[Eiren]
Corría.
Corría como nunca lo había hecho en mi vida.
El barro se pegaba a mis piernas desnudas, el agua helada me cortaba los tobillos y cada vez que mis pies tocaban el suelo, resbalaban y me hacían tropezar. Pero no podía detenerme. No podía darme ese lujo. Tenía que escapar… tenía que volver a casa.
El bosque se extendía oscuro frente a mí, los árboles torcidos y cubiertos de lluvia parecían cerrarse a cada paso que daba. El viento silbaba entre las ramas, mezclándose con el sonido de mis respiraciones cortas y desesperadas. Mi corazón latía tan fuerte que creí que los hombres que me perseguían podrían oírlo incluso sobre la tormenta.
Mary… y su hijo…
Ellos se quedaron atrás.
Dijeron que distraerían a los hombres para darme tiempo.
Les supliqué que huyeran conmigo, pero la anciana solo me empujó hacia el bosque, con esa fuerza que no debería tener alguien de su edad, y gritó:
—¡Corre, niño! ¡No te detengas, pase lo que pase!
Y lo hice.
Mis piernas me dolían. A cada paso, el dolor en mi pierna derecha —la misma que me había lastimado en la caída del acantilado— me recordaba lo débil que era. Mi cuerpo pequeño, mi pecho ardiendo con cada inhalación. No podía más. Pero tenía que seguir.
No entendía nada.
¿Por qué me querían a mí?
¿Por qué atacaron a mi madre?
¿Por qué esos hombres, con sus túnicas rojas y esas sonrisas retorcidas, habían perseguido a alguien como nosotros?
El recuerdo del rostro de mi madre me golpeó como un relámpago: sus ojos pálidos, fríos como el hielo, pero llenos de miedo cuando me gritó que no la soltara. Ese grito… aún lo escuchaba en mi cabeza.
Me llevé una mano al pecho, apretando la tela empapada de mi camisa. Sentía el peso de la mochila con la poca comida que Mary me había dado, pan duro y carne seca. Ella sabía que no me duraría mucho, pero me lo dio igual. "Lo suficiente para llegar a un lugar seguro", me dijo. Pero ¿dónde quedaba ese lugar?
La lluvia no paraba. El frío se filtraba en mis huesos. Cada paso era un suplicio. Intenté concentrarme, hacer lo que mamá me enseñó.
"Respira, siente el flujo, deja que el mana responda."
Pero… no pasaba nada.
—Vamos… vamos… —susurré, intentando forzar mi respiración, mirando mis manos.
El aire vibró débilmente, una chispa apenas perceptible de luz azul, pero desapareció enseguida. Sentí el agotamiento recorrerme como una oleada. Era cierto lo que esos hombres dijeron. Ese maldito hechizo… me lo lanzaron a mí. Sellaron mi mana.
Ya no era más que un niño común.
Un niño débil, cansado, empapado, y perseguido por magos que podían aplastarme con un solo hechizo.
Mis rodillas cedieron, cayendo al barro. El golpe me arrancó el aire. Tosí, escupiendo agua y tierra.
Miré hacia atrás.
Nada.
Solo oscuridad. Pero podía sentirlos. Estaban ahí.
Buscándome.
Intenté levantarme, pero mis piernas temblaban. Mis dedos se hundieron en la tierra, empapados de lodo. La lluvia me golpeaba la cara, me quemaba los ojos.
—Mamá… —murmuré entre dientes—. Dónde estás…
El miedo me apretaba el pecho.
No sabía si estaba viva.
No sabía si volvería a verla.
Solo sabía que tenía que seguir.
Me obligué a ponerme de pie.
Un trueno iluminó el bosque durante un segundo, y en ese instante vi las sombras moverse entre los árboles.
—¡Ahí está! —gritó una voz masculina a lo lejos.
El sonido de ramas rompiéndose.
De botas golpeando el barro.
De risas.
Mi corazón dio un vuelco.
Y corrí otra vez.
Corrí aunque mis pulmones ardían y mis pies sangraban. Corrí aunque sabía que, sin mana, no podía escapar de ellos por mucho tiempo.
Pero no iba a rendirme.
