Cherreads

Chapter 33 - Capitulo 32

Liliana.

No pude evitar hacer una mueca cuando mi mamá presionó un poco más fuerte de lo necesario sobre mi costado. Estábamos dentro de una de las cabañas, el calor de la calefacción contrastando con el frío de afuera, y aun así sentía cómo la piel me ardía justo donde había golpeado al caer. Me crucé de brazos por reflejo, como si eso fuera a protegerme de sus manos, aunque sabía perfectamente que no iba a dejar de revisarme hasta estar segura de que no tenía nada serio.

—Te digo que solo es un moretón —insistí, intentando sonar más segura de lo que realmente me sentía—. Ni siquiera me duele tanto.

Mi mamá alzó una ceja sin dejar de presionar ligeramente, evaluando.

—Ahora no —respondió con calma, pero con ese tono que ya conocía—. En unas horas me vas a estar diciendo que no puedes ni moverte.

Rodé los ojos, dejándome caer un poco hacia atrás en la silla.

—Sí, bueno… eso será problema de mi yo del futuro.

—Liliana…

—¿Qué? —dije, levantando las manos en señal de rendición—. Estoy bien, de verdad.

Ella suspiró, pero no dejó de revisarme. Sus manos se movieron con cuidado ahora, más suaves, comprobando mis hombros, brazos, piernas. Sabía que no era solo por la caída… era por todo lo que había pasado allá arriba.

—De verdad me asustaste —murmuró, más bajo.

Mi expresión cambió un poco.

—Lo sé…

Hubo un pequeño silencio, pero no duró mucho.

—Pensé que sería buena idea —continuó ella, ahora incorporándose un poco mientras dejaba el botiquín a un lado—. Que tú y tus amigos hablaran con la familia Williams.

Levanté la mirada hacia ella.

—Sí… eso dijiste.

—Pero no creí que el chico fuera… —hizo una pausa, buscando la palabra—. tan reacio.

Solté una pequeña risa sin humor.

—¿Reacio? Mamá… eso es decirlo bonito.

Ella negó con la cabeza, sentándose frente a mí.

—Miranda me contó un poco… —añadió, bajando la voz, como si aún dentro de la cabaña fuera un tema delicado—. En confianza.

Eso llamó completamente mi atención.

—¿Qué te contó?

Mi mamá dudó un segundo, pero luego habló.

—Que Réen estuvo cautivo… durante años.

Fruncí el ceño.

—¿Años?

—Cuatro, según lo que le dijeron a ellos —respondió—. Cuatro años encerrado con otras personas… muchos eran niños como él.

Sentí un nudo ligero en el estómago.

—¿Niños…?

Ella asintió.

—Y no era solo estar encerrados. —Su expresión se volvió más seria—. Los estaban entrenando.

—¿Entrenando… para qué?

—Para pelear —respondió directamente—. Algo así como… guerrilleros.

El silencio se hizo pesado entre nosotras.

—Dice que si no obedecían… había castigos —continuó—. Y no especificó cuáles… pero… —negó levemente—. no creo que hayan sido leves.

Tragué saliva, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de afuera.

—Eso… explica muchas cosas.

—Sí.

Mi mamá entrelazó las manos, pensativa.

—Según lo que le contaron, un día… varios de ellos planearon escapar.

La miré fijamente, sin interrumpir.

—Y lo lograron… en parte. —Su voz bajó un poco más—. Pero los persiguieron. Como si fueran… —se detuvo—. animales.

Apreté un poco los labios.

—Muchos murieron en el intento —añadió—. Niños, adultos… de todas las edades.

El aire se sintió más pesado.

—Réen… —continuó—. fue herido varias veces. Incluso por un perro que iba tras él.

Bajé la mirada un segundo, procesando.

—Al final… según esa historia… solo quedaban él y una mujer.

Levanté la vista otra vez.

—¿La del bote?

Mi mamá asintió.

—Sí. Encontraron un bote y lograron escapar… pero ella no sobrevivió.

Hubo un silencio más largo esta vez.

—Murió mientras dormían —dijo finalmente—. Por las heridas… y el frío.

Me quedé completamente quieta.

—Y él… —continuó—. llegó solo a un pueblo donde lo ayudaron.

Exhalé despacio.

—¿Y ahí se quedó?

