Cherreads

Chapter 172 - El Vacío Dorado

El bosque privado de los Valmorth en Dinamarca no era un lugar para la vida silvestre común. Era una extensión de árboles milenarios, cuyas copas se entrelazaban formando un túnel de sombras perpetuas. El suelo estaba cubierto de un musgo plateado que amortiguaba cualquier sonido, creando una atmósfera de mausoleo natural. Tras la tensa reprimenda a sus hijos, Laila Valmorth decidió que era el momento de "conectar" con su hija menor.

—Acompáñame, Hitomi —dijo Laila, suavizando su voz hasta que pareció el roce de la seda sobre el mármol—. Caminemos un poco. El aire del bosque purifica los pensamientos.

Las dos mujeres salieron de la casa gótica, seguidas a una distancia prudencial por seis sirvientas mestizas. Las sirvientas, todas de una belleza inquietante, con sus ojos carmesí y uniformes negros, caminaban con una sincronía mecánica, sin emitir un solo suspiro. Eran las sombras protectoras de la matriarca.

Caminaron en silencio durante los primeros minutos. Laila observaba a su hija de reojo. Hitomi era, en muchos sentidos, la joya de la corona. A diferencia de sus hermanos impulsivos, ella poseía una calma glacial y un potencial de Sexta Generación que todavía no había alcanzado su techo.

—Dime, querida —comenzó Laila, entrelazando sus manos—. ¿Cómo va todo en el colegio? Sé que las clases de la élite pueden ser tediosas, pero ya casi terminas. Tu educación es el cimiento de tu soberanía.

Hitomi mantenía la mirada al frente, su cabello platino ondeando levemente. —Bien, madre. Nada nuevo. Las materias son sencillas y los demás estudiantes... predecibles. Un chico de la clase de Historia me pidió salir a caminar ayer por los jardines del campus.

Laila se detuvo en seco. Las sirvientas se detuvieron al unísono, como si fueran una sola entidad. La matriarca se giró hacia Hitomi y la tomó de la barbilla con una delicadeza que escondía una fuerza de acero.

—¿Y qué le respondiste? —preguntó Laila, sus ojos rojos brillando con una intensidad protectora.

—Le dije que no —respondió Hitomi con indiferencia—. No siento nada por él. Me pareció una pérdida de tiempo y rechacé la propuesta sin más.

Laila exhaló un suspiro de alivio y depositó un tierno beso en la frente de su hija. —Buena chica. No debes juntarte con esas personas, Hitomi. Son distracciones mundanas, seres de barro que solo buscan manchar tu luz. Después me darás el nombre de ese chico; me encargaré de que su familia sea reubicada y de que nunca más vuelva a cruzar su mirada con la tuya. No podemos permitir que el "ganado" crea que tiene derecho a pastar en nuestro jardín.

Siguieron caminando, pero el tono de la conversación cambió. El aire pareció volverse más pesado, cargado con la gravedad de las tradiciones milenarias.

—Cambiando de tema, hay algo urgente que debemos discutir —dijo Laila, su voz recuperando esa autoridad que hacía temblar a los hermanos de Hitomi—. Ya casi cumples la mayoría de edad. Según nuestras leyes de linaje, es el momento de que elijas a uno de tus hermanos para que puedas casarte y asegurar la próxima generación.

Hitomi se tensó visiblemente. Sus manos, ocultas en las mangas de su traje, se cerraron en puños. —Madre, ya hemos hablado de esto. No quiero ninguna relación. No quiero casarme con mis hermanos ni con nadie. Solo quiero seguir entrenando y perfeccionando mis Lanzas Ancestrales.

Laila soltó una risita seca, una que no tenía rastro de humor. —Hitomi, la vida no es solo entrenamiento. Los Valmorth tenemos un límite biológico y espiritual. Yo ya he cumplido mi límite de tres o cuatro hijos para mantener la pureza de mi esencia; a pesar de ser joven, mi cuerpo ya no debe traer más almas a este mundo. El deber de continuar la estirpe ahora recae sobre ti. Es la tradición: traer sangre limpia, fuerte y pura.

—¡Es una tradición enferma! —replicó Hitomi, deteniéndose y enfrentando a su madre—. No soy una incubadora para la familia.

—Es la razón por la que existes —sentenció Laila, su rostro volviéndose una máscara de frialdad absoluta—. Tienes dos meses para elegir. Si en ese tiempo no has tomado una decisión por ti misma, he decidido que te casarás con Constantine. Él es el más estable, el más fuerte de tus hermanos mayores y el que mejor entenderá tu poder.

