La luz azulada de la pantalla era el único rastro de vida en la habitación de Hitomi. Eran las tres de la madrugada y el silencio de la mansión se sentía como una losa de mármol sobre sus hombros. Sus dedos, finos y pálidos, temblaban levemente mientras navegaba por los rincones más profundos de la red internacional, buscando aquel nombre que se había convertido en su única obsesión: Ryuusei Kisaragi.
Finalmente, encontró archivos filtrados de lo que la prensa japonesa había intentado sepultar bajo capas de propaganda. Eran grabaciones de hacía meses, cuando Ryuusei "atacó" Japón. Hitomi vio las imágenes en alta resolución del enfrentamiento con Aurion. Observó cómo Ryuusei era reducido a cenizas por el sol abrasador del héroe nacional, pero entonces, algo la hizo contener el aliento.
En el video, Ryuusei se levantaba. No era una regeneración limpia y divina como la de los Valmorth. Era algo visceral, casi obsceno. Su piel se reconstruía desde cero, dejando ver fibras de músculos rojos, tendones expuestos y carne viva que palpitaba mientras se cerraba. Parecía un titán de carne desnuda volviendo a la vida por pura voluntad de odio y supervivencia.
—Es imposible... —susurró Hitomi, acercándose a la pantalla—. Esa regeneración... solo es apta para una Quinta o Sexta Generación. Pero no hay elegancia en él, solo una fuerza bruta y cruda.
Siguió leyendo. La base en Canadá, el apoyo directo del Primer Ministro Sterling, la Operación Kisaragi. Ryuusei no era solo un guerrero; era una entidad política protegida por una nación soberana. Para Hitomi, que vivía en una casa donde cada paso era vigilado por sirvientes y cada pensamiento era juzgado por su madre, la existencia de Ryuusei era un milagro que no podía comprender.
Sin embargo, la curiosidad no fue suficiente para salvarla de la oscuridad que la devoraba.
Los días siguientes fueron una agonía lenta. La presión de Laila se volvió insoportable. Durante las cenas, en los pasillos, incluso a través de notas dejadas por las sirvientas, la pregunta era siempre la misma: ¿Constantine, Hiroshi o John? La idea de ser entregada a uno de sus propios hermanos para procrear "pureza" le revolvía el estómago. Sentía que su cuerpo ya no era suyo, sino una vasija que la familia Valmorth estaba esperando llenar de más sombras.
El lunes por la tarde, el cielo de Dinamarca estaba gris, fundiéndose con el mar en un horizonte de desesperanza. Hitomi subió a uno de los balcones más altos de la casa, un rincón olvidado que daba a los acantilados. Se subió al pretil de piedra, dejando que el viento gélido le azotara el rostro.
Miró hacia abajo. Las rocas negras eran golpeadas por el mar embravecido. Un paso. Solo un paso y el dolor de ser una Valmorth terminaría. No habría más bodas, no más tradiciones, no más soledad.
Cerró los ojos y se inclinó hacia adelante.
—¡Señorita Hitomi! —Un grito desgarrador rompió el sonido del viento.
Antes de que la gravedad pudiera reclamarla, unos brazos poderosos la rodearon y la tiraron de vuelta al suelo del balcón con una violencia necesaria. Hitomi cayó sobre la piedra fría, jadeando, y se encontró con el rostro desencajado de Alistar. El jefe de sirvientes estaba pálido, sus ojos negros reflejando un terror que nunca había mostrado ante nadie.
Hitomi no luchó. Se derrumbó en los brazos de Alistar, rompiendo a llorar con un gemido que parecía arrancar de lo más profundo de su alma.
—¡Suéltame! —sollozaba ella, golpeando débilmente el pecho del hombre—. ¡Odio esto! ¡Odio ser una Valmorth! ¡No quiero esta vida!
Alistar no la soltó. La estrechó contra él, dejando que la joven de sangre pura empapara su traje de sirviente con sus lágrimas de desesperación.
—Cálmate, pequeña... —susurró Alistar, su voz temblando por primera vez en décadas—. Por favor, escúchame. Todo va a estar bien. Yo te apoyo.
Hitomi lo miró, confundida a través de sus lágrimas. —¿Tú? Solo eres un sirviente... un mestizo leal a mi madre.
Alistar soltó una risa amarga, una que Hitomi nunca le había escuchado. —Yo también odio a la familia Valmorth, Hitomi. Con cada fibra de mi ser.
Se quedaron sentados en el suelo del balcón, ocultos por la sombra de las gárgolas. Alistar miró hacia el mar, con la mirada perdida en recuerdos dolorosos.
—Tú crees que estoy aquí por lealtad, pero estoy aquí por supervivencia —comenzó Alistar—. Mi historia no es diferente a la de los perros que guardan las puertas. Yo nací mestizo. Mi padre era un Valmorth menor y mi madre una mujer común a la que amaba de verdad. Cuando Laila, tu madre, tomó el control absoluto, mandó a matar a mis padres para "limpiar" las ramas secundarias.
Hitomi se tapó la boca con la mano, horrorizada.
—Ella misma estaba a punto de matarme cuando yo no era más que un niño —continuó Alistar, apretando los puños—. Pero mi padre, antes de morir, propuso una ley que ella aceptó por pura utilidad: que los mestizos no fueran eliminados, sino convertidos en sirvientes o criados de por vida para la sangre pura. Nos convirtieron en herramientas. He pasado mi vida sirviendo a la mujer que asesinó a mis padres solo para no morir.
Alistar miró a Hitomi directamente a los ojos. —Confío en que no me delatarás, porque veo en tus ojos el mismo fuego que vi en los de mi madre antes de que le quitaran la vida. Tú eres distinta, Hitomi. No tienes la podredumbre de tus hermanos.
