[Eiren]
Los días pasaron lentos, casi iguales entre sí, aunque el dolor empezó a ceder poco a poco.
El médico venía cada mañana con su andar pausado, revisaba mis vendas, aplicaba ungüentos que olían a hierbas amargas y me hacía mover la pierna, incluso cuando dolía. Decía que, si no la movía, terminaría cojeando para siempre.
A veces, mientras me ayudaba a estirarla, me hablaba de cosas simples: del clima, de los rumores del pueblo, de lo difícil que era conseguir ingredientes desde que la ruta comercial se había vuelto peligrosa. No lo decía, pero yo sabía que intentaba distraerme.
Leo también pasaba de vez en cuando. Siempre olía a tierra y a hierro, probablemente por su trabajo con los carros y bestias de carga. Era un hombre grande, de brazos anchos, y con una voz que llenaba el cuarto sin esfuerzo.
—Vamos, muchacho —decía riendo mientras me sostenía el hombro—. Si logras mantenerte en pie hasta el final del día, mañana te traigo pan caliente de la taberna.
Y cumplía su palabra.
No hablábamos mucho sobre el ataque, ni sobre mi madre, ni sobre el sello. Parecía que ninguno de los dos sabía cómo hacerlo sin hacerme sentir peor.
Aun así, cuando me quedaba solo, no podía evitar pensar en Mary y su hijo. En lo que dijeron los hombres antes de que todo se volviera oscuro. Muertos… por mi culpa.
Cada noche me repetía lo mismo: tengo que volver a casa, aunque ni siquiera sabía dónde quedaba ya.
Una de esas noches, desperté por el sonido de voces al otro lado de la puerta. Era tarde; la vela en la mesa estaba casi consumida, y afuera solo se oían grillos.
Las voces eran bajas, pero las reconocí enseguida. Leo y el médico.
—No puedo quedármelo —decía el médico, su voz cargada de cansancio—. En unos días tengo que irme del pueblo. Hay trabajos que requieren mi presencia… y no puedo llevar al chico conmigo.
—Lo sé —respondió Leo, en un susurro más grave—. Pero tampoco puedo quedármelo yo. Ya sabes que viajo con mi gente, siempre de un lado a otro. Apenas si tenemos tiempo para dormir bajo techo.
—¿Y si lo llevas contigo hasta el siguiente pueblo? —propuso el médico, aunque sonaba inseguro—. Quizá allá alguien pueda ayudarlo. Podría enviarlo a la capital, a alguna institución o gremio que lo acoja.
Hubo un silencio tenso.
—¿Estás loco? —dijo Leo finalmente—. Si lo atacaron junto a su madre, como él dice, es muy probable que sigan buscándolo. Si va a la capital y alguien lo reconoce… no habría nadie para protegerlo. Está sin magia, sin familia… y con enemigos que no conocemos.
El médico suspiró.
—Lo sé, Leo. Pero no puedo simplemente dejarlo aquí. El pueblo es pequeño, todos notan cosas… pronto empezarán las preguntas. No quiero llamar la atención sobre él.
—Podrías dejarlo con alguna familia del lugar.
—No, nadie aceptará. No cuando se susurra que fue encontrado en medio del bosque, después de esas explosiones. La gente teme lo desconocido.
Escuché el sonido de pasos, como si Leo se moviera por la sala.
—Entonces… ¿qué sugieres?
El médico tardó en responder.
—No lo sé. Pero si se queda aquí, estará solo. Y si se va… podría morir en el camino.
Hubo un silencio largo. El tipo de silencio que pesa más que cualquier palabra.
Yo me quedé inmóvil en la cama, mirando la tenue luz que se filtraba por la rendija bajo la puerta.
No debía escucharlos, pero no podía apartarme.
Leo habló por último:
—Si de verdad no hay otra opción, puedo llevarlo conmigo hasta el cruce. Desde ahí podría seguir hacia el norte, al siguiente pueblo. Pero más allá de eso… ya no puedo hacer nada.
—Será peligroso —replicó el médico.
—Sí. Pero al menos tendría una oportunidad. Aquí… solo esperaría a que algo peor ocurriera.
El médico no contestó. Solo se escuchó un leve suspiro, el sonido de una silla arrastrándose, y luego pasos que se alejaban.
Me quedé con la mirada fija en el techo, el corazón latiendo fuerte.
Sabía que decían la verdad.
Nadie podía cuidarme. Nadie quería hacerlo.
Y aun si quisieran… solo les traería peligro.
