La noche en Dinamarca no era oscura, era de un azul gélido y profundo, como si el mismo cielo temiera apagar las luces de la mansión Valmorth. Un deportivo rugió por el camino de grava, frenando con un chirrido violento frente a la entrada principal. John Valmorth bajó del vehículo, tambaleándose ligeramente, con la ropa desaliñada y una botella de cristal caro en una mano. A su lado, dos mujeres vestidas con seda y excesivo perfume reían, ajenas al aire de muerte que rodeaba la propiedad.
—Vamos, chicas... —arrastró las palabras John, con una sonrisa estúpida en el rostro—. Bienvenidos al palacio del pecado. Aquí las reglas no existen si yo digo que no existen.
Sin embargo, al llegar al umbral de la puerta, la risa de las mujeres se cortó en seco. De las sombras del vestíbulo emergió una figura que hacía que la presencia de Luigi pareciera la de un niño pequeño. Era Alistar, el jefe de los sirvientes de la rama principal. Un hombre de hombros anchos, cabello gris acero y una mirada tan fría que parecía capaz de congelar el alcohol en la sangre de John. Alistar no era un simple mayordomo; era el ejecutor de la voluntad de Laila dentro de esas paredes.
—Joven John —dijo Alistar, su voz era un trueno sordo—. Estas mujeres se quedan fuera.
John soltó una carcajada desafiante, dándole un trago a la botella. —Alistar, viejo aburrido... no arruines la fiesta. Son mis invitadas. Quítate de en medio antes de que decida que necesito un nuevo jefe de sirvientes.
Alistar no se inmutó. Miró a las mujeres con un desprecio absoluto. —Lamento que el Joven John sea tan... poco sofisticado —dijo, sacando un fajo de billetes de su chaleco y entregándoselo a una de ellas—. Tomen esto. Hay un auto esperándolas al final del camino. Váyanse ahora y olviden que alguna vez pusieron un pie en esta península. Si valoran sus vidas, no miren atrás.
Las mujeres, aterrorizadas por la presión invisible que emanaba del hombre, tomaron el dinero y huyeron hacia la oscuridad sin decir una palabra.
—¡Eres un maldito perro faldero! —gritó John, lanzando la botella contra el suelo, donde estalló en mil pedazos—. ¡Soy un Valmorth de sangre pura! ¡No puedes darme órdenes en mi propia casa!
Alistar dio un paso adelante, acortando la distancia en un segundo. —Tiene razón, Joven John. Usted es sangre pura. Pero yo tengo el permiso explícito de su madre para... disciplinar a los jóvenes de esta familia cuando olvidan su lugar.
Antes de que John pudiera invocar su hoja de oscuridad, la mano de Alistar se cerró sobre su cabeza y la otra sobre su hombro. Con un movimiento seco, preciso y brutal, Alistar le rompió el cuello. El sonido del hueso crujiendo resonó en el vestíbulo silencioso.
El cuerpo de John cayó al suelo como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos. Sin embargo, en cuestión de segundos, la regeneración en su interior empezó a pulsar. Sus vértebras volvieron a encajarse con un sonido asqueroso de succión y cartílago. John se incorporó, tosiendo y sujetándose el cuello, con los ojos inyectados en sangre.
—Maldito seas... —gruñó John, con la voz todavía rota—. Te voy a desollar...
—Váyase a su habitación, lávese la cara y cámbiese de ropa —interrumpió Alistar con una calma aterradora—. Huela menos a fracaso y más a un hombre de su linaje. Su madre no aceptará menos.
Horas más tarde, John estaba tumbado en su cama, con la mirada fija en el techo y el celular en la mano. Ya estaba buscando la dirección de otra fiesta en Copenhague; necesitaba escapar de la asfixiante atmósfera de la mansión. Su cuello todavía le dolía, un recordatorio constante de que, en esta casa, hasta los sirvientes eran más peligrosos que los héroes de otros países.
Toc, toc.
La puerta se abrió sin esperar respuesta. Dos figuras entraron en la habitación, derrochando una confianza que John reconoció de inmediato con irritación. Eran sus hermanos mayores: Constantine y Hiroshi.
—Vaya, vaya... miren quién regresó de las tierras salvajes —dijo Constantine, con una sonrisa burlona. Era alto, de rasgos afilados y una elegancia que hacía que incluso su ropa informal pareciera un uniforme real.
—Escuché que el plan era brillante —añadió Hiroshi, sentándose en el borde de la cama de John—. "Iré a Rusia, haré que Aurion vea mi potencial y me entrene para superar a todos". Esa era la idea, ¿verdad? Y sin embargo, regresas con el cuello roto por el servicio y la cara reestructurada por un don nadie.
John se sentó bruscamente, con el rostro contraído por la furia. —Cállense. No tienen idea de lo que pasó allí.
—Oh, lo sabemos —rio Constantine, examinándose las uñas—. Las sirvientas no paran de hablar. Al parecer, un chico japonés, un tal Ryuusei, te usó como saco de boxeo. Dicen que Aurion tuvo que recogerte del suelo como a un juguete roto y entregarte a Luigi porque no podías ni mantenerte en pie. ¿Es cierto, John? ¿Fuiste humillado por una "Singularidad" de quinta generación?
—¡Él no era normal! —gritó John—. ¡Ese bastardo no siente dolor!