—Sí. Varios años, al parecer —respondió—. Hasta que un grupo militar llegó al lugar.

—Guillermo…

—Probablemente —asintió—. Y decidieron llevárselo con ellos.

Me recargué en el respaldo de la silla, pasando una mano por mi cabello.

—Eso… es mucho.

—Y eso es solo lo que saben —añadió ella, mirándome directamente—. O lo que él les contó.

La miré en silencio.

—Después de todo eso… —continuó—. es lógico que tenga traumas.

Solté una pequeña risa, incrédula.

—"Traumas" se queda corto.

Mi mamá no discutió eso.

—Lo sé.

Hubo un momento de silencio, pero esta vez era distinto… más cargado de pensamientos.

—Y nosotros ahí… —murmuré—. siguiéndolo por la montaña como si fuera cualquier cosa.

Ella suspiró.

—No teníamos toda la información.

—Aun así…

Negué con la cabeza.

—Ese tipo… —añadí, mirando hacia la ventana por un segundo—. no es como los demás.

—No —respondió mi mamá—. definitivamente no lo es.

Volví a mirarla.

—Y aun así… —dije lentamente—. quiere meterse a un lago congelado para "calmar su cabeza".

Mi mamá frunció ligeramente el ceño.

—Eso también me lo mencionaron… que el frío lo ayuda.

Solté aire por la nariz.

—Sí… bueno… ahora tiene más sentido… y menos al mismo tiempo.

Ella me observó con atención.

—¿A qué te refieres?

La miré unos segundos antes de responder.

—A que entiendo por qué está así… —dije—. pero no tengo idea de cómo ayudar a alguien que viene de algo así.

Mi mamá no se detuvo ahí. Después de unos segundos en silencio, como si estuviera decidiendo si debía seguir contándome más, volvió a acomodarse frente a mí y tomó aire con calma.

—Miranda también me contó algo más… —dijo, bajando un poco la voz, aunque estuviéramos solas en la cabaña—. Lo llevaron al hospital hace unos días. Le hicieron una revisión completa.

Levanté la mirada de inmediato.

—¿Y…?

Ella negó lentamente, como si ni siquiera supiera por dónde empezar.

—De milagro no tiene ninguna enfermedad grave —respondió—. Nada terminal, nada que ponga en riesgo inmediato su vida… pero…

Se quedó en silencio un segundo.

—Pero su cuerpo… —continuó—. está lleno de cicatrices.

Sentí cómo se me tensaban un poco los hombros.

—¿Qué tan…?

—Muchas —interrumpió con suavidad—. Demasiadas para alguien de su edad.

Tragué saliva.

—Y no solo eso —añadió—. Tiene fracturas mal sanadas. Huesos que… nunca volvieron a colocarse como debían.

Fruncí el ceño, procesando.

—¿Cómo que mal sanadas?

—Que se rompieron… y no se trataron correctamente —explicó—. O que los "arreglaron" como pudieron… sin médicos, sin equipo… sin nada.

Solté una pequeña exhalación.

—Eso… duele incluso solo de pensarlo.

Mi mamá asintió.

—Según le dijeron a Miranda… —continuó—. algunas de esas lesiones le limitan ciertos movimientos. No siempre es evidente… pero están ahí.

Me quedé mirando mis manos un momento.

—Y aun así… —murmuré—. se mueve como si nada.

—Porque está acostumbrado —respondió ella—. A vivir con dolor.

El silencio se volvió pesado otra vez.

—Después de eso… —añadió—. pensaron que tal vez estaba listo.

Levanté la mirada.

—¿Listo para qué?

—Para una reunión familiar completa.

No pude evitar soltar una risa corta, incrédula.

—¿En serio?

—Sí —respondió ella, con una expresión que dejaba claro que tampoco le parecía la mejor idea—. Al principio… todo fue bien.

—Claro… lo "ligero".

—Exacto. Conversaciones normales, preguntas simples… —hizo una pausa—. pero luego llegaron las preguntas difíciles.

Ya sabía hacia dónde iba eso.

—Y ahí… —continuó—. tuvo un episodio.

Mi cuerpo se tensó un poco.

—¿Qué tipo de episodio?

Mi mamá dudó un segundo, pero no evitó la respuesta.

—Fuerte.

