El palco de honor era un hervidero de histeria. Magnates corrían hacia las salidas, tropezando entre sí, mientras los guardias de élite de la facción central desenfundaban sus armas. En medio de la anarquía, Constantine Valmorth se mantenía erguido como un monolito de furia pura, irradiaba una presión tan densa que el aire a su alrededor parecía distorsionarse.
Con un movimiento rígido, Constantine sacó su teléfono, que milagrosamente aún tenía señal en esa red interna. Sus nudillos estaban blancos por la fuerza con la que apretaba el dispositivo.
—Comandante de la Guardia Central —ordenó Constantine, su voz destilando un veneno mortal—. Código Negro. Activen los protocolos de exterminio. Quiero que encuentren a mi hermano John y lo maten. No me importan las bajas colaterales. Tráiganme su cabeza.
Colgó el teléfono y se giró lentamente. A su lado estaba su esposa, Eliza Von Drachen. La majestuosa mujer, heredera de uno de los linajes más temidos de Europa, tenía los ojos muy abiertos, sus manos temblando ligeramente frente a su pecho. No podía creer lo que estaba viendo: el coliseo destrozado, Hiroshi convertido en un cadáver mutilado, y la rebelión de los mestizos estallando en sus propias narices.
Constantine dio un paso hacia ella, y la frialdad en su rostro se suavizó por una fracción de segundo, reemplazada por la urgencia de un líder que debe proteger su legado.
—Eliza —le dijo Constantine, tomándola por los hombros con firmeza—. Llévate a toda tu familia. Regresen a Italia de inmediato. Que tus mejores hombres te cuiden y escúden la retirada. Quédate en la mansión Von Drachen y cierra las puertas. Solo quiero que tus familiares directos vayan de vuelta. Este ya no es lugar para ustedes.
Eliza lo miró a los ojos, sintiendo el peso de la tormenta que se avecinaba. Se dirigió hacia él, acortando la distancia, y agarró las solapas de su saco con una fuerza inusitada.
—No te atrevas a morir, Constantine —susurró Eliza, con la voz quebrada pero llena de una exigencia feroz—. No me dejes viuda en medio de esta guerra.
Constantine, el hombre que hacía arrodillar a reyes y primeros ministros, bajó la mirada, hincó una rodilla en el suelo alfombrado del palco y tomó la mano de su esposa.
—Te lo prometo —dijo, besando el dorso de su mano—. En nombre de los Valmorth y de los Von Drachen, el apellido de mi esposa que yo hago respetar con sangre, volveré a ti sano y salvo. Esta escoria no será mi fin.
Eliza tiró de él, obligándolo a levantarse, y le dio un beso apasionado, desesperado, sellando un pacto en medio del fin del mundo.
A escasos metros de ellos, la escena era un abismo de desesperación. Lady Himari Kurogane estaba derrumbada en el suelo, en un charco de sus propias lágrimas y de la sangre que se había manchado al arañar la baranda del palco. Su inmaculado shiromuku blanco estaba arruinado. Lloraba con gritos desgarradores, un sonido animal que hería los oídos de cualquiera que tuviera un poco de humanidad.
Constantine se separó de su esposa y se quiso acercar a su cuñada. Extendió la mano para consolarla, pero Himari alzó la vista. Sus ojos estaban inyectados en sangre, su maquillaje corrido en oscuros surcos de dolor.
—¡Ni se te ocurra tocarme! —le gritó Himari con la voz rasgada, apartándole la mano de un manotazo violento—. ¡No me toques! ¡Tú dijiste que este lugar era seguro! ¡Tú dijiste que él ganaría!
Himari se abrazó a sí misma, temblando convulsivamente.
—¡Quiero su corazón! —sollozó, clavando sus uñas en su propio regazo—. ¡Quiero el corazón de Ryuusei Kisaragi! ¡Él mató a mi esposo! ¡Lo destrozó!
Constantine apretó la mandíbula, sintiendo una punzada de culpa y una ira incontrolable.
—Te prometo que voy a hacer eso, Himari. Te traeré el corazón de ese bastardo en una caja de plata —dijo Constantine, bajando el tono—. Pero ahorita tienes que ir a una zona segura. El coliseo va a colapsar, es peligroso que te quedes aquí.
Constantine se inclinó y la levantó poco a poco, sosteniéndola por los brazos. Himari, sin fuerzas, dejó caer su cabeza sobre el pecho del líder Valmorth. Empezó a darle pequeños golpecitos débiles en el esternón con sus puños cerrados, llorando desconsolada.
