El coliseo vibraba. La fuerza de los ataques de ambos contendientes amenazaba con derrumbar las bóvedas subterráneas. Ryuusei Kisaragi se deslizó hacia atrás, frenando su impulso clavando los talones en la piedra rúnica. Sus pulmones ardían, pero su mente trabajaba a una velocidad vertiginosa.
La "Fricción Cero" de Hiroshi era un problema gigantesco. Cada golpe de mazo directo resbalaba sobre él, anulando la fuerza de impacto. Ryuusei sabía que no podía ganar a base de pura fuerza bruta si la fuerza no conectaba. Tenía que cambiar su enfoque.
En un parpadeo, Ryuusei desconvocó el martillo de su mano izquierda, enviándolo de vuelta al abismo de su energía ancestral. En su lugar, el aire se distorsionó y una de sus dagas de teletransportación, afilada y oscura, apareció en su agarre.
Ahora, la postura de Ryuusei era asimétrica e impredecible: en su mano derecha, la monstruosa masa destructiva del martillo; en su mano izquierda, la precisión letal de la daga.
Mientras ajustaba su agarre, una sonrisa genuina y casi nostálgica se dibujó en los labios de Ryuusei. En su mente, pensó en Bradley Goel, la 6ta GEN de su equipo, un velocista puro que desafiaba la barrera del sonido. "A Bradley le hubiera encantado pelear contra este tipo", pensó Ryuusei. "Una carrera entre la supervelocidad pura y el deslizamiento sin fricción. Habría sido un espectáculo."
Esa sonrisa en medio del caos no pasó desapercibida. Hiroshi, que se deslizaba en círculos a su alrededor como un depredador acechando, detuvo su movimiento abruptamente.
—¿Por qué demonios sonríes como un tonto? —le gritó Hiroshi, indignado por la falta de miedo en los ojos de su rival—. Te estoy haciendo pedazos, bastardo. ¿Acaso ya perdiste la razón?
Ryuusei levantó la mirada, sus falsos ojos carmesí brillando con una crueldad que heló la sangre de los espectadores más cercanos.
—Sonrío —respondió Ryuusei, su voz resonando en toda la arena—, porque en mi mente acabo de imaginar cómo te ves muerto. Estaba imaginando el momento exacto en el que alce tu corazón latiendo ante todos los presentes, y luego se lo tire directamente a la cara de tu amada esposa Himari. Solo quiero ver qué tipo de rostro pondrá cuando la sangre de su "perfecto" esposo le manche ese hermoso kimono blanco.
Las palabras fueron como ácido. En las gradas, Himari Kurogane se puso de pie de golpe, abriendo su abanico con tanta fuerza que casi rompe las varillas, su rostro pálido por la furia.
Hiroshi rugió como una bestia herida. Su orgullo había sido pisoteado.
—¡TE VOY A DESOLLAR VIVO! —bramó Hiroshi, lanzándose hacia adelante a una velocidad absurda. Al no tener fricción contra el aire ni el suelo, su cuerpo era un proyectil humano imparable. Lanzó la guadaña de su "Banquete de Cuervos" directo a la garganta de Ryuusei.
Pero en el instante en que el acero negro iba a decapitarlo, Ryuusei se teletransportó. Apareció quince metros más a la derecha, su daga brillando con energía residual.
El plan de Ryuusei era claro, metódico y brutal: iba a cansar a Hiroshi. La habilidad de "Fricción Cero" requería una superficie sobre la cual resbalar. Si el suelo era perfecto, Hiroshi era Dios. Pero si el suelo dejaba de existir, Hiroshi no tendría cómo moverse.
Ryuusei alzó su Martillo del Caos y lo estrelló con toda la fuerza de su 5ta generación contra el suelo de la arena. ¡Booooooooom! La losa de piedra rúnica estalló en mil pedazos, creando un cráter masivo de tres metros de profundidad.
Hiroshi, deslizándose a ciegas por la furia, tuvo que usar sus cadenas para engancharse al techo y evitar caer en el agujero, perdiendo su concentración.
—¡No huyas, cobarde! —gritó Hiroshi, balanceándose y cayendo en picada hacia Ryuusei.
La verdadera humillación comenzó. Hiroshi no era solo un sádico; era un experto asesino. Usando los escombros como puntos de rebote, Hiroshi empezó a rebotar por toda la arena sin perder velocidad. El "Banquete de Cuervos" se movía como una serpiente negra.
¡Zash!