No después de lo que mamá sacrificó por mí.
No después de lo que Mary y su hijo hicieron para darme esta oportunidad.
El bosque se abría frente a mí, y la luna apenas se filtraba entre las nubes. A lo lejos, juraría haber visto una luz.
Una cabaña, o un fuego. No sabía qué era, pero era mejor que quedarme quieto.
—¡Ayuda! —grité con todas mis fuerzas hacia la tenue luz que se veía entre los árboles—. ¡Por favor, alguien, ayúdenme!
La voz se perdió en el rugido de la tormenta. No sabía si alguien podía oírme… o si solo hablaba al vacío. Pero aun así lo intenté de nuevo, una, dos, tres veces, hasta que mis gritos se mezclaron con el sonido de los truenos.
Y entonces… los escuché.
—¡Ahí está el niño! —una voz masculina, fuerte, cortó el ruido de la lluvia como un cuchillo.
—¡No dejen que escape esta vez! —otro gritó, más cerca.
Me giré con el corazón latiendo como un tambor. Mis pies se resbalaron en una rama cubierta de lodo, y caí con fuerza, sintiendo cómo el aire me abandonaba. Intenté levantarme, pero el dolor en mi pierna me paralizó. Aun así, grité de nuevo, desesperado.
—¡Ayuda! ¡Por favor! ¡Que alguien me ayude!
Una luz cegadora explotó detrás de mí, y un estallido me lanzó por los aires. Sentí cómo mi cuerpo volaba, golpeando ramas y cayendo con un ruido sordo contra el suelo empapado. El lodo se mezcló con mi sangre, y el sonido de pasos se acercó. Voces burlonas.
—Por fin… —dijo uno de ellos, con una risa áspera—. Nos tomó semanas encontrarte, pequeño bastardo.
—Una lástima que esa anciana y su hijo murieran por protegerte. Fueron tercos hasta el final.
El mundo se detuvo.
Mi mente se vació.
Mary…
Su hijo…
No… no podía ser.
Mis manos temblaban. Sentí un zumbido en los oídos, como si mi cabeza fuera a estallar. Todo se volvió borroso, y el aire… el aire se volvió pesado, helado.
—Por mi culpa… —susurré, apenas con voz.
Un temblor recorrió mi cuerpo. Primero fue el frío. Luego, el ardor. Como si dos fuerzas opuestas intentaran desgarrarme desde dentro. El miedo se mezcló con algo más oscuro: una furia primitiva, un dolor que quemaba y congelaba al mismo tiempo.
—Ustedes… —mi voz tembló, entre sollozos y odio—. ¡Son unos malditos!
El suelo a mi alrededor comenzó a crujir. Las gotas de lluvia que caían cerca se congelaban antes de tocarme. Sentí que algo se agitaba dentro de mí, un poder que nunca había sentido antes, como si el hielo en mis venas despertara por primera vez.
—¡Malditos sean…! —grité, y un rugido, que no parecía humano, salió de mi garganta.
La tierra explotó en escarcha y viento helado. Todo se volvió blanco. El aire se cortó como cuchillas. Y en un instante, todo se apagó.
Silencio.
Ni el trueno, ni la lluvia.
Solo el eco de mi propio grito perdido entre la nieve que acababa de nacer.
****
Sentí como si mi cuerpo hubiera saltado y caído al mismo tiempo, una sensación confusa que me revolvió el estómago. Todo giraba. El suelo parecía moverse bajo mí, y por un momento creí que seguía soñando, que aún estaba en medio del bosque corriendo por mi vida. Pero no… algo era distinto.
Intenté abrir los ojos, pero apenas logré entrecerrarlos antes de que una punzada de luz me cegara. Dolía. La claridad era tan fuerte que tuve que cerrarlos de nuevo, apretando los párpados mientras mi respiración se volvía inestable. Esperé unos segundos, respirando despacio, y volví a intentarlo. Esta vez, solo un hilo de luz se filtró, y poco a poco las sombras y figuras empezaron a tomar forma.
