Cherreads

EL MUNDO DE BEATRICE HOLLOW.

EvaMaria_Sa_Me
7
chs / week
The average realized release rate over the past 30 days is 7 chs / week.
--
NOT RATINGS
17
Views
Synopsis
Sinopsis: El mundo de Beatrice Hollow En la opresiva ciudad de Draventor, Beatrice Hollow, de quince años, no se considera a sí misma una persona, sino una "cosa amorfa" a la que llama simplemente "esa". Marcada por la brutalidad de un padre abusivo que ha destruido su autoconcepto y por el silencio de una madre sumisa, Beatrice sobrevive trabajando en jornadas extenuantes como sirvienta. Oculta bajo una estética gótica y una profunda aversión a su propia feminidad, su vida es un ciclo de resistencia silenciosa hasta que un estallido de violencia defensiva contra su progenitor marca el inicio de su despertar. Sin embargo, el verdadero laberinto mental de Beatrice se esconde en su lugar de trabajo: la mansión de Leonhard Adler. Adler es un hombre rico, calculador y dominante que utiliza el sonido hipnótico de un metrónomo para anular la voluntad de la joven, sometiéndola a sus oscuros deseos sobre su escritorio de cedro. Pero cuando Beatrice logra encontrar una grieta en ese denso trance y le exige ser reconocida como un "yo" y no como un objeto desechable, provoca una fisura en el control del opresor. Como respuesta, Adler le entrega una enigmática carta azul, confesando un retorcido arrepentimiento y prometiendo intentar no cruzar el límite de su poder. En medio de esta asfixiante dinámica de dominación y vulnerabilidad, el destino cruza a Beatrice con Baldomero Watcher, un oficinista de cincuenta y seis años que husmea accidentalmente en su carta azul durante un viaje en autobús. A partir de un acuerdo para desayunar todos los martes en un peculiar y surrealista restaurante, Baldomero se convierte en su mayor confidente, su consejero y la figura paterna amorosa que la vida le negó, amándola y protegiéndola en el más absoluto silencio. El mundo de Beatrice Hollow es un intenso viaje psicológico que se adentra en las dinámicas del poder, el trauma y la deshumanización. A lo largo de dieciséis años, la novela explora la dolorosa pero fascinante metamorfosis de una niña rota que lucha por dejar de ser la víctima en el juego de los hombres, reclamando su identidad hasta convertirse en una mujer dueña de sí misma y de su propio destino.
VIEW MORE

Chapter 1 - La rebelión de la niña cuando el cobarde agacha la cabeza.

Fecha: martes 12 de mayo de 2009 Hora: 18:40.

Esa mujer que camina por la acera, sí, "esa". Así le gusta sentirse, porque no le gusta vanagloriarse con nombres de pila, propios o adjetivos calificativos que alzan algo, una personificación que no es. Es solo eso: una cosa amorfa en su mente, esa.

Pese a lo pesado de su pensamiento, camina. ¿Quién podría decir que son las 18:40 con tanto calor? El sol se niega a ocultarse detrás de la neblina oscura recién formada, que dará paso en breve a la noche. La luz se ennegrece y también la sucesión de imágenes que hicieron posible que saliera cuatro horas antes de su trabajo.

Digamos que el dueño de la casa no anda con rodeos. Durante más de un mes, cada orden que daba era acompañada de una mirada que no dejaba de observar sus pies. Sí, esos diminutos pies, talla 36, con las sandalias que, como norma, estaba obligada a usar. No lo sabía con exactitud; solo intuía que, por un tema de cultura, tenía que usar sayonaras.

Esos ojos del hombre de la casa —el que le pagaba el modesto salario— devoraban esos pies delgados, perfectamente cuidados: uñas con esmalte negro y borde blanco, diseño original, desde luego.

Pero a los treinta y tres días de barrer, trapear, cocinar y tener la delicadeza de decir "gracias" por cada grito estúpido de parte de un hombre misógino hacia su trabajo, supo la verdad. Sí, la triste verdad: una ley que poco a poco se grabó en su mente a fuego durante su crianza.

Frases simples, piensa ella, ¿cómo olvidarlas?: "Voltéate", "abre las piernas", "cierra los ojos", "entro con tu permiso", "sopórtame". ¿Pero señor? ¡Yo te pago! Para su fortuna, todo terminó muy rápido.

Cuarenta minutos más tarde, camina cojeando sobre la misma acera de siempre, luego de tomar, hace rato, el ómnibus de las 18:11. Está cerca de su casa, muy cerca.

Viste completamente de negro. Podría ser confundida con un cuervo si no fuera porque es hermosa, al punto de que cualquier hombre misógino diría: "Tan hermosa que es, es incapaz de sufrir". Nada más alejado de la realidad.

