Ainz mantenía la mirada fija en el espacio vacío donde antes estuvo la espada de Marcus. El rastro de ese temor instintivo aún vibraba en su conciencia, pero su mente de estratega ya estaba trabajando. Sin embargo, Marcus no había terminado de pintar el cuadro de horror y oportunidad que definía la existencia en el Infierno.
—Maestro —continuó Marcus, su voz volviéndose más sombría—, una de las razones por las cuales este círculo está en constante caos aparte de las luchas de poder y dominio y por la cual el acero angelical existe aquí. Cada año, el Cielo lleva a cabo lo que llamamos el Exterminio Anual.
Los Guardianes se tensaron. Marcus hizo una pausa antes de revelar la cruda realidad del poder en este reino.
—Ángeles exterminadores, seres que van desde las dos hasta las seis alas, descienden sobre nosotros. Abren portales que solo ellos pueden cruzar de ida y vuelta, conectando el Cielo directamente con el Anillo del Orgullo. Casi nadie en todo el Anillo del Orgullo se atreve a enfrentarlos. Su poder es abrumador y su armamento es la muerte definitiva. La mayoría de los rangos a partir del VI: dioses profanos, asta los demonios menores, incluyendo a los Overlords, prefieren esconderse en las sombras y esperar a que la carnicería termine, pues luchar contra ellos es, casi del noventa y nueve por ciento de los casos, es un suicidio.
Los ojos de Ainz se estrecharon. —Un sistema de control de población basado en el terror absoluto... —pensó. El hecho de que ni siquiera los poderosos de este mundo se atrevieran a luchar hablaba volúmenes sobre el nivel de esos ángeles.
La Cosecha de los Traficantes y los Metales Raros
—Pero para los más astutos y viles, el Exterminio es la temporada de la mayor riqueza —explicó Marcus—. Es cuando los traficantes de armas más audaces salen a los campos de matanza. Si un ángel es derribado el tiempo suficiente antes de que se recupere para matar a su agresor, esto con el fin de robarle su arma, esto en su mayoría es un golpe de suerte, o si en el fragor de su cacería deja caer su lanza, espada o cualquier arma de acero celestial, se desata una guerra silenciosa por recolectar el Acero Celestial. Aun que en su mayoría prefieren recolectar las armas tras terminar el exterminio que dura un día entero
Marcus bajó la voz, como si hablara de secretos prohibidos.
—Y no es solo acero. En las cacerías más intensas, donde descienden ángeles de cuatro o seis alas, es posible encontrar metales celestiales aún más raros, materiales con propiedades que desafían la lógica del pecado y que pueden otorgar poderes inimaginables a quien logre forjarlos. Estos metales son el tesoro más codiciado de los traficantes de Mammon y otros seres que tienen intereses en los metales angelicales.
La Agonía de la Recolección
—Sin embargo, recolectar estos tesoros es una tortura —añadió el sabueso—. Tocar el acero o los metales celestiales puros sin métodos especiales causa una agonía indescriptible que quema la esencia misma del alma. No hay habitante en el infierno, sin excepciones, que pueda sostener metal puro sin sufrir. Por eso, los traficantes usan herramientas de materiales neutros y técnicas secretas para transportarlos a forjas especiales. Allí, los funden con metales oscuros y otras propiedades para crear una aleación que sea segura de empuñar para nosotros. Solo tras ese proceso de "corrupción" del metal, un demonio puede usarlo sin morir en el intento.
La Reacción de Nazarick
Albedo dio un paso al frente, su rostro era una máscara de furia. —¿Dices que estos exterminadores nos cazan como ganado y que debemos escondernos como ratas? ¡Lord Ainz, si esos seres se acercan a Nazarick, les arrancaré las alas una a una!
Shalltear Bloodfallen, por el contrario, lamió sus labios con una sonrisa perturbadora. —Ángeles de seis alas... con armas que causan agonía. Qué juego tan exquisito. Me pregunto cuántos de esos metales raros necesitaríamos para forjarle un regalo digno a nuestro Señor.
Ainz levantó una mano, silenciando el estallido.
—Este Exterminio... —preguntó Ainz con urgencia—, ¿cuánto tiempo falta para el próximo? Si el Cielo envía fuerzas que incluso los seres mas poderosos temen, Nazarick debe estar preparada. No seremos parte del ganado.
—La tensión se iba disminuyendo tras las palabras que procedería a pronunciar Marcus, Lord Ainz —respondió Marcus—. Los exterminios ya fueron ase dos semanas y los portales no se abrirán pronto hasta el 29 de diciembre de este año.
Ainz se recostó en su trono, sus dedos entrelazados. La información era vital. La existencia de metales raros y la falta de resistencia por parte de los demonios locales le daban una idea.
