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Chapter 178 - Secreto de Torben

La lluvia no cesaba sobre la mansión Valmorth, pero el calor de la explosión había convertido el patio en una caldera de vapor y carne quemada. Alistar yacía en el centro del cráter, su cuerpo humeante y su respiración convertida en un silbido agónico. Luigi, arrojado contra los muros de piedra, se levantó con dificultad, mirando a su hermano con una mezcla de horror y una epifanía tardía.

En ese momento de dolor absoluto, el velo de la realidad se rasgó una vez más. Para los hermanos, la figura de Laila no siempre había sido esa sombra de tiranía absoluta. Hubo un tiempo, enterrado bajo décadas de frialdad, en el que el color regresaba a sus memorias a través de un solo hombre: Torben Valmorth.

Torben era el hermano de Valerius, el padre de Ali y Lui. Pero donde Valerius era fuego y rebelión, Torben era luz y templanza. Era un Valmorth atípico, un hombre cuya belleza no intimidaba, sino que invitaba a la paz. Fue el único hombre que logró lo imposible: enamorar genuinamente a Laila en su juventud.

Alistar recordaba haber visto a Torben llorar. Fue la primera vez que entendió que los "dioses" también tenían corazón. Torben lloró amargamente cuando su hermano Valerius fue ejecutado por romper las costumbres del linaje. Mientras el resto de la familia celebraba la purga, Torben se arrodilló ante los pequeños Ali y Lui, que temblaban en un rincón del sótano.

—Ustedes no son manchas —les había susurrado Torben, limpiándoles el rostro con su propio pañuelo de seda—. Son Valmorth. La sangre que corre por sus venas es la misma que la mía. Algún día, este mundo entenderá que no hay diferencia entre lo puro y lo mezclado.

Torben trataba a los mestizos de manera diferente. En sus años de influencia, la mansión no era una prisión. Él tenía el sueño de una integración total; creía que la fuerza de la familia no residía en la exclusión, sino en la unión de todas las generaciones. Bajo su guía, Ali y Lui no eran perros, eran aprendices.

Pero la tragedia de los Valmorth es una constante: el poder de las mujeres siempre es superior al de los hombres. Mientras Torben buscaba la paz, Laila buscaba la supremacía.

La decadencia comenzó con una "extraña enfermedad". Torben, el hombre más vital de la familia, empezó a marchitarse. Su luz se apagó, sus piernas perdieron la fuerza y su mente se nubló en una fiebre perpetua. Con Torben en cama, Laila tomó el control total. Los sentimientos desaparecieron de la mansión, sustituidos por una eficiencia militar y una crueldad que no admitía disidencia. Los Valmorth ganaron más poder que nunca bajo el mando de Laila, pero el alma de la familia murió con la salud de Torben.

Luigi nunca se lo contó a Alistar. Se lo guardó como un clavo ardiente en su pecho durante treinta años. El día en que el Gran Torben murió, Luigi, que entonces tenía apenas doce años, se había colado en la habitación del tío para llevarle un poco de agua.

Desde las sombras de las pesadas cortinas de terciopelo, Luigi vio a Laila. Ella no estaba llorando al lado de su esposo moribundo. Estaba de pie sobre él, con su mano derecha brillando con una energía carmesí oscura, una frecuencia que Luigi reconoció años después como la misma que usaba para ejecutar a los traidores. Laila no estaba curando a Torben; estaba drenando lo último de su esencia vital, acelerando su "enfermedad" para asegurar su ascenso absoluto.

Luigi vio cómo Laila le apretaba la garganta a Torben mientras él la miraba con una tristeza infinita, no con odio. Torben murió sabiendo que la mujer que amaba era su verdugo.

Esa visión fue lo que rompió a Luigi. Por eso se volvió tan servil, tan temeroso. Sabía que si Laila era capaz de asesinar al único hombre que había amado para obtener el trono, no dudaría ni un segundo en borrar a dos mestizos insignificantes. Luigi no servía por lealtad; servía por el trauma de haber visto morir a la esperanza.

De vuelta al presente, en el patio devastado, Laila caminó hacia el cráter. Sus ojos rojos brillaban con una decepción absoluta. Miró a Alistar, quien tosía sangre, todavía aferrado a la vida por un hilo de voluntad.

