El aire en el corazón de Moscú estaba cargado de una electricidad que no provenía de ninguna tormenta. Miles de ojos estaban fijos en el joven de la máscara de Yin y Yang, esperando que aceptara el destino que un país entero le ponía en las manos. La oferta de la presidencia de Rusia no era solo un cargo político; era un grito de auxilio de una nación que había perdido su fe en las instituciones y la había depositado en la fuerza de un extraño.
Ryuusei sentía que el mundo se encogía. El peso del aire sobre sus hombros parecía más denso que cuando Aurion lo aplastaba contra el suelo.
—Necesito... un minuto —logró articular Ryuusei, su voz apenas un susurro que los hombres de negro captaron con dificultad—. Solo un minuto.
Hizo una seña a Kaira. Ella, siempre atenta a las corrientes emocionales de su líder, se acercó de inmediato. Los dos se apartaron hacia un costado del estrado, protegidos por una columna de mármol que los separaba momentáneamente de la vista del consejo de transición.
Ryuusei se apoyó contra la piedra fría, respirando con dificultad. Miró a Kaira con ojos suplicantes.
—Kaira... ¿qué se supone que debo hacer? —preguntó, sintiendo un nudo de pánico en la garganta—. Me están pidiendo que dirija a millones de personas. Quieren que sea su presidente.
Kaira lo miró en silencio por unos segundos. Su rostro, habitualmente sereno y analítico, mostró una chispa de incredulidad antes de soltar un suspiro largo.
—Ryuusei, seamos realistas —dijo ella, cruzando los brazos—. No sabes nada de política internacional. No sabes cómo dirigir una nación, ni cómo funcionan los presupuestos, ni cómo manejar un parlamento. Probablemente ni siquiera sabes cómo se dice "impuestos" en ruso.
Ryuusei soltó una risa nerviosa y sarcástica. —Oye, no seas tan mala conmigo. Estaba en el último año de la escuela, algo debí haber aprendido en las clases de cívica.
Kaira no pudo evitar sonreír, una risa suave que rompió la tensión del momento. —En la escuela aprendiste a resolver ecuaciones, no a evitar una guerra civil en el país más grande del mundo. Si aceptas esto, estarás atado a este escritorio por el resto de tu vida. No eres un político, Ryuusei. Eres una Singularidad. Tu lugar no está firmando leyes, sino asegurándote de que los que las firman puedan dormir tranquilos.
Ryuusei asintió, sintiendo que la claridad regresaba a su mente. —Tienes razón. Pero no puedo simplemente decirles que no y darles la espalda. Me están mirando como si fuera su salvador.
—Da unas palabras —le sugirió Kaira, recuperando su tono de estratega—. Agradéceles, dales esperanza, y luego diles que la verdadera fuerza de una nación no reside en un solo hombre, sino en su capacidad de elegir. Pídeles que vayan a elecciones. Sé el héroe, no el gobernante. Y luego... vámonos a casa.
Ryuusei respiró hondo. —Está bien. Vamos a casa.
Los hombres de traje lo escoltaron de regreso al escenario. Ryuusei se detuvo frente al micrófono. Ante él, el mar de gente guardó un silencio tan profundo que se podía escuchar el revoloteo de las palomas sobre la catedral.
Ryuusei llevó sus manos a su máscara. Con un movimiento lento y decidido, se la quitó.
El público soltó un jadeo colectivo. Por primera vez, Rusia veía el rostro de su libertador. No era el rostro de un dios, ni el de un monstruo; era el rostro de un adolescente, cansado, con cicatrices recientes y ojos que reflejaban una madurez forjada en el fuego. El hecho de mostrarse sin máscara fue interpretado como el máximo gesto de cortesía y respeto hacia el pueblo.
El grito de la multitud fue ensordecedor: "¡RYUUSEI! ¡RYUUSEI!".
Ryuusei sintió que sus piernas temblaban. En la escuela, cuando tenía que exponer frente a veinte compañeros, se le secaba la garganta y se le olvidaban las notas. Esto era mil veces peor que cualquier presentación escolar. Pero recordó a Aiko, recordó a su equipo y, sobre todo, recordó a los soldados rusos que habían muerto en las trincheras.
—Gracias —dijo Ryuusei, y su voz, amplificada por los altavoces, resonó en toda la Plaza Roja—. Gracias por su fe. Pero antes de hablar de política, quiero pedir algo. Un minuto de silencio. Un minuto de silencio por cada soldado ruso, por cada civil y por cada hermano que cayó defendiendo esta tierra.
El silencio que siguió fue absoluto. Ryuusei bajó la cabeza, sintiendo el peso de las vidas perdidas. Al terminar el minuto, levantó la mirada hacia las cámaras.
—Por primera vez en mucho tiempo —prosiguió Ryuusei—, hicimos retroceder a Aurion. Demostramos que la Asociación de Héroes no es invencible. Demostramos que Rusia no se arrodilla ante nadie.
La multitud estalló en vítores. Ryuusei esperó a que se calmaran.
—Me han ofrecido ser su presidente. Es el honor más grande que alguien podría recibir. Pero debo ser honesto con ustedes. No puedo aceptar. No puedo ser su presidente solo por un acto de resistencia. Hay personas en este país mucho más capacitadas que yo, personas que conocen sus leyes y sus necesidades. Soy joven, no tengo experiencia y mi camino todavía tiene muchas batallas que no se libran en despachos.
Un murmullo de decepción recorrió a la gente, pero Ryuusei continuó con firmeza.
