Réen.
Habían pasado un par de horas desde el desayuno.
Estaba sentado en una banca afuera, con la vista fija en la montaña, el aire frío golpeando sin ser molesto, solo… presente. En una mano tenía el plato con frambuesas. Otra más a la boca.
Ya no me hacían esa mueca inicial.
Supongo que uno se acostumbra rápido.
—No comas tantas —la voz de mi abuelo Matías todavía me rondaba en la cabeza—. Luego te va a doler la panza.
Había asentido en ese momento.
No iba a hacerle caso.
Tomé otra.
Masticando despacio, sin prisa, dejando que el sabor pasara, que hiciera su trabajo. Era… extraño. No por lo que sabía, sino por lo que provocaba. Me mantenía… aquí.
Escuché pasos sobre la madera.
No volteé de inmediato.
Pero cuando lo hice, la vi.
Violet.
Con Beily en brazos, bien envuelta, moviéndose con cuidado mientras se acercaba.
—¿Puedo? —preguntó, señalando el espacio a mi lado.
Asentí levemente.
—Adelante.
Se sentó con cuidado, acomodando a la bebé en su regazo, ajustando la manta para cubrirla mejor del frío. Hubo unos segundos de silencio, solo el viento y el murmullo lejano de la gente.
Hasta que habló.
—Alan me contó lo de ayer.
Suspiré.
—Alan es un bocón.
Violet soltó una pequeña risa.
—Sí… lo es.
No lo negó ni un segundo.
—Pero también se preocupa —añadió—. Mucho.
No respondí.
—Me dijo que te fuiste solo a la montaña… —continuó—. Y que después estabas buscando dónde meterte a nadar.
Exhalé por la nariz.
—Exagera.
—¿Ah, sí?
La miré de reojo.
—Un poco.
—¿Un poco como en "sí lo iba a hacer" o un poco como en "solo lo pensé"?
Tomé otra frambuesa.
—Un poco como en "tal vez".
—Ajá…
No dijo nada más, pero la expresión lo decía todo.
En eso, Beily comenzó a moverse, haciendo pequeños sonidos, estirando una mano en mi dirección. Miré hacia abajo.
La mano iba directo al plato.
—Creo que alguien quiere de eso —dijo Violet, acomodándola un poco.
—¿Puede?
—No le hacen daño —respondió—. Solo… prepárate para la reacción.
Tomé una frambuesa y se la acerqué.
La agarró con una rapidez absurda para su tamaño, como si fuera lo más importante del mundo, y sin pensarlo se la llevó a la boca.
Un segundo.
Dos.
Su cara cambió de inmediato.
Una mueca.
Desagrado total.
Violet soltó una pequeña risa.
—Ahí está.
Pero la bebé no la escupió.
Al contrario.
La mordió otra vez.
Y otra.
Más lento esta vez, como intentando entenderlo.
—Persistente —murmuré.
—Terquísima —respondió Violet—. No sabes cuánto.
Seguí observándola unos segundos más antes de hablar.
—Se parece mucho a ti.
Violet sonrió levemente.
—Eso me dicen.
Acomodó a la bebé, que seguía ocupada con la fruta.
—Aunque también tiene mucho de Alan —añadió—. Sobre todo en eso de insistir aunque algo no le guste al principio.
—Eso suena a problema.
—Lo es.
Hubo un pequeño silencio.
No incómodo.
Solo… espacio.
—Oye… —dijo ella después de un momento—. Quiero conocerte.
Giré un poco la cabeza hacia ella.
—¿Sí?
—Sí.
Su tono era tranquilo. No forzado.
—Sé que… todo esto es raro —continuó—. Para ti… y para nosotros.
Miró hacia el frente, como buscando las palabras.
—Cuando nos enteramos… —dijo—. Cuando supimos que estabas vivo…
Negó suavemente.
—Fue un caos.
No dije nada.
—Alan me hablaba de ti —añadió—. Desde antes. De cuando eran niños.
Solté una pequeña risa corta.
—No recuerdo mucho.
—Él sí.
Sonrió un poco más.
—Decía que siempre ibas detrás de él. Que le copiabas todo.