La cadena golpeó el hombro izquierdo de Ryuusei. La sangre brotó, pero el daño físico fue secundario. El verdadero horror del arma ancestral de Hiroshi entró en efecto. Ryuusei sintió que una aguja de hielo le atravesaba el cerebro. De repente, el sonido del público y de los escombros cayendo se volvió un zumbido sordo. Había perdido el 50% de su audición.
—¡Uno! —carcajeó Hiroshi, resbalando por debajo del martillo de Ryuusei y lanzando un tajo hacia sus piernas.
¡Zash!
La guadaña cortó el muslo derecho de Ryuusei. El mundo giró violentamente. La visión de Ryuusei se nubló, los colores se mezclaron en una mancha gris y negra. Sus ojos ardían; estaba perdiendo la vista. Ryuusei lanzó un golpe ciego con el martillo, destrozando otro pedazo del suelo, pero Hiroshi ya no estaba ahí.
El hermano Valmorth era intocable. Durante los siguientes tres minutos, fue una masacre unilateral. Hiroshi jugaba con él, deslizándose sin fricción entre los ataques de Ryuusei, conectando cortes superficiales pero devastadores.
¡Zash! ¡Zash! ¡Zash!
La espalda, los brazos y el torso de Ryuusei estaban cubiertos de cortes. El dolor se había desvanecido, pero eso era lo peor de todo. Había perdido el sentido del tacto. No sentía el mango de su martillo, no sentía la daga en su mano izquierda, ni siquiera sentía la sangre caliente resbalando por su propio pecho. Ryuusei se tambaleaba, casi sordo, casi ciego y completamente adormecido. Parecía un muñeco de trapo resistiendo un huracán.
Las gradas rugían vitoreando a Hiroshi. Constantine Valmorth sonreía desde su trono, complacido con la exhibición de superioridad de su hermano.
Pero Ryuusei, a pesar de estar perdiendo casi todos sus sentidos, no había dejado de ejecutar su plan. Cada vez que fallaba un golpe, su martillo destruía el suelo. Después de recibir la paliza, casi el noventa por ciento del cuadrilátero estaba convertido en ruinas, baches, escombros afilados y cráteres inmensos. No quedaba ni un solo metro cuadrado de superficie lisa.
Ryuusei se detuvo en el centro, apoyándose en el mango largo de su martillo para no caer. Su visión era un túnel oscuro, pero podía intuir la silueta de Hiroshi preparándose para el golpe final.
Con un esfuerzo sobrehumano, escupiendo un coágulo de sangre, Ryuusei alzó la voz, provocándolo una última vez.
—Hmpf... —Ryuusei soltó una risa ronca, burbujeante—. ¿Eso es todo? Eres un Valmorth muy pequeño. Mucho ruido para ser un enano patético. Y tu esposa... Himari es una pésima chica. Tiene un gusto horrible al elegir a tremendo enano como tú. Seguro se casó contigo por lástima.
Ryuusei soltó una carcajada abierta, burlona, que hizo eco en el silencio momentáneo del coliseo.
La provocación fue el detonante definitivo. La vena en la frente de Hiroshi pareció a punto de estallar. Ya no pensó en tácticas. Ya no pensó en el estado del terreno.
—¡TE VOY A ARRANCAR LA LENGUA! —chilló Hiroshi.
Hiroshi fue corriendo hacia él, activando su "Fricción Cero" al máximo para deslizarse y decapitarlo.
Pero el suelo ya no estaba ahí. Al pisar el borde de un cráter destrozado, el pie de Hiroshi no encontró superficie plana, sino un pozo irregular lleno de rocas afiladas. Su cuerpo, acostumbrado a resbalar sobre perfección, rebotó torpemente contra las aristas del escombro. Su postura se rompió por completo. Trastabilló en el aire, perdiendo el control de su propia cinética.
Al no haber nada liso con lo que caminar, y estando todo lleno de baches, su "Fricción Cero" se interrumpió por apenas un segundo y medio. Su cuerpo se volvió sólido, vulnerable y sujeto a las leyes del impacto.
Un segundo y medio. Para Ryuusei, eso era una eternidad.
Ryuusei aprovechó esos preciosos segundos. Apretó el agarre de su daga ciega, inyectó toda la energía generacional que le quedaba, y se teletransportó.
No apareció frente a Hiroshi, ni a los lados. Se teletransportó directamente arriba de él, en pleno aire.
El tiempo pareció detenerse. La silueta de Ryuusei tapó la luz de las antorchas. Con los brazos tensos y los músculos al borde del desgarro, Ryuusei bajó su martillo en un arco vertical perfecto, aprovechando la gravedad y todo el peso de su poder.