—¿Por qué...? ¿Por qué tuvo que morir...? —gemía Himari, cada palabra ahogada en hipos de agonía—. Teníamos una vida... íbamos a regresar a Osaka... ¿por qué...?
El dolor de la viuda era un eco fúnebre que alimentaba la sed de sangre de los guardias.
Abajo, en la arena destrozada, Ryuusei Kisaragi estaba pagando el precio de su victoria. Arrodillado junto al cadáver de Hiroshi, su cuerpo era una masa de carne mutilada, cortes profundos y nervios destrozados. La habilidad del "Banquete de Cuervos" lo había dejado sordo, ciego y sin sentido del tacto. Su regeneración, potenciada ahora por la inmensa energía mística de la Máscara del Yin y Yang que cubría su rostro, estaba trabajando a marchas forzadas, reconectando neuronas y soldando tejido, pero el proceso era lento y agonizante.
A su alrededor, decenas de samuráis del Clan Kurogane, cegados por la furia al ver a su señora llorar, saltaron a la arena. Con gritos de guerra, desenfundaron sus katanas, corriendo hacia la figura vulnerable de Ryuusei.
Cuando los primeros cinco samuráis levantaron sus espadas, listos para hacer picadillo el cuerpo inmóvil de Ryuusei, el aire silbó.
¡Clang! ¡Clang! ¡Clang!
A lo lejos, como meteoros plateados, tres lanzas ancestrales surcaron el cielo del coliseo e impactaron contra el suelo de piedra, bloqueando los tajos de las katanas. Las lanzas comenzaron a dar vueltas a una velocidad supersónica alrededor del cuerpo de Ryuusei, formando un escudo giratorio e impenetrable de metal oscuro que destrozaba las espadas de los samuráis al menor contacto.
Desde el túnel de entrada, una figura saltó hacia la luz. Hitomi Valmorth.
Con sus ojos brillando en carmesí, Hitomi controlaba mentalmente las cinco lanzas restantes que flotaban a su espalda. Con un simple movimiento de su dedo, las cinco armas salieron disparadas. Atravesaron los pechos, gargantas y cráneos de los guardias Valmorth que intentaban flanquear a Ryuusei, ensartándolos contra las paredes en fuentes de sangre.
Hitomi extendió la mano derecha y tomó una de las lanzas del aire para poder pelear cuerpo a cuerpo. Aterrizó con una gracia letal frente a Ryuusei, su vestido de gala ondeando, manchado con la sangre de los enemigos de su propia familia. Cortó a dos samuráis que lograron sortear el escudo giratorio, partiéndolos por la mitad con una fluidez aterradora.
Se giró hacia Ryuusei, llegando hasta donde él estaba arrodillado.
—Ryuusei, levántate. Ya está hecho, nos vamos —le dijo Hitomi en voz alta.
Ryuusei alzó la cabeza lentamente. Gracias a la máscara, su audición estaba regresando en zumbidos estáticos, y su visión pasaba de sombras grises a contornos borrosos.
—No... puedo moverme —respondió Ryuusei, su voz grave y rasposa saliendo a duras penas por las ranuras de la máscara—. No siento mis piernas. No siento mis brazos. Esa maldita guadaña... mi regeneración está haciendo todo lo posible para recobrar los sentidos, pero... es lento.
Hitomi lo miró de arriba abajo, evaluando el nivel de daño. A pesar del caos, una leve sonrisa se asomó en sus labios, intentando aligerar el peso de la muerte que los rodeaba.
—Bueno... debo admitir que te ves bastante guapo con esa máscara puesta. Te da un aire de misterio muy interesante —dijo ella, con un tono extrañamente coqueto para estar en medio de una zona de guerra.
Ryuusei tosió un coágulo de sangre oscura.
—Hitomi, por todos los cielos... no estamos para juegos ahorita —gruñó él, sintiendo por fin un hormigueo doloroso en las yemas de sus dedos—. Además, me debes una cita. Si muero aquí, te perseguiré como un fantasma rencoroso. ¿Cuánto dura el maldito efecto del arma de tu hermano?
Hitomi borró la sonrisa y frunció el ceño.
—No lo sé. Hiroshi nunca dejaba a nadie vivo el tiempo suficiente para averiguarlo.
