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Chapter 166 - Llega el Héroe Número Uno

Minutos Antes

El aire en el búnker de mando japonés, antes de que el equipo de Ryuusei desatara el caos, era de una calma absoluta y tensa. En el centro de la sala, rodeado de hologramas tácticos y oficiales que apenas se atrevían a respirar fuerte, se encontraba él. Aurion. El hombre que no necesitaba armadura porque su sola presencia era un escudo radiante. Su capa blanca ondeaba levemente con una brisa que parecía emanar de su propio cuerpo.

Aurion observó el mapa de Rusia con un desinterés casi divino. Había cumplido su promesa: las fronteras estaban aseguradas y sus "patriotas japoneses" podían operar con la seguridad de que ninguna fuerza convencional los detendría. Estaba a punto de retirarse, de volver a los cielos de Tokio para seguir siendo el faro de su nación.

—Mi trabajo aquí ha terminado —dijo Aurion, su voz resonando con una autoridad que hacía vibrar los cristales del búnker—. El resto queda en manos de los hombres de infantería.

Se dio la vuelta para salir, pero el comandante del sector, un hombre que sudaba a pesar del aire acondicionado, lo detuvo con un gesto tembloroso.

—Señor Aurion... perdone la interrupción —tartamudeó el oficial—. Nuestros radares de largo alcance acaban de detectar una anomalía. Un avión de transporte pesado que no pertenece a nuestras fuerzas, ni a las rusas, está a media hora de nuestra posición. Creemos... creemos que es él Ryuusei.

Aurion se detuvo en seco. No se giró de inmediato. El calor en la habitación subió varios grados en un segundo.

—Ryuusei... —susurró Aurion, y el nombre sonó como una maldición antigua—. El niño que se niega a morir. Está bien. Me quedaré una hora más. Quiero ver si finalmente ha aprendido a arrodillarse.

Pasaron los minutos. Aurion esperó en un silencio sepulcral, con los ojos cerrados. De repente, los altavoces del búnker chirriaron. Una voz femenina, cargada de una autoridad mental que Aurion reconoció de inmediato como la de Kaira, inundó el recinto ordenando la retirada total de las tropas japonesas. Casi al mismo tiempo, el cielo exterior se iluminó con un rayo de luz blanca y pura, una manifestación mágica que solo podía pertenecer a un poder ancestral.

Un soldado entró corriendo, tropezando con sus propios pies. —¡Señor! ¡Lo han visto! ¡Ryuusei está en el campo de batalla! ¡Ha destruido el flanco sur!

Aurion abrió los ojos. No había rastro de duda en ellos, solo una resolución gélida y letal. Salió del búnker con paso firme. Al verlo emerger, los miles de soldados japoneses que se retiraban en desorden se detuvieron. Un rugido de alegría estalló en las filas.

—¡Es él! ¡El Sol de Japón! —gritaban los soldados, recuperando la moral al instante—. ¡Aurion está aquí! ¡Estamos salvados!

Aurion no les devolvió el saludo. Simplemente se elevó en el aire, convirtiéndose en un proyectil de luz dorada. Sus ojos, potenciados por la energía solar, barrieron el campo de batalla nevado hasta que lo localizó: una figura con una máscara de Yin y Yang que se movía entre los escombros.

A una velocidad que desafiaba las leyes de la física, Aurion descendió.

El Campo de Batalla

Ryuusei ni siquiera tuvo tiempo de activar sus dagas de teletransportación. Solo sintió un calor abrasador y una fuerza gravitacional inmensa que lo envolvía. En un parpadeo, ya no estaba en la nieve; estaba a miles de metros de altura, en la estratósfera, atrapado por el cuello por la mano de hierro de Aurion.

—¿Qué... qué haces aquí? —logró decir Ryuusei, el aire escapando de sus pulmones mientras veía la inmensidad del espacio sobre él.

—Cállate —sentenció Aurion.