Sentí un salto repentino. Mi cuerpo se elevó un instante y luego cayó, haciendo que mi estómago se encogiera. Algo traqueteaba, vibrando con cada movimiento. Mis oídos zumbaban todavía, un pitido agudo que me nublaba la cabeza, pero poco a poco, el sonido de ruedas, de madera crujiendo, de piedras siendo aplastadas por algo pesado, comenzó a hacerse más claro.
Parpadeé varias veces hasta que pude enfocar. Sobre mí, una lona gastada, húmeda, que se movía con el viento. A los lados, sombras de cajas apiladas, barriles y sogas. El olor a madera mojada, hierro y tierra se mezclaba en el aire.
—¿D… dónde…? —Intenté hablar, pero lo único que salió fue un murmullo ronco. Mi garganta ardía. Tosí con fuerza, sintiendo cómo el dolor recorría mi pecho.
Mi cuerpo se agitó un poco por el esfuerzo y traté de incorporarme, pero el simple intento hizo que todo me diera vueltas. Caí hacia atrás, jadeando. Algo suave amortiguó mi cabeza. Una almohada. Y una manta cálida cubría mi cuerpo, contrastando con el frío constante que había sentido hasta ese momento.
El movimiento bajo mí se detuvo de pronto. Todo el traqueteo cesó. Escuché voces al frente.
—¿Oyeron eso? —dijo una voz masculina, algo grave y ronca.
—¿Qué pasa? —preguntó otra, más joven.
Un silencio breve, y luego…
—¡Miren! ¡El niño despertó!
Los pasos resonaron sobre la madera. Sentí la vibración acercarse. Mis ojos apenas lograban enfocar del todo, viendo figuras moverse al otro extremo del carro. Una silueta grande se asomó por la lona, apartándola un poco. La luz del exterior volvió a cegarnos por un instante.
—Por los dioses… sí que estás vivo, mocoso —dijo el hombre con una mezcla de alivio y sorpresa, su voz sonaba gastada, con un acento fuerte—. Pensé que no lo contarías.
Intenté responder, pero solo pude emitir un suspiro débil. Mis labios temblaban, secos, y la garganta dolía con cada intento de palabra.
El hombre se giró hacia alguien fuera de la carreta.
—¡Tráiganle agua! —ordenó.
Otra voz respondió desde lejos, y escuché el chapoteo de alguien bajando del carro. Luego, el hombre me miró de nuevo. Su rostro era tosco, curtido por el sol y el trabajo, pero sus ojos mostraban un dejo de preocupación.
—Tranquilo, pequeño. No intentes hablar aún. Estás a salvo, ¿entiendes? —dijo mientras se acercaba, colocándome una mano firme pero cuidadosa sobre el hombro—. Te encontramos tirado en medio del camino, empapado y con fiebre.
Mis ojos se abrieron un poco más, intentando recordar… pero todo lo que vino fue el sonido de explosiones, fuego y una neblina blanca de escarcha cubriéndolo todo.
—Yo… —intenté decir, pero la voz no me salió.
El hombre negó con la cabeza.
—No te esfuerces. Primero, bebe un poco. Luego hablaremos.
Sentí cómo una cantimplora fría rozó mis labios, el agua entrando poco a poco, aliviando el ardor de mi garganta. Cada trago dolía, pero también me hacía sentir más… presente.
Cuando terminé, el hombre suspiró, mirando por la abertura del carro hacia el camino lodoso que seguía más allá.
—Vaya suerte tienes, niño… —dijo en voz baja—. Pocos sobreviven a una noche así, y mucho menos con esas heridas.
Tragué saliva, mi garganta seguía seca incluso después del agua. El sabor metálico del aire, el olor a madera húmeda y tierra mojada llenaban mi cabeza. La voz de aquel hombre resonaba como un eco a medio camino entre sueño y realidad.
Me costaba hablar, pero lo intenté igual.
—¿Cuánto… cuánto tiempo estuve dormido? —pregunté con un hilo de voz, áspero, tembloroso.
El hombre me miró desde el otro extremo de la carreta. Su rostro tenía una expresión entre alivio y fatiga.
—Casi una semana —dijo, cruzando los brazos—. Como te dije hace un momento, te encontramos tirado en el camino, inconsciente, ardiendo en fiebre.
Se detuvo un segundo, como si recordara algo.