Hitomi miró el suelo destrozado, donde yacía el cuerpo sin rostro y sin corazón de su hermano mayor. La tristeza brilló en sus ojos por una fracción de segundo, pero la reprimió. Una Valmorth no llora en el campo de batalla. Vio la guadaña y las cadenas del "Banquete de Cuervos" tiradas en la piedra, el arma ancestral que perdía su brillo al estar muerta su conexión.
Hitomi agarró la cadena. Llamó con un grito a uno de los sirvientes mestizos que estaba corriendo por las gradas ayudando en la evacuación liderada por John.
—¡Tú! —ordenó Hitomi, lanzándole el arma ancestral—. Llévense esto a la bóveda familiar del ala oeste. Que Constantine no la recupere. ¡Ahora!
El sirviente asintió aterrorizado y desapareció por los pasillos.
Luego de unos segundos, las puertas principales de la arena explotaron. Más guardias de élite de la facción de Constantine, armados con rifles de asalto infundidos, irrumpieron en el lugar.
Pero Ryuusei no estaba solo.
Una sombra masiva cubrió la entrada. Las baldosas del suelo se resquebrajaron cuando gruesas raíces surgieron de la tierra. Sylvan había abandonado su apariencia de niño y había desatado su verdadera forma. Era un árbol monstruo de casi cuatro metros de altura, con corteza blindada y zarcillos cubiertos de espinas.
El equipo de Ryuusei había llegado.
Y lo que siguió fue una carnicería absoluta, una sinfonía de destrucción orquestada por algunos de los usuarios de poderes más aterradores del planeta.
Sylvan fue el primero en atacar. Con un rugido gutural que sonaba a madera crujiendo, lanzó decenas de lianas gruesas como troncos contra el primer pelotón de guardias. Los zarcillos se envolvieron alrededor de los soldados, levantándolos en el aire, y con una fuerza de compresión brutal, los aplastó hasta romperles las armaduras y los huesos, dejándolos caer como muñecos rotos.
Brad Clayton, pisó el suelo con la fuerza de un titán. Sus ojos brillaron en color ámbar. La piedra del coliseo le obedeció al instante. Con un movimiento de sus brazos hacia arriba, levantó un muro de roca sólida que bloqueó las ráfagas de balas de los guardias. Luego, cerró los puños y el suelo debajo de los atacantes se convirtió en un foso de arena movediza, tragándose a doce hombres vivos. Antes de que pudieran reaccionar, Brad volvió a endurecer la tierra, aplastándolos bajo toneladas de presión.
Desde el techo del coliseo, una figura se mantenía encogida, casi tratando de desaparecer entre las sombras de las gárgolas. Era Charles. Mientras los demás se lanzaban al combate con gritos o determinación fría, él temblaba. Sus manos, ocultas bajo las mangas de su sudadera, sudaban frío. Odiaba el ruido. Odiaba el olor a pólvora. Pero, sobre todo, odiaba lo que era capaz de hacer.
—No quería... —susurró Charles para sí mismo, su voz apenas un hilo quebradizo mientras veía cómo los francotiradores del Clan Kurogane apuntaban hacia Ryuusei—. Por favor, no me obliguen a hacer esto.
Vio a un francotirador disparar. La bala rozó el brazo de Ryuusei. Charles cerró los ojos con fuerza y suspiró. El aire a su alrededor empezó a vibrar con una frecuencia baja que hacía que los cristales cercanos estallaran en polvo fino.
Se puso de pie, con los hombros encogidos y la mirada baja, evitando el contacto visual con cualquiera. Extendió su mano derecha hacia el palco de los tiradores. No hubo gritos de guerra, solo un murmullo de disculpa que se perdió en el viento.
—Lo siento mucho —murmuró Charles.
En ese instante
. El espacio entre su mano y el palco se contrajo violentamente. No fue una explosión de fuego común; fue una expansión de presión absoluta. Una esfera de luz blanca pura nació en la palma de su mano y, en un microsegundo, se expandió hasta engullir todo el sector enemigo.
¡BOOOOOOOM!
El sonido fue tan ensordecedor que el resto de la batalla se detuvo por un segundo. No hubo escombros volando, hubo atomización. El palco simplemente dejó de existir, reemplazado por un vacío ardiente y una onda de choque que barrió a los guardias en un radio de cincuenta metros.
