El centro de mando avanzado de la Asociación de Héroes de Japón (AHJ) en el frente ruso no era más que una fortaleza de acero prefabricado, rodeada por trincheras llenas de soldados y drones de vigilancia. Sin embargo, para Kaira, ese edificio representaba el fin de la pesadilla. Si lograba entrar, si lograba conectar su mente a los canales de comunicación de los oficiales, la guerra en este sector terminaría con una sola orden.
Se movía entre las sombras de los contenedores de suministros, escoltada por Bradley, cuya velocidad lo hacía parecer una mancha borrosa bajo el cielo gris, y Ezequiel, quien se mantenía oculto en el plano entre dimensiones, esperando el momento exacto para actuar.
—Casi estamos ahí —susurró Kaira, ajustándose su nuevo traje de combate canadiense. La nieve crujía bajo sus botas, pero el ruido de la artillería a lo lejos cubría sus pasos.
Kaira se asomó por la esquina del último hangar. La puerta del búnker principal estaba a solo diez metros. No había guardias visibles. El silencio era sospechoso, casi pesado. Kaira se preparó para proyectar su voluntad, para doblegar a cualquiera que estuviera detrás de esas puertas de acero.
Pero antes de que pudiera pronunciar una sola palabra o emitir un impulso mental, el suelo bajo sus pies vibró.
Sin previo aviso, una figura emergió violentamente del pavimento helado, como si el asfalto fuera agua. Era un hombre alto, vestido con un traje de neopreno amarillo chillón y una máscara que dejaba ver una sonrisa arrogante. Era Glumo, un Héroe de Rango A cuya fama se basaba en su capacidad de convertir su cuerpo en una masa de goma ultra-dura y elástica.
—¡Demasiado lento, criminal! —rugió Glumo.
Su brazo derecho se estiró como una honda tensada y, antes de que Kaira pudiera reaccionar, un puñetazo del tamaño de una maza de demolición impactó directamente en su mandíbula. El sonido del golpe fue seco y brutal. Kaira salió despedida hacia atrás, su cuerpo golpeando un contenedor metálico antes de desplomarse en la nieve, inconsciente.
—¡KAIRA! —gritó Bradley.
En un estallido de velocidad, Bradley apareció junto a ella, recogiéndola en sus brazos. Su rostro estaba desfigurado por la rabia mientras veía el rastro de sangre en la comisura de los labios de la estratega. Levantó la vista hacia Glumo, con los ojos inyectados en sangre.
—¡Maldito seas! —rugió Bradley—. ¿Cómo puedes golpear a una mujer con esa fuerza? ¡Se supone que eres un "héroe"!
Glumo soltó una carcajada estridente, estirando su cuello de forma antinatural para mirar a Bradley desde arriba. Su piel tenía un brillo gomoso y repelente.
—¿Género? ¿En serio? —se burló Glumo—. En la guerra no hay hombres ni mujeres, solo activos y objetivos. Ustedes son criminales internacionales, basura que se atrevió a desafiar la paz de Aurion. No me importa si es una mujer o un anciano; si están en mi camino, los aplastaré como a insectos.
Detrás de Glumo, la puerta del búnker se deslizó suavemente. Una chica de cabello morado y mirada fría salió con paso calmado. Era Rei. Llevaba un casco tecnológico, lleno de luces led que parpadeaban en un tono azul eléctrico.
—Glumo, deja de jugar —dijo Rei con una voz monótona—. Mi casco ya detectó la firma cerebral de esta chica. Es una telépata peligrosa. El inhibidor de frecuencia psiónica de mi casco está funcionando al cien por ciento; no podrá usar sus trucos mentales mientras yo esté cerca.
Rei puso una mano en su auricular y cerró los ojos un momento. —Aquí Rei. Tenemos a dos de los intrusos de Ryuusei en el sector 4. Envíen refuerzos de inmediato. Quiero a la unidad de contención aquí ahora.
Rei observaba a Bradley con un desprecio absoluto. Para ella, solo eran dos personas: un velocista y una telépata desmayada. Lo que su tecnología no pudo detectar, y lo que su arrogancia le hizo olvidar, fue que Ezequiel no estaba allí de forma física. Él era una sombra en el espacio, un fantasma que esperaba en el vacío.
