El frío no era lo que le dolía. El frío era un viejo conocido, una capa de seda que lo envolvía desde niño. Lo que le dolía a Alistar era el silencio, ese vacío denso que quedaba después de los gritos de su hermano. Cuando abrió los ojos, la oscuridad del cobertizo estaba salpicada por la luz mortecina de una lámpara de aceite que colgaba del techo, oscilando como un péndulo de muerte.
Frente a él, la silueta de Yusuri recortaba el poco aire que quedaba en la habitación. Dos metros de músculo y acero, una montaña de carne que no respiraba, sino que vibraba con una intención asesina.
—Despierta, mestizo —la voz de Yusuri era un trueno sordo, carente de cualquier inflexión humana—. La Ama Laila tiene preguntas. Yo tengo métodos.
Alistar intentó mover las manos, pero estaban encadenadas a las vigas del techo. Sus pies apenas rozaban el suelo húmedo. La sangre de su encuentro anterior se había secado, formando una costra pegajosa en su rostro.
—¿A dónde se fue la señorita Hitomi? —preguntó Yusuri, dando un paso adelante. Sus manos, grandes como mazos, se cerraron sobre el pie descalzo de Alistar.
Alistar no respondió. Solo apretó los dientes, mirando al gigante con un desprecio que ni el dolor podía borrar.
¡CRACK!
El sonido del primer dedo rompiéndose fue nítido en el silencio del cobertizo. Alistar soltó un alarido que se desgarró en su garganta, arqueando la espalda mientras la agonía subía por su pierna como fuego líquido.
—¿A dónde? —repitió Yusuri, con la calma de quien pregunta por el clima.
—Tal vez... —jadeó Alistar, con el sudor empapando su frente—, tal vez se fue a Canadá... o a Nueva Zelanda. Es lo que ella decía... que quería ver el fin del mundo.
Intentaba mentir, mezclar verdades con rutas falsas para ganar tiempo. Cada segundo que pasaba era un kilómetro más de distancia para Hitomi.
Yusuri no pareció convencido. Agarró el siguiente dedo. ¡CRACK! Otro grito. La tortura continuó de forma metódica, un dedo tras otro, hasta que los pies de Alistar eran una masa informe de carne y hueso triturado.
—Siguiente pregunta —dijo Yusuri, sacando un clavo de hierro oxidado de una caja de herramientas—. ¿Quién es Ryuusei Kisaragi?
Alistar sintió un escalofrío que no era de dolor. Ryuusei. El nombre que había visto en las noticias, el nombre que los niños gritaban. Pero en realidad, ¿quién era?
—No lo sé... —respondió Alistar con sinceridad.
Yusuri no aceptó la ignorancia. Sin previo aviso, clavó el hierro en la palma de la mano derecha de Alistar, atravesando carne y nervios hasta que la punta salió por el otro lado, incrustándose en la madera del poste. Alistar no pudo gritar esta vez; el aire simplemente se negó a entrar en sus pulmones mientras su cuerpo entraba en shock.
—¡No lo sé! —rugió Alistar cuando recuperó el aliento—. ¡Es solo un nombre! ¡Un chico que hizo lo que nadie se atrevió a hacerle a tu ama!
—¿Él la ayudó a escapar? —Yusuri acercó su rostro al de Alistar.
—No... yo lo hice. Y aunque me desgarres cada centímetro de piel, no te diré nada más. Ella es libre... y ustedes son solo cadáveres que todavía caminan.
Las horas pasaron. El tiempo en el cobertizo se medía en el goteo de la sangre de Alistar y en el sonido rítmico de la tortura de Yusuri. Cortes precisos, huesos dislocados, quemaduras que la regeneración de Alistar intentaba cerrar desesperadamente, agotando sus reservas de energía.
La pesada puerta del cobertizo se abrió, dejando entrar el aire gélido de la noche y el aroma a jazmín de Laila Valmorth. Entró con la elegancia de una deidad, sus tacones resonando contra la madera vieja.
—Detente, Yusuri —dijo Laila, su voz suave pero cargada de una autoridad absoluta.
Miró a Alistar con una mezcla de curiosidad y un asco profundo. Se acercó a él, levantando su barbilla con la punta de un dedo enguantado.
—¿Por qué, Alistar? —preguntó ella—. Te dimos un hogar. Te dimos un propósito cuando eras solo una mancha en el linaje. ¿Por qué traicionar a la mano que te alimentó?
Alistar escupió sangre a los pies de Laila. Sus ojos, aunque nublados por el dolor, brillaron con una luz desafiante. —No me diste un hogar, Laila. Me diste una jaula. Y Torben... el Gran Torben... estaría asqueado de ver en lo que has convertido esta familia. Él quería paz. Tú solo quieres cenizas.
El nombre de Torben golpeó a Laila como un latigazo. Por un breve segundo, su máscara de perfección se agrietó, revelando una furia ancestral. Levantó la mano y le dio una cachetada a Alistar que le giró la cabeza, dejando la marca de sus dedos grabada en su piel.
—No vuelvas a mencionar su nombre —siseó ella—. Él era débil. Por eso murió. Y tú... tú eres un error que debí corregir hace décadas.
Laila se alejó unos pasos, su rostro transformándose en algo macabro, la luz carmesí de su poder iluminando el cobertizo.
—Tu castigo no será la muerte, Alistar. Eso sería una liberación. Vas a vivir, pero no como un Valmorth. Vas a vivir como lo que realmente eres: nada.