El impacto fue apocalíptico.
El mazo de acero oscuro golpeó directamente el lado izquierdo del cráneo y el rostro de Hiroshi. El sonido no fue un golpe limpio, fue el sonido húmedo y nauseabundo de un melón siendo aplastado por un yunque.
La fuerza del ataque hundió a Hiroshi contra el suelo de piedra, creando un nuevo cráter debajo de él. La onda de choque levantó una nube de polvo y sangre.
Cuando el polvo se disipó un poco, la escena fue tan horrible que varios aristócratas en las gradas apartaron la mirada y algunos vomitaron. El impacto del martillo le había volado literalmente media cara a Hiroshi. El ojo izquierdo, el pómulo, la mandíbula inferior izquierda... todo había sido aplastado hasta convertirse en pulpa. A lo lejos, a través de las fracturas masivas del cráneo, se podía ver su medio cerebro hundido y expuesto, latiendo débilmente.
Hiroshi no podía gritar; no tenía con qué. Solo emitía un gorgoteo espeluznante.
Ryuusei aterrizó pesadamente a su lado. Respirando con dificultad, tiró su daga al suelo, justo al costado del cuerpo masacrado de Hiroshi. Levantó su pesada bota militar y, con una crueldad metódica, la bajó con toda su fuerza sobre el tobillo derecho de Hiroshi, rompiéndole la articulación en docenas de pedazos para asegurarse de que no pudiera volver a correr.
El silencio en el coliseo era sepulcral. El Campeón de la facción central había sido destrozado.
Pero algo ocurrió en ese preciso momento. A pesar del horrible estado en el que se encontraba, a pesar de tener medio cerebro expuesto y la mandíbula destrozada, Hiroshi aún estaba vivo. Su aura de 5ta generación se negaba a extinguirse.
Con su único ojo derecho inyectado en sangre, mirando a Ryuusei con un odio que trascendía la muerte, Hiroshi movió los restos de sus labios. Dijo unas palabras al aire, un cántico antiguo y desesperado que no se logró escuchar debido al estado de su garganta.
Era un secreto de linaje, un último recurso suicida. De esas palabras inaudibles, la humedad del aire y la propia sangre derramada de Hiroshi reaccionaron violentamente, creando un torrente de un tipo de agua pesada y oscura.
El chorro de agua salió disparado hacia arriba, yendo directamente a la cabeza de Ryuusei. El agua lo golpeó en pleno rostro, casi ahogándolo, metiéndose por su nariz y su boca, cubriéndole toda la cara y el cabello con una presión brutal.
Ryuusei retrocedió, tosiendo, llevándose las manos al rostro para limpiarse la extraña sustancia líquida.
En la mente destrozada de Hiroshi, a pesar de la agonía y la muerte inminente, todo estaba saliendo a la perfección. Él sabía que no podía ganar físicamente, pero había descubierto la verdad horas antes. Y ahora, iba a exponerla al mundo.
El agua pesada actuó como un solvente absoluto. Mientras Ryuusei se secaba el rostro, la ilusión se deshizo. El tinte blanco platinado que cubría su cabello se diluyó, resbalando por su cuello como pintura barata, revelando el color negro azabache natural de su pelo. Al mismo tiempo, los lentes de contacto carmesí fueron expulsados por la presión del agua. Cuando Ryuusei abrió los párpados, ya no estaban esos ojos rojos característicos de los Valmorth de sangre pura; en su lugar, brillaban unos ojos oscuros, fríos e insondables.
Hiroshi, sosteniéndose sus propias entrañas y apoyándose con un solo brazo, se levantó tambaleándose. Era casi imposible mirarlo a la cara por lo horrible que lo había dejado el impacto del martillo, pero su único ojo derecho irradiaba un triunfo macabro.
Hiroshi apuntó con su dedo tembloroso y sangriento hacia Ryuusei. Con un último aliento potenciado por su energía, gritó para que todo el coliseo lo escuchara:
—¡LO VEN! ¡MIREN BIEN A ESTE BASTARDO! —la voz de Hiroshi sonaba distorsionada, monstruosa—. ¡Este idiota no es un Valmorth de Bélgica! ¡Es un tipo normal con poderes! O sea, en pocas palabras, no cumple con las reglas sagradas de los Valmorth para un duelo de sucesión. ¡El reto es inválido! ¡Y por las leyes de esta casa, yo, Hiroshi Valmorth, gano esta pelea!
El mundo pareció detenerse.