—Bradley —la voz de Kaira sonó débil, un hilo de consciencia regresando a ella mientras se apoyaba en el pecho de su compañero—. Llama... llama a Charles.
Bradley activó su comunicador con manos temblorosas. —¡Charles! ¡Necesitamos apoyo en el centro de mando! ¡Hay dos héroes de Rango A y nos tienen acorralados! ¡Ven ahora!
A varios kilómetros de allí, en medio de una trinchera rusa envuelta en llamas, Charles estaba de rodillas, con sus guantes explosivos humeando. A su alrededor, la nieve se había convertido en barro negro por el calor de sus detonaciones.
—¡No puedo, Bradley! —respondió Charles por el radio, su voz quebrada por el esfuerzo—. ¡Estamos en medio de una emboscada de blindados! Brad está sosteniendo un muro de tierra para que no nos masacren, pero si me muevo, el flanco caerá. ¡Tienen que resolverlo ustedes!
Bradley maldijo entre dientes. Estaba solo.
Glumo no le dio tiempo para pensar. Sus piernas se estiraron, impulsándolo como un resorte hacia Bradley. El velocista tuvo que dejar a Kaira en el suelo y empezar a moverse. Usó sus empuñaduras de pinchos de diamante, lanzando ráfagas de puñetazos que habrían destruido un muro de hormigón. Pero Glumo era diferente. Cada golpe de Bradley simplemente se hundía en la piel de goma del héroe y rebotaba, devolviendo la fuerza del impacto a los brazos de Bradley.
—¡Es inútil! —gritaba Glumo mientras su cuerpo se deformaba para esquivar y contraatacar—. ¡Soy el material perfecto! ¡Tu velocidad solo me da más energía elástica!
Pasaron los minutos y la batalla era una masacre unilateral. Bradley estaba cubierto de moretones, sus movimientos volviéndose más lentos por el agotamiento. Glumo dominaba el campo, riendo mientras estiraba sus extremidades para golpear desde ángulos imposibles.
En ese momento, Kaira abrió los ojos. El mundo daba vueltas, pero el entrenamiento con Ryuusei y el peso de la misión la obligaron a reaccionar. Intentó levantarse, pero Rei, que había estado observando con frialdad, se acercó rápidamente.
—Quédate abajo, escoria —dijo Rei, lanzando una patada imbuida de energía psíquica que golpeó a Kaira en el estómago, dejándola sin aire.
Pero Kaira ya no era la chica indefensa del inicio. Mientras caía, su mano se deslizó hacia la funda en su pierna. Con un movimiento instintivo, sacó su nueva pistola de pulso.
¡BANG!
El disparo resonó en el aire gélido. Rei, sorprendida por la rapidez de Kaira, tuvo que realizar una pirueta hacia atrás para esquivar la bala que iba dirigida a su cabeza. El proyectil rozó el casco tecnológico, chispeando.
Rei recuperó el equilibrio, con los ojos ardiendo de furia. —¡Te voy a matar lenta...!
—¡EZEQUIEL, SAL AHORA! —gritó Kaira con todas sus fuerzas.
El aire detrás de Rei se rasgó. Como si la realidad misma se abriera, Ezequiel se materializó en un estallido de estática negra. Sus ojos estaban fijos en el cuello de Rei. No hubo vacilación, no hubo bromas. Había pasado una semana viendo el horror de la guerra, y su mente se había endurecido.
Ezequiel balanceó su hacha de tungsteno negra con una fuerza centrífuga perfecta. El filo oscuro cortó el aire con un silbido agudo.
Antes de que Rei pudiera siquiera girar la cabeza, el hacha atravesó su cuello de lado a lado. El casco tecnológico voló por los aires, partido en dos, y la cabeza de Rei cayó sobre la nieve inmaculada, seguida por su cuerpo inerte. La sangre carmesí manchó el suelo, creando un contraste violento con el blanco del invierno.
Glumo se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron de par en par al ver a su compañera decapitada. Su cuerpo de goma tembló, no de miedo, sino de una furia asesina que deformó sus facciones.
