La cabeza de Nao rodó por el suelo, igual que todas las demás.
No hubo dolor.No hubo oscuridad.No hubo final.
El mundo simplemente cambió.
Abrió los ojos y estaba de pie sobre mármol frío. Un salón inmenso se extendía ante él, iluminado por antorchas negras que no proyectaban sombras normales, sino recuerdos deformados. A ambos lados, una alfombra roja se alargaba hasta un trono elevado.
Un castillo.
Silencioso. Perfecto. Antiguo.
Al final de la alfombra, sentado con una postura relajada, había un rey. No llevaba armadura ni corona ostentosa. Vestía ropas sencillas, casi humildes. Su rostro era común… demasiado común.
A cada lado del salón, guardias inmóviles sostenían lanzas oscuras. Doce en total.
Nao miró sus manos.
Tenía cuerpo.
Tenía cabeza.
Estaba completo.
—¿Qué… me está pasando? —preguntó, con la voz áspera de alguien que ya había muerto demasiadas veces.
El rey lo observó como quien mira a un reflejo en el agua.
—¿Tú qué crees? —respondió.
Había algo extraño en su tono. No arrogancia. No burla. Algo peor: aceptación.
Nao avanzó un paso.
—Morí. Otra vez. Me mataron. Perdí todo.
El rey suspiró.
—No soy dueño de mi propia vida —dijo—… bueno, un poco sí.Pero recuerda algo, Nao: en esta vida, todo viene por karma.
El aire se volvió pesado.
—El karma fue el que te hizo sufrir —continuó—. Yo solo fui su mensajero.No hace falta que entiendas demasiado.
El rey se inclinó hacia adelante.
—Pero dime algo —añadió—.Tú decidiste sobre la vida de millones de personas.¿Por qué yo no puedo decidir sobre la tuya?
El corazón de Nao latió con violencia.
Los guardias se movieron.
No caminaron.Se deformaron.
Las armaduras se quebraron, las lanzas se retorcieron, y los cuerpos humanos se estiraron hasta romper toda proporción. Colmillos, garras, ojos múltiples.
Doce demonios.
Nao los reconoció al instante.
Cada uno era una muerte.Cada uno era una vida perdida.Cada uno era él.
—Por cada vez que moriste —dijo el rey con calma—, nació uno.
Nao dio un paso atrás y adoptó postura de combate. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Eclipse intentó activarse… pero algo lo frenó.
El rey sonrió levemente.
—¿Qué pasa? —preguntó—.¿Te dio miedo tu reflejo?
Eso fue suficiente.
Nao rugió y se lanzó hacia adelante.
No pensó.No dudó.No quiso entender.
Saltó por la alfombra roja, esquivando garras que no atacaron, cortando el aire con una espada que apareció por puro instinto. Llegó al trono en un parpadeo.
Y decapitó al rey.
La cabeza cayó al suelo con un sonido seco.
Los demonios se congelaron.
El cuerpo sin cabeza permaneció sentado en el trono, inmóvil, como si nada hubiera pasado.
Nao respiraba agitadamente. Miró a su alrededor.
Silencio.
Entonces escuchó una voz.
—De verdad… nunca aprendes.
Venía del trono.
El cuerpo del rey se levantó.
La cabeza seguía en el suelo, pero la voz era clara, tranquila, idéntica.
Nao retrocedió.
—Mira bien —dijo la voz.
Nao giró la cabeza hacia los demonios.
Ya no eran doce.
Eran once.
Uno había desaparecido.
El rey —o lo que fuera— dio un paso adelante.
—Cada vez que intentas romper el ciclo con violencia —dijo—, solo confirmas la regla.
Nao apretó los dientes.
—¿Cuál regla?
La voz respondió, suave como una sentencia inevitable:
—Vivimos para morir…y morimos para vivir.
El castillo empezó a desmoronarse lentamente, como si nunca hubiera sido real.
—La diferencia entre tú y yo —continuó el rey— es que yo acepté el karma.Tú lo desafías.
Nao levantó su arma otra vez, aunque sabía que algo estaba mal.
Muy mal.
Once demonios lo rodeaban ahora.
Once muertes.
Once verdades.
Y en algún lugar, una voz que no podía matar, porque no estaba viva.
El rey volvió a sentarse en el trono inexistente.
—Veamos —dijo— qué haces en la duodécima.
Y el mundo se quebró.