El aire se sintió más pesado.

—Deliraba —añadió—. Decía cosas incoherentes… mezcladas con recuerdos.

Apreté ligeramente los labios.

—¿Qué tipo de cosas?

Ella me miró directamente.

—Que lo obligaban a hacer cosas.

No dije nada.

—Que… si no obedecía… lo mataban.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—Y… —hizo una pausa más larga esta vez—. que había sido obligado a matar.

Mi estómago se encogió.

—¿Matar…?

Mi mamá asintió lentamente.

—Sí.

El silencio se hizo más denso que antes.

—A personas —continuó—. y… según lo que dijo… también a niños.

Mis dedos se apretaron ligeramente sobre mis piernas.

—Niños… como él.

No supe qué decir.

De verdad no supe.

—Miranda no sabe qué tanto de eso es… literal —añadió—. o qué tanto es su mente mezclando cosas.

Solté una exhalación lenta.

—Pero aunque no lo sea completamente… —murmuré—. algo de eso sí es real.

—Eso cree ella también.

Mi mamá entrelazó las manos otra vez.

—Y piensa que… esa culpa… —continuó—. es lo que lo está alejando de todos.

Levanté la mirada.

—¿Culpa?

—Sí —asintió—. Una culpa que probablemente… ni siquiera le pertenece del todo.

Fruncí el ceño.

—¿A qué te refieres?

—A que lo obligaron —respondió con firmeza—. A un niño.

El silencio volvió a caer.

—Pero eso no significa que él lo vea así —añadió—. Para él… puede ser completamente diferente.

Asentí lentamente.

—Sí… —murmuré—. para él… lo hizo él.

—Exacto.

Mi mamá me observó con atención.

—Y ese tipo de culpa… —continuó—. no se quita fácil.

Me recargué más en la silla, pasando una mano por mi rostro.

—No… no se quita hablando un par de veces en grupo.

Ella no discutió eso.

—No.

—Ni con dinámicas… ni con ejercicios… ni con nada de lo que hacemos normalmente.

—No.

El silencio se quedó unos segundos.

—Entonces… —dije finalmente—. ¿qué se supone que hagamos?

Mi mamá no respondió de inmediato.

—Intentar —dijo al final—. sin forzarlo.

Solté una risa leve, sin humor.

—Buena suerte con eso.

Ella me miró con una mezcla de seriedad y suavidad.

—Liliana… no todos los casos se "arreglan".

Eso me hizo mirarla.

—Algunos… solo se acompañan.

Me quedé en silencio unos segundos.

—Y él… —añadió—. definitivamente es de esos.

Mi mamá guardó silencio unos segundos después de decir eso, observándome con una seriedad distinta, más firme, más… cuidadosa. Yo ya la conocía lo suficiente para saber que lo que venía no era solo una opinión, era una advertencia.

Se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas, y me habló más despacio.

—Liliana… esto que te acabo de contar… no sale de aquí.

Levanté la mirada de inmediato.

—¿Qué?

—No se lo vas a decir a tus amigos —continuó, sin suavizar el tono—. Por muy cercanos que sean. Por mucho que trabajen juntos en el grupo.

Fruncí el ceño.

—Pero mamá, ellos—

—No —me interrumpió, firme—. Esto no es información para compartir.

Me quedé callada un segundo, procesando.

—Pero si queremos ayudarlo…

—No necesitas contar su historia para ayudarlo —replicó—. Y mucho menos una historia que ni siquiera es completamente tuya.

Apreté un poco los labios.

—Miranda me lo contó en confianza —añadió—. Y yo te lo estoy contando a ti porque estuviste ahí, porque ya estás involucrada quieras o no… pero eso no significa que ahora sea tema de conversación para un grupo.

Suspiré, mirando hacia otro lado.

—No es de nuestra incumbencia —continuó, más calmada pero igual de firme—. Ni tuya, ni mía.

—Pero si él—

—Si él decide hablar, es otra cosa —dijo—. Pero no somos nosotras quienes vamos a abrir esa puerta.

El silencio se quedó unos segundos.

Sabía que tenía razón… pero no me gustaba.

—Y hay algo más —añadió.

Volví a mirarla.

—Si estás pensando en ayudarlo… —hizo una pausa—. piénsalo bien.