Apreté las sábanas entre mis dedos y me giré hacia la pared, cerrando los ojos.
No quería que nadie más muriera por mi culpa.
Si iban a dejarme… entonces la próxima vez, sería yo quien decidiera a dónde ir.
Y aunque el miedo me apretaba el pecho, algo dentro de mí —una chispa muy débil, pero viva— me dijo que ese momento estaba más cerca de lo que pensaba.
El aire aquella mañana se sentía denso, como si el mundo mismo supiera que algo importante estaba por decidirse.
Yo había dormido poco, mirando por la ventana el amanecer gris que apenas se filtraba entre las nubes. Había pasado noches enteras pensando en lo mismo, repasando mil veces en mi cabeza cómo decirlo, cómo hacerles entender que tenía que irme… aunque no supiera adónde.
Aun así, cuando escuché los pasos de Leo y del médico acercándose, mi corazón se apretó. No sabía si estaba listo.
La puerta se abrió con un leve chirrido, y ambos entraron. Leo, con esa presencia enorme que parecía llenar la habitación, traía el ceño fruncido, aunque intentaba sonreír. El médico, en cambio, tenía esa mirada cansada y triste que usaba cuando sabía que algo no iba a gustarme.
—Buenos días, chico —dijo Leo, apoyándose en el marco de la puerta antes de entrar del todo.
—Buenos días… —respondí, intentando sonar normal, pero mis manos apretaban la manta sin que pudiera evitarlo.
El médico cerró la puerta detrás de él, y por un momento nadie habló. Solo se escuchaba el goteo lento del agua en el recipiente junto a la ventana. Luego Leo rompió el silencio.
—Queríamos hablar contigo, Neyreth.
Asentí, tragando saliva.
—Está bien…
Leo se acomodó en una silla frente a mí, mientras el médico se quedaba de pie, observándome con esa expresión entre duda y preocupación.
—Antes de nada —comenzó Leo, cruzando los brazos—, es bueno ver que ya estás mejor. Se nota que tu pierna está sanando rápido. Ya casi no cojeas, ¿eh?
Intenté sonreír.
—Ya no duele tanto… puedo saltar un poco incluso.
—Eso es una buena señal —añadió el médico, asintiendo con satisfacción—. Las otras heridas también están curando bien. Usé magia curativa para acelerar lo necesario, pero el resto sanará por sí solo.
—Gracias —murmuré, bajando la mirada—. De verdad… gracias por todo.
Leo soltó un suspiro largo, mirando al médico antes de hablar de nuevo.
—Verás, muchacho… hay algo que tenemos que decirte. No es fácil, pero…
—Ya lo sé —lo interrumpí suavemente.
Ambos se quedaron quietos.
El médico frunció el ceño.
—¿Qué es lo que sabes?
Tomé aire. Era ahora o nunca.
—Los escuché. Aquella noche. Cuando hablaban afuera de la habitación.
El silencio cayó como una piedra.
Leo me miró con los ojos muy abiertos, y el médico parpadeó, intentando encontrar palabras.
—Neyreth… —empezó Leo, con voz más suave que de costumbre—. Nosotros…
—No los culpo —dije antes de que siguiera—. En serio. Los entiendo. Los dos me ayudaron sin tener por qué hacerlo.
Los miré a ambos, con el corazón latiendo rápido—. Leo, tú me encontraste en medio del bosque, cuando ni yo sabía si seguiría vivo. Me cuidaste durante días, me diste comida, me trajiste aquí. Y usted —miré al médico—, me curó, me dio un lugar donde dormir, y ni siquiera me cobró nada.
Ellos no dijeron nada. Solo me miraban, atentos, como si temieran lo que vendría después.
—No quiero ser una carga para ninguno de los dos —continué—. Ya los puse en peligro sin querer. No sé quién me busca, ni por qué, pero si siguen conmigo… tal vez terminen como Mary y su hijo.
Mi voz se quebró un poco al decir sus nombres. El médico bajó la mirada, y Leo apretó los puños sobre sus rodillas.
—Por eso… —respiré hondo—. He decidido irme.
El médico levantó la cabeza.
—¿Irte?
Asentí.
—Sí. No recuerdo dónde está mi casa, pero sé que tengo que intentarlo. No puedo quedarme aquí esperando a que algo malo pase otra vez.
Bajé la mirada, mis manos temblaban—. Pero… sí necesito su ayuda. No puedo hacerlo del todo solo. No con mi pierna todavía débil… ni sin saber cómo sobrevivir fuera del pueblo.
