El interior del auto olía a cuero nuevo y a la lluvia que golpeaba incesantemente los cristales. Hitomi estaba sentada en el asiento trasero, con la maleta de dinero a un lado y el corazón martilleando contra sus costillas. Sus manos todavía temblaban cuando metió la mano en su chaqueta y sacó el sobre que Alistar le había entregado en el último momento.
No era solo un mapa o una serie de instrucciones. Era una carta escrita con una caligrafía temblorosa pero decidida. Hitomi la abrió y, a la luz tenue de la pantalla de su teléfono, empezó a leer.
*"Hitomi, si estás leyendo esto, es porque finalmente has roto las cadenas. Pero huir no es suficiente. Mientras la raíz siga viva, el árbol volverá a crecer para asfixiarte. Te lo pido no como tu sirviente, sino como el hombre que te vio crecer: destruye a la familia Valmorth. No dejes piedra sobre piedra.
Busca a los familiares lejanos en las sombras de Europa y Asia; ellos siguen las mismas tradiciones enfermas, alimentando este linaje con el dolor de los mestizos. Conviértete en la nueva líder, no para seguir el legado, sino para ser la última de nosotros. Y cuando llegue el momento, cuando seas lo suficientemente fuerte... mata a tu madre. Ella es el centro de este cáncer. No habrá paz para ti, ni para el mundo, mientras Laila Valmorth respire. Hazlo por mí. Hazlo por los que no pudimos."*
Hitomi se quedó en shock, el papel crujiendo entre sus dedos. Las palabras de Alistar eran una declaración de guerra total. Él no quería que ella simplemente sobreviviera; quería que ella fuera la segadora que pusiera fin a siglos de tiranía. La idea de matar a su propia madre le revolvió el estómago, pero al mirar hacia atrás, hacia las luces distantes de la mansión, supo que Alistar tenía razón. Tarde o temprano, su madre la encontraría, y ese encuentro solo podría terminar en sumisión o muerte.
El auto aceleró hacia el puerto, donde la silueta de los barcos de carga se recortaba contra el mar embravecido.
A la mañana siguiente, la luz del sol entró en el comedor principal con una frialdad. Laila Valmorth presidía la mesa, su rostro sereno ocultando una impaciencia que empezaba a hervir. Constantine, Hiroshi y un John todavía pálido y vendado estaban sentados en sus lugares habituales.
Pero el asiento de Hitomi estaba vacío.
—Alistar —llamó Laila, su voz cortante como el cristal.
El jefe de sirvientes apareció de inmediato, haciendo una reverencia impecable. Su rostro era una máscara de neutralidad profesional, a pesar de que el sudor frío empezaba a bajar por su espalda.
—Busca a mi hija. Dile que el desayuno es la base de la disciplina y que su ausencia es un insulto —ordenó Laila.
Alistar aceptó con una inclinación y se retiró. Pasaron las horas. El café se enfrió, los hermanos terminaron sus platos en un silencio sepulcral y la tensión en la habitación se volvió sofocante. Alistar regresó tres horas después, con el rostro fingiendo una preocupación calculada.
—Ama Laila... la Joven Hitomi no está en sus aposentos. Tampoco en los jardines ni en la casa.
Laila se levantó lentamente, y el aire en el comedor pareció vibrar con su furia contenida. No era preocupación lo que sentía, era el instinto de una dueña que ha perdido una propiedad valiosa.
—¿Cómo que no está? —preguntó Laila, acercándose a Alistar—. Esta mansión es una fortaleza. Nadie entra ni sale sin que tú lo sepas.
En ese momento, una de las sirvientas mestizas entró apresuradamente y se arrodilló ante Laila. —Señora... lamento informar que hemos recibido una notificación del banco. Hace unos días se realizó un retiro masivo de la cuenta personal de la Joven Hitomi.
Laila giró su cabeza hacia Alistar con una lentitud aterradora. —A mi despacho. Ahora.
La oficina de Laila era un lugar donde las voluntades se quebraban. Alistar entró, sintiendo la presión de la Sexta Generación de su ama aplastando sus pulmones. Laila estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a él.
—Dime, Alistar —comenzó ella—, ¿sacaste tú ese dinero?
Alistar mantuvo la voz firme, ensayada mil veces en su cabeza durante la noche. —Así es, Ama Laila. La señorita Hitomi me pidió que gestionara fondos para unas adquisiciones personales. Ella quería... "independencia" en sus compras antes de la boda. No creí que fuera prudente negárselo, dada su reciente melancolía.
Laila se giró, sus ojos carmesí escaneando cada poro de la piel de Alistar. —¿Y dónde está ella ahora?
