El interior del avión de carga vibraba violentamente. No era solo la turbulencia natural de las nubes siberianas; era el eco de las explosiones antiaéreas que estallaban a pocos kilómetros. El humo negro, denso y con olor a combustible quemado, se filtraba por las rendijas de la cabina, oscureciendo la visión de los operativos.
—¡No puedo bajar más! —gritó el piloto canadiense por el intercomunicador, su voz cargada de pánico—. ¡Hay demasiado humo y el radar está detectando cazas japoneses acercándose por el este! ¡Esto es tierra de nadie, Kisaragi! Si toco tierra, nos volarán en mil pedazos antes de que abran la rampa.
Ryuusei se puso de pie, sujetándose de una de las correas de seguridad. Miró a su equipo: todos estaban pálidos, sus rostros iluminados por la luz roja de emergencia. La realidad de la guerra los había golpeado antes siquiera de pisar el suelo.
—Bajaremos aquí nomás —sentenció Ryuusei con una frialdad que sorprendió incluso a Kaira—. ¡Abre las compuertas!
El piloto no protestó. Un pitido agudo resonó y la rampa trasera comenzó a descender, dejando entrar un vendaval de aire gélido que arrastraba cenizas y el rugido de la batalla que se libraba miles de metros abajo. El equipo retrocedió instintivamente. Ninguno de ellos, a excepción de Volkhov, había saltado de un avión en su vida. El miedo era una masa sólida en sus gargantas.
—¡Tranquilícense! —rugió Ryuusei para hacerse oír sobre el viento—. Pónganse los paracaídas. ¡Ahora! Sylvan, activa tu modo bestia. ¡Necesitamos toda la resistencia que puedas darnos!
Sylvan, que hasta hace un momento temblaba de frío, cambió por completo al escuchar la orden. Sus ojos verdes brillaron con una intensidad salvaje y sus ramas empezaron a engrosarse, cubriéndose de una corteza oscura y espinosa, mientras sus músculos vegetales se tensaban.
—¡Acepto, Jefe! —exclamó Sylvan con una voz más ronca y potente, emocionado por la transformación—. ¡Soy el más fuerte!
Ryuusei no esperó más. Sacó su máscara del Yin y Yang brillaba bajo la luz roja: una mitad de un blanco inmaculado, la otra de un negro abismal. Se la ajustó al rostro, ocultando sus dudas y sus miedos.
—¡Salten! —ordenó, y se lanzó al vacío.
Uno a uno, impulsados por la adrenalina y el pavor, los demás lo siguieron. El descenso fue un caos absoluto. Mientras caían a través de las capas de humo, Ryuusei se dio cuenta de un error fatal: él no sabía cómo usar un paracaídas. Y al mirar a su alrededor, vio a Bradley, Ezequiel y los demás forcejeando con las cuerdas, gritando desesperados mientras la tierra se acercaba a una velocidad suicida. Solo Volkhov caía con la elegancia de un halcón, manteniendo una postura estable.
El impacto no fue una caída, fue una explosión de dolor.
El equipo se hizo trizas contra el suelo helado de un valle devastado. Huesos rotos, órganos aplastados, el crujido del metal de los trajes chocando contra la roca. Por un segundo, el silencio de la muerte reinó en el lugar. Pero entonces, la piedra de regeneración que todos portaban comenzó a emitir un pulso de luz cálida.
En Bradley, Ezequiel y los demás, la regeneración fue casi instantánea. Sus huesos volvieron a su lugar con chasquidos rápidos y sus heridas se cerraron en segundos. Se pusieron de pie, aturdidos pero intactos. Sin embargo, para Ryuusei, el proceso fue un infierno. Debido a la naturaleza de su poder y la oscuridad de Snow que habitaba en él, la piedra tenía que luchar contra su propia esencia.
Ryuusei se retorció en la nieve, vomitando sangre negra mientras sus costillas se reconstruían lentamente. Cada segundo era una agonía que parecía durar horas. Pasaron varios minutos de gritos ahogados antes de que finalmente pudiera ponerse en pie, jadeando, con su máscara de Yin y Yang manchada de barro y sangre.
—Sigan... el plan —logró decir, recuperando el aliento—. Sepárense. Nos encontraremos en el punto de extracción. ¡Muevanse!
El grupo de infiltración, compuesto por Kaira, Bradley y Ezequiel, se movía a través de lo que alguna vez fue un pueblo industrial. El humo de las fábricas incendiadas era tan denso que la visibilidad se reducía a unos pocos metros.
—Ezequiel, tenemos que movernos —dijo Bradley, jadeando.
Kaira estaba subida a las espaldas de Bradley. El plan era que él usara su velocidad para cruzar las líneas enemigas, pero el terreno era un desastre. Escombros de concreto, vigas de acero retorcidas y cráteres de proyectiles hacían que Bradley tropezara constantemente. El humo le irritaba los pulmones, impidiéndole alcanzar su velocidad máxima.