Leo se recargó en la silla, sorprendido.
—Hablas como si tuvieras treinta años, chico —dijo con una risa nerviosa—.
El médico, sin embargo, sonrió levemente, como si mis palabras le hubieran dolido y, al mismo tiempo, lo hubieran hecho sentir orgulloso.
—Jamás esperé escuchar algo así de un niño de tu edad… —murmuró.
Leo asintió, cruzando los brazos.
—Sí. Y tampoco voy a dejar que te vayas así como así, sin nada.
—¿De verdad… me van a ayudar? —pregunté, con una mezcla de alivio y duda.
El médico sonrió de lado, y metió la mano en el bolsillo de su bata.
—Por supuesto. De hecho, ya estuvimos preparando algo.
Saqué las manos de la manta, curioso.
El médico se acercó y, con cuidado, colocó algo brillante en la mesa frente a mí: un colgante con un cristal marrón incrustado en un aro de metal.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Una herramienta mágica —respondió el médico, con un leve orgullo en la voz—. Estuve trabajando en ella los últimos días. No es un artefacto muy complejo, pero sí… peculiar. Este cristal tiene una propiedad que reacciona con la energía vital del portador. Al activarse, altera ligeramente tu aspecto físico.
Fruncí el ceño.
—¿Altera… mi aspecto?
Leo sonrió.
—En pocas palabras, chico: nadie va a reconocerte.
El médico se inclinó hacia mí.
—No necesitas mana para usarlo. Solo debes tocarlo. El cristal reaccionará a tu cuerpo por sí mismo.
Lo tomé entre mis manos. Estaba tibio, como si hubiera estado al sol.
El médico me hizo un gesto.
—Póntelo.
Obedecí. El metal estaba frío al principio, pero en cuanto rozó mi piel, un calor extraño recorrió todo mi cuerpo.
Sentí una comezón en el cuero cabelludo, y mis ojos ardieron, como si algo dentro de ellos cambiara de color.
Me llevé una mano a la cabeza, confundido.
—Se siente… raro.
El médico me pasó un pequeño espejo.
—Mírate.
Lo tomé con cuidado, y cuando vi el reflejo, por poco no lo solté.
Seguía siendo yo, pero no del todo. Mis rasgos eran distintos: el color de mi cabello había pasado a un castaño oscuro, mis ojos ahora eran negros, y hasta mi piel parecía un poco más tostada.
—No… no me reconozco —murmuré.
Leo soltó una carcajada suave.
—Ese es el punto, chico.
El médico asintió.
—Mientras lleves ese colgante, nadie sabrá quién eres. No podrán relacionarte con el niño que fue atacado en el bosque.
Apreté el cristal entre mis dedos.
Por primera vez, sentí que tenía una oportunidad.
—Gracias… —dije, y mi voz tembló—. De verdad, gracias.
Leo se levantó y me dio una palmada en el hombro.
—Aún no nos agradezcas. Falta lo más importante: prepararte para el viaje.
El médico sonrió, cruzando los brazos.
—Y créeme, Neyreth… no te dejaremos ir con las manos vacías.
***
Los dos días siguientes pasaron en un torbellino de entrenamiento y preparación. Cada hora parecía multiplicarse por diez, y yo sentía cómo mi cuerpo y mente se adaptaban a cosas que antes jamás hubiera imaginado.
La mañana del segundo día, Leo me llevó a un claro amplio, donde había varios caballos paciendo tranquilamente.
—Hoy vas a aprender a montar —dijo con una sonrisa confiada—. No te preocupes, no se trata de galopar de inmediato, primero solo aprenderás a sentir el caballo, cómo sentarte, cómo mantener el equilibrio.
Observé a uno de sus hombres acercarse con un caballo marrón, musculoso y calmado.
—¿Eso no es demasiado grande para mí? —pregunté, temblando un poco—.
Leo rió.
—El tamaño no importa tanto como cómo te mueves con él. Confía en el animal. Y confía en ti.
Me acercaron, y mientras me subía, uno de los ayudantes me sujetó por la cintura. Al sentir los músculos del caballo moverse bajo mí, un vértigo extraño me recorrió, pero pronto descubrí que, de algún modo, podía mantenerme firme.
—Muy bien, eso es —dijo Leo mientras me soltaba lentamente—. Ahora respira y siente sus pasos. Siente cómo se mueve y acompáñalo.
Montar a caballo era más fácil de lo que imaginé. Mis pies encontraban apoyo, mi cuerpo se balanceaba con el movimiento natural del animal, y pronto incluso pude dar pequeños pasos, luego trotes cortos.