—Sospecho que ha ido a pasear por Hellerup Strand, la zona de la playa —mintió Alistar sin pestañear—. Estaba muy interesada en ver el mar antes de las clases. Probablemente se le pasó la hora.
Laila guardó silencio durante un tiempo que pareció una eternidad. Finalmente, suspiró, aunque sus ojos no perdieron la sospecha. —Encuéntrala. Si algo le pasa a mi hija, Alistar, no te mataré simplemente. Usaré tu esencia para alimentar las lámparas de esta mansión durante cien años.
—Entendido, señora —respondió Alistar—. Y, si me permite... después de encontrarla, me gustaría solicitar unos días de vacaciones. El estrés de los últimos preparativos me está pasando factura. Pensaba ir a Havstokken yo mismo para descansar.
Laila asintió con un gesto desdeñoso. —Si la traes de vuelta sana y salva, vete. Pero si no aparece antes del anochecer...
Alistar se retiró con una reverencia. En cuanto la puerta se cerró, Laila hizo una seña a dos sirvientas que estaban ocultas tras las cortinas.
—Síganlo —les susurró al oído—. No lo pierdan de vista. Si intenta contactar con alguien o si se desvía del camino a la playa, mátenlo y traigan su cabeza.
Ya por la tarde, Alistar regresó a su habitación en el ala de sirvientes. Sus movimientos eran rápidos y precisos. No podía perder ni un segundo más. Guardó algo de ropa, una pistola mística de repuesto y todos los datos de contacto de las células de resistencia mestiza que conocía.
Sacó su teléfono, asegurándose de que la puerta estuviera cerrada con llave. Marcó el número encriptado que le había dado al piloto.
—¿Hitomi? —susurró cuando la llamada conectó—. ¿Ya estás en el puerto? ¿Has subido al jet?
Al otro lado, la voz de Hitomi sonaba distante a través de la estática del mar. —Estoy en el muelle, Alistar. El avión está cargando combustible. ¿Qué pasa en la mansión?
—Ella lo sabe —dijo Alistar, con la urgencia quemándole la garganta—. Ella sospecha. Tienes que despegar ya, no esperes a que...
Un crujido sutil fuera de su habitación lo hizo detenerse. Alistar colgó el teléfono de inmediato y guardó el dispositivo. Con la agilidad de un depredador, se lanzó hacia la puerta y la abrió de golpe.
Dos sirvientas mestizas estaban allí, con los rostros pálidos de sorpresa. Habían estado escuchando todo a través de la madera. Alistar no dudó; agarró a la primera del cuello, estrellándola contra la pared opuesta antes de que pudiera gritar.
—¡No hagas nada estúpido! —le rugió, apretando sus dedos.
Sin embargo, sus ojos se abrieron de par en par al notar que, al final del pasillo, una tercera sirvienta lo observaba con horror. Antes de que Alistar pudiera reaccionar, la mujer se dio la vuelta y salió corriendo a toda velocidad hacia el ala principal, gritando el nombre de Laila.
Alistar soltó a la sirvienta que tenía en las manos, quien cayó al suelo tosiendo. —¡Maldita sea!
Agarró su maleta y salió corriendo por la salida de emergencia de los criados. Pero no llegó lejos. Apenas puso un pie en el patio trasero que llevaba a los garajes, las alarmas de la mansión empezaron a aullar, un sonido estridente que alertaba a toda la seguridad privada de los Valmorth.
Las luces de los focos barrieron el patio, y Alistar se detuvo en seco. Frente a él, bloqueando el único camino de escape, estaba una figura que conocía mejor que a sí mismo.
Era Luigi. El mayordomo personal de John, el hombre con el que Alistar había compartido litera, comida y cicatrices durante décadas.
—Hermano... —dijo Luigi, su voz llena de una tristeza profunda. No tenía su arma desenfundada, pero su postura era la de un hombre que no iba a moverse—. Por favor, detente. No hagas esto. Sabes que no hay salida de este lugar.
—Luigi, apártate —dijo Alistar, su voz quebrada—. Ella se ha ido. Hitomi es libre. Déjame ir a mí también.
—Si te dejo ir, ella me matará a mí, y luego irá tras ella con todo su ejército —respondió Luigi, dando un paso adelante—. Alistar, por favor... vuelve adentro. Puedo decirle que te obligaron, puedo intentar salvarte.
—Ya no hay salvación para nosotros en esta casa, hermano —sentenció Alistar, soltando su maleta y poniéndose en guardia—. Pero al menos hoy, uno de nosotros va a morir siendo un hombre, no un perro.
Las alarmas seguían gritando, y desde las torres, los guardias de élite empezaban a descender. El escape de Hitomi había encendido una mecha que estaba a punto de hacer explotar el corazón de Dinamarca.