Fruncí el ceño.

—¿A qué te refieres?

Mi mamá se enderezó un poco, cruzando las manos.

—Tu grupo está empezando a meterse en el área de apoyo a veteranos, ¿no?

Asentí lentamente.

—Sí… estamos ampliando el enfoque.

Ella negó suavemente.

—Una cosa es "ampliar el enfoque"… y otra muy distinta es saber lo que estás haciendo.

Eso me hizo tensarme un poco.

—No somos inútiles, mamá.

—No dije eso —respondió con calma—. Pero tampoco son expertos en todo.

Apreté la mandíbula apenas.

—Ayudamos a mucha gente.

—Sí —asintió—. Gente en situación de calle. Personas con problemas de alcohol, de adicciones, de abandono…

Hizo una pequeña pausa, mirándome directo.

—Eso no es lo mismo.

No respondí.

—Lo que ese chico vivió… —continuó—. es algo completamente distinto.

El peso de sus palabras se sintió más fuerte esta vez.

—Estamos hablando de trauma extremo —añadió—. De algo más cercano a… guerra.

Tragué saliva.

—Y ustedes… —siguió—. no tienen experiencia en eso.

—Pero podemos aprender—

—No en medio del proceso con alguien así —interrumpió—. Eso no es algo que se improvise.

El silencio volvió.

—No puedes acercarte como si supieras lo que estás haciendo —añadió—. porque no lo sabes.

Bajé la mirada, molesta.

—Entonces… ¿qué? ¿Lo dejamos así?

—No —respondió—. Pero tampoco te pongas en una posición que no te corresponde.

La miré otra vez, más seria.

—No juegues a ser la que "lo va a arreglar".

Eso me golpeó un poco más de lo que esperaba.

—No estoy jugando.

—Lo sé —dijo con suavidad—. Pero puedes terminar haciéndolo sin darte cuenta.

Se inclinó un poco más hacia mí.

—Liliana… ayudar no siempre significa intervenir directamente.

No dije nada.

—A veces… ayudar es no empeorar las cosas.

El silencio se hizo más largo.

—Si decides acercarte a él… —continuó—. hazlo como persona.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Como persona?

—No como "la que sabe", no como "la que ayuda", no como "la del grupo" —enumeró—. Solo… como alguien que está ahí.

Solté una pequeña exhalación.

—Porque si intentas entrar como si entendieras lo que vive… —añadió—. te vas a equivocar.

Y no parecía una posibilidad.

Sonaba como un hecho.

—Y podrías hacer más daño que bien.

Me quedé completamente en silencio esta vez.

Procesando.

—Así que piénsalo bien —dijo finalmente—. Antes de decidir meterte en algo que… claramente te supera.

Bajé la mirada hacia mis manos, sintiendo cómo todo lo que había escuchado se acomodaba… incómodo… pesado.

—Sí… —murmuré al final—. lo voy a pensar.

El sonido de la notificación rompió el silencio de la cabaña de forma casi brusca. Mi celular vibró sobre la mesa de madera, justo entre el botiquín que mi mamá había dejado abierto y unas vendas que todavía no guardaba. Bajé la mirada y vi el nombre del chat grupal encendido.

Fruncí un poco el ceño.

—¿Ahora qué…?

Lo tomé y desbloqueé la pantalla. Era el grupo. Todos estaban escribiendo… pero lo que me llamó la atención fue un video que Tom acababa de mandar.

—¿Qué mandó ahora?… —murmuré, más para mí que para mi mamá.

—¿Tus amigos? —preguntó ella sin dejar de acomodar las cosas.

—Sí… —respondí, tocando la pantalla—. Es un video.

Le di play.

La imagen temblaba un poco. Claramente grabado a escondidas. Se veían ramas, nieve… y un poco más abajo… él.

Réen.

Sentado en el tronco.

No decía nada al inicio… solo estaba ahí.

Y luego…

Se escuchó.

Una voz.

No era español.

No era inglés.

Era algo más… áspero. Más duro.

Fruncí el ceño.

—¿Qué idioma es ese…?

Mi mamá levantó la mirada, escuchando.

Y entonces se oyeron los golpes.

Rítmicos.

Secos.

Como si estuviera golpeando algo… no fuerte, pero constante.

—Está… marcando ritmo —dije en voz baja.