—Nosotros estábamos acampando en el bosque cuando pasó. Escuchamos explosiones en la distancia, y luego… un frío tan intenso que congeló la tienda desde afuera. Nunca había sentido algo así. Cuando salimos a ver, el suelo entero estaba cubierto de escarcha, y ahí estabas tú.
Lo miré, intentando comprender. Mi mente trataba de hilar lo último que recordaba, pero era como si los recuerdos fueran trozos rotos de hielo.
—¿Y… los hombres? —pregunté, mi voz se quebró un poco—. ¿Había… alguien más conmigo?
El hombre negó despacio.
—No. Solo hielo —dijo con voz grave—. Todo el bosque estaba congelado. Árboles, rocas… hasta el río. Pero no había nadie más.
Me quedé en silencio unos segundos. El aire se me atascó en el pecho. Sentí un nudo en la garganta, y de pronto, las lágrimas comenzaron a salir solas.
—Ellos… —balbuceé, apretando las sábanas con las manos—. Ellos me perseguían… querían matarme. Ya nos habían atacado antes… a mí y a mi mamá…
Mi voz se quebró de nuevo, y el hombre se quedó quieto, observándome sin interrumpir.
—Caí por un acantilado —seguí hablando, sollozando—. No sé si ella sigue viva… no sé si sabe que yo lo estoy…
Las palabras me dolían más que las heridas.
—Una anciana… y su hijo… me ayudaron —dije entre lágrimas—. Me cuidaron… por dos semanas… pero esos hombres regresaron… y los mataron.
El hombre apretó la mandíbula, desviando la mirada un momento.
—Dioses… —murmuró, bajando la cabeza.
Yo seguí hablando, con la voz cada vez más ahogada.
—Tuve que correr… no podía quedarme… y me encontraron otra vez… No recuerdo qué pasó después. Solo… sentí miedo… y enojo… y después… —me llevé una mano al pecho, temblando— todo se volvió negro.
El hombre se acercó despacio, se agachó a mi lado y me puso una mano en el hombro. Su tono fue suave, pero firme.
—Ya está, niño… —dijo—. No tienes que seguir si duele recordarlo.
Sacó un trozo de tela limpia y me la tendió.
—Lo que sea que te pasó, ya no está aquí. Estás vivo, ¿entiendes? Y mientras viajes con nosotros, nadie te va a tocar un pelo.
Me limpié las lágrimas con la tela, aunque mis manos aún temblaban.
El médico se sentó frente a mí, con la calma de quien ha visto cosas demasiado extrañas para sorprenderse fácilmente. Puso su cuaderno sobre la mesa, tomó una pluma, y con la misma serenidad con la que uno observa el fuego de una chimenea, me miró.
—Bien, niño —dijo suavemente—. Dijiste que este sello te lo pusieron durante un ataque, ¿verdad? ¿Podrías contarme exactamente cómo ocurrió?
Tomé aire. No sabía si quería recordarlo, pero ya había dormido demasiado tiempo con esas imágenes en mi cabeza. Bajé la mirada y hablé despacio.
—Fue de noche… Llovía mucho —empecé, sintiendo el peso del recuerdo presionar mi pecho—. Estábamos en un carruaje… mi madre, unos soldados y yo. Hubo una explosión… los hombres con túnicas rojas nos atacaron. Ella… mi mamá luchaba para protegerme.
El médico asentía, sin interrumpirme.
—Uno de ellos… apareció detrás de ella. Iba a lanzarle algo, un hechizo, no sé cuál. Yo solo… me moví sin pensar. Me interpuse —seguí, tragando saliva—. Sentí como si algo me atravesara, como fuego y hielo al mismo tiempo. Luego caí.
El médico detuvo su escritura y alzó la vista.
—¿Y recuerdas qué dijo el hombre que lanzó ese hechizo? —preguntó con tono neutro, pero atento.
Asentí lentamente.
—Sí… uno de ellos dijo que ese hechizo no era para mí… sino para ella. Que… era un hechizo de sellado. Pero no sé por qué.
El silencio que siguió fue espeso. Solo se escuchaba la lluvia golpeando el techo y el sonido de la pluma del médico cuando volvió a anotar algo.
