Cherreads

Chapter 20 - Chapter 20

Las semanas de entrenamiento nocturno en las entrañas de la Arena Nacional no solo forjaron los músculos de Ángel y Tony, sino que sellaron una conexión única, una simbiosis entre dos estilos de vida que parecían destinados a no encontrarse jamás. El estilo de Ángel, ahora operando bajo la identidad mística y austera de Lobo, comenzó a mutar en una amalgama técnica que los pocos veteranos y encargados de equipo que se quedaban a verlos entrenar no podían categorizar. No era lucha tradicional, pero tampoco el purismo seco del estilo olímpico. Era algo nuevo, una forma de combate desesperadamente técnica, capaz de aplicar llaves de sumisión extraídas de los manuales grecorromanos rusos, pero ejecutadas con una malicia y una fuerza que frustraban cualquier intento de intimidación.

La versatilidad de Lobo(Wolf) se convirtió rápidamente en su sello distintivo en el gimnasio. En una sesión de entrenamiento, podía lanzar a un oponente de 100 kilos con un suplex alemán perfecto —donde la física del puente y el centro de gravedad funcionaban en perfecta armonía— y, al segundo siguiente, sin perder impulso, lanzarse entre la segunda y la tercera cuerda con un clavado suicida cuya agilidad contradecía su imponente figura de 1,83 metros. Ángel aplicaba su inteligencia académica al caos del ring, calculando trayectorias mientras volaba por los aires.

Tony, bajo la piel de León, era el polo opuesto. Su enfoque natural era el de un luchador potente —un luchador de fuerza pura—, pero dotado de una agilidad que desafiaba la lógica de su 1,83 metros y hombros anchos. Ángel, sin embargo, con su obsesión por la excelencia, se aseguró de que Tony no fuera simplemente un "bruto" que empujaba a la gente por el ring usando el impulso. En las sesiones donde el calor de Mexicali parecía implacable, incluso a medianoche, cuando el sudor creaba charcos resbaladizos en la lona, ​​Ángel obligaba a Tony a repetir secuencias de agarre y transiciones una y otra vez, hasta que los movimientos se volvían instintivos.

"No intentes vencerme solo con la fuerza bruta de tus brazos, Tony", le reprendía Ángel una mañana temprano, atrapándole la muñeca en una sesión de entrenamiento en tatami que parecía una partida de ajedrez humana. "Si pones tu peso muerto sobre mi codo, me bloqueas la articulación y me giras la mano en este ángulo, no tengo escapatoria ni aunque mis bíceps fueran de acero. No uses solo los músculos; usa la palanca, usa todo tu cuerpo para aplicar presión hasta ese punto de ruptura".

Ángel le transmitía esos pequeños secretos de la lucha libre amateur, los trucos de control y los puntos de presión que marcan la diferencia entre un luchador rudo y uno de talla mundial. Transformaba al impulsivo León en un depredador técnico capaz de defenderse y dominar cualquier terreno, ya fuera en el aire o en el escenario. A cambio de esta instrucción académica, Tony ayudaba a Ángel a superar el rigor paralizante de la competición olímpica, esa rigidez mental que a veces le impedía fluir.

"Lobo(Wolf), por Dios, deja de calcular la trayectoria antes de saltar", le dijo Tony una noche, balanceándose con envidiable confianza en la cuerda superior, con el pelo largo empapado en sudor. "No pienses en cómo vas a aterrizar ni en qué ángulo tocará tu espalda el suelo. Simplemente salta. Tienes que sentir el vacío, tienes que sentir el movimiento en el estómago. A la gente no le importa la física; les gusta verte como un animal cazando, no como un ingeniero ejecutando una coreografía aburrida".

Una noche, tras una sesión particularmente agotadora que los dejó a ambos doloridos, con la piel irritada por la fricción de la lona y la espalda magullada por el impacto contra las tablas de madera, decidieron subir a la azotea de la arena para recuperar el aliento. Desde allí, podían ver el mar de luces de Mexicali extendiéndose hasta la frontera, y una ligera brisa, aunque cálida, logró refrescar sus pulmones, cargados de polvo de magnesio.

"¿Por qué tardas tanto en enseñarme todos esos trucos, amigo?", preguntó Tony de repente, dándole a Ángel una botella de agua mientras recuperaban el aliento. "Con lo que sabes de lucha libre real y tu físico, podrías arrasar con todos los luchadores de esta arena tú solo. No necesitas que un compañero te frene".

Ángel se quitó la máscara de neopreno gris, revelando un rostro marcado por la fatiga, pero iluminado por una serena determinación. Respiró el aire nocturno antes de responder.

"Porque si vamos a subirnos a ese ring como equipo, necesito que seas tan peligroso como yo, Tony. No quiero un guardaespaldas, quiero un igual", respondió Ángel con una certeza innegable. "Además, el Maestro Cárdenas tiene razón en una cosa: en este negocio, un día nos enfrentaremos en esquinas opuestas. Y si ese día llega, quiero que estés en tu mejor momento. No quiero ganarte solo porque sé tres llaves más que tú; si vamos a pelear, quiero que sea una verdadera guerra, una verdadera batalla, momentos que la gente recordará durante años".

Tony soltó una carcajada vibrante y le propinó un puñetazo amistoso en el hombro, uno de esos golpes que duelen pero que, en el código de los hombres, significan el máximo respeto. La actitud relajada y visceral de Leon comenzaba a calar en la armadura de Ángel, ayudándolo a reducir su obsesión por el control total y permitiéndole finalmente disfrutar del caos artístico que rodea la lucha libre profesional.

En esa altura, Ángel comprendió que Tony era el contrapeso existencial que su vida necesitaba. Mientras Ángel siempre planeaba con tres pasos de anticipación, anticipando riesgos y analizando consecuencias como si se enfrentara a un examen de cálculo, Tony vivía el instante preciso, sin la carga del pasado ni la ansiedad del futuro. Ángel le enseñó a Tony a dominar la técnica para asegurar una carrera larga y exitosa; y Tony, sin saberlo, le enseñó a Ángel a ser libre, a disfrutar del presente sin el miedo paralizante de cometer errores o ser imperfecto.

Sentados en el techo de asbesto, con el zumbido lejano de los autos en la Calzada Independencia y el olor a lona vieja y linimento pegado a sus poros, ambos sabían que estaban creando algo nunca antes visto en la frontera. Ya no eran solo dos amigos de la infancia entrenando en la oscuridad de un gimnasio vacío; eran Lobo(Wolf) y León(Lion), y estaban forjando un estilo híbrido que sacudiría los cimientos de la Arena Nacionalista.

Juntos representaban la unión perfecta de ciencia y poder, del análisis frío del matemático y la furia ardiente del guerrero. Estaban listos para dejar de ser promesas de gimnasio y convertirse en la nueva y brutal realidad de la lucha libre mexicana. El desierto los había criado, la disciplina los había moldeado, y ahora el destino les abría las cuerdas del cuadrilátero para escribir su propia leyenda con la tinta del sudor y la sangre.

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