—¡REI! ¡MALDITOS ASESINOS! —rugió Glumo, su piel volviéndose de un color rojo oscuro por la presión sanguínea—. ¡LOS VOY A DESPELLEJAR VIVOS! ¡NO QUEDARÁ NADA DE USTEDES PARA ENTERRAR!
Glumo se infló, volviéndose una masa de goma gigante y llena de púas de queratina que brotaban de sus poros. Se preparó para lanzarse en una embestida que aplastaría todo el sector. Bradley y Ezequiel se pusieron frente a Kaira, preparándose para el impacto final. Sabían que no podrían detener a un Glumo enfurecido en ese estado.
—Charles... si vas a venir, que sea ahora —susurró Bradley, cerrando los ojos.
Pero no fue Charles quien respondió.
Desde el cielo encapotado de Rusia, un rayo de luz blanca pura descendió con la velocidad de un juicio divino. No era electricidad, ni fuego; era energía pura entrelazada con runas y símbolos mágicos que giraban en una danza geométrica perfecta.
El rayo impactó directamente sobre Glumo en el momento en que iba a saltar. El héroe de goma ni siquiera tuvo tiempo de gritar. La magia de Arkadi no solo quemó su carne; deshizo los enlaces moleculares de su cuerpo elástico. Glumo se desintegró desde adentro, convertido en cenizas blancas que el viento siberiano dispersó en un segundo.
El silencio volvió al centro de mando, roto solo por el chisporroteo de la energía residual en el aire.
Bradley, Kaira y Ezequiel miraron hacia arriba. A lo lejos, sobre una colina que dominaba el complejo, la silueta de un hombre anciano con un bastón se recortaba contra el horizonte. Arkadi no se movió, pero su presencia se sentía como una montaña inamovible. Había escuchado el grito de ayuda de Bradley a través de las frecuencias místicas que solo él podía percibir.
—Arkadi... —murmuró Ezequiel, bajando su hacha—. Lo hizo de verdad.
Kaira, aún sujetándose el estómago y con la mandíbula dolorida, se puso de pie con la ayuda de Bradley. Miró el cuerpo de Rei y el lugar donde Glumo había estado. La guerra les estaba quitando la inocencia, pero les estaba dando la victoria.
—Entremos —dijo Kaira, su voz ahora firme y cargada de una autoridad que hacía eco a la de Ryuusei—. Tenemos un centro de mando que capturar.
Ezequiel derribó la puerta principal con una patada reforzada por un salto espacial. Dentro, los oficiales japoneses estaban paralizados, viendo a través de los monitores cómo sus dos mejores héroes habían sido eliminados en cuestión de segundos por "criminales" que no deberían ser tan fuertes.
Kaira entró en la sala de comunicaciones. Sus ojos brillaron con una intensidad aterradora. Sin el casco de Rei para bloquearla, su poder se expandió como una onda expansiva por todo el edificio. Los soldados cayeron de rodillas, sus mentes subyugadas al instante.
Se acercó a la consola principal y activó el micrófono de banda ancha que transmitía a todas las unidades japonesas en el sector.
—Aquí el mando central —dijo Kaira, y su voz no era la suya, sino una amalgama de las voluntades de los generales que ahora controlaba como títeres—. Todas las unidades de la Asociación de Héroes de Japón y el ejército expedicionario... escuchen bien. La ocupación ha terminado. Dejen sus armas. Iniciamos la retirada inmediata hacia la costa. Repito: retírense o serán aniquilados.
Fuera del búnker, a lo largo de kilómetros de frente de batalla, los soldados japoneses se detuvieron, confundidos por la orden, pero incapaces de desobedecer la voz de sus líderes.
Kaira soltó el micrófono y se dejó caer en una silla, exhausta. Habían ganado la primera gran batalla. Pero mientras miraba las pantallas, sabía que esto solo era el principio. Ryuusei todavía estaba en algún lugar del campo de batalla, y Aurion... Aurion seguramente ya sabía que su luz estaba empezando a ser eclipsada.
—Buen trabajo, equipo —susurró Kaira, cerrando los ojos por un momento mientras el sonido de la retirada enemiga empezaba a llenar el aire.