—No suena como algo que haría.
—Pues lo hacías.
—No lo recuerdo.
—No tienes que hacerlo —respondió—. Él lo recuerda por los dos.
Guardé silencio.
Violet acomodó a Beily otra vez antes de seguir.
—Estos últimos meses… —dijo—. Han sido… tensos.
—¿Por?
—Porque no sabíamos qué esperar.
Se giró un poco hacia mí.
—Hubo muchas dudas. Muchas pruebas. Mucha espera para confirmar que realmente eras tú.
Asentí levemente.
—Y mientras tanto… —continuó—. todos estábamos pensando lo mismo.
Hizo una pequeña pausa.
—¿Cómo hablamos con él?
No respondí.
—No solo yo —añadió—. Todos.
Solté una pequeña exhalación.
—Ensayábamos —dijo, con una leve risa—. Literalmente.
La miré.
—¿Ensayaban?
—Sí.
—Eso es… raro.
—Lo sé.
Sonrió.
—Pero era eso o quedarnos en blanco cuando te viéramos.
Volvió la mirada al frente.
—Tu mamá… —añadió—. empezó a cocinar cosas nuevas.
—¿Cosas nuevas?
—Sí. Recetas diferentes. Probando sabores… cosas que pensaba que tal vez te gustarían.
Miré el plato en mi mano por un segundo.
—La familia ya se acostumbró —continuó—. A veces comemos cosas rarísimas solo porque ella quiso practicar.
—Eso explica varias cosas.
—¿Verdad?
Hubo una pequeña pausa antes de que siguiera.
—Tu papá… —dijo—. no se quedaba quieto.
—Eso sí me lo creo.
—Caminaba de un lado a otro todo el tiempo. Buscando en qué ocuparse.
—También suena a él.
—Sí.
Miró hacia abajo un momento, como recordando.
—Y tus hermanas…
Se detuvo un segundo.
—Ellas… —dudó un poco—. no sabría cómo explicarlo.
—Inténtalo.
—Era una mezcla rara —respondió—. Emoción… nervios… preguntas… muchas preguntas.
—¿Como cuáles?
—De todo —dijo—. Cómo eras ahora. Si te acordabas de ellas. Si ibas a querer jugar con ellas. Si te iban a caer bien.
Solté una pequeña risa nasal.
—¿Y qué concluían?
—Que sí.
—Optimistas.
—Son niñas.
Asentí.
—Pero también tenían miedo —añadió—. De que no fueras el mismo.
Miré hacia la montaña otra vez.
—No lo soy.
—Lo sabemos.
No hubo pausa incómoda.
Solo aceptación.
Beily soltó un pequeño sonido, moviendo la mano otra vez hacia el plato.
Tomé otra frambuesa y se la di.
Esta vez no hizo mueca.
Solo la mordió directo.
—Aprende rápido —murmuré.
—Como su padre —respondió Violet.
Tomé otra frambuesa sin dejar de mirar la montaña, aunque en realidad ya no estaba viendo nada en específico. Solo… estaba ahí, masticando despacio, escuchando el viento y los pequeños sonidos de la terraza. A mi lado, Violet acomodó un poco mejor a Beily, que ya parecía más interesada en todo lo que se movía que en quedarse quieta, hasta que después de unos segundos de silencio, volvió a hablar, esta vez con un tono un poco más ligero, casi como si cambiara de tema con cuidado.
—Oye… —dijo—. ¿Qué te parecería ir conmigo mañana a la estética?
Giré apenas la cabeza hacia ella, sin entender del todo por dónde iba eso.
—¿A la… estética?
—Sí —respondió con naturalidad—. Bueno, estética y barbería. Ya sabes, son dos en uno.
No dije nada de inmediato, así que ella continuó, apoyando un poco más la espalda contra la banca mientras hablaba con calma.
—Guillermo me contó algunas cosas —añadió—. Bueno… nos contó a todos.
Solté una pequeña exhalación.
—Genial.
Violet sonrió un poco.
—No fue nada malo —aclaró—. Solo… que no eres de quedarte quieto.