Caminaron y esquivaron ráfagas de balas perdidas durante media hora, sintiendo el silbido del plomo rozando sus oídos. De repente, de entre las ruinas de un almacén, un pelotón de soldados japoneses de la AHJ emergió con sus rifles en alto.
—¡Intrusos! ¡Abran fuego! —gritó el oficial.
La lluvia de balas comenzó. Bradley se movió en un destello, dejando a Kaira a cubierto tras un muro de ladrillos, mientras Ezequiel desaparecía en un estallido de energía, reapareciendo detrás de un soldado para golpearlo con el mango de su hacha.
Kaira, al ver que los soldados muertos empezaban a acumularse, extendió sus manos. Sus ojos violetas brillaron con una luz fría y despiadada.
—Levántense —susurró.
Los cuerpos de los soldados caídos se movieron de forma antinatural, poniéndose de pie como marionetas rotas. Kaira los obligó a formar un muro humano frente a ella. Las balas enemigas impactaban en la carne muerta de sus propios compañeros, mientras Kaira avanzaba con paso gélido.
Bradley, impulsado por el instinto de supervivencia, usó sus empuñaduras de diamante para atravesar el pecho de un soldado que intentaba recargar. Ezequiel, con un movimiento fluido de su hacha de tungsteno, decapitó a otro atacante que se le encimaba.
Cuando el último soldado cayó, el silencio que quedó fue ensordecedor. Bradley y Ezequiel se miraron las manos, cubiertas de sangre real, no de entrenamiento. Por primera vez, habían matado. El peso de la vida arrebatada los golpeó en el pecho, pero el rostro de Kaira no mostró duda.
—No se detengan —ordenó ella—. Si no avanzamos, sus muertes habrán sido en vano.
Tragando saliva y con el corazón martilleando, los dos jóvenes asintieron y siguieron adelante, abriendo camino a través del infierno.
Mientras tanto, en una cresta que dominaba el valle, Amber Lee, Volkhov y Sylvan buscaban una posición de tiro. El viento aquí arriba era aún más fuerte, cargado con el olor de la pólvora que subía desde las llanuras.
Sylvan, a pesar de su "modo bestia", se veía pequeño y vulnerable en medio de tanta destrucción. Sus ojos verdes escaneaban el campo de batalla, viendo cuerpos esparcidos por la nieve como muñecos de trapo.
—Sylvan, no mires —dijo Amber con suavidad, ajustando su ballesta—. Tápate los ojos, pequeño. No necesitas ver esto.
Sylvan no se tapó los ojos. En cambio, buscó la mano de Amber y la apretó con fuerza. Sus ramas temblaban levemente.
—Tengo miedo, mamá Amber —susurró el elemental—. ¿Por qué los humanos hacen tanto ruido para morir?
Amber le devolvió el apretón, ignorando por un momento la picazón que su propio contacto solía causar, sintiendo la inmunidad de Sylvan como un consuelo.
—Es lo único que saben hacer cuando no tienen un lugar al que llamar hogar —respondió ella con amargura.
De repente, una explosión masiva iluminó el horizonte este. Una columna de fuego naranja y negro se elevó hacia el cielo, sacudiendo incluso la cresta donde se encontraban. El resplandor fue tan intenso que proyectó sombras alargadas sobre la nieve.
—¡Wow! —exclamó Sylvan, señalando la nube de hongo—. ¡Tal vez el tío Charles se está divirtiendo mucho allá abajo! ¡Miren ese fuego!
Amber miró la explosión con una expresión triste. Sabía que Charles estaba en esa dirección, apoyando a la infantería rusa con sus guantes de pirotecnia.
—No, Sylvan —dijo Amber en voz baja—. Conociendo a Charles, no le debe estar gustando nada de esto. Él odia el fuego que destruye; él solo quería el fuego que ilumina.
Volkhov, que ya había montado su rifle de francotirador y observaba a través de la mira térmica, interrumpió la charla.
—He localizado el centro de mando avanzado. Está a mil doscientos metros. Amber, prepara tus viales. Sylvan... es hora de trabajar.
Amber se puso en pie, recuperando su frialdad profesional. Miró a Sylvan.
—Limpia la zona, Sylvan. No dejes que ningún dron o patrulla se acerque a esta posición.
Sylvan asintió con determinación, soltando la mano de Amber. Su cuerpo volvió a crecer, sus garras vegetales se afilaron y una máscara de corteza cubrió gran parte de su rostro. Se lanzó ladera abajo, saltando entre las rocas con una agilidad monstruosa.
—¡SOY EL MÁS FUERTE! —gritó Sylvan hacia el cielo gris, su voz resonando como el rugido de un bosque antiguo mientras se lanzaba contra una patrulla de reconocimiento japonesa que se acercaba por la base de la montaña.