Tiene el cabello corto, en un peinado pixie juvenil, porque odia ser mujer en la superficie. Lleva una polera entallada a su cuerpo esbelto, con músculos casi definidos, de color negro. La calcomanía que lleva en el pecho es una calavera inquietante con equis que intentan formar una sonrisa. Sus hombros quedan descubiertos por una abertura a modo de boca que revela un escote suave; no muestra de más, porque no hay material extra que mostrar.

Usa una minifalda color acero; sus piernas son carnosas, dejando en claro que su silueta es morfológicamente atractiva. Lleva medias largas negras con rayas blancas que cubren sus rodillas y botas de taco ocho. Cadenas plateadas adornan su amplia cadera. Sus labios, resecos, llevan labial negro. En los dedos, esmalte blanco y negro intercalado.

Carga sobre el hombro derecho una mochila. Dentro, su traje azul marino de sirvienta, manchado por fluidos. Cada paso duele; es algo que aprenderá a asimilar con el tiempo, tal vez.

Llega a la puerta de madera sin pintar. En vez de tocar, la empuja: normalmente no colocan seguro. Nadie entraría a llevarse sus pertenencias, porque lo que encontrarían dentro de una casa como la que pisa ahora Beatrice —con sus tacos altos de mujer fatal gótica, despreciada por el sistema— no despertaría el interés de hombres o mujeres que buscan cosas sustanciales y valiosas para sobrevivir.

Aquí solo encontrarían porquerías que creen ser buena gente con valor, pero que no son más que la podredumbre de lo que alguna vez se llamó, o se quiso llamar, hogar.

Hora: 19:32

Pero eso ya no importa, porque los anhelos de la infancia no son válidos cuando ya estás —como se dice— construida. Sí, eso. Para bien o para mal, ya "esa"… disculpen, quiero decir Beatrice, es un alma que atraviesa su momento más negro.

Sigue caminando por la pequeña sala de dos muebles. Voltea a la derecha: la cocina de dos hornillas. Todo está frío, como si nadie hubiera cocinado hoy, y eso provoca algo en su mente.

—¿Y mi mamá? —Beatrice Hollow.

Entra por una puerta muy improvisada: un pedazo de triplay a punto de caerse, que debe dejar apoyado con cuidado contra la pared. Dentro hay un pasillo oscuro. Al fondo, una puerta cerrada, pero que deja escapar una L de luz, dibujando su dimensión; una apertura que se resiste a cerrarse por completo.

Al entrar, el olor es fuerte: aire viciado, sudor de dos cuerpos, cigarrillos apagados hace rato, colillas sobre la pequeña mesa de noche. Una cama de dos plazas y un bulto. Al principio eso parece. Pero al mirar mejor, es su madre. Sí, la señora Graciela de Hollow, tapada, acostada. Tal vez cansada. Pero Beatrice intuye algo más.

La destapa de forma brusca. El cuerpo está desnudo; solo alcanza a ver la parte superior. Su madre despierta.

—Hija, ya llegaste a casa… ¡discúlpame si no cociné, estaba tan ocupada con tu…! —Graciela de Hollow.

—No te preocupes, mamá. Está bien. —Beatrice Hollow.

Saca de su mochila una bolsa. Dentro, un sándwich hecho con pedazos cortados de varias carnes que había en la mesa. Cualquiera diría que son sobras, pero "esa", ni "ella", están para despreciar la comida. Al ver alimento delante de sus ojos, no pregunta: come, casi atragantándose.

Al incorporarse para sentarse mejor, nota que el rímel de su madre está corrido, como si hubiera llorado de forma profusa. El costado derecho de su cuerpo está lastimado: un ligero hematoma. Algo la incomoda. Una rabia nacida en la boca del estómago. Algo que quiso hacer desde hace mucho, mucho tiempo.

Le acaricia la cabeza.

Sale con zancadas fuertes. Va a la cocina, a la repisa de alimentos: latas, conservas, atún, duraznos. Los mete en su mochila. Luego va a la sala. El televisor antiguo, de cincuenta pulgadas, transmite un partido de fútbol de la selección: pitos, apellidos de jugadores, comerciales.

Él está ahí, tomando cerveza.

Sin decir nada, con total descaro, le tira la lata con la mano derecha. La cerveza cae al piso.

Sí. Servando, su padre. Un hombre que primero golpea, luego razona, y al final pregunta.

—¡¿Qué carajos haces, maldita basura?! —Servando Hollow.