—Eso es bastante obvio.
—Sí, lo es —respondió—. Y también que necesitas estar haciendo algo. Moverte. Mantenerte ocupado.
No lo negué.
—Y… —continuó—. estos días has estado bastante encerrado en casa de tus padres.
Bajé la mirada un segundo hacia el plato.
—No mucho que hacer ahí.
—Exacto.
Se giró un poco más hacia mí.
—Por eso pensé… que tal vez podrías ir conmigo.
Levanté una ceja apenas.
—¿A ver gente cortarse el cabello?
—A aprender —corrigió—. O al menos a ver algo diferente.
—¿Aprender qué?
—Lo que quieras —respondió—. Cortar cabello, usar máquinas, atender gente… lo básico.
Negué un poco con la cabeza, no en rechazo, más bien como procesando.
—No suena como algo que haría.
—No suena como algo que harías… —repitió—. pero tampoco suena como algo que te haría daño.
Eso me hizo mirarla un poco más directo.
—Además —añadió—. no es solo eso.
Se acomodó un poco antes de seguir, como si ahora sí estuviera entrando al punto real.
—También es una forma de que no estés encerrado.
—Puedo salir solo.
—Lo sé.
—Lo hago.
—También lo sé.
Hizo una pequeña pausa.
—Pero… no siempre es buena idea que salgas sin decir nada.
No respondí.
—Esto te da una excusa —continuó—. Una coartada.
Eso me hizo soltar una pequeña risa.
—¿Coartada?
—Sí —respondió, sonriendo un poco—. Si quieres salir, si quieres moverte, si quieres explorar… puedes decir que vienes conmigo.
—Y todos felices.
—Exacto.
—¿Y qué pasa cuando no esté contigo?
—Pues… —se encogió ligeramente de hombros—. nos ponemos de acuerdo.
—¿Nos ponemos de acuerdo?
—Sí —dijo con naturalidad—. qué decir, a dónde fuiste, cuánto tiempo estuviste… que las historias concuerden.
La miré unos segundos más.
—Eso suena más elaborado de lo que debería.
—Tal vez —respondió—. pero funciona.
No dije nada.
—Además… —añadió—. hay gente ahí.
—Obviamente.
—Pero no como la que te quieren presentar.
Sabía a qué se refería.
—No es un grupo de apoyo —continuó—. No hay sillas en círculo. No hay gente diciendo "hola, soy tal y tengo tal problema".
Solté una pequeña exhalación por la nariz.
—No hay gente cantando sus traumas —añadió con un leve gesto de las manos.
—Eso es un plus.
—Lo es.
Sonrió un poco más.
—Es… más normal.
—Define normal.
—Mujeres hablando de chismes mientras les arreglan el cabello —dijo—. Hombres contando historias exageradas en la barbería, compitiendo por ver quién dice la más absurda.
—Eso suena… ridículo.
—Lo es.
—¿Y se supone que eso ayuda?
—Ayuda a no pensar tanto.
Me quedé en silencio un momento.
—Ayuda a estar… —continuó—. sin que nadie te esté mirando como si fueras un caso.
Eso me hizo desviar la mirada.
—Nadie te va a preguntar nada que no quieras responder —añadió—. Y si lo hacen… puedes ignorarlos.
—Eso ya lo hago.
—Perfecto, entonces ya tienes experiencia.
Tomé otra frambuesa.
—Y… —dijo después de un pequeño silencio—. también te sirve para acostumbrarte a la ciudad.
—Ya vivía aquí.
—No como ahora.
No respondí.
—Es diferente —insistió—. Mucho.
Suspiré levemente.
—Lo sé.
—Entonces… —añadió, con un tono más ligero otra vez—. ¿qué dices?
Miré el plato.
Luego la montaña.
Luego a la bebé, que ahora estaba más interesada en intentar quitarle la fruta directamente al plato.
—No tienes que decidir ahora —dijo Violet—. Solo piénsalo.
Me quedé unos segundos en silencio.
—¿A qué hora?
Ella sonrió apenas.
—¿Eso es un sí?
—Es un "tal vez".
—Me sirve.
