La lluvia en Dinamarca no solo mojaba la piel; calaba hasta los huesos, como si intentara lavar la sangre de una estirpe que se negaba a morir. Mientras Alistar y Luigi se miraban fijamente en el patio, bajo el aullido de las alarmas, el tiempo dejó de existir. El presente se disolvió en el vapor de la respiración agitada y, de repente, ambos estaban de vuelta en el inicio de todo.
En la familia Valmorth, ser un Mestizo no era una condición de nacimiento, era una condena perpetua. Y para Ali y Lui, esa condena tenía el sabor amargo de lo que "pudo haber sido".
Hace más de tres décadas, la mansión no era el mausoleo silencioso que es hoy. Había una facción de la familia que creía en la evolución, liderada por Valerius Valmorth, el padre de Alistar y Luigi. Valerius no era solo un guerrero de Quinta Generación; era un hombre con un carisma que incluso inquietaba a los ancianos del clan.
Hubo un tiempo en que Valerius y Laila caminaban juntos por los jardines. Se decía que si Valerius lograba "conquistar" el corazón de Laila y unificar sus visiones, el mundo vería una nueva era. Alistar y Luigi, apenas unos niños entonces, recordaban haber visto a su padre reír con la futura matriarca. Si ese amor hubiera florecido, Ali y Lui habrían sido los herederos legítimos del trono Valmorth, los príncipes de una dinastía renovada.
Pero en la familia Valmorth, el amor es una debilidad que se amputa sin anestesia.
Laila no buscaba un compañero, buscaba el poder absoluto. Valerius, en su intento de humanizar la estirpe, fue declarado traidor. La noche en que lo mataron, Alistar lo vio todo desde las sombras de la biblioteca. No fue una batalla heroica; fue una ejecución. Laila misma le atravesó el corazón con una lanza de energía mientras él le sonreía, perdonándola incluso en su último aliento.
Desde ese día, la "Ley del Mestizo" se grabó en fuego: Ali y Lui no serían ejecutados, pero vivirían para ver cómo el trono que les pertenecía por derecho era ocupado por otros. Se convirtieron en los "fantasmas de la casa", encargados de preparar el camino para los hijos "puros" que Laila traería al mundo.
La vida de un mestizo Valmorth es una lección diaria de humillación. Alistar y Luigi crecieron limpiando la sangre de los entrenamientos de otros, pero el verdadero dolor comenzó cuando nacieron los hijos de Laila. Ellos, que eran mayores, tuvieron que ser los niñeros de quienes un día serían sus verdugos.
Alistar recordaba el día que nació Constantine. Fue recibido con trompetas y rituales. Mientras Luigi sostenía las toallas calientes y Alistar limpiaba el suelo de la habitación de partos, Laila miraba al bebé con una satisfacción gélida. Constantine nunca lloraba. Desde pequeño, Ali tuvo que enseñarle a leer y a usar la espada. Lo que más le dolía a Alistar era que Constantine lo miraba no como a un maestro, sino como a un mueble útil. A los siete años, Constantine le clavó una daga de entrenamiento en el hombro a Alistar solo para ver "qué tan rápido cerraba la herida un sangre sucia". Alistar tuvo que pedirle perdón por haber manchado la daga con su sangre.
Luego vino Hiroshi. Si Constantine era el hielo, Hiroshi era el veneno. Luigi fue asignado como su sombra personal. Hiroshi descubrió pronto que podía usar a los mestizos para sus juegos mentales. Obligaba a Luigi a mentir por él, a recibir los castigos de Laila en su lugar. —Si hablas, Lui, le diré a mamá que intentaste robar un objeto ancestral —susurraba el pequeño Hiroshi con una sonrisa que helaba la sangre—. Sabes que a ti no te creerá. Luigi aprendió a agachar la cabeza tanto que su cuello parecía permanentemente doblado. Aprendió que la única forma de no sufrir era ser más servil que nadie.
John fue la pesadilla física. Desde que pudo caminar, John usó a Alistar y Luigi como sacos de boxeo. No había estrategia en él, solo un odio visceral hacia lo que consideraba "defectuoso". —¿Por qué siguen aquí? —les gritaba John mientras los golpeaba con su fuerza bruta—. Deberían haberse muerto con su padre. John disfrutaba rompiéndoles los huesos, sabiendo que la regeneración de los mestizos era más lenta y dolorosa. Alistar pasaba noches enteras vendando a su hermano menor en el sótano, susurrándole que algún día esto terminaría, mientras Luigi solo temblaba, aceptando que este era su único lugar en el universo.