El hombre, que mide más que ella —1,80 m—, se levanta y le da una cachetada tan fuerte que Beatrice da dos pasos hacia la izquierda. Al ver su férrea determinación de no moverse, al darse cuenta con impotencia de que ella no llora —no porque no duela, sino porque se muerde la lengua para no gritar—, levanta el brazo otra vez.

La segunda cachetada va hacia la derecha.

La rodilla derecha de Beatrice flaquea. Cae. Se sacude la cabeza y se levanta. Lo mira con cólera. Un fuego que pocas mujeres logran sostener en el rostro contra su maldito progenitor. Él. El que abusa. No de forma sexual —eso sería demasiado simple—, sino peor: el que abusa rompiendo tu moral, tu autoconcepto, hasta destruirte y dejarte sin saber para qué viniste a este mundo. Donde se dignifica al viejo por la edad, consintiendo sus abusos.

Toma con fuerza la mochila con el brazo izquierdo —ya pesada— y la lanza como un garrote. El golpe seco cae en la mandíbula. Él se desploma en el sillón.

Beatrice no se detiene.

Sigue golpeando, porque dudar sería perderse. Dudar sería volver, por centésima vez, a ser víctima.

Sigue golpeando.

Ese hombre abusador, ese hombre que usa, desprecia y consume el amor hasta volverlo odio, llora, pide piedad a una hija que ya no recuerda qué es ser mujer, qué es ser amada, qué es hogar, y que tampoco sabe cómo interpretar el llanto de un padre que la trató como a su enemiga más brutal.

—No le vuelves a pegar a mi madre. Porque si no, te mato, maldita porquería. —Beatrice Hollow.

El piso se moja con un líquido grasiento. Fue fácil, pensando en retrospectiva, romper esas latas que minutos antes colocó con toda intención en su mochila. ¿Cuántas veces había golpeado a su padre? No los había contado porque, de forma inevitable, se vio arrastrada por una vorágine de recuerdos dolorosos marcados por látigos, culpa y jamás permitirle usar vestidos.

Al volver en sí, ve a un hombre sumamente alto tirado en el colchón, sangrando, botando algo de saliva de forma profusa por el exceso de cerveza. Tiene golpes que comienzan a hincharse como pequeñas bubas que iban tomando color morado de forma rápida; tenía heridas en la ceja, boca, pómulo derecho, cachete izquierdo.

Intentaba levantarse de su asiento donde estaba desparramado, pero al ser un hombre obeso no lograba erguirse, lo que hacía que fracasara muchas veces intentándolo. Quería decir algo, pero no lograba articular las palabras adecuadas porque su boca estaba hinchada de tanto golpe.

—Tú tienes la culpa por golpearla tantas veces. ¿Por qué te olvidaste que soy tu hija? No sabías que los años que pasé en esta casa bajo tu sombra fueron tortuosos. —Beatrice Hollow—. No necesariamente por los golpes, sino por el desprecio en tu mirada, por odiarme sin razón, sin sentido... Te odio.

Con esa última misiva dicha, se fue. Se alejó a su cuarto, el cual tenía una puerta descuadrada que se tiene que patear para cerrar. No se quitó la ropa, no se puso su pijama; estaba aterrada porque ya se había pasado la adrenalina que la envalentonó. Tenía miedo, uno que la hacía temblar como si tuviera frío; probablemente era un instinto incipiente de sobrevivencia.

Así que cogió un palo de madera, que en realidad es una escoba que ella escondía debajo de su cama por defensa personal. Se echó en cama con su vestimenta gótica, con el palo el cual estrujaba con todas sus fuerzas. Puso su cabeza en una almohada alta para estar alerta; no va a dormir porque sería una larga noche para ella. En cualquier momento podría venir "Él", el obeso, el que demora en levantarse del sillón cuarenta minutos, el que toma sin permiso, pega, humilla, usa; "Él", la bestia que suda de forma asquerosa y al cual le duele mucho llamar: "Padre".

Después de una hora seguía intentando mantenerse despierta en la absoluta penumbra de su pequeño cuarto. Luchaba con su cansancio producido por un día agotador de trabajo como sirvienta del hogar, por un dolor que persiste en su entrepierna que prefiere no recordar.

Pero en medio de su consternación, se siente asombrada al sentir su corazón medio agitado, pensando en "Ese", el dueño de la casa donde trabaja todos los días de 08:00 a 22:00 horas, pero que hoy la dejó salir más temprano porque tomó algo que él siente como suyo. Ella intenta grabar en su mente, en los últimos momentos de lucidez antes que Morfeo la arrastre a sueños vacíos: ¡Mi cuerpo no le pertenece a nadie! ¡Ningún hombre tiene autoridad sobre mí…!