—Entonces tú recibiste un hechizo que no estaba destinado a ti —murmuró el médico, pensativo—. Eso explicaría por qué tu cuerpo lo está resistiendo. No fue diseñado para tu estructura de maná… sino para otra persona.
—¿Mi madre? —pregunté con un hilo de voz.
—Exacto —respondió él—. Pero eso también hace más difícil quitarlo. Porque el sello está… desajustado, por decirlo así. No lo sostiene bien, y cualquier intento de romperlo podría dañar tus propios canales de maná.
Me quedé en silencio, con la mirada perdida en mis manos.
—Yo solo quería protegerla… —dije, sintiendo que las palabras dolían al salir—. Si no me hubiera movido…
El médico me interrumpió con voz firme pero amable.
—No digas eso. Hiciste lo que cualquier hijo haría. Nadie puede culparte por eso.
Sus palabras me hicieron sentir un poco de calor, aunque no calmaban del todo el vacío que sentía.
—Necesito regresar —dije de pronto, alzando la mirada hacia él—. A casa. Mi madre… debe estar esperándome. No sé dónde está, pero tengo que volver.
El médico frunció el ceño ligeramente.
—¿Dónde queda tu casa? —preguntó, preparando su pluma otra vez.
Abrí la boca para responder. Era una pregunta sencilla, pero las palabras no salieron.
—Yo… —intenté de nuevo, presionando la frente con la mano—. No lo sé… no… no lo recuerdo.
El médico bajó la pluma y me observó con un brillo de comprensión en los ojos.
—¿No recuerdas en qué región o reino vivías?
Negué lentamente.
—Solo… un jardín. Y… flores… y risas. Eso es todo lo que veo cuando intento recordarlo.
—Eso suena a un recuerdo de la infancia —dijo el médico en voz baja—. Tal vez el trauma del sello afectó tu memoria.
Apreté las sábanas entre mis manos, frustrado.
—Pero sé que tengo que volver… sé que hay alguien esperándome…
El médico suspiró, cerrando su cuaderno.
—Podemos intentar ayudarte, pero necesitas descansar primero. Si forzamos tu mente o tu maná, solo empeorará el bloqueo.
—¿Y tu apellido? —preguntó Leo, que había estado escuchando desde la puerta—. ¿Recuerdas tu apellido, chico?
Me giré hacia él, con un pequeño nudo en la garganta.
—Me llamo… Neyreth… —dije despacio, intentando recordar—. Neyreth…
Esperé a que la palabra viniera a mí, pero solo escuché silencio. Un vacío donde debería haber habido algo más.
—No… —murmuré al final, bajando la cabeza—. No lo recuerdo tampoco.
Leo cruzó los brazos, suspirando.
—Bueno, al menos tenemos un nombre —dijo con una sonrisa forzada—. Es un comienzo, ¿no?
El médico asintió.
—Sí. Lo demás llegará con el tiempo… o cuando el sello se debilite. A veces, los recuerdos quedan atrapados igual que el maná.
Me quedé mirando la llama tenue de una lámpara cercana.
**
El olor de las hierbas calientes todavía flotaba en la habitación cuando abrí los ojos por segunda vez ese día. Afuera, el viento soplaba entre las rendijas de la madera, y el fuego de la chimenea lanzaba destellos naranjas contra las paredes.
Había dormido unas horas más, y aunque el cuerpo me dolía menos, aún sentía el cansancio como si pesara dentro de mis huesos. En la mesa cercana, el médico mezclaba unas botellas y frascos con precisión casi ritual.
—¿Cómo te sientes? —preguntó sin mirarme, moviendo un mortero.
—Un poco… más liviano —respondí con voz ronca.
Me giré lentamente en la cama, viendo que en la silla de al lado había un plato vacío. Recordé que había comido hace poco, aunque el sabor todavía lo tenía en la boca: pan duro, sopa tibia, y algo de fruta.
El médico dejó el mortero a un lado, se secó las manos en un paño y se acercó a mi cama con su expresión seria pero cansada.
—Eso es bueno. Tu cuerpo necesitaba energía después de tanto desgaste.