Volví a mirar al frente.
—Mañana en la mañana —respondió—. No muy temprano.
—Bien.
—Y no te preocupes… —añadió—. nadie te va a obligar a hablar.
Asentí levemente.
—Eso espero.
—Lo prometo.
Tomé otra frambuesa.
Y esta vez… no supo tan ácida.
****
Guillermo.
Estaba sentado con ellos alrededor de la mesa, con la taza de café ya a medio terminar frente a mí, mientras el celular de Miranda seguía apoyado sobre la superficie, reproduciendo el video una vez más. Nadie hablaba por varios segundos, como si todos estuvieran intentando procesar lo mismo al mismo tiempo. En la pantalla, Réen estaba sentado en ese tronco caído, el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante, las manos marcando el ritmo contra sus piernas, y esa voz… baja, constante, cargada de algo que no necesitaba traducción para sentirse pesada.
Yo sí entendía lo que decía.
Cada palabra.
Cada frase.
Y precisamente por eso… no decía nada.
Porque no era solo una canción.
Era… un resumen.
Uno demasiado claro.
—¿Alguien entiende lo que dice? —preguntó Francisco después de un momento, sin apartar la vista del teléfono.
Sara negó suavemente.
—No… suena… ruso, ¿no?
—Algo así —añadió Matías, frunciendo un poco el ceño—. Pero no estoy seguro.
Agnes observaba en silencio, más atenta a la expresión de Réen que a la letra en sí.
—No suena como algo alegre —murmuró.
—No lo es —respondió Manuel en voz baja.
Miranda no dijo nada. Solo seguía mirando la pantalla, con los dedos entrelazados sobre la mesa, como si cualquier movimiento fuera a romper algo.
Yo me recargué ligeramente en la silla, cruzando los brazos sin apartar la vista del video. Sabía perfectamente lo que significaba cada línea… y también sabía que explicarlo no ayudaría en ese momento.
Porque no era algo que se explicara sin más.
En la pantalla, la voz de Réen continuaba:
—"Yesli vyzhiv — ne zhivoy… Yesli dyshit — znachit boy…"
("Si sobrevives, no estás vivo… si respiras, significa guerra…")
Sentí cómo algo se tensaba en la mesa, aunque nadie lo entendiera literalmente.
Se notaba.
—"My ne deti, ne lyudi… My—ostanki ot sud'by…"
("No somos niños, no somos personas… somos restos del destino…")
Bajé la mirada un segundo.
Sabía exactamente cuándo había cantado eso por primera vez.
Sabía en qué condiciones.
Y con quién.
—Eso… —dijo Sara despacio—. no suena bien.
—No lo es —repitió Manuel.
Antes de que alguien más hablara, escuchamos una voz desde atrás.
—Espero no interrumpir…
Todos volteamos.
Eleonor estaba de pie a unos pasos, con una expresión tranquila pero claramente consciente de que había entrado en un momento… delicado.
Miranda fue la primera en reaccionar.
—No, no interrumpes —dijo, moviendo ligeramente la mano—. Está bien.
Eleonor se acercó un poco más, mirando la pantalla.
—¿Es el video que les mandé anoche?
—Sí —respondió Miranda—. Lo estábamos viendo otra vez.
Eleonor asintió, observando unos segundos en silencio antes de hablar de nuevo.
—¿Supieron qué dice?
Hubo un pequeño intercambio de miradas entre los abuelos.
—No —respondió Francisco—. No entendemos el idioma.
—Suena… fuerte —añadió Agnes—. Pero no sabemos qué significa.
Eleonor asintió lentamente.
—Ya veo…
No insistió.
Y yo tampoco dije nada.
Después de un momento, Eleonor cambió ligeramente el enfoque de la conversación.
—Hablé con Liliana —dijo—. Sobre lo que me contaste.
Miranda levantó un poco la mirada hacia ella.
—¿Sí?
—Sí —respondió—. Le expliqué la situación… hasta donde me correspondía.
Hizo una pequeña pausa antes de continuar.
—Y quiero que sepas que… no va a decir nada.
Manuel intervino, con un tono más serio.