—Eso… eso es muy rápido para mí —dije entre risas nerviosas—.
—Tienes instinto —respondió Leo—. Solo necesitas practicar un poco más y serás capaz de galopar sin miedo.
Después del entrenamiento con los caballos, me llevaron a otro espacio para aprender defensa personal.
—Dos cosas importantes —me explicó uno de los hombres de Leo—: tus dagas no son juguetes, y tu cuerpo es tu mejor arma. Si logras moverlo rápido y pensar un paso adelante, podrás sobrevivir.
Me entregaron un par de dagas, y al sentir el peso en mis manos, me sorprendí. No era demasiado pesado, pero sí lo suficiente para que tuviera que concentrarme en la fuerza y el agarre.
—Siente cómo se adapta a tu mano —dijo el instructor—. No intentes pelear con fuerza bruta, usa la velocidad y precisión.
Durante horas me enseñaron movimientos básicos: cómo bloquear un golpe, cómo deslizarme hacia atrás, cómo apuntar y lanzar las dagas sin perder equilibrio. Al principio fallé muchas veces, pero con cada intento, mi coordinación mejoraba.
—Bien, bien… —dijo Leo al observarme—. Tienes reflejos rápidos. Solo recuerda mantener la calma.
Cuando caía la tarde, me llevaron al bosque cercano, donde aprendí sobre comida y plantas.
—Mira esto —dijo un aprendiz de Leo—. Esto es comestible, pero eso allá es venenoso. Reconócelos por el color de las hojas y la textura. Por ejemplo, este verde brillante es seguro, pero esas raíces oscuras son mortales.
—¿Y si no estoy seguro? —pregunté, observando cuidadosamente—.
—Nunca comas algo que no reconozcas —dijo Leo—. Es preferible morir de hambre que por un error tonto.
Luego pasaron a enseñarme sobre animales y serpientes.
—Si ves una serpiente con ojos rojos y cuerpo oscuro, aléjate —dijo uno de los hombres—. No todas son mortales, pero algunas muerden si te acercas. Y este arbusto no solo tiene frutas comestibles, también es hogar de criaturas pequeñas pero agresivas.
—¿Cómo sé cuál es segura? —pregunté, atento a cada señal—.
—Aprendes con la práctica —respondió el instructor—. Mira su comportamiento. Si se aleja, no hay problema. Si se mueve agresivamente, da la vuelta y sigue tu camino.
Mientras tanto, el médico me preparaba con lo esencial. Traía una mochila llena de posiones curativas, ungüentos, vendas y otros elementos que podrían salvarme la vida en caso de accidente.
—Esto es básico —me dijo mientras organizaba todo—. No necesitas magia para usarlos, incluso si no eres un mago. Son útiles para cualquier herida, quemadura o corte que puedas sufrir en el camino.
—¿Esto es suficiente? —pregunté, señalando la mochila llena de cosas—.
—Para empezar —respondió el médico—. Con esto y tu entrenamiento, puedes sobrevivir. Pero la verdadera prueba será cómo aplicas todo en la vida real.
Leo asintió, colocándose a mi lado.
—Y recuerda algo muy importante, Neyreth. No estamos aquí para sostenerte todo el tiempo. Estamos para darte herramientas, entrenamiento y protección hasta donde podamos. Después… tú decides cómo enfrentarte al mundo.
Miré la mochila, las dagas, los caballos, y luego a ellos.
—Gracias… de verdad. Todo esto significa mucho para mí.
El médico sonrió, mientras Leo me daba una palmada en la espalda.
—No hay de qué. Solo asegúrate de usarlo bien y de mantenerte con vida. Esa es la prioridad.
En ese momento, sentí una mezcla de miedo y determinación. Todo lo que habían hecho por mí era real, tangible, y dependía de mí aprovecharlo para sobrevivir. Por primera vez, no solo sentía que podía escapar… sino que tenía las herramientas para enfrentar lo que viniera.
—Está bien —dije, apretando la mochila contra mi pecho—. Estoy listo para intentarlo.
Leo y el médico intercambiaron una mirada breve.
—Eso esperamos —dijo Leo—. Porque afuera, Neyreth, no hay margen para el error.
Yo asentí, sintiendo el peso de sus palabras y, al mismo tiempo, el fuego de mi determinación crecer dentro de mí.