Charles bajó la mano rápidamente, metiéndola de nuevo en su bolsillo. Su rostro estaba pálido y se veía visiblemente afectado por la magnitud de su propio poder. Se abrazó a sí mismo, encogiéndose de nuevo en su lugar, con los ojos llorosos por el resplandor. Había salvado a Ryuusei, pero el precio de su paz mental era cada vez más alto.
Era el destructor más efectivo del equipo, y el que más deseaba no tener que serlo nunca.
En la periferia de la explosión, el silencio metódico de la muerte tenía nombre: Volkhov. El guerrero, imperturbable ante el ruido y el fuego, caminaba lentamente empuñando dos cañones de mano masivos, armas diseñadas para perforar blindaje de tanques. Con una precisión sobrehumana y un pulso que no temblaba ni un milímetro, Volkhov empezó a disparar. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Cada detonación era un impacto directo en la cabeza o el pecho de un samurai o un guardia. No falló ni una sola bala en el caos de la refriega.
A ras de suelo, un destello plateado decapitaba enemigos antes de que pudieran parpadear. Era Aiko. Potenciando sus rudimentos físicos de 1ra generación al máximo límite biológico, se movía como un fantasma. Su espada trazaba arcos perfectos, cortando tendones, cuellos y armas con una agilidad que desafiaba la fricción. Era una danza letal entre el humo de las explosiones de Charles.
Y finalmente, controlando el espacio mismo, Ezekiel era una pesadilla táctica. Desaparecía en un parpadeo de partículas oscuras y reaparecía a espaldas de los generales de la guardia Valmorth. Con un movimiento rápido y silencioso de su hacha de combate, cortaba en puntos ciegos. Se teletransportaba, ejecutaba, y volvía a saltar en el espacio, dejando tras de sí un rastro de cadáveres mutilados que caían sin saber quién los había matado.
El equipo formó un círculo infranqueable alrededor de Ryuusei y Hitomi, protegiendo a su líder mientras su cuerpo luchaba por sanar.
Ryuusei, apoyado en Hitomi, logró ponerse de pie. Sus piernas temblaban, pero su visión estaba casi clara. Miró a través de la masacre, buscando el túnel de evacuación. Fue entonces cuando la vio.
A lo lejos, sentada tranquilamente en una de las bancas de piedra de las primeras filas, ignorando los cuerpos que caían a su alrededor, las explosiones y la sangre... estaba Eider.
No hacía nada. Tenía los brazos cruzados y la mirada fija en el vacío, como si estuviera esperando un tren.
Ryuusei sintió que la sangre le hervía. No entendía por qué demonios no se movía hacia el punto de extracción.
—Hitomi... —Ryuusei apretó el brazo de la chica—. Llévame hacia allá. Hacia Eider. Ahora.
Hitomi no cuestionó la orden. Sosteniendo a Ryuusei por la cintura, usó sus lanzas para abrir un camino entre los escombros hasta llegar a la sección de gradas donde Eider permanecía impasible.
Cuando Ryuusei se acercó, tambaleándose y apoyándose en la piedra, le gritó por encima del estruendo de los explosivos de Charles.
—¡Eider! ¡¿Qué demonios estás haciendo?! ¡¿Por qué no te mueves?! ¡La evacuación ya empezó!
Eider levantó lentamente la vista hacia él. Sus ojos gélidos chocaron con los agujeros oscuros de la máscara del Yin y Yang. Con una actitud frígida, distante, casi robótica, acomodó un mechón de su falso cabello blanco detrás de su oreja.
—No hace falta que le grite a una mujer, Ryuusei. Mis oídos funcionan perfectamente —respondió Eider, su tono carente de cualquier tipo de urgencia.
Ryuusei perdió la poca paciencia que le quedaba tras haber muerto y resucitado hace cinco minutos.
—¡Estamos en medio de una maldita pelea de supervivencia! —le rugió Ryuusei, señalando con su mano recuperada a los samuráis que Aiko estaba descuartizando a diez metros de distancia—. ¡Si no te mueves ahora mismo, te van a matar los guardias de Constantine o quedarás enterrada bajo estos escombros!
Eider no parpadeó. Suspiró profundamente y cruzó las piernas.
—No me voy a mover —dijo Eider, sus palabras cortando el aire como navajas de hielo—. La Asociación de Héroes está aquí. Tienen equipos de intervención bloqueando las salidas norte y este. Yo formo parte de esa organización. Tengo códigos estrictos. Uno de ellos es la prohibición absoluta de dañar o entorpecer a mis compañeros de trabajo en plena operación. Si voy contigo, tendré que enfrentarme a ellos, y me niego a hacerlo.
