La duodécima vez que se despertó, fue en esa cama.
No hubo sobresalto.No hubo grito.No hubo confusión.
Nao abrió los ojos con una calma antinatural, como alguien que ya había agotado todas las reacciones posibles. La habitación era exactamente la misma: las paredes de madera, la pequeña ventana por donde entraba la luz gris del amanecer, el silencio espeso de un hogar que pretendía ser refugio.
Frente a él estaba ella.
Su mujer.
De pie, inmóvil, mirándolo con los mismos ojos de siempre… y con la misma expresión vacía de cada inicio. Era una portada de sueño, una escena demasiado perfecta para ser real, repetida tantas veces que ya no provocaba alivio, solo agotamiento.
Nao no dijo nada.
No la abrazó.No preguntó.No intentó cambiar el curso de las cosas.
Esta vez decidió algo distinto.
No haría nada.
Si el karma, el sistema, los demonios o quien fuera querían castigarlo, no les daría espectáculo. No lucharía, no exploraría, no salvaría, no huiría.
Se quedaría ahí.
Los días pasaron lentos, pesados, casi irreales. Nao permanecía dentro de la casa, sentado frente a la mesa, mirando la pared, escuchando el mundo moverse sin él. Comía cuando había comida. Dormía cuando el cuerpo lo exigía. Respiraba por inercia.
La aldea seguía viva afuera.
Risas ocasionales.Martillos.Pasos.
Y él no hacía nada.
Hasta que los duendes llegaron.
No fue una invasión. No fue una masacre. Solo unas figuras pequeñas acercándose demasiado a los límites de la aldea, observando, husmeando, midiendo.
Nao los vio desde la ventana.
Sintió el viejo impulso.
No rabia.No heroísmo.
Costumbre.
Salió.
Un solo movimiento. Un solo corte.
Un duende cayó muerto al instante.
Los demás huyeron despavoridos, chillando, desapareciendo entre los árboles como si el mismo infierno los persiguiera.
Nao se quedó mirando el cadáver.
—Ya está… —murmuró—. Ya lo arruiné.
No esperó consecuencias.
No volvió a casa.
Caminó directo a la taberna.
El lugar estaba lleno de voces, risas forzadas, olor a alcohol barato y desesperación colectiva. Nao se sentó sin decir palabra y pidió una bebida. Luego otra. Y otra más.
Bebió para no pensar.Para no recordar.Para no escuchar la voz que siempre aparecía después de cada error.
Las horas pasaron. La taberna se fue vaciando. Las risas murieron una a una.
Hasta que sonó la medianoche.
Un grito atravesó la aldea.
No fue un grito cualquiera.Fue un grito que reconoces antes de entender.
Nao dejó caer el vaso.
Salió tambaleándose, con la cabeza pesada y el corazón latiendo con violencia. La gente corría. Antorchas se encendían. El aire olía a algo antiguo y maldito.
El cuerpo estaba en el centro del camino.
Era su madre.
Inmóvil. Rota. Sin vida.
Nao se quedó quieto.
No cayó de rodillas.No gritó.No lloró.
Porque ya había llorado eso en otras vidas.
Pero algo era distinto.
A su lado, agachada, había una figura.
La figura no era sólida.
No tenía piel.No tenía carne.
Era una forma hecha de sangre.
La sangre goteaba desde un cuerpo que apenas mantenía una silueta humana, cayendo al suelo en hilos espesos que no se absorbían en la tierra. Cada paso que daba dejaba un charco nuevo, como si el mundo no pudiera limpiarla.
El cuerpo de su madre yacía a un lado.
