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Chapter 77 - Duelo

Una lluvia de explosiones sacudía el campamento.

El duende levantaba sus escudos una y otra vez, bloqueando los hechizos que llegaban desde diferentes direcciones.

Pero Severus ya no estaba donde había estado un segundo antes.

Su cuerpo se transformó en una espesa neblina negra que se deslizó entre las construcciones.

—¿Dónde estás? —gruñó el duende.

La neblina apareció detrás de él.

—¡Expelliarmus!

El duende levantó rápidamente un escudo.

¡BOOM!

El hechizo impactó contra la barrera.

Antes de que pudiera reaccionar, la neblina volvió a desaparecer.

Apareció a su izquierda.

—¡Bombarda!

Otra explosión.

El duende retrocedió.

Severus volvió a transformarse en niebla.

Derecha.

Izquierda.

Arriba.

Detrás.

Los hechizos llegaban constantemente desde diferentes ángulos.

El duende apenas podía defenderse.

Sin embargo, dejó de intentar perseguirlo.

Se quedó completamente quieto.

—Sigue moviéndote...

Sus ojos recorrieron el campo.

—Vamos.

Esperó.

Severus apareció detrás de una construcción.

Un hechizo salió disparado.

El duende levantó el escudo.

Entonces Severus volvió a convertirse en niebla.

El duende cerró los ojos durante un instante.

Había comprendido el patrón.

La próxima vez que la neblina apareció...

El duende se giró bruscamente.

—¡Ahora!

Sacó un arma dorada.

Un disparo resonó por todo el campamento.

Severus volvió a materializarse.

El proyectil impactó en su pie.

—¡Ah!

Severus cayó de rodillas.

Su varita se le escapó de la mano y quedó a varios metros.

El duende sonrió.

—Te tengo.

Severus respiró profundamente mientras intentaba incorporarse.

El duende levantó el arma y caminó hacia él.

—Muere, mago.

Desde lejos, Anya abrió los ojos.

—¡Papá!

Anya quiso correr hacia él, pero Severus levantó una mano.

—Quédate ahí.

El duende apuntó directamente hacia Severus.

—Se acabó.

Severus lo miró con absoluta calma.

Entonces movió ligeramente los dedos.

El duende frunció el ceño.

—¿Qué...?

Algo cayó junto a sus pies.

Una pequeña granada.

El duende bajó la mirada.

Sus ojos se abrieron.

Severus sonrió ligeramente.

—No eres el único que puede hacer magia sin varita.

¡BOOM!

La explosión lanzó al duende hacia atrás.

Severus aprovechó el instante.

Extendió la mano.

Su varita voló desde el suelo directamente hasta su palma.

La sujetó con firmeza.

Anya corrió hacia él.

—¡Papá!

—Estoy bien.

Severus volvió a ponerse de pie con dificultad.

Entonces un fuerte rugido procedente de la mina volvió a escucharse.

Todos miraron en esa dirección.

Mientras tanto, en la entrada de la mina...

—¿Qué demonios es esa cosa de hielo? —gritó un soldado.

Frente a ellos, el enorme centauro de hielo avanzaba a toda velocidad.

Dentro de la criatura se encontraba León.

—¡Sigan disparando!

Los soldados comenzaron a disparar.

Las balas chocaban contra la armadura de hielo, pero León no se detenía.

El centauro levantó su enorme brazo y golpeó un vehículo, haciéndolo volcar.

Otro soldado intentó escapar.

El centauro lo alcanzó y lo derribó con un solo golpe.

—¡No podemos detenerlo!

León sonrió desde el interior de su creación.

—¡Vamos!

El centauro continuó corriendo por el campamento, destruyendo vehículos y obligando a los soldados a retroceder.

Entonces, desde detrás de una estructura, un soldado apareció con un lanzacohetes.

—¡Ahora!

Disparó.

El proyectil impactó directamente contra el centauro.

¡BOOM!

Una enorme nube de humo cubrió el lugar.

El centauro de hielo se desmoronó.

Los soldados observaron los restos.

Uno de ellos levantó los brazos.

—¡Lo conseguimos!

—¡Esa cosa cayó!

—¡Está destruida!

Entonces...

Un viento helado comenzó a circular detrás de ellos.

Los soldados dejaron de celebrar.

La temperatura descendió repentinamente.

El hielo comenzó a formarse sobre el suelo.

—¿Qué...?

Un remolino de nieve se elevó.