Hitomi le tomó la mano, sintiendo por primera vez una conexión real con otro ser humano en esa casa. —Alistar... quiero escapar. No puedo quedarme aquí. Me van a obligar a casarme... me van a destruir. Ayúdame.
Alistar dudó. Sabía que ayudar a una Valmorth a escapar era una sentencia de muerte lenta y dolorosa si lo descubrían. Pero luego miró el rostro destrozado de la niña a la que había visto crecer.
—¿A dónde irías? —preguntó en un susurro.
—A Canadá —respondió ella con firmeza—. He investigado a ese chico, Ryuusei. Él ha creado un santuario. Canadá es un país con seguridad de alto nivel y apoyo político. Si logro llegar allí, mi madre no podrá tocarme sin iniciar una guerra internacional. Además... necesito saber quién es él.
Alistar asintió lentamente. —Es una locura. Pero es la única forma. Crearemos un plan. Pero debes ser fuerte, Hitomi. A partir de ahora, cada palabra y cada gesto frente a tu madre debe ser una mentira perfecta.
Al día siguiente, el destino pareció jugar a su favor, aunque con una ironía cruel. Laila Valmorth llamó a Alistar a su despacho privado.
—Alistar —dijo Laila, mientras observaba unos informes—. He notado a Hitomi... apagada. Esa melancolía no es propia de su rango. Sácale a pasear estos días. Que respire el aire de la ciudad, que compre lo que quiera. Quizás un poco de distracción la ayude a decidirse por uno de sus hermanos.
Alistar hizo una reverencia impecable. —Como usted mande, Ama Laila. Me encargaré de que su distracción sea absoluta.
En su mente, Alistar sonrió. Esto facilitaba todo.
Esa misma tarde, Alistar llevó a Hitomi al centro de Copenhague. Mientras simulaban mirar escaparates de lujo, Alistar se dirigió a una sucursal del banco privado de la familia. Utilizando sus códigos de acceso de alto nivel y la presencia de Hitomi, retiró una cantidad exorbitante de dinero en efectivo y lingotes de transporte. Era solo una pequeña fracción de la fortuna personal de Hitomi, pero suficiente para financiar una vida entera de fugitiva.
—Guarda esto en el compartimento secreto de tu maleta —le indicó Alistar mientras regresaban al auto—. Nadie revisará tus pertenencias personales si salimos bajo mi supervisión.
Ya de regreso en la mansión, mientras el sol se ponía, Alistar detuvo a Hitomi antes de que entrara a sus aposentos.
—Escúchame bien —susurró—. Esta noche, cuando todos duerman, debes ir al búnker de la familia en el sótano tres. Tienes que sacar tu Armadura Ancestral y tus 8 Lanzas. No puedes irte indefensa. Si la Asociación o los rastreadores de tu madre te encuentran, necesitarás cada gota de tu poder de Sexta Generación para abrirte paso.
La medianoche llegó con una lluvia fina que envolvía la mansión en una neblina fantasmal. Hitomi se levantó de su cama, vestida con ropa oscura y resistente. Su corazón latía con tal fuerza que temía que despertara a las sirvientas mestizas que dormían en el pasillo.
Se deslizó por las sombras, usando los pasadizos de servicio que Alistar le había enseñado. Al llegar al búnker, sus dedos temblaron al ingresar el código genético. La pesada puerta de acero se abrió sin ruido. Allí, sobre un pedestal de obsidiana, brillaba su armadura: un exoesqueleto de aleación mística que parecía hecho de plata líquida. A su lado, las 8 Lanzas Ancestrales vibraban levemente, reconociendo la presencia de su dueña.
Se equipó rápidamente. El peso de las armas le dio una seguridad que nunca había sentido. No era la seguridad de una princesa, sino la de una guerrera que finalmente tenía algo por lo que luchar.
Llegó a la puerta trasera de los jardines, donde el transporte de suministros solía entrar. Allí la esperaba Alistar junto a un sedán negro con vidrios blindados y placas falsas.
—Aquí tienes —dijo Alistar, entregándole una maleta pesada llena de dinero y documentos de identidad falsificados que él mismo había preparado—. El auto te llevará hasta el puerto privado. Allí hay un jet de carga canadiense que sale en una hora. El piloto ya ha sido pagado; no hará preguntas.
Hitomi miró a Alistar. Los ojos del hombre estaban llenos de una mezcla de orgullo y tristeza.
—Alistar... —dijo ella, con la voz quebrada—. Escapa conmigo. Ven a Canadá. No te quedes aquí para que ella te mate cuando se entere.
Alistar negó con la cabeza y le dedicó una sonrisa triste, la primera sonrisa real que Hitomi veía en su rostro. —Alguien tiene que borrar los rastros aquí, pequeña. Si me voy ahora, sabrán de inmediato a dónde fuiste. Debo quedarme para confundirlos, para darte tiempo.
—¡Te matarán! —exclamó Hitomi, agarrando su mano.
—He estado muerto desde que mis padres se fueron, Hitomi —respondió él, soltándola suavemente—. Tú me has devuelto un poco de vida hoy. Ahora vete. Vuela lejos de este nido de serpientes. Buscaré la forma de seguirte cuando el rastro se enfríe. Lo intentaré, te lo prometo.
Hitomi subió al auto, mirando por la ventana trasera cómo la figura de Alistar se desvanecía en la neblina mientras la mansión de los Valmorth se hacía pequeña a lo lejos. Por primera vez en su vida, el aire que respiraba no olía a incienso y encierro, sino a lluvia, a sal y a la incierta, pero gloriosa, libertad.