Sin previo aviso, los ojos de Aurion se encendieron como dos núcleos estelares. Dos rayos de calor concentrado impactaron directamente en la cara de Ryuusei. El rugido de la energía era ensordecedor. Sin embargo, para sorpresa de Aurion, la máscara de Ryuusei no se desintegró. El diseño del Yin y Yang brilló con una intensidad sobrenatural, absorbiendo gran parte del impacto térmico gracias a la esencia oscura que Snow había imbuido en ella.

Aurion frunció el ceño. —Interesante. Tu juguete es resistente. Veamos si tus huesos también lo son.

Con un movimiento violento, Aurion lanzó a Ryuusei hacia abajo. No fue una caída; fue un lanzamiento balístico. Ryuusei cruzó las nubes como un meteorito negro, impactando en el centro del valle ruso con una fuerza de megatones. El suelo se hundió en un cráter de veinte metros de profundidad.

Ryuusei quedó en el fondo, una masa de carne y metal destrozada. Sus piernas estaban dobladas en ángulos imposibles, su columna vertebral se había astillado en una docena de lugares y sus costillas habían perforado sus pulmones. El dolor era un grito mudo en su garganta.

Pero entonces, la piedra de regeneración pulsó.

El sonido de los huesos volviendo a su lugar fue un crujido asqueroso y constante. Ryuusei se retorció en el barro helado, sufriendo una agonía que haría que cualquier hombre perdiera la razón. En pocos segundos, su cuerpo estaba físicamente intacto, pero su mente estaba al borde del colapso por el trauma del dolor.

Se incorporó lentamente, con la respiración entrecortada. Aurion descendió lentamente hacia el cráter, aterrizando con la suavidad de una pluma.

—¿Quieres que te demuestre otra vez cómo voy a derrotarte? —preguntó Aurion, cruzando los brazos—. Eres como una cucaracha que se niega a ser aplastada, Ryuusei. Pero la regeneración no es fuerza; es solo una forma más larga de sufrir.

—Eso... no va a pasar esta vez —respondió Ryuusei, limpiándose la sangre de la boca.

En el impacto, su máscara se había caído. Durante unos segundos, Aurion miró fijamente el rostro de Ryuusei. Por primera vez, el "Dios de Japón" veía la cara del chico que le había causado tantos problemas. Vio la juventud, vio la cicatriz de la lucha y vio unos ojos que no le tenían miedo.

Ryuusei recogió la máscara de Yin y Yang y se la puso de nuevo, ocultando su humanidad.

—¡Suficiente charla! —gritó Ryuusei.

En un estallido de energía, Ryuusei invocó sus armas. En sus manos aparecieron los Dos Martillos, pesados y vibrantes con una energía púrpura oscura, y en su cinturón brillaron sus Dagas de Teletransportación.

La batalla comenzó.

Ryuusei se lanzó al ataque, lanzando una de sus dagas hacia la izquierda de Aurion y teletransportándose instantáneamente para intentar golpearlo con un martillo por la espalda. Pero Aurion ya conocía sus trucos. Sin siquiera mirar atrás, Aurion esquivó el golpe con un movimiento milimétrico y le propinó un codazo en el pecho a Ryuusei que lo mandó a volar contra la pared del cráter.

Ryuusei se teletransportó de nuevo, esta vez apareciendo sobre Aurion, descargando sus dos martillos con toda su fuerza. El impacto creó una onda de choque que barrió la nieve en un kilómetro a la redonda. Pero Aurion sostuvo ambos martillos con sus manos desnudas, el calor de sus palmas haciendo que el metal celestial empezara a brillar al rojo vivo.

"¿Por qué?", se preguntó Ryuusei con desesperación interna. "¿Por qué no puedo tocarlo? El entrenamiento con Snow... las simulaciones de gravedad... se suponía que debía ser más rápido, más fuerte".

—Tu entrenamiento es inútil si no tienes la voluntad de un dios —dijo Aurion, como si leyera sus pensamientos—. Estás peleando con trucos de circo contra el poder de una estrella.