Asentí, mirando el vendaje que rodeaba mi brazo.
—¿Y… el sello? —pregunté, aunque ya temía la respuesta.
El médico guardó silencio unos segundos, como si buscara las palabras adecuadas. Luego, suspiró.
—Siento decirte esto, Neyreth, pero no encontré nada que me permita deshacerlo.
Lo miré, confundido.
—¿Nada…?
—Nada —repitió, con tono firme pero compasivo—. He buscado en todos mis registros, en viejos libros de magia curativa y en sellos mágicos… pero lo que tienes no aparece en ninguno. No es un hechizo común, por lo que no hay información para deshacerlo.
Apreté las sábanas entre mis dedos.
—Entonces… ¿qué se supone que haga? ¿Voy a quedarme así para siempre?
—No necesariamente —respondió, cruzando los brazos—. Verás, este hechizo no fue preparado para ti. Eso podría jugar a tu favor. Hay una posibilidad de que, al no estar en sintonía con tu maná, el sello se desestabilice con el tiempo y se deshabilite por sí solo.
Lo miré, incrédulo.
—¿Con el tiempo? ¿Cuánto?
El médico negó con la cabeza.
—No lo sé. Podrían ser meses… o años. Tal vez días, si tienes suerte. Pero intentar quitarlo a la fuerza sería peor. Si lo hacemos, el sello podría reaccionar y dañar tus canales de maná de forma permanente.
Me llevé una mano al pecho, justo donde había sentido el impacto del hechizo.
—Entonces… no puedo hacer nada.
—Por ahora, no —dijo con voz suave—. Pero escucha: el sello no es físico. No está en tu piel, sino en tu flujo interno de maná. No puedo tocarlo, ni tú tampoco. Lo único que puedes hacer es esperar.
Esperar.
Esa palabra pesó más que cualquier vendaje o dolor.
—Tampoco podrás usar tu maná —continuó el médico, bajando la mirada hacia una hoja de notas—. Lo he comprobado. Tu circuito está completamente bloqueado. No hay respuesta alguna, ni siquiera un flujo mínimo.
Me quedé callado. Sabía lo que eso significaba. Sin maná… no había magia.
—Pero… —dijo de pronto, mirando de reojo su cuaderno—. Noté algo curioso en ti. Apenas despertaste, hubo una pequeña liberación de energía. Me contaron que tu magia se desató sola, sin control, cuando sentiste miedo y desesperación.
Asentí lentamente.
—Sí. No sabía lo que hacía. Solo… quería protegerme.
El médico sonrió con cierta tristeza.
—Eso es lo que suele pasar cuando un mago está al borde de su límite. No fue un "despertar" natural, como solemos llamar al primer uso consciente del maná, sino una reacción emocional. Una defensa inconsciente.
—Entonces… ¿ni siquiera fue mi verdadero despertar? —pregunté, con amargura.
—No —respondió con honestidad—. Pero no por eso deja de ser importante. Significa que el maná dentro de ti sigue existiendo, aunque esté sellado. Eso quiere decir que, cuando el hechizo ceda… tu despertar real aún podría ocurrir.
Me quedé mirando mis manos, sintiendo un leve temblor en los dedos.
—Y hasta entonces… no puedo usar magia.
—Exacto —confirmó el médico, guardando sus notas—. Nada de magia, ni entrenamiento, ni intentos de forzar tu energía. Si lo haces, el sello podría reaccionar y dañar tu cuerpo. Por ahora, concéntrate en recuperarte.
Cerré los ojos un momento, respirando hondo.
—¿Y si nunca se rompe? —pregunté en voz baja.
El médico me observó con una calma que, en otro momento, habría confundido con frialdad.
—Entonces aprenderás a vivir con eso… —dijo, y luego, con una leve sonrisa—. Pero sinceramente, Neyreth, no creo que ese sea tu destino.
Sus palabras me dejaron pensando largo rato, incluso cuando se marchó y la habitación quedó solo con el sonido del viento.
No podía usar magia. No podía recordar mi hogar.
Pero aún tenía un nombre.
Y una promesa silenciosa: Que ese sello… algún día, lo rompería yo mismo.