Todo el público se quedó en shock absoluto. El silencio duró dos segundos antes de que estallara el caos total. Los magnates se pusieron de pie, las cámaras de los periodistas clandestinos y los agentes de inteligencia empezaron a disparar flashes sin control, tomando fotos al rostro descubierto de Ryuusei con su cabello negro.
De repente, en la zona VIP donde se sentaban los invitados de Japón, uno de los miembros de alto rango de la Asociación de Héroes se levantó, empujando su silla. Reconoció ese rostro, ese cabello y la forma de pelear.
—¡Aten al objetivo! —gritó el héroe, señalándolo frenéticamente—. ¡No es un sirviente! ¡Es el criminal internacional Ryuusei Kisaragi! ¡El terrorista buscado!
En el palco principal, el rostro de Constantine Valmorth se contorsionó de ira pura. La humillación era intolerable. Se giró hacia las gradas inferiores, buscando a su hermano con una mirada asesina.
—¡JOHN! —le gritó Constantine, su voz retumbando con energía letal—. ¿Qué significa esto, pedazo de escoria traidora? ¡Has traído a un asesino externo a nuestra arena sagrada!
John Valmorth no retrocedió. Se quedó de pie, con los puños apretados, sabiendo que el telón había caído.
Abajo en la arena, Ryuusei, con el cabello negro goteando agua y su identidad revelada al mundo entero, no mostró ni un ápice de pánico. Sabía que este momento llegaría. Llevó su mano a su rostro y canalizó su poder interno. El aire vibró con una energía pura y aterradora.
Ryuusei invocó su máscara. La madera mística se materializó sobre su rostro, mitad blanca, mitad negra, con el símbolo del Yin y el Yang esculpido en la frente. Al ponerse la máscara, un aura densa, oscura y opresiva estalló a su alrededor. Estaba ganando más fuerza, sus sentidos se agudizaron, superando el letargo del arma de Hiroshi. Sus músculos se tensaron con un poder renovado.
A través de las ranuras de su máscara, Ryuusei miró hacia las gradas. Levantó su Martillo del Caos restante y apuntó directamente a John Valmorth. El mensaje era un gesto simple pero mortal, diciendo sin palabras: "Tú prometiste protegerme si esto pasaba. Así que haz tu parte, porque yo voy a hacer la mía".
John entendió el mensaje. Con la respiración acelerada, sabiendo que acababa de declarar la guerra contra el mundo entero, sacó un teléfono encriptado a escondidas de su chaqueta. Apretó un solo botón y se lo llevó al oído.
—Que nadie salga de esta casa. Bloqueen las puertas, desactiven los protocolos de escape y maten a las comunicaciones satelitales —ordenó John, con la voz fría como el hielo—. Que empiece la "Operación Valmorth".
De vuelta en el campo de batalla, Ryuusei bajó su martillo y caminó lentamente hacia el moribundo Hiroshi. A pesar de estar perdiendo materia cerebral por segundos, Hiroshi seguía de pie por puro orgullo y energía vital.
Ryuusei se detuvo a tres metros de él. La máscara del Yin y el Yang le daba un aspecto de deidad vengativa.
—Eres un maldito genio, Hiroshi —le dijo Ryuusei, su voz grave y distorsionada por la máscara resonando en el silencio relativo de la arena central—. Destruiste mi coartada perfectamente. Pero te olvidas de un pequeño detalle... esto aún no acaba. Las reglas no me importan, y no voy a dejarte vivo.
Ryuusei inclinó un poco la cabeza, mirando de reojo hacia donde estaba Hitomi en el túnel.
—Además, tengo una cita pendiente con una mujer muy guapa de esta familia —añadió Ryuusei, con una calma espeluznante—, y no voy a desperdiciar la oportunidad de salir con ella por tu culpa.
Sin hacer el más mínimo movimiento previo, Ryuusei movió su muñeca izquierda. Lanzó la daga que había estado guardando.
La hoja oscura cortó el aire a velocidad supersónica y se clavó profundamente en el centro del pecho de Hiroshi, justo en el esternón. Hiroshi apenas tuvo tiempo de bajar la vista hacia el arma incrustada antes de que el aire a su alrededor estallara.
Ryuusei se teletransportó, materializándose en el mismo espacio que la daga, a un centímetro del cuerpo de Hiroshi.
Con un rugido que hizo temblar la piedra, Ryuusei levantó su martillo y le asestó un golpe horizontal a la cabeza de Hiroshi. El impacto fue definitivo. Le aplastó lo poco que le quedaba de la cara y el cráneo, enviando el cuerpo de Hiroshi a estrellarse contra los muros del coliseo.