—¿Estás segura?
—Completamente —respondió Eleonor sin dudar—. Le dejé muy claro que esto no es algo que deba salir de aquí.
Miró a Miranda directamente.
—Esto queda entre nosotras.
Miranda asintió lentamente.
—Gracias.
—También… —añadió Eleonor—. le advertí algo más.
—¿Qué cosa? —preguntó Sara.
Eleonor exhaló suavemente antes de responder.
—Que no intente hacerse la salvadora.
Hubo un pequeño silencio.
—¿A qué te refieres? —preguntó Francisco.
—A que entienda sus límites —respondió Eleonor—. Que esto… no es algo que pueda manejar por su cuenta.
Miró brevemente el teléfono otra vez.
—Ni ella… ni su grupo.
Manuel asintió levemente.
—Eso es bueno.
—Se lo dejé muy claro —continuó Eleonor—. Que no tiene el conocimiento, ni la experiencia para meterse en algo así.
—¿Y cómo lo tomó? —preguntó Miranda.
—Como alguien que quiere ayudar… pero que entiende cuando le dicen que tenga cuidado.
Hizo una pequeña pausa.
—Liliana es buena chica… pero a veces se lanza sin medir.
—Eso suena familiar —murmuró Alan desde algún punto detrás, aunque no estaba en la mesa principal.
Algunos sonrieron apenas.
—Por eso mismo le dije —añadió Eleonor—. que si quiere hacer algo…
Se detuvo un segundo.
—Que piense bien cómo.
—¿Y qué puede hacer? —preguntó Agnes con suavidad.
Eleonor se encogió ligeramente de hombros.
—Tal vez… nada directo.
Miró a Miranda.
—Pero si en algún momento puede ayudar… aunque sea en algo pequeño…
—Que lo haga con cuidado —terminó Manuel.
—Exacto.
El video seguía reproduciéndose en la mesa, la voz de Réen llenando el espacio otra vez.
—"Krov' na rukakh — ne smyt' nikogda…"
("La sangre en las manos — nunca se podrá lavar…")
Esta vez nadie dijo nada.
Pero el silencio… ya no era el mismo.
*****
Liliana.
Caminábamos sin rumbo fijo, solo siguiendo los senderos marcados alrededor de las cabañas, pisando la nieve ya más compacta por la gente que había pasado antes. El aire estaba frío, pero no incómodo, y el sol apenas comenzaba a bajar, tiñendo todo con ese tono anaranjado que hacía ver el lugar más tranquilo de lo que realmente era.
—¿Cómo estás? —preguntó Elena a mi lado, inclinándose un poco para verme mejor.
—Bien —respondí, encogiéndome ligeramente de hombros—. Adolorida… pero bien.
—Sí te diste un buen golpe —añadió Pablo desde atrás—. Se vio feo cuando te fuiste.
—Gracias por el ánimo —murmuré.
—No, en serio —insistió—. Pensé que ibas a salir rodando hasta abajo.
—Yo también lo pensé —dijo Tom, metiéndose las manos en los bolsillos—. O sea… cuando empezó a ceder la nieve, fue como "ya valió".
—Gracias, de verdad —repetí, esta vez con una pequeña risa seca.
—Pero no —añadió Diego—. Ahí estaba ese tipo.
—Sí… —dijo Kenia—. Eso fue lo raro.
Hubo un pequeño silencio mientras todos procesaban lo mismo.
—Es increíble que haya resistido tanto con el hombro así —continuó Diego, moviendo el brazo como si solo imaginarlo le doliera—. O sea, yo me golpeo el codo y siento que me estoy muriendo.
—Literal —respondió Tom—. El dolor del codo debería ser ilegal.
—Y ese tipo… —siguió Diego—. como si nada.
—No fue como si nada —dijo Anaís con calma—. Se notaba.
—Sí, pero aun así —insistió él—. lo soportó.
—Y no dijo nada hasta después —añadió Elena—. Ni se quejó.
—Eso no es normal —murmuró Pablo.
—Nada en él es normal —respondió Kenia.
—Confirmo.
—Totalmente.
