Cherreads

Chapter 3 - Capítulo 3: El Altar del Sol y la Consagración de la Deidad

El aire en Elbaf se había vuelto denso, cargado con una pesadez que no provenía de las nubes, sino de la tensión en los estómagos de sus habitantes. El festival del sol estaba a punto de comenzar, y con él, el riguroso ayuno de doce días que precedía a la gran celebración. Para los gigantes, era una prueba de fe; para los huérfanos de la Casa del Cordero, era una tortura; pero para Charlotte Linlin, era el descenso a los infiernos.

​Malfurion Stormrage observaba a Linlin con una mezcla de calculada frialdad y una protección casi obsesiva. Durante los primeros días del ayuno, ella se mantuvo estable gracias a las frutas densas en nutrientes que él le había suministrado en secreto. Pero al séptimo día, la biología de Linlin —ese motor de combustión infinita que requería miles de calorías solo para mantener su piel de hierro— empezó a fallar.

​El hambre de Linlin no era un simple rugido en el estómago; era una entidad viva, una bestia que nublaba su juicio y transformaba sus ojos en dos orbes rojos de puro instinto asesino.

​— Malfurion... me duele... —susurraba ella, sus dedos de cinco años dejando surcos profundos en las paredes de madera de la cabaña. El vapor emanaba de su piel, señal de que su metabolismo estaba empezando a devorarse a sí mismo para obtener energía.

​Afuera, los gigantes de Elbaf, liderados por los veteranos Jorul y Jarul, observaban la Casa del Cordero con sospecha. Ellos sentían la presión que emanaba de la niña, una presencia oscura que amenazaba la paz de su isla sagrada.

​— Ha llegado el momento —murmuró Malfurion para sí mismo.

​Se puso de pie, y aunque su estatura era apenas la de un niño normal, su presencia física llenó la habitación. Había pasado las últimas noches absorbiendo la esencia de las raíces más profundas de Elbaf, y su cuerpo se sentía como un reactor nuclear de energía botánica. Sus músculos estaban tan densos que cada movimiento suyo producía un leve siseo en el aire.

​De repente, Linlin no pudo más. El olor del Semla —esos bollos dulces que los gigantes preparaban para el final del ayuno— llegó a sus fosas nasales desde la aldea cercana. Con un rugido que hizo que las ventanas de la Casa del Cordero estallaran, la niña se lanzó hacia la puerta. Sus movimientos eran erráticos, violentos; era un tren de carga sin frenos dispuesto a devorar todo a su paso: madera, animales o personas.

​Los otros niños gritaron de terror, encogiéndose en las esquinas. Madre Carmel, cuyo rostro mostraba una calma artificial debido a las Semillas Parásitas de Malfurion, se quedó inmóvil, esperando la orden de su verdadero amo.

​— ¡LINLIN! ¡DETENTE! —la voz de Malfurion no fue un grito, fue un estallido de autoridad que resonó con el peso de una montaña cayendo al mar.

​Él se interpuso en su camino. Linlin, cegada por la "Gula", lanzó un manotazo devastador que habría pulverizado un edificio de piedra. Malfurion no esquivó. Levantó su brazo derecho, que en un instante se cubrió de una corteza negra y brillante, tan dura como el diamante y reforzada por el Haki de Armamento que su voluntad estaba manifestando por pura necesidad.

​El impacto fue sordo, como un martillo de guerra golpeando un yunque eterno. La onda de choque levantó el suelo, pero Malfurion no retrocedió ni un milímetro. Sus pies estaban anclados al corazón mismo de la isla a través de sus raíces invisibles.

​— No vas a convertirte en un monstruo, Linlin —le dijo, mirándola directamente a los ojos rojos—. Vas a ser una Diosa. Y los dioses no pierden el control por un trozo de pan.

​Malfurion cerró los ojos y activó el despertar incipiente de su Mori Mori no Mi. El suelo bajo ellos estalló. No brotaron simples ramas, sino un trono de madera viva, adornado con flores que brillaban con una luz esmeralda. Malfurion hundió sus manos en el centro del trono y, usando la energía acumulada de toda la vegetación de Elbaf, comenzó a sintetizar algo nuevo.

​Ante los ojos de los gigantes que se habían acercado con sus armas desenvainadas, Malfurion creó la "Fruta de la Vida Eterna". Era una esfera de cristal orgánico, transparente, en cuyo interior palpitaba un néctar dorado que contenía la concentración calórica de un bosque entero.

​— Come —ordenó Malfurion.

​Linlin, hipnotizada por la pureza de la energía que emanaba de la fruta, la tomó y la devoró. En el instante en que el néctar tocó su lengua, el frenesí se detuvo. El color rojo desapareció de sus ojos, sus músculos se relajaron y una sensación de plenitud absoluta, casi divina, recorrió su cuerpo. No era solo saciedad; era una evolución. Su piel se volvió aún más lustrosa, y su estatura pareció estabilizarse en una forma más majestuosa.

​Los gigantes se quedaron paralizados. Jorul, el héroe de barba blanca, bajó su hacha, mirando a Malfurion con un respeto reverencial. Nunca en los siglos de historia de Elbaf habían visto a un humano controlar la naturaleza de esa forma, y mucho menos domar a una bestia como Linlin con tal elegancia.

​Malfurion, sintiendo que el momento de gloria estaba en su punto máximo, envió una señal mental a Madre Carmel. La mujer dio un paso adelante, sus ojos brillando con una luz extraña bajo el control del niño.

​— ¡Contemplen! —exclamó Carmel con una voz que parecía bendecida por el cielo—. ¡El joven Malfurion no es un simple humano! Es el enviado de los espíritus del bosque, aquel que trae el equilibrio entre la fuerza y la vida. ¡Hoy no hay tragedia en Elbaf, hay un nuevo comienzo!

​Los gigantes, impresionados por el milagro, hincaron una rodilla en tierra, uno por uno. Para ellos, la fuerza era la máxima ley, y Malfurion acababa de demostrar una fuerza que iba más allá de lo físico: era la fuerza de la creación.

​Malfurion se acercó a Linlin, quien lo miraba con una devoción total, como si él fuera el sol mismo. Él le tomó la mano, y a pesar de la diferencia de tamaño, quedó claro quién lideraba a quién.

​— Lo ves, Linlin —le susurró al oído, mientras los gigantes vitoreaban sus nombres—. El mundo ya no te ve como una amenaza. Te ven como su señora. Y esto es solo el primer paso. El Gobierno Mundial vendrá pronto por nosotros, pero no encontrarán niños para vender... Encontrarán a los Dioses que reclamarán su trono.

​Esa noche, bajo las estrellas de Elbaf, Malfurion Stormrage no solo había salvado la vida de Linlin; había comenzado a escribir la leyenda de la Dinastía de los Dioses, un linaje de físicos indestructibles y mentes implacables que no conocería rival en los cuatro mares.

More Chapters