tenemos otra opción.
Severus miró las cajas.
—Silver y Bond.
León asintió.
—Las lechuzas tienen una habilidad mágica para encontrar a sus destinatarios. Tal vez puedan localizar a Anya aunque las protecciones bloqueen al Patronus.
Severus recordó inmediatamente aquella característica de las lechuzas mágicas.
Siempre habían tenido una capacidad extraordinaria para localizar a las personas a quienes debían entregar mensajes.
—Podría funcionar.
León abrió una de las cajas.
—Entonces hagámoslo.
Severus asintió.
León realizó el contrahechizo.
Una luz envolvió a los dos gatos.
En cuestión de segundos, sus cuerpos cambiaron.
Las dos lechuzas aparecieron nuevamente.
Silver sacudió sus alas.
Bond hizo lo mismo.
León sonrió.
—Necesitamos encontrar a Anya.
Las dos lechuzas levantaron la cabeza.
Ulularon.
—¡Uhuu!
—¡Uhuu!
Después extendieron las alas y salieron volando en una dirección determinada.
Severus miró a León.
—Síguelas.
Ambos montaron sus escobas.
Silver y Bond volaron entre los árboles, avanzando cada vez más lejos.
Severus y León las siguieron desde arriba.
Después de varios kilómetros, las lechuzas continuaron sin detenerse.
León miró hacia delante.
—¡Papá!
—Las veo.
La esperanza volvió a aparecer en sus ojos.
Mientras tanto, muy lejos de allí, Anya despertó en un campamento improvisado.
Miró a su alrededor.
Había varias personas allí.
Algunas parecían llevar bastante tiempo en aquel lugar.
Uno de los prisioneros se acercó discretamente.
—No hagas nada imprudente.
Anya lo miró.
—¿Por qué?
El hombre bajó la voz.
—Porque ellos no toleran que nadie intente escapar.
Anya observó las instalaciones.
—¿Quiénes son?
—No lo sabemos todo.
El hombre miró alrededor antes de continuar.
—Pero varias personas han intentado escapar.
Anya tragó saliva.
—¿Y qué pasó?
El hombre bajó la mirada.
—No regresaron.
Otro prisionero intervino rápidamente.
—Haz lo que te digan y mantente tranquila. Es la única forma de evitar problemas.
Anya apretó los puños.
No quería demostrar miedo.
Pensó en su Papa.
Pensó en León.
Y recordó la promesa que su padre le había hecho.
La encontraremos.
Anya levantó lentamente la cabeza.
—Mi papá me va a encontrar.
El hombre la miró con tristeza.
—Ojalá tengas razón.
Muy por encima del bosque, dos lechuzas continuaban volando.
Y detrás de ellas, dos figuras avanzaban rápidamente sobre sus escobas.
