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Chapter 213 - Fricción Cero

El silencio en las gradas era absoluto. Miles de espectadores, desde la élite europea hasta los samuráis del Clan Kurogane, observaban con la respiración contenida la cúpula translúcida que había encapsulado el centro de la arena. Nadie entendía qué acababa de ocurrir. La imponente aura de poder que Hiroshi Valmorth emanaba hacía solo unos segundos se había desvanecido por completo, tragada por el vacío de esa extraña barrera.

En el túnel de entrada, Hitomi Valmorth, una usuaria de la 6ta generación acostumbrada a leer los flujos de energía del entorno, parpadeó confundida. La cúpula era un punto ciego absoluto.

—Aiko... —Hitomi no apartaba la vista de la arena—. ¿Qué es exactamente esa cúpula? No siento absolutamente nada de energía proviniendo de Ryuusei ni de mi hermano. Es como si hubieran dejado de existir.

Aiko, la guerrera de 1ra generación, mantenía los brazos cruzados, su mirada afilada analizando cada centímetro de la cúpula.

—Es la "Zona de Equilibrio", Hitomi —respondió Aiko con su tono sereno y analítico—. En términos simples, dentro de ese espacio, los dos no tienen poderes. Ninguno en absoluto. Las regeneraciones celulares aceleradas, las auras defensivas, la manipulación cinética de tu hermano... todo se reduce a cero. Ahora mismo, son solo dos humanos completamente normales que tienen que pelear a puño limpio durante un lapso de dos minutos y cuarenta segundos.

Hitomi abrió los ojos, sorprendida por lo ingenioso y suicida que era el plan de Ryuusei a la hora de pelear. Nivelar el campo de batalla arrastrando a una 5ta generación al fango de la mortalidad era una táctica brillante. Le quitaba a Hiroshi su mayor ventaja: la intocabilidad. Sin embargo, un nudo frío se instaló en el estómago de Hitomi. Ryuusei era fuerte, sí, pero ella sabía mejor que nadie que su hermano también era increíblemente fuerte e inteligente. Hiroshi no dependía solo de sus habilidades; era un asesino entrenado desde la infancia.

Dentro de la cúpula, la realidad golpeó a Hiroshi con la sutileza de un tren de carga.

El dolor. Un dolor crudo, punzante y humano le taladraba el cráneo. Con un grito gutural, Hiroshi se llevó la mano al rostro, agarró la empuñadura del cuchillo ceremonial que Ryuusei le había clavado y, con un tirón brutal, se lo arrancó del ojo derecho. Un chorro de sangre espesa y oscura manchó las losas de piedra.

Hiroshi jadeó, esperando que el tejido ocular comenzara a tejerse de nuevo, esperando que la herida se cerrara. Pero nada ocurrió. La sangre seguía fluyendo por su mejilla. Intentó convocar las cadenas de su arma ancestral, pero sus manos estaban vacías. Sus poderes no respondían. El pánico amenazó con paralizarlo por un segundo, pero su instinto de supervivencia lo obligó a levantar la cabeza.

A través de su único ojo funcional, miró al frente y vio la figura de Ryuusei lanzándose hacia él como una bestia desatada.

Ryuusei no perdió ni un milisegundo. En pleno sprint, se agachó, deslizando sus dedos por la superficie rota de la arena, agarró un puñado de tierra, polvo de piedra y sangre seca, y con un movimiento de látigo, lo botó directamente en el ojo izquierdo de Hiroshi.

—¡Argh! —rugió Hiroshi, llevando sus manos a su rostro. Las partículas afiladas de piedra rasparon su córnea izquierda.

Estaba completamente ciego. Y Ryuusei aprovechó esa microfracción de segundo de vulnerabilidad. Plantando firmemente su pie izquierdo, Ryuusei giró su cadera y conectó un gancho de derecha devastador directamente en la mandíbula de Hiroshi. El sonido del hueso crujiendo resonó dentro de la cúpula aislada. Hiroshi salió despedido hacia atrás, escupiendo sangre y un diente, cayendo pesadamente sobre su espalda.

Pero los Valmorth no eran frágiles. Incluso sin poderes, la densidad ósea y muscular forjada por años de entrenamiento extremo mantenía a Hiroshi en la pelea.