Ryuusei abrió los ojos con incredulidad bajo la máscara. Se acercó un paso, su aura negra vibrando de frustración.
—¡Ellos no te van a reconocer, maldita sea! —le gritó Ryuusei, la desesperación tiñendo su voz—. ¡Te pintaste el pelo de blanco! ¡Estás vestida como una sirvienta de los Valmorth! ¡Te van a acribillar asumiendo que eres una mestiza rebelde!
Eider se levantó de la banca. Su rostro se endureció, mostrando por primera vez una grieta en su fachada de hielo, pero no era miedo, era enojo profesional.
—¡No lo entenderías, Ryuusei! —le gritó Eider, elevando la voz para sobreponerse al caos—. Es mi deber. Es mi identidad. No voy a traicionar mi insignia por una riña de clanes. Dije que no me voy a mover de aquí, y no lo haré.
Ryuusei la miró, la decepción quemándole el pecho más que las heridas de la guadaña. Apretó los puños.
—Bien. Pues entonces jódete y muérete aquí sola —escupió Ryuusei, dándose la vuelta para marcharse con Hitomi.
Pero antes de que pudiera dar el primer paso, escuchó el inconfundible chasquido metálico del martillo de un arma amartillándose.
Ryuusei se giró lentamente.
Eider había sacado su pistola reglamentaria oculta, cargada con munición anti-poderes, y le estaba apuntando directamente al centro de su frente, justo a la línea divisoria de la máscara del Yin y el Yang.
—De hecho —dijo Eider, su voz recuperando esa letal monotonía analítica—, no me importa en lo más mínimo entregarlo a la Asociación sin ningún problema. Usted es un criminal buscado de clase S. Capturarlo terminaría con la mitad de mi misión y justificaría mi presencia aquí. Ríndase.
El aire se volvió espeso. Antes de que Ryuusei pudiera intentar invocar su martillo, Hitomi se metió en la línea de fuego. Con una velocidad que Eider ni siquiera pudo registrar, Hitomi le agarró la muñeca a la agente, doblando la mano que sostenía la pistola hacia arriba.
La tensión en aquel rincón de las gradas era tan espesa que el humo de las explosiones de Charles parecía evitar la zona. Hitomi mantenía la muñeca de Eider doblada hacia arriba con una fuerza que habría pulverizado el hueso de cualquier persona normal, pero la agente no emitía ni un solo quejido. Las ocho lanzas de Hitomi vibraban, emitiendo un zumbido metálico sediento de sangre, rodeando el cuello de Eider como una corona de espinas.
Ryuusei dio un paso adelante. Sus sentidos estaban volviendo, y con ellos, el peso emocional de ver el cañón de una pistola apuntando a su máscara.
—Bájala, Eider —dijo Ryuusei, su voz filtrada por la máscara del Yin y Yang sonaba hueca, pero cargada de una decepción punzante—. No me obligues a borrar las últimas semanas de trabajo juntos de la peor manera.
Eider apretó los dientes. Sus ojos, usualmente dos témpanos de hielo inexpresivos, brillaron con una chispa de furia humana.
—¿Trabajo? —escupió Eider, y por primera vez, su voz no era monótona; estaba cargada de veneno—. ¡Tú no sabes lo que es el trabajo, Ryuusei! Tú eres un parásito del sistema, un error en la matriz que se dedica a jugar al héroe mientras destruye todo a su paso. Yo tengo un juramento. Yo tengo una vida que tú me obligaste a poner en pausa para seguir tus planes suicidas.
—¡Tú elegiste estar aquí! —le gritó Ryuusei, ignorando el dolor de sus heridas—. ¡Nadie te puso una pistola en la cabeza para infiltrarte conmigo! ¡Lo hicimos porque se suponía que confiábamos el uno en el otro!
—¡No hables de confianza, maldito hipócrita! —le interrumpió Eider, y Ryuusei notó, con un nudo en el estómago, que la mano que sostenía el arma temblaba imperceptiblemente—. Me mentiste sobre la escala de este desastre. Me arrastraste al corazón de la familia más peligrosa del mundo y ahora esperas que traicione a mis compañeros, a la gente con la que me gradué, ¿por qué? ¿Por una "amistad"? La amistad no paga las pensiones de los héroes caídos, Ryuusei. Las reglas sí.