—Lo que importa no es lo que él siente, sino lo que siente nuestra madre —dijo Hiroshi, volviéndose serio de repente—. Ella quiere verte. Y créeme, no está de humor para escuchar tus excusas sobre "chicos que no sienten dolor".
John sintió un escalofrío. La noche en Dinamarca se volvió aún más fría.
Salieron al patio trasero de la mansión principal. La propiedad de los Valmorth era inmensa, un laberinto de jardines geométricos y estatuas de mármol que parecían observar a los intrusos. Al fondo, separada por un bosque de abedules plateados, se alzaba una segunda casa, más antigua y de arquitectura gótica, envuelta en una neblina perpetua. Era el santuario de Laila Valmorth.
—Dime quién fue —susurró John mientras caminaban tras Hiroshi—. Dime qué sirvienta estuvo chismeando sobre lo de Rusia. La voy a matar esta misma noche.
Hiroshi soltó una risita seca. —Olvídalo, John. Es la favorita de mamá, la que le prepara el té. Mamá no te dejará tocarle ni un pelo porque le tiene aprecio por su discreción... bueno, discreción con todos menos con ella.
Al llegar a la entrada de la casa gótica, la puerta se abrió antes de que pudieran tocar. Dos mujeres de una belleza irreal los recibieron. Tenían el cabello blanco puro de los Valmorth, pero sus ojos eran de un rojo carmesí translúcido, delatando su condición de Mestizas de alto rango. Vestían largos trajes negros que se arrastraban por el suelo, moviéndose con una gracia sobrenatural.
Subieron las escaleras de caracol, donde el aire olía a incienso antiguo y a una energía que hacía que el vello de los brazos de John se erizara. Se detuvieron frente a una puerta de madera negra grabada con runas que John no podía leer.
Constantine tocó dos veces.
—Entren —dijo una voz que no era alta, pero que parecía resonar directamente en sus huesos.
Al entrar, la habitación estaba sumergida en una penumbra suave, iluminada solo por unas velas de cera negra. En el centro, sentada frente a un espejo de plata, estaba Laila Valmorth. Su belleza era atemporal, una perfección fría que no parecía pertenecer a este siglo. Detrás de ella, una niña de mirada serena y cabello platino le peinaba el cabello con movimientos rítmicos. Era Hitomi, la hermana menor, la que muchos decían que poseía el potencial más aterrador de todos.
—Hitomi, querida —dijo Laila sin apartar la vista del espejo—. Siéntate a mi lado y teje un poco. Necesito que tus manos estén ocupadas mientras hablo con tus hermanos.
Hitomi dejó el peine, hizo una reverencia perfecta y se sentó en una silla pequeña, sacando unas agujas de plata y un hilo que parecía hecho de luz.
Laila se levantó lentamente. El movimiento fue tan fluido que pareció que el espacio alrededor de ella se plegaba para acomodarla. En ese instante, Constantine, Hiroshi e incluso el rebelde John sintieron un miedo instintivo, una presión que les dificultaba respirar. Era la presencia de la Sexta Generación en su estado más puro.
Laila caminó hacia John, deteniéndose a solo unos centímetros. Su mirada recorrió el rostro de su hijo, analizando cada milímetro de su piel regenerada. John bajó la vista, incapaz de sostenerle el contacto visual a su madre.
Sin decir una palabra, Laila levantó la mano y, con un movimiento rápido como el rayo, cruzó el rostro de Constantine y luego el de Hiroshi con sendas cachetadas. El sonido de los golpes resonó como latigazos en la habitación.
—¡Madre! —exclamó Constantine, sujetándose la mejilla, sorprendido.
—Cállense —dijo Laila, su voz era un susurro mortal—. Los golpeo a ustedes porque son los mayores. Su trabajo era mantener a su hermano bajo control, no permitir que escapara a una guerra que no es la nuestra para alimentar su ego infantil.
Laila volvió a mirar a John, esta vez con una lástima que dolía más que cualquier golpe.
—Has avergonzado el nombre Valmorth, John —dijo ella—. Fuiste a Rusia buscando la aprobación de un "héroe" como Aurion, como si necesitáramos algo de ese hombre. Y en el proceso, permitiste que un niño, una anomalía de origen desconocido, te pisoteara en la nieve.
John intentó hablar, pero Laila le puso un dedo sobre los labios. Su tacto estaba helado.
—Si no fuera por la intervención de Aurion, tal vez estarías muerto ahora mismo, John. Ese niño, ese Ryuusei... no es alguien que debas tomar a la ligera. Ha despertado un poder que incluso los de nuestro linaje deberían observar con cautela.
Laila se giró hacia la ventana, mirando hacia el norte, como si pudiera ver a través de los océanos hasta Canadá.
—El mundo está cambiando —continuó Laila—. Las generaciones están chocando, y no permitiré que un error de mi sangre debilite nuestra posición. Si este Ryuusei es una amenaza, será erradicado. Pero tú, John... tú te quedarás aquí. Alistar te supervisará personalmente. Y si vuelves a intentar salir de esta propiedad sin mi permiso... le pediré que no te rompa el cuello, sino que te arranque el corazón para ver si así finalmente aprendes lo que significa la lealtad.
John asintió, temblando, mientras Hitomi seguía tejiendo en silencio, sus ojos carmesí fijos en su hermano con una curiosidad inquietante. La matriarca había hablado, y la sombra de los Valmorth ahora se extendía oficialmente sobre el destino de Ryuusei.