***
El día que debía despedirme de Leo y su gente llegó demasiado rápido. Habíamos pasado una semana viajando desde el pueblo donde me habían cuidado, y cada día había sido un torbellino de entrenamiento, aprendizaje y pequeñas aventuras que me habían enseñado a sobrevivir. Ahora, de pie frente a ellos, con el caballo listo para mi partida, sentí una mezcla de gratitud y nerviosismo que no sabía cómo manejar.
—Neyreth… —comenzó Leo, con su tono serio pero cargado de un dejo de preocupación—. Ya estás listo. Todo lo que pudimos enseñarte, todo lo que llevas contigo… úsalo con cabeza. No subestimes nada.
Asentí, tratando de que mi voz no temblara demasiado.
—Lo sé, Leo. Gracias por todo. No estaría aquí sin ustedes.
Una de las personas de su grupo se acercó, entregándome una bolsa con provisiones y una pequeña cantidad de monedas.
—Aquí tienes algo para el camino —dijo—. Pan, agua, y algo de comida seca. No sabemos cuánto tiempo estarás en movimiento, así que cuídalo bien.
—Lo haré, gracias —dije, apretando la bolsa contra mi pecho.
El médico, que había viajado con nosotros hasta este pueblo, dio un paso adelante y me miró fijamente.
—Neyreth… —sus palabras eran firmes, pero había un brillo cálido en sus ojos—. Recuerda lo que te enseñamos con la mochila y el colgante. Tu aspecto puede cambiar, pero no olvides quién eres. No confíes ciegamente en nadie, y si sientes que estás en peligro, huye primero. Sobrevivir es la prioridad.
—Lo prometo, médico. No pelearé si no es necesario. Primero regresaré con vida y en una sola pieza —dije, con firmeza, aunque sentía cómo un nudo se formaba en mi garganta.
Leo dio un paso al frente y colocó una mano sobre mi hombro.
—Y recuerda algo más —dijo—. Esa gente que te busca, aunque no te vean, podría aparecer en cualquier momento. Con el colgante tu aspecto cambia, pero no los subestimes. Corre si es necesario, lucha solo si no hay otra opción. Nadie quiere que termines como los demás que te atacaron. ¿Lo entiendes?
—Sí, lo entiendo —respondí—. No me dejaré atrapar. Primero llegaré a mi familia, y luego ya veremos lo demás.
Una de las mujeres del grupo, que me había enseñado defensa y supervivencia, se inclinó y me dijo:
—Si logras sobrevivir a esto y reencontrarte con tu familia, quizás algún día puedas regresar y agradecernos. Pero mientras tanto… sigue tus instintos. Confía en lo que te enseñamos.
Asentí, apretando el colgante sobre mi pecho, sintiendo cómo un calor ligero recorría mi cuerpo. Era extraño, pero me daba confianza. Miré a todos a mi alrededor: Leo, el médico, los demás. Cada uno de ellos había invertido tiempo y esfuerzo en mí, en un niño perdido, sin preguntar nada a cambio. Y ahora me dejaban ir solo, confiando en que podía sobrevivir.
—Gracias… a todos. En serio. No lo olvidaré —dije, con voz firme pero con una emoción que apenas podía contener—. Si logro encontrar a mi familia y resolver todo, espero poder regresar para verlos de nuevo y decirles cuánto hicieron por mí.
Leo sonrió, aunque sus ojos reflejaban preocupación.
—Entonces ve. Y recuerda: primero tu vida. Todo lo demás viene después.
Monté al caballo, sintiendo cómo mis piernas se ajustaban al movimiento del animal. Lo miré una vez más, respirando hondo.
—Está bien… —susurré para mí mismo—. Esto es solo el comienzo.
El viento me golpeaba la cara mientras comenzábamos a avanzar por el camino que nos alejaba del pueblo. Miré hacia atrás una última vez y vi las figuras de Leo, el médico y su gente, observándome hasta que la distancia los hizo pequeños puntos en el horizonte.
—Debo… debo llegar a casa —dije, más para mí mismo que para alguien más—. No importa lo que pase, no importa cuánto tiempo lleve… debo hacerlo.
El viaje por delante sería largo. Estaba en el oeste, semanas lejos del noreste donde Mary y su hijo me habían encontrado. Aún más lejos de donde podría estar mi familia, y faltaban meses antes de que el invierno volviera a golpear con fuerza. Pero sentía que esta temporada era perfecta: podía moverme libremente con mi aspecto cambiado, y aunque mi mana seguía sellado, podía sobrevivir con lo que había aprendido y lo que me habían dado.