Hitomi incrementó la presión en su agarre. Se acercó al oído de Eider, su aliento frío rozando la mejilla de la agente.
—Eres patética —le siseó Hitomi—. Una pobre perra faldera de la Asociación y prefieres morir por un manual de conducta que vivir por alguien que te considera su aliada. Eres una máquina defectuosa, Eider. Ni siquiera eres una mujer, solo eres un número de serie con peluca blanca.
—¡Cállate, maldita de sangre sucia! —le gritó Eider a Hitomi, girando la cabeza para mirarla con odio puro—. Ustedes los Valmorth se creen dioses porque nacieron con el poder en las venas, pero no son más que animales con trajes caros. Y tú, Ryuusei... eres el peor de todos. Eres el "chico bueno" que deja un rastro de cadáveres y corazones rotos. Mírate... acabas de matar a un hombre frente a su esposa y esperas que te aplauda.
Ryuusei se acercó tanto que la punta del cañón de la pistola tocó el centro de su máscara.
—Entonces dispara —dijo Ryuusei en un susurro mortal—. Si soy ese monstruo que dices, si soy solo un criminal, termina el trabajo. Ponme la bala en el cerebro aquí mismo. Tienes el dedo en el gatillo, la Asociación te daría una medalla. ¡Hazlo de una vez y deja de poner excusas sobre el "código"!
El silencio que siguió fue atronador. Eider respiraba agitadamente. El sudor resbalaba por su frente. En ese momento, la máscara de "agente perfecta" se desmoronó. Sus ojos se llenaron de una humedad que se negaba a convertirse en lágrimas.
—Te odio... —susurró Eider, y la voz se le quebró por un segundo—. Te odio porque me hiciste creer que podía ser algo más que una herramienta. Te odio porque cada vez que te miro, recuerdo que mi vida es una mentira y que tú eres la única verdad que tiene sentido en este mundo podrido. Pero no puedo... no puedo simplemente tirar mi vida a la basura por ti.
—Eider... —Ryuusei suavizó el tono, intentando poner su mano sobre el arma.
—¡No me toques! —chilló ella, recuperando la firmeza por puro instinto de defensa—. No te acerques. Si das un paso más, disparo. No me importa si Hitomi me corta el cuello antes de que la bala salga. Al menos moriré siendo una heroína y no una traidora como tú.
Hitomi soltó una carcajada seca, carente de humor.
—¿Heroína? Morirás como una estadística, olvidada en un informe que Constantine quemará mañana —Hitomi miró a Ryuusei—. Déjala, Ryuusei. Esta mujer ya está muerta por dentro. No perdamos más tiempo con alguien que prefiere sus cadenas a nuestra libertad. Vámonos.
Ryuusei miró a Eider por última vez. Vio a la mujer que le había cubierto las espaldas, la que le había dado consejos tácticos en las noches de insomnio, la que ahora lo miraba con el odio que solo nace de una amistad profundamente herida.
—Si te quedas aquí, Eider, no podré volver por ti —advirtió Ryuusei, con el corazón apretado—. La Asociación te usará como chivo expiatorio por no haberme capturado antes. Te van a destruir.
—Es mi destrucción —respondió Eider, recuperando su tono gélido, aunque sus ojos seguían gritando otra cosa—. No necesito que un criminal me salve de mis propias decisiones. Vete, Kisaragi. Antes de que recupere la voluntad para volarte la cabeza.
Hitomi soltó la muñeca de Eider con un desprecio evidente y retiró sus lanzas, que volvieron a flotar a su espalda como alas de muerte.
—Vámonos, Ryuusei —ordenó Hitomi, tomándolo del brazo—. John ya dio la señal. El coliseo va a ser nuestra tumba si nos quedamos a discutir con una empleada del mes
Ryuusei asintió lentamente, dándole la espalda a Eider. Mientras se alejaba con Hitomi hacia la salida, escuchó un último grito de Eider a sus espaldas, un grito que sonaba a despedida y a maldición.
—¡Vete al infierno, Ryuusei Kisaragi! ¡Y no vuelvas nunca!
Ryuusei no miró atrás, pero bajo la máscara, una lágrima solitaria corrió por su mejilla, mezclándose con la sangre seca de Hiroshi. Había ganado una batalla, pero acababa de perder una de las pocas anclas de humanidad que le quedaban en su equipo.