Cualquiera habría pensado que la regeneración de una 5ta generación podría curar incluso eso, pero había una verdad letal que Hiroshi ignoraba. Los Martillos de Guerra de Ryuusei no eran simples armas de demolición. Eran Armas Ancestrales, nacidas de una energía caótica que distorsionaba la materia misma. Sus impactos inyectaban una energía residual en las células del enemigo que bloqueaba la regeneración celular. Por esa razón, Hiroshi se había demorado tanto en intentar regenerar el primer golpe en el rostro. Su cuerpo estaba colapsando bajo el peso del caos.
Aún así, el aura de Hiroshi, terca como la de un dios menor, mantenía su pecho subiendo y bajando. Estaba vivo por inercia, por pura negativa a morir.
Ryuusei exhaló profundamente bajo su máscara. Guardó su colosal martillo, enviándolo al vacío, y de sus bolsillos sacó la otra daga de teletransportación.
Caminó hacia el cuerpo inerte. Se arrodilló sobre el pecho de Hiroshi.
Con una precisión, Ryuusei clavó ambas dagas en el esternón destrozado de Hiroshi y empezó a hacer un corte profundo, abriendo la caja torácica para encontrar la fuente de su poder: el corazón.
Hiroshi, en un último y patético intento de supervivencia, movió sus brazos rotos. Quería intentar detenerlo. Sus manos, empapadas de su propia sangre, tierra y restos de cerebro, se alzaron débilmente y agarraron el rostro de Ryuusei.
Sus dedos ensangrentados arañaron la superficie de la máscara del Yin y el Yang, manchando el inmaculado blanco y el profundo negro con gruesas líneas de sangre fresca. Pero Ryuusei ni siquiera se inmutó. No retrocedió. Continuó escarbando, ignorando las manos débiles de Hiroshi que resbalaban sobre su máscara.
Después de unos agonizantes segundos de romper costillas y tejidos, la mano enguantada de Ryuusei se hundió en el pecho abierto. Sintió el músculo latiendo con una fuerza antinatural. Por fin encontró el corazón.
Con un tirón brutal, Ryuusei se lo arrancó.
El sonido de los tendones y arterias rompiéndose hizo eco en el silencio de muerte del coliseo. Hiroshi Valmorth dio una última sacudida espasmódica, sus manos cayeron pesadamente a los costados, y sus restos quedaron completamente inmóviles.
Ryuusei se puso de pie, pisando el cadáver. Alzó el corazón de Hiroshi, grande, latiendo débilmente por la energía remanente y empapado de sangre. Lo sostuvo en alto, frente a los miles de espectadores, los héroes, los magnates y la propia familia Valmorth.
Y con un apretón de su puño, procedió a aplastarlo.
El órgano reventó como una granada de sangre, derramándose sobre los dedos de Ryuusei y goteando sobre el suelo de la arena.
Hiroshi Valmorth, Segundo Hijo de la fallecida Laila Valmorth su madre, el Campeón de la facción central y el intocable de la "Fricción Cero"... había muerto.
En las gradas de honor, el mundo se rompió para una persona.
Himari Kurogane, la novia que horas antes había soñado con una vida en Osaka, vio cómo el corazón de su esposo era reventado frente a sus ojos. El horror y la incredulidad se apoderaron de ella. Cayó de rodillas, rasgando su perfecto y puro kimono blanco
—¡¡HIROSHI!! —gritó Himari como loca, una voz cargada de un dolor tan agudo y crudo que desgarró el alma de quienes la escucharon—. ¡No, no, no! ¡HIROSHIIII!
Lloró de un dolor incontrolable, golpeando el suelo con los puños ensangrentados, antes de levantar su rostro desfigurado por la ira y las lágrimas hacia la arena.
—¡LO QUIERO MUERTO! —chilló Himari, señalando a Ryuusei con el dedo tembloroso—. ¡QUIERO EL CORAZÓN DE RYUUSEI KISARAGI EN UNA BANDEJA! ¡MATEN A TODOS!
A la orden de su matriarca en luto, el caos estalló. Todos los samuráis del Clan Kurogane desenfundaron sus katanas simultáneamente, el sonido del acero llenando el aire. Los miembros de la Asociación de Héroes prepararon sus armas y encendieron sus auras de combate, mientras las puertas del coliseo se cerraban de golpe por orden de John.
La infiltración había terminado. La guerra total acababa de empezar.