Hiroshi, al no ver absolutamente nada, se dejó guiar por su instinto más salvaje. Cuando Ryuusei se abalanzó sobre él para inmovilizarlo y conectar una lluvia de puñetazos, el hermano mayor reaccionó como un animal acorralado. Lanzó sus brazos hacia arriba, buscando a ciegas, y logró agarrar la mano izquierda de Ryuusei con una fuerza de agarre aplastante.

Ryuusei intentó zafarse, pero antes de que pudiera retroceder, Hiroshi tiró de la mano hacia su rostro, abrió la boca manchada de sangre y le mordió los dedos con toda la fuerza de su mandíbula.

Los dientes de Hiroshi atravesaron la piel, los tendones y rasparon el hueso. Con un movimiento brusco y sádico del cuello, Hiroshi cerró las mandíbulas por completo. ¡Crack! Le arrancó dos dedos de cuajo: el índice y el medio de la mano izquierda.

Ryuusei soltó un grito de dolor desgarrador que heló la sangre de los pocos espectadores que lograron intuir lo que pasaba a través de las paredes translúcidas de la zona. Sin su regeneración de 5ta generación, el dolor era cegador, una descarga eléctrica que le recorrió toda la columna vertebral. Se retorció de dolor encima de Hiroshi, agarrándose el muñón sangrante de su mano izquierda, perdiendo todo el equilibrio táctico que había construido.

Aprovechando la agonía de su rival, Hiroshi escupió los dedos cercenados a un lado. Se limpió un poco la cara ensangrentada y cubierta de tierra con su propio antebrazo y, contrayendo su abdomen, lanzó un violento rodillazo directo a la parte baja de Ryuusei.

El impacto en la ingle y el bajo vientre dejó a Ryuusei sin aire. Sus ojos se abrieron de par en par, su rostro palideció, y su cuerpo entero se tensó antes de rodar hacia un lado, cayendo de la montura y quitándose de encima de su enemigo.

Hiroshi no esperó. Jadeando, guiándose por el sonido de la respiración entrecortada de Ryuusei, se levantó tambaleándose. Su pie descalzo rozó el suelo hasta que sintió el frío metal del cuchillo ceremonial que él mismo había dejado caer tras arrancárselo del ojo. Lo agarró con firmeza. Su visión en el ojo izquierdo empezaba a aclararse levemente entre parpadeos llenos de lágrimas y polvo. Vio la silueta borrosa de Ryuusei intentando ponerse de pie.

Con un grito de pura rabia, Hiroshi lanzó el cuchillo directo hacia el pecho de su oponente.

Ryuusei, aún mareado por el dolor en su mano y su abdomen, vio el destello metálico surcar el aire. Reaccionó rápido, intentando girar su torso, pero su cuerpo humano era demasiado lento en comparación con los reflejos a los que estaba acostumbrado. El cuchillo no le dio en el corazón, pero se hundió profundamente en su pectoral derecho, muy cerca del hombro.

La hoja rasgó el músculo y Ryuusei recibió todo el daño, soltando un quejido ronco mientras la fuerza del impacto lo obligaba a dar un paso atrás. La sangre empapó rápidamente su pantalón de combate.

El reloj imaginario de la Zona de Equilibrio seguía corriendo. Faltaban veinte segundos.

Ryuusei miró el mango del cuchillo sobresaliendo de su propio pecho. El dolor era asfixiante, pero su voluntad era acero puro. Apretó los dientes, agarró la empuñadura y se quitó el cuchillo de un solo tirón, dejando un rastro escarlata en el aire.

Ambos hombres, mutilados, sangrando a mares y respirando con dificultad, se miraron. Ya no había tácticas. Ya no había artes marciales elegantes. Los dos se abalanzaron el uno sobre el otro y empezaron a golpearse a muerte.

Era una carnicería callejera. Hiroshi conectaba codazos a la sien de Ryuusei; Ryuusei respondía con cabezazos directos al puente de la nariz de Hiroshi. La sangre de ambos salpicaba las paredes internas de la cúpula, pintando un cuadro macabro.

En medio del intercambio frenético, Hiroshi lanzó un volado de derecha buscando el nocaut. Ryuusei esquivó el golpe bajando su centro de gravedad, y con la poca fuerza que le quedaba en su brazo derecho, empujó el cuchillo que se había quitado de su propio pecho y se lo clavó profundamente en la costilla izquierda de Hiroshi.