—¿Constantine? —Hitomi sintió una mezcla de asco y rabia—. Él es un bloque de hielo que solo piensa en estrategias. ¡No voy a hacerlo!

Laila dio un paso hacia ella, su presencia de Sexta Generación empezando a distorsionar el aire. —Lo harás porque es tu propósito.

Hitomi, llevada al límite por la presión y la humillación que sentía, estalló en una risa amarga. —Es curioso que me hables de "pureza", madre. ¿Por qué no te preocupas por John? Todo Copenhague sabe que se acuesta con cualquiera. De seguro tiene un montón de bastardos por toda la ciudad, manchando nuestro apellido con sangre común. ¿Por qué no recoges a esos niños? ¿O es que la pureza solo importa cuando se trata de controlarme a mí?

El sonido de la cachetada fue como un trueno en el bosque.

La fuerza del golpe de Laila lanzó a Hitomi al suelo. La mejilla de la joven se tornó roja al instante y un hilo de sangre corrió por su labio. Las sirvientas mestizas se movieron de inmediato, rodeando a Hitomi pero sin tocarla, esperando órdenes.

—Nunca —susurró Laila, su voz vibrando con una furia divina— vuelvas a mencionar las debilidades de tu hermano para justificar tu desobediencia. John será castigado a su tiempo, pero tú eres la esperanza de este linaje.

Laila hizo una seña a las sirvientas. —Llévensela a su cuarto. Mañana tiene colegio y no permitiré que llegue con esa actitud. Estás castigada, Hitomi. No saldrás de la mansión excepto para tus estudios hasta que aprendas a valorar la sangre que corre por tus venas.

Las sirvientas levantaron a Hitomi con firmeza. La joven no luchó, pero sus ojos estaban llenos de lágrimas de odio. Mientras era arrastrada de vuelta a la casa gótica, el llanto de Hitomi se perdió entre los árboles milenarios, una sinfonía de dolor que nadie en esa familia parecía querer escuchar.

Esa misma noche, en el ala oeste de la mansión principal, el silencio era casi absoluto. John Valmorth estaba sentado en un sillón de cuero, mirando el vendaje en su cuello a través del espejo. Se sentía como un león enjaulado, humillado por un sirviente y despreciado por su madre.

De repente, la ventana de su balcón se abrió sin hacer ruido. Una figura atlética saltó al interior con la agilidad de un gato. Era Hiroshi.

—Vaya, qué cara de pocos amigos —dijo Hiroshi, sacudiéndose el polvo de su chaqueta de diseño—. Parece que Alistar realmente hizo un trabajo de demolición contigo.

—Vete de aquí, Hiroshi —masculló John—. Estoy castigado. Alistar está vigilando la puerta y mamá probablemente tiene espías en las paredes. Si me pillan fuera, esta vez me arrancarán algo más que el orgullo.

Hiroshi sonrió, mostrando sus colmillos. —Alistar está ocupado organizando la seguridad del perímetro exterior y mamá está en su sesión de meditación profunda con Hitomi encerrada. Escucha, John... hay una fiesta privada en un almacén cerca del puerto. No es una fiesta común; es de esas donde hay música que te hace olvidar quién eres y, lo más importante, va a haber un montón de chicas que no saben qué es un "Valmorth" ni les importa.

John levantó la mirada. El brillo de la rebeldía regresó a sus ojos rojos. —¿Chicas que no hacen preguntas?

—Exacto —asintió Hiroshi—. Solo diversión pura y un poco de caos. Vamos, hermano. ¿Vas a quedarte aquí lamiéndote las heridas como un perro apaleado o vas a demostrar que ni siquiera Laila puede encadenar a los hijos del trueno?

John se puso en pie, ajustándose la camisa. El dolor en su cuello pareció desvanecerse ante la promesa de libertad. —Tienes razón. Si voy a ser el "hijo problemático", más vale que lo sea con estilo.

Los dos hermanos se acercaron al balcón. Usando sus habilidades, saltaron desde la altura, aterrizando en las sombras de los jardines. Se movieron como fantasmas, evitando las patrullas de las sirvientas mestizas y los sensores de calor. En pocos minutos, llegaron al muro perimetral, lo saltaron con facilidad y se perdieron en la oscuridad de la noche danesa, dejando atrás la opresión de su apellido por unas horas de olvido.

Mientras tanto, en lo alto de la torre gótica, Hitomi observaba desde su ventana las luces del auto de sus hermanos alejándose. Secó sus lágrimas y apretó el puño. En su mente, una idea empezaba a formarse: si sus hermanos podían escapar de la vigilancia, ella también podría hacerlo.

More Chapters