—Aún respira —dijo Laila, su voz cortando el sonido de la lluvia—. Es resistente, como toda la basura que se niega a ser barrida.

Laila se giró hacia Luigi, quien permanecía de pie a unos metros, temblando violentamente.

—Luigi —llamó la matriarca—. Has visto lo que la traición le hace a esta familia. Alistar ha intentado destruir nuestro legado. Ha puesto en peligro a Hitomi. Ha roto el pacto de sangre que les dio una vida.

Laila extendió un dedo hacia su hermano herido. —Demuéstrame que tu sangre tiene algún valor. Acaba con él. Mata a tu hermano ahora mismo y te perdonaré por no haberlo detenido antes.

Luigi miró a Alistar. Alistar, desde el suelo, lo miró de vuelta. No había miedo en los ojos de Alistar, solo una paz triste. "Hazlo, Lui. Termina esto", parecía decir su mirada.

Pero Luigi, el hombre que había vivido aterrado durante tres décadas, el hombre que había visto a Laila asesinar a Torben, sintió que algo dentro de él finalmente se quebraba... pero no por miedo, sino por amor. Las lágrimas se mezclaron con la lluvia en su rostro.

—No... —susurró Luigi—. No lo haré.

Laila entrecerró los ojos. —¿Qué has dicho?

—¡He dicho que no! —gritó Luigi, cayendo de rodillas pero manteniendo la mirada—. Es mi hermano. Es lo único real que me queda en este infierno. Máteme a mí también si quiere, pero no tocaré a Alistar.

Laila soltó una risa seca, una que no tenía rastro de humanidad. —Parece que la enfermedad de Torben era contagiosa después de todo. Los sentimientos son una debilidad que no puedo permitir en mis cimientos.

Laila levantó la mano y chasqueó los dedos. —Yusuri.

Desde las sombras de los garajes, surgió una figura que hizo que el aire mismo se sintiera pesado. Era Yusuri, el siguiente en la jerarquía de sirvientes personales de Laila. Era un hombre de dos metros de altura, con músculos que parecían tallados en granito y una mirada vacía, carente de cualquier emoción. Yusuri era el ejecutor perfecto: no tenía pasado, no tenía familia, solo órdenes.

—Mata a Luigi —ordenó Laila con una frialdad aterradora—. Y lleva a Alistar al cobertizo. No dejes que muera todavía; necesito que vea cómo traemos de vuelta a Hitomi antes de que su esencia se apague.

Alistar intentó gritar, pero solo salió un borbotón de sangre. —¡Lui... corre!

Pero no hubo tiempo para correr. Yusuri se movió con una velocidad que desafiaba su enorme tamaño. Fue como un rayo negro cruzando el patio. Luigi apenas tuvo tiempo de cerrar los ojos.

¡SPLAT!

En un movimiento limpio y brutal, la mano de Yusuri, endurecida por una técnica de refuerzo físico de Cuarta Generación, cortó el aire. La cabeza de Luigi se separó de sus hombros antes de que su cuerpo cayera al suelo.

En ese último milisegundo de consciencia, mientras su cabeza volaba por el aire, los labios de Luigi se movieron en un susurro inaudible para todos, excepto para el corazón de su hermano:

—Disculpa... hermano... por haber tenido tanto miedo.

El cuerpo de Luigi se desplomó pesadamente sobre el pavimento mojado. Alistar, viendo la escena desde el cráter, soltó un alarido de agonía que no era físico. Sus gritos se perdieron en la tormenta mientras veía la sangre de su hermano mezclarse con el agua de lluvia, corriendo hacia las alcantarillas.

Yusuri, sin mostrar un ápice de remordimiento, caminó hacia Alistar. Lo levantó del suelo como si fuera un muñeco de trapo y lo cargó sobre su hombro, dirigiéndose hacia el cobertizo oscuro donde el dolor real estaba a punto de comenzar.

Laila Valmorth se quedó sola en el centro del patio, mirando el cuerpo decapitado de Luigi. No sentía nada. Se ajustó el cuello de su abrigo y miró hacia el cielo, hacia la dirección en la que el jet de Hitomi había desaparecido.

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