La hoja perforó la carne y rozó el pulmón. Hiroshi soltó un gorgoteo ahogado, sus ojos se desorbitaron y sus rodillas finalmente cedieron. Cayó al piso de piedra con un golpe seco, tosiendo sangre oscura, incapaz de sostener su propio peso.

Ryuusei se quedó de pie frente a él. Su respiración era errática, su mano izquierda era un muñón sangrante y su pecho ardía. Levantó el brazo derecho, preparando el cuchillo para dar el golpe de gracia, para cortarle la garganta y terminar de una vez por todas con la amenaza del hermano de Hitomi.

Pero durante esta brutal pelea, ya estaban por llegar al tiempo límite de la "Zona de Equilibrio". Dos minutos y treinta y ocho segundos... treinta y nueve... cuarenta.

Al momento exacto en que Ryuusei bajó el brazo para dar el golpe de gracia, el costo cósmico de mantener la habilidad cobró su peaje.

La "Zona de Equilibrio" no era una técnica gratuita. Anular las leyes naturales del poder tenía un precio devastador para el cuerpo humano del usuario. Sin previo aviso, un dolor cien veces peor que el del pecho o los dedos apuñaló el centro del esternón de Ryuusei. El corazón le falló.

La Zona le dio un paro cardíaco masivo como costo de activación.

Ryuusei soltó el cuchillo, sus ojos se volcaron hacia atrás, y se llevó las manos al pecho, retorciéndose mientras sus rodillas impactaban contra el suelo. Un hilo de sangre negra salió de sus labios.

En ese mismo instante, la cúpula translúcida estalló en millones de partículas de luz que se disiparon en el frío aire de la caverna.

La restricción había terminado. Las compuertas de la energía se abrieron de golpe.

Como si una presa se hubiera roto, las auras generacionales de ambos combatientes inundaron la arena con una fuerza expansiva que hizo temblar los cimientos del coliseo. Las gradas enteras vibraron.

La biología extrema de la 5ta generación se reactivó instantáneamente. Hiroshi, que yacía medio muerto en el suelo, comenzó a regenerarse rápido. La herida en sus costillas se cerró expulsando el aire atrapado, los huesos de su mandíbula chasquearon volviendo a su lugar, y, en un proceso grotesco pero fascinante, las células de su cuenca vacía se multiplicaron a velocidad vertiginosa, reconstruyendo su ojo derecho en cuestión de segundos.

A la vez, el cuerpo de Ryuusei luchaba contra la muerte. Su metabolismo sobrehumano reinició su corazón a base de descargas de adrenalina generacional pura. El corte en su pecho cicatrizó, y los dos dedos que había perdido brotaron de nuevo de sus nudillos con un crujido húmedo, la carne, las venas y las uñas tejiéndose en un parpadeo.

Ambos estaban de rodillas, respirando agitadamente, con sus cuerpos sanados pero cubiertos de sangre seca y tierra.

Hiroshi fue el primero en levantarse. Su aura era abrumadora, una presión oscura que hacía difícil respirar a los espectadores de las primeras filas. Estaba furioso. La humillación de haber sido cegado, mutilado y apuñalado a puño limpio por un mocoso belga era una mancha que solo se limpiaría con la erradicación total.

Hiroshi lo miró desde arriba, sus ojos rebosantes de intenciones homicidas. Por fin podía usar sus habilidades.

—Se acabó tu truco de circo, escoria —siseó Hiroshi, su voz amplificada por su energía—. Perdiste tu oportunidad. Ya estás muerto.

Ryuusei se recuperó, poniéndose de pie lentamente. Escupió un coágulo de sangre a un lado y se tronó el cuello. Sus ojos carmesí brillaron con una intensidad aterradora en la penumbra del coliseo. Ya había sufrido el peor dolor físico posible; ahora, era el turno de la devastación pura.

Ryuusei extendió ambos brazos a los lados y también sacó sus armas. El espacio alrededor de sus manos se distorsionó, crujiendo como cristal roto. Con un destello cegador de luz carmesí y negra, sus dos Martillos se materializaron en su agarre. Las colosales armas ancestrales eran tan pesadas que las losas de piedra bajo las botas de Ryuusei se agrietaron como tela de araña solo por sostenerlas.

La verdadera batalla empezaba.

Pero ahora le tocaba a Hiroshi responder. Con una sonrisa retorcida y sádica, el hermano Valmorth activó su poder innato: la "Fricción Cero".