La cámara se movió un poco, como si Tom hubiera intentado acercar el zoom sin hacer ruido.

Y la voz de Réen se hizo más clara.

—"Vetra nozhnyye, tikhiy krov'… Gde-to doma, no ne zov... Brat za brat, i svet dalyok… My ne zhivy, my tol'ko dolg…"

Sentí un pequeño escalofrío.

No entendía nada… pero sonaba mal.

No triste.

No melancólico.

Mal.

Como… algo que no debería sonar así.

—"Snezhnyy put', bez imyon… Bez ognya i bez domov… Kto upal — ostalsya spat'… Kto idyot — ne smeyat'…"

Mi mamá dejó lo que estaba haciendo.

—Ponlo otra vez.

Negué un poco.

—Espera…

El video seguía.

Réen no se movía mucho… solo su cabeza ligeramente hacia abajo… y sus manos golpeando sus piernas como si eso fuera lo único que mantuviera el ritmo de algo que ya conocía demasiado bien.

—"Ne smotri nazad, ne zovi… Tam net boga, net lyubvi… Tol'ko shum i pylevaya bol'… I v ruke ostalsya stol'…"

—…Eso no suena a algo normal —murmuró mi mamá.

Tragué saliva.

—No…

El tono no cambiaba.

No había emoción.

No había variación.

Era… plano.

Pero no vacío.

Peor.

Lleno de algo que no entendía… pero que definitivamente no era bueno.

—"Yesli vyzhiv — ne zhivoy… Yesli dyshit — znachit boy… My ne deti, ne lyudi… My—ostanki ot sud'by…"

El video terminó abruptamente.

Me quedé viendo la pantalla unos segundos más, como esperando que siguiera… pero no.

Nada.

Solo silencio.

—…¿Qué demonios fue eso? —murmuré.

Mi mamá no respondió de inmediato.

—Dámelo.

Le pasé el celular.

Volvió a reproducirlo desde el inicio, esta vez prestando aún más atención. Su expresión cambió poco a poco… de curiosidad… a algo más serio.

Más preocupado.

Cuando terminó, bajó el celular lentamente.

—¿Ese es él? —preguntó.

—Sí —respondí—. Tom lo grabó cuando estábamos escondidos… antes de que empezara a bajar la montaña.

Mi mamá frunció ligeramente el ceño.

—¿Ya lo habías escuchado antes?

Asentí despacio.

—Sí… pero más bajo. Cuando estábamos arriba… pensé que solo estaba hablando solo.

Negué un poco.

—Pero esto…

Miré la pantalla otra vez.

—Esto es una canción.

—Sí —dijo ella—. Definitivamente lo es.

Hubo un pequeño silencio.

—No es un idioma que reconozca del todo… pero suena eslavo —añadió—. Tal vez ruso… o algo cercano.

—¿Y qué dice?

Ella negó lentamente.

—No puedo traducirlo así nada más… pero…

Hizo una pausa.

—No suena bien.

Solté una pequeña risa sin humor.

—Sí… eso ya lo noté.

Me recargué un poco en la silla, pasando una mano por mi cabello.

—No sonaba como alguien cantando porque está feliz…

—No —respondió mi mamá—. Suena como algo aprendido.

Eso me hizo mirarla.

—¿Aprendido?

—Sí —asintió—. Como algo que repites… porque te lo enseñaron… o porque lo necesitas.

Fruncí el ceño.

—¿Necesitar… una canción así?

—Las personas hacen cosas muy extrañas para sobrevivir —respondió con calma—. Sobre todo en entornos extremos.

Miré el celular otra vez.

—Entonces… ¿esto qué es?

Ella me devolvió el teléfono.

—Probablemente… algo que lo mantenía cuerdo.

Eso me dejó en silencio unos segundos.

—O algo que le recordaba que tenía que seguir.

Sentí un pequeño nudo en el estómago.

—No suena como algo que alguien debería recordar…

—No —dijo—. Pero tampoco suena como algo que alguien olvidaría fácilmente.

Bajé la mirada, apretando un poco el celular en mi mano.

—…Y nosotros pensábamos que lo de meterse al agua helada era lo más raro.

Mi mamá no respondió.

Pero su expresión…

Decía claramente que eso apenas era la superficie.

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