Se giró hacia Yusuri. —Prepara el círculo. Vamos a realizar el encantamiento de la Extirpación de la Esencia.
Yusuri retrocedió un paso, sorprendido por primera vez. —Ama... ese es un encantamiento prohibido. Quitar la regeneración de forma permanente... el dolor podría matarlo.
—Que lo haga —sentenció Laila.
Yusuri empezó a trazar símbolos rúnicos en el suelo con la sangre de Alistar. Laila se colocó en el centro, su aura expandiéndose hasta que las vigas del cobertizo empezaron a crujir. Ella no solo era una Sexta Generación; era la suma de siglos de odio y perfeccionismo.
Laila se mordió la palma de la mano, dejando que su sangre pura goteara sobre las runas. Empezó a recitar palabras en un lenguaje olvidado, una lengua que sonaba como el crujir de huesos y el viento en un cementerio.
—Yo, Laila Valmorth, poseedora del trono de cristal, por el vínculo de la sangre que nos ata y nos maldice... reclamo lo que fue dado por error. Quito la chispa, apago la vida. Que la carne no cierre, que la herida no cure.
Alistar sintió que su interior empezaba a hervir. Era como si miles de agujas de hielo estuvieran recorriendo sus venas, arrancando la capacidad de sus células para repararse.
—¡POR EL GRAN MICHAEL VALMORTH, EL AMO DE TODO, EL PROGENITOR DE LAS SOMBRAS!—gritó Laila, su voz resonando con una potencia sobrenatural—. ¡YO TE CONDENO A LA FRAGILIDAD!
Un estallido de luz negra envolvió a Alistar. El grito que soltó fue algo que no pertenecía a este mundo. Sintió cómo el don de la regeneración, esa chispa que lo hacía un Valmorth aunque fuera mestizo, se extinguía como una vela en una tormenta. Sus heridas, antes cerrándose lentamente, empezaron a sangrar con una fluidez mortal. El dolor de sus dedos rotos y el clavo en su mano se multiplicaron por mil. Ya no había alivio. Solo muerte lenta.
Laila respiraba agitadamente, sus ojos brillando con un triunfo sádico. Miró a Alistar, que colgaba como un guiñapo sangriento.
—Yusuri —dijo ella, con una calma aterradora—, quítale los ojos. No quiero que vuelva a ver la luz de un sol que ya no le pertenece.
Yusuri, obedeciendo sin dudar, se acercó. Alistar, en lugar de suplicar o gritar de miedo, empezó a reír. Era una risa ronca, llena de sangre, una carcajada que heló la sangre del propio gigante.
—¿De qué te ríes, animal? —preguntó Laila, intrigada por la locura de su sirviente.
—Me río... porque la profecía se está cumpliendo —dijo Alistar, mirando al vacío—. ¿Recuerdas a aquella anciana Valmorth? La que vino de las montañas hace años y dijo que el cambio vendría con un rayo de luz y una sombra de caos. Ella dijo que la casa caería cuando el primer mestizo perdiera su vista.
Laila palideció. Recordaba a la anciana. La profecía del Gran Cambio. Pero su orgullo fue más fuerte.
—La casa no caerá. La casa soy yo. Yusuri... hazlo.
Alistar no cerró los párpados. Mientras los dedos de Yusuri se acercaban, él siguió riendo. El dolor fue indescriptible, una oscuridad absoluta que se tragó el mundo, pero su espíritu se mantuvo intacto.
Laila se fue del cobertizo, dejando a Alistar encadenado, ciego y sin el poder de sanar. El silencio volvió, pero esta vez estaba lleno de la agonía rítmica de un hombre que se desangraba paso a paso.
En medio de la negrura absoluta, Alistar dejó de sentir el cobertizo. En su mente, en ese rincón donde el alma se refugia antes de apagarse, vio una imagen. Era una Hitomi pequeña, de unos seis años, con su vestido blanco de seda. Ella estaba sentada a su lado en el jardín, mirándolo con esos ojos llenos de una pureza que la mansión aún no había corrompido.
—Ali... ¿me prometes que siempre me vas a proteger? —decía la pequeña Hitomi en su recuerdo, tomándole la mano.
Alistar sintió un calor en su pecho que no era sangre. —Lo intenté, pequeña... —susurró el Alistar real en el cobertizo—. Lo intenté... y el primer paso ya está dado. Eres libre.
Con las pocas fuerzas que le quedaban, Alistar empezó a tararear. Su voz era débil, pero la melodía era antigua, una canción de cuna que los mestizos cantaban en secreto cuando creían que nadie los escuchaba. Empezó a ponerle palabras, una oda al fin de sus verdugos:
"Bajo el trono de cristal, la sangre empieza a hervir, el sol de oro se oculta, para ya no salir. Ocho lanzas en el cielo, una sombra en el mar, los muros de los Valmorth, pronto verás caer. El ciego ve el camino, el muerto empieza a andar, la hija de la luna, a la madre ha de matar. Duerme ya, mi señora, en tu cuna de maldad, que el fin de tu linaje, es nuestra libertad."
La canción resonó en las vigas del cobertizo, mezclándose con el viento de Dinamarca. Alistar, ciego y roto, sonrió en la oscuridad. Sabía que en algún lugar sobre el Atlántico, Hitomi estaba volando. Sabía que en Canadá, Ryuusei Kisaragi estaba esperando.
La profecía del Gran Cambio había comenzado con su sacrificio. Y él, el mestizo que todos despreciaban, sería el fantasma que vería la caída del imperio Valmorth desde el otro lado del velo.