El aire alrededor de Hiroshi pareció ondularse, volviéndose borroso. Su cuerpo dejó de estar sujeto a las leyes de la física convencional. Todo el agarre, toda la resistencia que el suelo o el aire ejercían sobre él, se anuló.

Hiroshi no corrió; simplemente se deslizó hacia adelante. Sus pies rozaron la piedra sin hacer el más mínimo sonido, moviéndose a una velocidad espeluznante, como un fantasma patinando sobre hielo perfecto.

Ryuusei reaccionó al instante. Apretó el agarre de su martillo derecho y, usando la fuerza rotatoria de todo su cuerpo de 5ta generación, lanzó un barrido horizontal destinado a partir a Hiroshi por la mitad. El mazo cortó el aire con un zumbido ensordecedor, capaz de demoler un edificio de acero.

El impacto fue directo a las costillas de Hiroshi.

Pero no hubo sonido de impacto. No hubo huesos rotos.

En el momento en que la superficie plana del colosal martillo tocó la piel de Hiroshi, la habilidad de Fricción Cero hizo su trabajo. Sin fricción, no había transferencia de energía cinética. El martillo simplemente resbaló sobre el torso de Hiroshi con una suavidad antinatural. Toda la fuerza monstruosa del golpe de Ryuusei fue desviada y redirigida hacia el suelo.

La onda de choque resultante reventó la arena. Una zanja de veinte metros de largo explotó levantando escombros y polvo al cielo del coliseo, pero Hiroshi estaba completamente intacto, deslizándose por el mango del martillo de Ryuusei, acercándose a su rostro con una velocidad letal.

—¡Demasiado lento! —gritó Hiroshi.

Convocando su propia arma ancestral, la niebla negra se condensó en sus manos, formando las cadenas y la guadaña del "Banquete de Cuervos". Hiroshi lanzó un tajo diagonal buscando el cuello de Ryuusei.

Ryuusei levantó su segundo martillo justo a tiempo, usando el mango de metal indestructible para bloquear la hoja de la guadaña. El choque de las armas ancestrales produjo una chispa tan brillante que iluminó todo el coliseo, seguida de un estruendo metálico que obligó a los espectadores en las gradas a taparse los oídos.

Ryuusei empujó hacia adelante, intentando aplastar a su enemigo, pero Hiroshi simplemente deslizó sus botas sin fricción hacia atrás, usando la propia fuerza de empuje de Ryuusei para ganar distancia y velocidad, alejándose a diez metros en un parpadeo.

Hiroshi hizo girar la guadaña encadenada sobre su cabeza, el acero negro cortando el aire con un sonido tétrico.

—¡No puedes tocarme, Ryuusei! ¡Todo tu poder físico es inútil contra mí! —rugió Hiroshi, preparándose para desatar una tormenta de cortes a distancia con sus cadenas—. ¡Te voy a robar los sentidos uno por uno hasta que supliques que te corte la cabeza!

Ryuusei clavó uno de sus martillos en el suelo para estabilizarse. Sabía que la pelea cuerpo a cuerpo directa sería inútil si cada golpe resbalaba sobre la piel de Hiroshi. Tenía que pensar más rápido. Sus poderes estaban al máximo, y el dolor del paro cardíaco había quedado atrás, reemplazado por la adrenalina de una batalla a nivel de titanes.

Hitomi, desde la entrada del túnel, apretaba los puños, la angustia reflejada en su rostro. La teoría de la intocabilidad de su hermano se estaba demostrando en la práctica. Ryuusei tenía el poder destructivo, pero si no podía conectar el golpe, todo estaba perdido.

En las gradas superiores, Eider observaba la masacre inminente con los ojos muy abiertos, su disfraz de sirvienta olvidando por un momento mantener su postura rígida. Y a su lado, John Valmorth sonreía en la oscuridad. Él sabía de lo que Ryuusei era capaz cuando la fuerza bruta fallaba.

Ryuusei levantó su mirada carmesí, analizando la trayectoria de las cadenas de Hiroshi, las vibraciones del suelo y las corrientes de aire. Si Hiroshi anulaba la fricción, entonces el entorno mismo tendría que convertirse en el arma.

Ryuusei levantó sus dos Martillos del Caos, los cruzó frente a su pecho, y el suelo de la arena entera comenzó a temblar bajo la inmensa cantidad de energía destructiva que empezaba a canalizar en ellos. La verdadera cacería acababa de empezar.

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