Las voces seguían, comentarios iban y venían, pequeñas observaciones sobre Réen, sobre lo que había pasado, sobre lo extraño que había sido todo. Pero yo…
No estaba realmente escuchando.
Solo… caminaba.
Porque lo que decían ellos era una cosa.
Pero lo que yo tenía en la cabeza… era otra completamente distinta.
La voz de mi mamá seguía ahí, clara.
"No es de tu incumbencia."
"No intentes hacerte la salvadora."
"No tienes el conocimiento para meterte en algo así."
Apreté un poco la mandíbula sin darme cuenta.
—¿Lili? —la voz de Anaís me sacó un poco—. ¿Seguro que estás bien?
Parpadeé un par de veces.
—Sí.
—Te quedaste callada de repente.
—Estoy bien —repetí, esta vez un poco más firme.
No insistió.
—Oye… —dijo Tom después de unos segundos—. pero en serio, ese tipo está raro.
—¿Raro cómo? —preguntó Elena.
—Pues… todo —respondió—. Primero lo del puente. Luego lo de hoy. Luego lo de querer meterse al agua helada.
—Y lo de la canción —añadió Pablo.
—Eso también.
—Eso fue lo más raro —dijo Kenia—. Ni siquiera entendí qué decía, pero…
—Se sentía pesado —terminó Anaís.
—Ajá.
—Como… —buscó la palabra—. como si no fuera una canción normal.
—No lo era —murmuró Diego.
—Definitivamente no.
Volvieron a hablar entre ellos, pero yo bajé la mirada al suelo, viendo cómo mis botas dejaban marcas en la nieve.
"No tienes idea de en qué te estás metiendo."
Lo sabía.
Claro que lo sabía.
No era tonta.
Pero tampoco podía simplemente… ignorarlo.
—Oigan —dijo Pablo de pronto—. ¿Entonces qué hacemos con eso de la Casa Amanecer?
—¿A qué te refieres? —preguntó Elena.
—Pues… ese era el plan, ¿no? —respondió—. Ayudar, invitar gente, todo eso.
—Sí, pero él ya dijo que no —añadió Kenia.
—Y bastante claro —dijo Diego—. "No quiero ayuda".
—Bueno, mucha gente dice eso al principio —respondió Anaís.
—Sí, pero él no sonó como "al principio" —replicó Tom—. Sonó como "ni lo intenten".
—Eso también.
Silencio breve.
—Tal vez no es nuestro caso —dijo Elena.
—¿Nuestro caso?
—Sí —respondió—. No todos necesitan lo mismo.
—O no de la misma forma —añadió Anaís.
Asentí levemente… aunque no sabía si estaba de acuerdo o no.
—Entonces… ¿lo dejamos? —preguntó Pablo.
Esa pregunta se quedó flotando un segundo.
Nadie respondió de inmediato.
Yo apreté un poco más los dedos dentro de las mangas de mi abrigo.
"Piensa bien lo que vas a hacer."
—No lo sé —dijo Anaís al final—. Pero lo que sí sé…
Miró al frente, seria.
—…es que no podemos tratarlo como a los demás.
—Eso es obvio —murmuró Diego.
—Sí.
—Totalmente.
—Entonces… ¿qué? —insistió Tom.
Anaís exhaló.
—Primero… dejar de verlo como un "caso".
—Ajá…
—Y segundo… —añadió—. no empujarlo.
Hubo varios asentimientos.
—Eso sí —dijo Pablo—. porque si lo empujas… ese tipo simplemente se va.
—O te ignora —añadió Kenia.
—O te dice algo peor que lo de "asesinar personas" —murmuró Diego.
Eso sacó una pequeña risa nerviosa del grupo.
Yo no me reí.
Porque en mi cabeza…
No estaba esa escena.
Estaba otra.
Él cargándome.
Con el brazo mal.
Sin dudar.
Sin quejarse.
Sin pedir nada.
"No te metas en lo que no entiendes."
Exhalé lentamente.
Tal vez mi mamá tenía razón.
Tal vez no debía hacer nada.
Pero… ignorarlo tampoco se sentía como la opción correcta.