—Rusia debe ser libre, no solo de invasores, sino también de salvadores. Les pido que convoquen a elecciones. Elijan a alguien que los represente a todos. Yo no soy un político, soy un defensor. Y les prometo esto: la próxima vez que entren en un conflicto, la próxima vez que una sombra como la de Aurion intente cubrir sus fronteras... yo volveré.
Ryuusei se puso la máscara de nuevo, simbolizando el fin de su rol civil. La gente gritaba que no se fuera, que los liderara, pero él bajó del escenario con paso rápido.
Los hombres de traje lo interceptaron al pie de las escaleras. Sus rostros estaban llenos de una devoción casi religiosa.
—Señor Kisaragi —dijo el líder del consejo, haciendo una leve inclinación—. Respetamos su decisión. Pero sepa esto: cuando usted quiera y cuando vuelva, Rusia estará a su servicio. Nuestras fronteras, nuestros recursos y nuestra lealtad son suyos por el pacto de sangre.
Ryuusei se sintió incómodo ante tanta sumisión. —Gracias. Solo... ¿pueden conseguirnos un vuelo para Canadá? Necesitamos volver a casa.
—Considérelo hecho. El avión más rápido de nuestra flota estará listo en una hora.}
A miles de kilómetros de allí, en la costa de Dinamarca, la mansión de los Valmorth se alzaba como un monumento de mármol y cristal frente al mar Báltico. John Valmorth caminaba por los pasillos de techos altos, tratando de mantener una compostura que no sentía. A su lado, Luigi caminaba con su habitual elegancia silenciosa.
—Luigi —susurró John, mirando de reojo las puertas cerradas—. Por favor, te lo pido. No le digas a mi madre lo que pasó en Rusia. Dile que Aurion tenía todo bajo control y que yo solo fui a supervisar.
Luigi suspiró, abriendo la gran puerta de roble de la entrada principal. —Joven John, sabe que no me gusta causarle problemas, pero hay cosas que no se pueden ocultar.
Al entrar al vestíbulo, una sirvienta de uniforme impecable se acercó a ellos, haciendo una reverencia profunda.
—Bienvenido, Joven John. La ama Laila lo espera en sus aposentos privados. Ha estado esperando su regreso desde hace horas.
John sintió un frío en el estómago que no tenía nada que ver con la nieve rusa. Miró a Luigi con reproche. El mayordomo bajó la cabeza levemente.
—Lamentablemente, Joven John, al parecer su madre ya se enteró de todo antes de que cruzáramos la frontera —confesó Luigi—. Sus hermanos no son muy buenos guardando secretos cuando se trata de sus errores.
John apretó los dientes. La idea de enfrentarse a la frialdad de su madre después de haber sido humillado por un "cachorro" japonés era insoportable. Su orgullo Valmorth, herido y sangrante, reaccionó de la única manera que sabía: con rebeldía imprudente.
—Me da igual —soltó John, dándose la vuelta hacia la puerta de salida—. No voy a ir a su cuarto para que me dé un sermón sobre la "pureza" y la "dignidad". Me voy.
—¿A dónde, señor? —preguntó Luigi, alarmado.
—A una fiesta. Escuché que hay algo grande en Copenhague esta noche. Necesito olvidar el olor de la sangre rusa y la cara de ese imbécil de Kisaragi.
—Joven John, por favor —suplicó Luigi, dando un paso adelante—. No empeore las cosas. Si se va ahora, su madre lo considerará un acto de traición familiar. Si sus hermanos preguntan por usted... ¿qué se supone que diga?
—Diles que me fui a un parque —respondió John con una sonrisa amarga—. Diles que me fui a mirar las flores o cualquier estupidez. Me largo de aquí.
Sin escuchar las súplicas de su mayordomo, John salió de la mansión, subiéndose a su coche deportivo y desapareciendo por el camino de la costa a toda velocidad. Luigi se quedó en el vestíbulo, mirando hacia las escaleras que llevaban al cuarto de Laila. Sabía que el silencio de la mansión era solo el preludio de un huracán que terminaría por alcanzar a Ryuusei en el otro lado del mundo.
Varios días después, el cansancio acumulado parecía haberse convertido en una parte física de los cuerpos del equipo de la Operación Kisaragi. El vuelo desde Rusia había sido largo y silencioso. Ryuusei pasó la mayor parte del tiempo mirando por la ventana, viendo cómo el paisaje cambiaba de las tundras siberianas a la inmensidad del Atlántico Norte.
Finalmente, el avión descendió sobre el territorio canadiense. Al aterrizar en una pista privada cerca de la frontera, el frío de Canadá los recibió como un viejo amigo, menos violento que el ruso, pero igual de penetrante.
Ryuusei bajó por la rampa, sintiendo por fin que el suelo bajo sus pies era terreno conocido. A lo lejos, las luces de la base Genbu parpadeaban en la oscuridad.
—Por fin —murmuró Bradley, estirando sus músculos—. Pensé que nunca dejaría de oler a pólvora y borscht.
—No bajen la guardia —advirtió Ryuusei, recordando las palabras de Sterling sobre los adolescentes que intentaron entrar en la base—. Estamos en casa, pero el apagón en Canadá no fue casualidad. Algo se movió mientras no estábamos.
El equipo caminó hacia los vehículos de transporte que los esperaban. La victoria en Rusia era un hito histórico, pero para Ryuusei, el peso de la "corona" que había rechazado seguía ahí. Sabía que los Valmorth no olvidarían la cara de John destrozada, y sabía que Aurion no tardaría en buscar venganza.