Y finalmente, nació la pequeña Hitomi. Su nacimiento fue diferente. No hubo la misma arrogancia que con los varones. Hitomi era pequeña, de ojos grandes y una curiosidad que no encajaba en la mansión. Alistar fue el encargado de llevarla en brazos cuando dio sus primeros pasos. En ese momento, algo se rompió dentro de él. Hitomi no lo miraba con asco. Un día, cuando ella tenía cuatro años, le ofreció un dulce que había robado de la cocina. —Toma, Ali. Pareces cansado —le dijo con una inocencia que Alistar no sabía que existía en esa casa. Ese gesto fue peor que todas las palizas de John. Ver a una Valmorth pura mostrando humanidad le recordó a Alistar lo que su padre quería construir. Y ver cómo Laila empezaba a moldear a Hitomi, convirtiéndola en otra pieza de su juego, fue lo que finalmente sembró la semilla de la traición en su corazón. No podía permitir que esa niña terminara como sus hermanos. No podía permitir que el último rastro de luz de la sangre Valmorth se apagara.
De vuelta al patio, bajo la lluvia, los dos hermanos se miraban con el peso de esos treinta años sobre sus hombros.
—¡Lo tuvimos todo, Lui! —gritó Alistar, lanzándose hacia adelante con un rugido de dolor—. ¡Pudimos ser los herederos! ¡Pudimos ser libres! ¿Cómo puedes defender a los que nos convirtieron en esto? ¿Cómo puedes amar las cadenas que te pusieron desde niño?
Luigi bloqueó el golpe, sus guantes eléctricos chispeando violentamente. Sus ojos estaban inyectados en sangre. —¡Porque no hay nada más, Ali! ¡Fuera de estos muros somos basura! ¡Si la mansión cae, nosotros caemos con ella! ¡Prefiero ser un perro con nombre que un lobo muerto de hambre en la calle!
El choque de sus energías creó una cúpula de luz en el patio. Alistar usó una técnica prohibida que su padre le había enseñado en secreto antes de morir: la Vibración de la Sangre Renegada. Sus puños vibraban a una frecuencia que atravesaba las defensas de Luigi, impactando directamente en sus órganos.
—¡Ella se fue, Lui! —Alistar conectó un golpe demoledor en el pecho de su hermano—. ¡Hitomi ya está en el cielo! ¡Le di el dinero, le di la armadura! ¡Aunque me mates hoy, yo ya gané! ¡He sacado una pieza del tablero de Laila!
Luigi cayó de rodillas, escupiendo una mezcla de sangre y espuma. Miró hacia arriba, hacia el jet que se perdía entre las nubes grises. Una parte de él, la parte que todavía era aquel niño pequeño llamado Lui, sintió una envidia y una alegría indescriptibles. Pero el miedo era más fuerte.
—Ella... ella nos matará a todos... —susurró Luigi, mirando hacia la entrada de la mansión.
Las puertas se abrieron de par en par. El ruido de la alarma se detuvo de golpe, sustituido por un silencio tan denso que la lluvia parecía caer más lento. Laila Valmorth salió a la terraza, flanqueada por Constantine. La matriarca no gritaba. No corría. Su mera presencia hacía que el concreto del patio se agrietara bajo sus pies.
—Alistar —dijo Laila, y su voz recorrió el patio como un escalofrío—. Has destruido décadas de trabajo por una fantasía de libertad. Te di una vida. Te di un propósito. Y me pagas robando mi propiedad más valiosa.
Laila levantó la mano derecha. Una esfera de energía carmesí, tan brillante que dolía verla, empezó a formarse. La presión de la Sexta Generación era tal que Alistar sintió cómo sus huesos empezaban a crujir bajo su propio peso.
—Dime, traidor —dijo Laila, mirando hacia el avión en el cielo—, ¿realmente crees que ese trozo de metal puede escapar de mi vista?
—Ella no es tu propiedad, Laila —dijo Alistar, levantándose con un esfuerzo agónico, la sangre fluyendo de sus oídos—. Es una persona. Y ahora... está con alguien que puede hacerte frente. Ella va hacia Ryuusei Kisaragi.
El nombre de Ryuusei provocó una mueca de asco en el rostro de Laila. Sin mediar palabra, lanzó la esfera de energía no hacia Alistar, sino hacia el cielo, buscando interceptar el avión de su hija.
Alistar, en un último acto de redención por su padre y por su hermano, se lanzó hacia adelante. No para atacar a Laila, sino para interceptar el flujo de energía con su propio cuerpo, distorsionando el disparo lo suficiente para que fallara.
¡BOOM!
La explosión lanzó a Luigi contra los garajes y envolvió a Alistar en una luz cegadora.
