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Chapter 173 - La Jaula de Cristal

El sol de Dinamarca apenas se asomaba tras el horizonte de acero cuando el ritual comenzó. Para Hitomi Valmorth, el despertar no era un acto de voluntad propia, sino una coreografía orquestada por otros. Antes de que sus ojos pudieran enfocarse del todo, las manos enguantadas de las sirvientas ya estaban sobre ella. Como si fuera una muñeca de porcelana antigua, la levantaron de las sábanas de seda. Sin mediar palabra, una le calzaba los zapatos de diseño mientras otra la despojaba del camisón para guiarla hacia el baño de mármol.

El agua caía a la temperatura exacta, los aceites esenciales perfumaban su piel, y el cepillo recorría su cabello platino con una precisión matemática. Para el resto del mundo, Hitomi vivía en un sueño de opulencia; para ella, cada mañana era el recordatorio de que ni siquiera su propio cuerpo le pertenecía por completo.

El desayuno se llevó a cabo en el gran comedor de la casa gótica. Laila Valmorth presidía la mesa, luciendo una belleza eterna que desafiaba el paso de las décadas. A su derecha, Constantine desayunaba con una elegancia impecable, saludando a Hitomi con una sonrisa alegre que ella no pudo corresponder. Los asientos de Hiroshi y John, sin embargo, permanecieron vacíos durante veinte minutos, hasta que ambos aparecieron con rostros pálidos, ojeras profundas y un evidente dolor de cabeza.

—Llegan tarde —comentó Laila, sin levantar la vista de su plato, aunque la presión en el aire aumentó un poco.

John se dejó caer en su silla, evitando mirar a su madre. —El aire del mar me dio insomnio, eso es todo.

Hitomi sabía que mentía. Había visto las luces de su auto regresar de madrugada. Pero en esa mesa, la verdad era una mercancía que nadie quería comprar.

Al llegar al colegio, el ambiente cambió, pero la presión no disminuyó. Hitomi era, sin duda alguna, la chica más popular de su promoción. No era solo por su apellido; era por su aura. Siempre atenta en clases, con notas que rozaban la perfección, mantenía el estándar de los Valmorth. Sus hermanos mayores ya habían dejado su marca allí; en el "Pasillo de la Excelencia", los retratos y placas con el apellido Valmorth eran constantes.

En los recreos, Hitomi solía caminar por ese pasillo. Veía los registros de Constantine y Hiroshi, y para sorpresa de muchos, los de John. A pesar de ser un idiota impulsivo en casa, John poseía una inteligencia privilegiada que le permitía ser el mejor sin siquiera esforzarse. Hitomi escuchaba a los profesores susurrar a lo lejos: "Pronto el nombre de Hitomi estará junto a ellos, es la más brillante que hemos tenido en años".

Pero la brillantez no traía compañía. Hitomi no tenía amigas. Tenía "seguidoras" o, en el mejor de los casos, a Lara. Lara era una compañera que siempre estaba a su lado, quizás porque también se sentía sola, o quizás porque esperaba que algo del brillo de Hitomi se le pegara. Hitomi la toleraba, pero nunca la llamó amiga.

—Tienes mucha suerte, Hitomi —decía Lara mientras caminaban hacia el laboratorio—. Eres una Valmorth. Tienes el mundo a tus pies.

Hitomi solo seguía caminando. Nadie en ese colegio sabía lo que significaba realmente ser una Valmorth. Nadie sabía lo que era ser una propiedad de linaje.

Durante un trabajo grupal, Hitomi fue agrupada con Sara y Marcos, dos estudiantes que, aunque inteligentes, no podían evitar que su envidia se filtrara por cada poro de su piel.

—Joder, Hitomi, ¿viste el coche en el que llegaste hoy? —comentó Sara con una risa teñida de admiración y frustración—. Mi padre no gana eso en un año de trabajo en la firma.

—¿Y tus viajes? —añadió Marcos, sacudiendo la cabeza con una sonrisa forzada—. Escuché que estuviste en los Alpes el fin de semana pasado. Qué fuerte. Yo apenas puedo pagar el alquiler de mi piso compartido y tú vives en... ¿qué es eso? ¿Una mansión o un jodido castillo, tía?

Las preguntas llegaban como una cascada de envidia disimulada. Hablaban de su ropa, de su supuesta libertad, de su falta de preocupaciones mundanas. Veían la superficie dorada de su jaula y la envidiaban con toda su alma.

—Mi vida es... diferente —respondía Hitomi con su voz suave, una verdad a medias que nadie captaba realmente. Mantenía una expresión tranquila, pero por dentro, cada comentario era una herida que se abría. Si tan solo supieran, pensaba mientras Sara se quejaba de su trabajo a tiempo parcial. Si tan solo supieran que yo cambiaría mi castillo por una hora de tu libertad.

Hitomi terminó comiendo sola en un rincón de la biblioteca, el único lugar donde el silencio era real. Al finalizar las clases, un chico llamado Stuar, que llevaba meses intentando acercarse, se paró frente a ella.

—Hitomi... —dijo Stuar, nervioso—. Me preguntaba si... si te gustaría ir a caminar por el puerto esta tarde. Solo a hablar.

Hitomi lo miró. No sentía nada por él, pero la imagen de su madre prohibiéndole juntarse con "el ganado" cruzó su mente. Por pura rebeldía, por el simple placer de ensuciar el guion que Laila había escrito para ella, respondió:

—Sí, Stuar. Vamos.

El chico se iluminó, pero la alegría duró apenas un segundo. Al fondo del estacionamiento, una figura alta y severa vestida de traje negro se bajó de un sedán blindado. Era Alistar. Su mirada gélida se clavó en Stuar con la precisión de un francotirador.