Aurion comenzó a masacrar a Ryuusei. Fue una exhibición de brutalidad absoluta. Cada golpe de Aurion rompía algo nuevo. Un puñetazo en el estómago que atravesó su armadura, una patada que le destrozó la rodilla, ráfagas de fuego que quemaban su piel antes de que pudiera regenerarse.

Ryuusei intentaba defenderse con los martillos, pero Aurion era demasiado rápido. En un movimiento fluido, Aurion agarró a Ryuusei por el cabello y, con una mano imbuida en una luz blanca cortante, realizó un tajo horizontal.

La cabeza de Ryuusei salió volando, separada de su cuerpo.

El cuerpo de Ryuusei cayó al suelo, inerte. Aurion observó la cabeza rodar por la nieve, esperando que ese fuera el final. Pero, para su horror y fascinación, vio cómo la piedra de regeneración en el pecho del cuerpo decapitado empezó a brillar con una luz negra violenta.

Desde el cuello del cuerpo, el tejido muscular, los nervios y el hueso empezaron a brotar como raíces frenéticas. Al mismo tiempo, la cabeza en la nieve se deshacía en cenizas mientras una nueva cabeza se formaba en el cuerpo original. Ryuusei soltó un alarido de agonía pura, un sonido que no parecía humano, mientras su cerebro y su cráneo se reconstruían en segundos.

Se puso de pie, tambaleándose, con los ojos inyectados en sangre y la mente nublada por el trauma de haber muerto por unos segundos.

—¿Qué... qué tengo que hacer para matarte, monstruo? —preguntó Aurion, su voz por primera vez mostrando una pizca de frustración—. He destruido tu corazón, he quemado tus pulmones y ahora te he quitado la cabeza. ¿Qué eres?

Ryuusei se enderezó, jadeando, pero con una mirada de odio puro detrás de su máscara.

—Cállate... —dijo Ryuusei con voz ronca—. ¡Sigue peleando! ¡No me voy a rendir!

Ryuusei levantó sus martillos, preparándose para un último ataque suicida. Pero Aurion bajó las manos y lo miró con un desprecio profundo, casi con lástima.

—No —dijo Aurion—. Esta pelea ya terminó. No vale la pena seguir gastando mi energía contigo hoy. Aún no eres fuerte, Ryuusei. Sigues siendo ese niño débil que necesita que otros peleen sus batallas. No eres una amenaza, eres solo un estorbo que no sabe cuándo morir. Tal vez en otra vida seas algo digno de mi tiempo.

Ryuusei, herido en su orgullo y consumido por la rabia, rugió y se lanzó hacia adelante para intentar un último golpe con su martillo derecho.

—¡TE DIJE QUE NO HEMOS TERMINADO!

Pero antes de que pudiera dar un solo paso, una sombra cruzó el campo de batalla. Fue algo tan rápido que ni siquiera el instinto de Ryuusei pudo detectarlo.

Un sonido de corte seco, como el de una hoja atravesando la seda, resonó en el aire.

Ryuusei se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. Miró hacia abajo y vio cómo su pierna derecha se separaba de su cuerpo a la altura del muslo. No fue un corte de luz de Aurion; fue un corte físico, preciso y quirúrgico.

—¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHH!!! —el grito de Ryuusei desgarró el aire siberiano mientras caía al suelo, sujetándose el muñón del que brotaba sangre a borbotones.

Aurion se giró, también sorprendido, mirando hacia la dirección del ataque.

En medio de la ventisca, una figura misteriosa se mantenía de pie, sosteniendo una hoja larga que parecía hecha de oscuridad sólida. Su rostro estaba oculto, pero su presencia emanaba una sed de sangre que hizo que incluso Aurion se pusiera en guardia.

—Llegas tarde —dijo la figura, con una voz que parecía el susurro de mil tumbas.

Ryuusei, en el suelo, retorciéndose de dolor mientras su pierna intentaba regenerarse lentamente, vio cómo Aurion y el misterioso personaje intercambiaban una mirada de entendimiento. El mundo de Ryuusei se volvió oscuro. La victoria en Rusia se sentía ahora como un recuerdo lejano frente a la pesadilla que acababa de comenzar.

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