Dentro de él apareció nuevamente la silueta del centauro.

Sus patas se reconstruyeron.

Su cuerpo volvió a tomar forma.

Finalmente, sus ojos de hielo brillaron.

León sonrió.

—¿Pensaron que era tan fácil?

Los soldados palidecieron.

—¡No puede ser!

—¡Es la misma cosa!

—¡Disparen!

Varios levantaron sus armas.

Apretaron los gatillos.

Clic.

Nada.

Volvieron a intentarlo.

Clic.

Uno de ellos miró desesperado su cargador.

—¡No tengo munición!

León hizo avanzar al centauro.

—Entonces será más sencillo.

El centauro cargó.

Los soldados intentaron huir, pero fueron derribados uno tras otro.

Los prisioneros observaban sorprendidos.

—¡Es un niño!

—¡Está controlando esa cosa!

León levantó el brazo del centauro.

—¡Fuera de mi camino!

El golpe hizo retroceder a varios soldados y destruyó otro vehículo.

Entonces un sonido diferente llamó su atención.

WHUP-WHUP-WHUP-WHUP.

León levantó la cabeza.

Un helicóptero se aproximaba.

Dentro, un soldado observaba el centauro.

—¡Derríbenlo!

Otro soldado miró hacia abajo.

—Señor, deberíamos retirarnos.

—¡No!

El primero señaló hacia León.

—Esa cosa no puede volar.

Tomó el control del arma.

—Disparen los misiles desde arriba.

—Sí, señor.

El helicóptero comenzó a elevarse.

León levantó la cabeza.

El centauro de hielo cerró los puños.

—Así que creen que están fuera de mi alcance...

León sonrió.

—Veamos.

El centauro levantó ambos brazos.

—¡Puño cohete!

Los enormes puños de hielo se desprendieron de los brazos y salieron disparados hacia el cielo.

Dentro del helicóptero, el piloto abrió los ojos.

—¡Esquiva!

—¡Estoy intentando!

El helicóptero giró bruscamente.

Uno de los puños pasó muy cerca.

—¡Esquiva el otro!

—¡No puedo!

El segundo puño impactó contra el helicóptero.

¡BOOM!

La aeronave perdió el control y comenzó a descender rápidamente.

—¡Salten!

Los soldados abandonaron el vehículo antes de que este terminara estrellándose lejos del campamento.

El helicóptero quedó inutilizado.

Durante unos segundos, nadie dijo nada.

Entonces uno de los prisioneros levantó los brazos.

—¡Somos libres!

Los demás comenzaron a celebrar.

Algunos se abrazaron.

Otros simplemente se dejaron caer al suelo, incapaces de creer que finalmente habían vencido a sus captores.

Mientras tanto, en el otro extremo del campamento, Severus permanecía junto a Anya.

El polvo todavía flotaba en el aire después del enfrentamiento.

Entonces una voz surgió desde una de las cavernas.

—Maldito mago...

Severus giró inmediatamente.

Una figura pequeña salió lentamente de la oscuridad.

Era otro duende.

Había permanecido escondido dentro de una caverna cercana y ahora observaba a Severus con evidente odio.

—Has arruinado mis planes.

Severus levantó ligeramente la varita.

Severus dio un paso hacia delante.

—Tú eres el responsable de los secuestros.

El duende soltó una carcajada.

—¿Y qué si lo soy?

Los prisioneros comenzaron a mirarlo con rabia.

El duende extendió los brazos.

—¡Todo estaba funcionando perfectamente!

Señaló hacia la mina.

—Solo tenían que excavar.

Luego señaló las montañas de mineral acumulado.

—Extraer el oro.

Su expresión se volvió más fría.

—Trabajar hasta terminar.

Anya apretó los puños.

—¡Eso es horrible!

El duende la miró.

—Tú deberías haber seguido trabajando.

Severus colocó inmediatamente una mano delante de Anya, protegiéndola.

—No vuelvas a dirigirle la palabra.

El duende soltó una pequeña risa.

—¿Y qué vas a hacer, mago?

Antes de que Severus pudiera responder, uno de los prisioneros dio un paso adelante.

—¡No te tenemos miedo!

Otro levantó la voz.

—¡Exacto!

Un tercero señaló hacia Severus.

—¡Tenemos al señor mago de nuestro lado!

Los demás comenzaron a gritar.

—¡No te tenemos miedo!

—¡Somos libres!

—¡No volveremos a la mina!

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