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Chapter 174 - El Grito Ahogado en Oro

La sangre de un Valmorth tiene una propiedad única: nunca se enfría del todo. Mientras la lanza de Hitomi seguía clavada en el colchón, atravesando el torso de John, el aire en la habitación se volvió pesado, saturado de una esencia metálica y eléctrica. John soltó un quejido gutural, un sonido que mezclaba la agonía con una rabia animal. Sus manos, temblorosas y cubiertas de su propia sangre, se cerraron sobre el asta de la lanza.

Con un esfuerzo sobrehumano, John se impulsó hacia adelante, dejando que el arma se deslizara a través de su carne en un acto de masoquismo puro para liberarse. Se puso en pie en un segundo, tambaleante, con el agujero en su estómago cerrándose a una velocidad frenética, dejando ver el vapor de la regeneración. Antes de que Hitomi pudiera reaccionar o invocar una segunda lanza, John, cegado por el dolor y la humillación, descargó un golpe seco y brutal directamente en la boca del estómago de su hermana.

Hitomi no era una guerrera entrenada en el combate cuerpo a cuerpo; era una fuente de poder bruto, pero su cuerpo seguía siendo frágil ante la violencia física directa. El aire escapó de sus pulmones en un estallido silencioso. Cayó de rodillas, abrazándose el vientre, con la vista nublada por las lágrimas de dolor.

—¡Tú... pequeña... víbora! —rugió John, levantando el puño para golpearla de nuevo.

—¡Suficiente, John! —Una voz autoritaria resonó desde el umbral de la puerta.

Hiroshi apareció como una sombra veloz, interceptando el brazo de John antes de que pudiera tocar a Hitomi. El rostro de Hiroshi, usualmente relajado y burlón, estaba transformado en una máscara de asco y desprecio. Sin mediar palabra, Hiroshi le propinó un puñetazo a John que lo mandó a estrellarse contra su propio escritorio, rompiendo la madera fina en pedazos.

—¡Eres un depravado! —gritó Hiroshi, caminando hacia su hermano mayor—. Tocar a tu propia hermana de esa manera... dañarla así... ¿En qué te has convertido, John? ¿Tanto te dolió que un japonés te pateara el trasero que ahora tienes que desquitarte con una niña que ni siquiera sabe pelear?

John intentó levantarse, pero el daño interno de la lanza y el golpe de Hiroshi lo dejaron sin fuerzas momentáneamente. Hiroshi no le dio tiempo a recuperarse; lo agarró de la solapa y lo lanzó hacia el rincón más alejado de la habitación.

—Quédate ahí y púdrete en tu propia sangre —escupió Hiroshi. Luego, se giró hacia Hitomi y su expresión cambió drásticamente. Se arrodilló a su lado con una ternura casi sospechosa—. Hitomi... tranquila. Ya pasó. Estoy aquí.

Hiroshi la levantó con cuidado, rodeándola con sus brazos. Ella estaba en shock, temblando, sintiendo que el mundo a su alrededor era un lugar donde solo existía la depredación. Hiroshi la llevó por los pasillos oscuros hasta su propia habitación, depositándola suavemente sobre su cama.

—Gracias, Hiroshi... —susurró ella, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.

Hiroshi se quedó en silencio un momento, mirándola con una intensidad que hizo que el vello de la nuca de Hitomi se erizara. Se inclinó hacia ella, rozándole el cabello platino.

—No tienes nada que agradecer, pequeña —dijo él, con una voz suave que escondía una ponzoña sutil—. Sabes que siempre estaré aquí para protegerte de animales como John o de la frialdad de Constantine. Si alguna vez necesitas ayuda, si alguna vez sientes que no puedes más... recuerda que estaré para ti. Especialmente... —Hiroshi hizo una pausa, con una sonrisa que no llegó a sus ojos— si en el futuro decides que yo soy el hermano indicado para cumplir con la tradición y casarte conmigo. Sería mucho mejor que estar con los otros, ¿no crees?

Hitomi sintió una oleada de asco que superó el dolor físico de su estómago. La "protección" de Hiroshi no era gratuita; era simplemente otra forma de reclamo de propiedad. Lo miró con horror, dándose cuenta de que en esa casa no había aliados, solo diferentes tipos de captores.

—Vete —dijo Hitomi, su voz fría como el hielo—. Quiero estar sola.

Hiroshi se encogió de hombros, manteniendo esa sonrisa inquietante. —Piénsalo, querida. El tiempo corre.

Cuando la puerta se cerró, Hitomi se encogió en su cama y rompió a llorar. No era un llanto de tristeza, sino de desesperación pura. Odiaba ser una Valmorth. Odiaba el poder que corría por sus venas, odiaba su apellido y odiaba la sangre "pura" que todos envidiaban.

—Solo quiero ser normal... —sollozaba contra la almohada—. Solo quiero ser una persona común...

Hitomi entró en una espiral de depresión profunda esa noche. Se sentía completamente sola en el mundo. No tenía amigos reales, su madre era una dictadora emocional y sus hermanos eran monstruos o acosadores. En su mente, buscó el recuerdo de su padre, la única figura que los Valmorth mencionaban con un respeto distante pero vacío.

Según la tradición de la familia, los varones Valmorth, debido a la carga de poder de las Generaciones, vivían una vida intensa pero corta, llegando como máximo a los 60 años. Sin embargo, su padre había muerto de forma misteriosa cuando ella tenía apenas tres años. No hubo una explicación clara, solo un funeral privado y el ascenso de Laila al poder absoluto de la casa. Hitomi apenas recordaba su olor o su voz, y esa ausencia era un agujero negro en su corazón. Sentía que, si él estuviera vivo, quizás ella no sería solo una pieza de ajedrez en el tablero de su madre.