—Entiendo —dijo Ainz con voz gélida—. Demiurgo, Albedo. Si casi nadie lucha contra los ángeles, significa que su poder es demasiado abrumador y a su ves sus tácticas deben ser predecibles, ¿verdad?, esto por una falta de oposición real. Estudiaremos esos "métodos especiales" para manejar el acero. Si la agonía es el precio del poder, Nazarick encontrará la forma de pagarlo sin quemarse. No solo obtendremos ese acero celestial... buscaremos esos otros metales raros. Si el Cielo baja a cosechar, nosotros bajaremos a robarles sus herramientas.
Tras dicha declaración de Ainz, la atmósfera en la sala del trono seguía cargada de una urgencia fría. Ainz, tras procesar la información sobre los metales raros y la agonía del acero celestial, sabía que no podía perder ni un segundo. Nazarick no solo necesitaba entender este metal, necesitaba dominarlo.
La Movilización de las Forjas
Ainz hizo una señal a una de las Pléyades que aguardaba en los laterales.
—Tú —dijo Ainz con voz firme—. Ve de inmediato y comunica mis órdenes al Chief Blacksmith (Líder de los Herreros). Dile que se prepare para un posible proyecto de investigación de prioridad absoluta y para cuando tengamos los medios de obtener dichas armas de algún metal celestial. También informa a Tsuibayaya y al grupo de Salamander's Blacksmith. Quiero que los mejores artesanos de la Gran Tumba se reúnan. Deben estar listos para analizar materiales que desafían nuestra comprensión actual de la metalurgia.
La sirvienta se inclinó profundamente y desapareció entre las sombras de los pasillos, llevando consigo las órdenes que pondrían en marcha los fuegos de las forjas más profundas de Nazarick.
Una Pregunta Imprudente
Mientras la orden era llevada, Shalltear Bloodfallen, que había estado observando la espada angelical de Marcus con una mezcla de desprecio y curiosidad, dio un paso al frente.
—Lord Ainz, si me permite una duda... —dijo Shalltear, jugueteando con su sombrilla—. Si estas armas son las únicas capaces de otorgar la "muerte definitiva" en este mundo... ¿por qué no simplemente matamos a un ángel con su propia arma? Si logramos arrebatarles una lanza, ¿no sería el final de ese exterminador?
Marcus, al escuchar la pregunta, se tensó visiblemente. Un sudor frío recorrió su nuca y su respiración se volvió agitada, como si la sola mención de tal idea evocara recuerdos de carnicerías fallidas.
—¡Eso... eso ya se ha intentado! —interrumpió Marcus, su voz un poco agitada por la imprudencia de la pregunta—. En las grandes masacres del pasado, dioses profanos, dioses, archi-demonios y Overlords de todos los rangos y coaliciones de pecadores lograron, a un coste de miles de vidas y poderes o magias para sostener el arma sin la necesidad de tocarlo, arrebataron las lanzas y espadas a los exterminadores.
Marcus miró a Shalltear con ojos cargados de desesperación.
—Pero fue inútil. Las armas celestiales no afectan a los ángeles exterminadores. Es como si el metal reconociera a su dueño o su origen. Puedes atravesar a un ángel con su propio acero y la hoja simplemente pasará a través de él como un fantasma o ilusión sin causará daño alguno. Están protegidos contra su propio juicio.
El Dilema Estratégico
El silencio que siguió fue sepulcral. Cocytus emitió un ráfaga de aire helado, sus cuatro brazos cruzados sobre su pecho. —Entonces... son inmunes al único arma que puede matarlos —sentenció el guardián de hielo—. Un diseño de combate perfecto.
Ainz permaneció inmóvil en su trono. El supresor emocional brilló brevemente mientras procesaba esta nueva variable. Si los ángeles eran inmunes a su propio acero, la estrategia de "usar sus armas contra ellos" quedaba descartada.
—Ya veo —dijo Ainz finalmente, su voz resonando con una calma peligrosa—. Así que el Cielo se ha asegurado de que sus herramientas de limpieza no puedan ser usadas para una rebelión. Es una lógica defensiva impecable.
Ainz clavó su mirada en sus Guardianes, quienes parecían frustrados por la revelación de Marcus.
—Sin embargo —continuó Ainz—, esto solo significa que el acero celestial no es el final del camino, sino el principio. Si no podemos matarlos con sus armas, buscaremos la forma de que el poder de Nazarick encuentre la grieta en esa perfección. Si el metal celestial puede ser fundido y alterado, como dijo Marcus, entonces puede ser estudiado. Y lo que puede ser estudiado, puede ser superado.