Hitomi sintió un frío repentino en el estómago. —Stuar, vete. Vete rápido y olvida lo que dije. Nunca pasó. Corre.

—¿Qué? Pero, Hitomi...

—¡Vete! —le gritó, viendo cómo Alistar empezaba a caminar hacia ellos.

El chico huyó asustado, y Hitomi se subió al auto en silencio, sintiendo que los muros de su prisión se cerraban un poco más.

Al volver a casa, el castigo continuaba. Tenía que ir al cuarto de su madre para seguir tejiendo, un acto simbólico de paciencia y sumisión. Sin embargo, al terminar la sesión y regresar a su propio cuarto, Hitomi pasó por el área de descanso de las sirvientas. La puerta estaba entreabierta.

Tres de ellas estaban sentadas frente a una televisión pequeña, aprovechando su hora libre. Hitomi se detuvo al escuchar un nombre que nunca había oído en los círculos de la élite danesa.

—"...y así, el joven conocido como Ryuusei Kisaragi ha forzado la retirada de las tropas japonesas de la frontera rusa" —decía el locutor en un canal internacional—. "Expertos aseguran que es la primera vez que el Sol de Japón, Aurion, retrocede ante un solo individuo. Rusia celebra a su nuevo libertador..."

Hitomi se quedó petrificada en el pasillo. ¿Alguien había hecho retroceder al tío Aurion? ¿Alguien había desafiado a la Asociación y ganado? Sintió una curiosidad eléctrica recorriéndole la columna. Quería saber quién era ese Ryuusei, qué cara tenía, qué poder usaba para humillar a los que ella consideraba invencibles.

Pero antes de poder ver más, una de las sirvientas notó su sombra y apagó la tele rápidamente, levantándose con miedo. —Lo sentimos, Joven Hitomi, ya es tarde, volvemos a nuestras labores.

Hitomi no dijo nada y se fue a su cuarto, pero la semilla ya estaba plantada. Necesitaba más información. Sabía que los registros de la familia estaban bloqueados para ella, pero también sabía quién siempre rompía las reglas.

Caminó por los pasillos oscuros hasta el cuarto de John. Él siempre dormía tarde, ya fuera por sus resacas o por sus vicios. Al llegar, vio que la puerta estaba mal cerrada. Hitomi entró sin tocar, esperando encontrar a su hermano solo, pero lo que vio la hizo retroceder con un sonrojo violento.

Adentro, John estaba rodeado por tres chicas mestizas de la casa. El ambiente olía a alcohol y perfume barato. Hacer eso dentro de la mansión estaba estrictamente prohibido por Laila; era una mancha a la "pureza" de la casa.

—¡John! —exclamó Hitomi, cubriéndose los ojos—. ¿Qué estás haciendo? ¡Mamá te va a matar si se entera!

John, furioso por ser interrumpido, se levantó de la cama con movimientos bruscos. —¡Fuera! —les gritó a las chicas—. ¡Lárguense por la puerta trasera antes de que Alistar las encuentre!

Las mujeres huyeron aterradas. John se giró hacia Hitomi, su rostro todavía marcado por los golpes que Ryuusei le había dado en Rusia y la frustración de su castigo actual.

—¿Qué quieres, pequeña rata? —gruñó John, acercándose a ella de forma amenazante—. ¿Vienes a chivarte con mamá?

—No me importa lo que hagas —respondió Hitomi, tratando de mantener la compostura—. Solo quiero saber una cosa. ¿Quién fue el chico que te derrotó en Rusia? He oído el nombre de Ryuusei. Háblame de él.

El nombre de Ryuusei actuó como un detonante en la psique rota de John. La humillación, el dolor de su cuello roto y el odio acumulado estallaron en un solo movimiento. John la agarró violentamente del cuello y la estampó contra la pared.

—¡No vuelvas a decir ese nombre! —rugió John, apretando los dedos—. ¡No es nadie! ¡Es una basura que tuvo suerte! ¡Y tú no tienes derecho a preguntarme nada!

—Suéltame, John... —pidió Hitomi, sintiendo que el aire le faltaba. Sus ojos empezaron a brillar con una luz carmesí—. Suéltame si no quieres salir lastimado.

—¿Ah, sí? ¿Me vas a atacar tú también? —John soltó una carcajada psicótica. La soltó del cuello solo para empujarla con fuerza hacia la cama—. Todos creen que pueden pisotearme. Mamá, Alistar, ese japonés... pero tú no. Tú vas a aprender a respetar a tu hermano mayor.

John se lanzó sobre ella con una intención depredadora, un acto de dominación física nacido del puro odio a su propia debilidad. Pero Hitomi no era una humana común. Ella era una Valmorth de Sexta Generación.

En una fracción de segundo, el espacio alrededor de Hitomi vibró. Con un grito de rabia contenido, invocó su voluntad. Una de sus 8 Lanzas Ancestrales, una hoja de obsidiana y luz, se materializó en su mano derecha.

Antes de que John pudiera tocarla, Hitomi lanzó una estocada ascendente.

¡SHLICK!

La lanza atravesó el abdomen de John, clavándose profundamente en su estómago y saliendo por su espalda, anclándolo al colchón. John soltó un alarido de agonía pura, la sangre roja manchando las sábanas blancas mientras sus ojos se abrían con total incredulidad.

Hitomi se puso en pie, respirando agitadamente, con la lanza todavía vibrando en su mano. Miró a su hermano empalado, su rostro transformado por una furia glacial que ni siquiera Laila conocía.

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