Al día siguiente, el sol volvió a salir con su habitual indiferencia. Hitomi se preparó mecánicamente, dejando que las sirvientas hicieran su trabajo de siempre. Curiosamente, su madre, Laila, parecía no haberse enterado de la pelea de la noche anterior; o quizás lo sabía y simplemente consideraba que los conflictos de sangre entre hermanos eran parte del "entrenamiento".

Cuando Hitomi estaba a punto de subir al auto para ir al colegio, vio a John parado junto a la puerta principal. Tenía un aspecto deplorable a pesar de su regeneración; se veía cansado y evitaba mirarla a los ojos. Sin decir una palabra, le extendió un sobre blanco y se dio la vuelta rápidamente, perdiéndose en el interior de la mansión.

Ya dentro del auto, con el paisaje danés pasando velozmente tras la ventana, Hitomi abrió la carta.

"Hitomi: Siento lo de ayer. No quise hacerlo a propósito, la rabia me nubló la vista y el dolor de tu lanza me hizo reaccionar como un animal. Te pido perdón, no volverá a suceder. Acerca de ese japonés, Ryuusei... olvídalo. Es un tipo que me ganó por pura suerte, una anomalía que Aurion terminará borrando. No busques más información sobre él si no quieres tener problemas reales con mamá. Ella ya está lo suficientemente tensa. Olvida el nombre de Ryuusei y sigue con tu vida. —John"

Hitomi arrugó la carta con fuerza. "Suerte". John seguía mintiéndose a sí mismo. Pero lo que más le molestó fue la advertencia. ¿Por qué todos querían que ella no supiera nada de ese chico?

Las clases transcurrieron en una neblina de aburrimiento. Hitomi ya no escuchaba a los profesores ni le importaban las miradas de envidia de Sara o Marcos. Se sentía como un fantasma caminando por los pasillos de una vida que no le pertenecía.

Al finalizar la jornada, mientras esperaba a que Alistar llegara por ella, Hitomi se detuvo cerca del patio de juegos de la escuela primaria anexa. Un grupo de niños corría de un lado a otro, gritando y riendo. Se detuvo a observar cuando vio que dos de ellos se enfrentaban con palos de madera.

—¡Yo soy Ryuusei! —gritaba un niño pequeño, agitando dos ramas como si fueran martillos—. ¡Martillos del Caos, activados! ¡Fuera de aquí, Aurion!

—¡No! ¡Yo soy Aurion y te voy a quemar con mi sol! —respondía el otro niño, saltando desde un banco.

Hitomi se quedó helada. Ryuusei ya no era solo una noticia de las sirvientas; era un fenómeno. Se acercó lentamente a los niños, su belleza y su presencia imponente hicieron que los pequeños se detuvieran, intimidados.

—Hola... —dijo Hitomi con voz suave—. ¿Quién es ese tal Ryuusei del que hablan?

Los niños abrieron los ojos de par en par, fascinados por la chica de cabello de plata.

—¡Es el más fuerte del mundo! —exclamó el niño de los martillos—. Salió en todas las noticias. ¡Hizo retroceder Aurion en Rusia! Dicen que no usa capa, que tiene una máscara de Yin y Yang y que ayudó a la gente sin ser parte de la Asociación de Héroes. ¡Él es libre!

—¿Libre? —susurró Hitomi, la palabra resonando en su mente como una campana.

—¡Sí! —añadió el otro niño—. No sigue órdenes de nadie. Él solo aparece donde hay problemas y salva a todos. Mi papá dice que es una "Singularidad", pero yo creo que es un dios.

Hitomi les dio las gracias y se alejó. "Él es libre". "No viene de la asociación". La curiosidad que sentía antes se transformó en algo más profundo: una obsesión. Ryuusei Kisaragi representaba todo lo que ella no era. Él había desafiado al sistema que su familia tanto respetaba y había ganado.

Al llegar a casa, el silencio de la mansión se sintió más opresivo que nunca. Hitomi se dirigió directamente a su baño privado. Necesitaba limpiar la sensación de las manos de John en su cuello y las palabras de Hiroshi de sus oídos.

Llenó la tina con agua caliente, dejando que el vapor empañara los espejos de plata. Se sumergió lentamente, sintiendo cómo el calor envolvía su cuerpo adolorido. Se quedó mirando el techo, pensando en Ryuusei. ¿Realmente valía la pena investigar a ese tipo? ¿Valía la pena arriesgarse a la furia de Laila por un extraño que probablemente ni siquiera sabía que ella existía?

—¿Qué estoy buscando? —se preguntó en voz alta—. ¿Un héroe? ¿O una salida?

En un momento de desesperación absoluta, de ese cansancio mental que solo sienten los que no ven un futuro, Hitomi tomó aire y hundió su rostro completamente bajo el agua. Se quedó ahí, en el silencio líquido, deseando por un instante simplemente desaparecer. Deseando que el agua se llevara su apellido, su poder y sus recuerdos. Quería que el tiempo se detuviera, quería dejar de ser una Valmorth.

El silencio fue interrumpido por un golpe seco en la puerta del baño.

—¿Señorita Hitomi? —Era la voz de una de las sirvientas mestizas—. Perdone la interrupción, pero su madre, la ama Laila, dice que la cena ya está lista. No quiere que llegue tarde hoy; hay asuntos de la familia que discutir con el Joven Constantine.

Hitomi emergió del agua, jadeando, con el cabello pegado a su rostro y los ojos rojos, no por el agua, sino por las lágrimas contenidas. Se miró en el espejo empañado. No podía desaparecer. Todavía no.

—Dile que ya bajo —respondió Hitomi, su voz ahora firme y cargada de una nueva determinación—. Ya voy.

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