Tick...
Tack...
Tick...
Tack...
Como un reloj silencioso marcando el avance inevitable del destino, los pequeños faroles suspendidos sobre cada grupo comenzaron a parpadear.
Su tenue luz vacilaba con un ritmo inquietante, como si anunciaran la llegada de un momento que nadie podría evitar.
Nadie habló.
Solo podían escucharse las respiraciones agitadas de algunos presentes, el crujido de las ramas agitadas por el viento y el constante flujo del maná acumulándose en el ambiente.
Cada segundo que pasaba, aquella energía invisible se volvía más densa.
Más pesada.
El Bosque Susurrante parecía contener el aliento.
A ambos lados del sendero reinaba un silencio cargado de emociones contradictorias.
Miedo.
Expectación.
Codicia.
Desprecio.
Incluso una fría indiferencia.
Entonces...
Una voz grave rompió aquella quietud.
—Vaya... Supongo que mis nuevos reclutas son esas manchas de sangre sobre el suelo.
Todos dirigieron la mirada hacia el hombre que acababa de hablar.
Era alto, superando fácilmente los dos metros de altura. Sobre su espalda llevaba una enorme espada de plata, apenas unos centímetros más corta que él mismo.
Su largo cabello negro, oscuro como la tinta, cubría parte de su rostro y reforzaba la presencia sombría que lo rodeaba.
Sus ojos recorrieron lentamente los cadáveres esparcidos por la tierra.
Después se detuvieron sobre el anciano.
—Y ustedes cuatro... parecen ser los responsables.
El anciano de la Secta de Hueso avanzó un paso sin apartar la vista de su enemigo.
—Sí.
Su voz permanecía tranquila.
—Fuimos nosotros... o, para ser más exactos, fui yo.
Hizo una breve pausa.
—Es una lástima que tus reclutas no fueran razonables.
Su expresión no cambió.
—Les ofrecí marcharse con vida.
Una sonrisa burlona apareció en el rostro del hombre.
Después soltó una breve carcajada.
—Aunque hubieran aceptado...
Negó lentamente con la cabeza.
—Su destino habría sido exactamente el mismo.
Llevó una mano al mango de su espada.
—Quienes se cruzan con el Sol Sangriento solo encuentran una cosa.
Sus ojos se volvieron tan fríos como el acero.
—La muerte.
El anciano dejó escapar un largo suspiro.
Toda intención de diálogo desapareció de su rostro.
—Entonces...
Sus pupilas se endurecieron.
—Las palabras sobran.
El hombre sombrío asintió con tranquilidad.
—Estoy de acuerdo.
Con un movimiento pausado, se retiró la capucha.
Su verdadero rostro quedó al descubierto.
Era un hombre de facciones marcadas y expresión impasible.
Su cabello negro estaba recogido en un moño, mientras algunos mechones caían sobre su frente.
Sin dejar de mirar al anciano, tomó la gigantesca espada de su espalda.
La sostuvo con una sola mano.
Como si no pesara absolutamente nada.
Detrás de él, los demás miembros del Sol Sangriento imitaron el gesto.
Uno tras otro comenzaron a desenvainar sus armas.
El sonido del acero abandonando las vainas se mezcló con el murmullo del viento.
Lamilla dio un paso al frente.
Persica hizo lo mismo.
Pero antes de que cualquiera pudiera avanzar, el anciano levantó una mano para detenerlas.
—No.
Ambas se quedaron inmóviles.
Sin apartar la vista de su enemigo, el anciano habló con serenidad.
—Prepárense para escapar.
Su voz no admitía discusión.
—Lo entretendré todo el tiempo que pueda.
Después volvió la cabeza hacia Arthur.
—Joven...
Sus ojos reflejaban una calma inesperada.
—Hace un momento salvé tu vida.
Esbozó una leve sonrisa.
—Si sientes que me debes algo...
Hizo una pausa.
—Protege a mis discípulas.
Su mirada pasó brevemente por Lamilla y Persica.
—Ayúdalas a escapar.
Arthur guardó silencio.
Su mirada permanecía fija en el hombre del Sol Sangriento.
Desde que había aprendido a percibir el maná, jamás había sentido una presión semejante.
No era simplemente una gran cantidad de energía.
Era una presencia tan profunda que parecía aplastar el aire a su alrededor.
No sabía si era su instinto...
O su propio núcleo advirtiéndole del peligro.
Pero comprendía una única cosa.
Aquel hombre...
Era monstruosamente peligroso.
Arthur apretó lentamente los puños.
Sabía que debía retirarse.
Sabía que quedarse solo significaba convertirse en otro cadáver sobre la tierra.
Pero, por primera vez desde que había llegado a ese mundo...
Sintió una impotencia absoluta.
No importaba cuánto hubiera avanzado.
No importaba cuánto hubiera luchado.
Ante un poder semejante...
Él todavía era incapaz de hacer algo.
Lamilla observó a su maestro con preocupación.
—Maestro...
Su voz vaciló apenas un instante.
—¿De verdad cree que no puede vencerlo?
El anciano no respondió de inmediato.
Cerró lentamente los ojos.
Entonces...
Una inmensa aura de color cian brotó de su cuerpo.
El maná comenzó a girar a su alrededor como una violenta tormenta.
Cuando volvió a abrir los ojos, sus pupilas habían desaparecido.
Solo quedaban dos profundos abismos negros.
Lamilla sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Sus labios temblaron.
—Maestro...
Abrió los ojos con incredulidad.
—¿Usted... utilizó la Última Escritura?
El anciano no negó la pregunta.
Solo mantuvo la vista al frente.
—Váyanse.
Su voz sonó más grave que nunca.
—No miren atrás.
Hizo una breve pausa.
—Porque, si permanecen aquí...
Sus dedos se cerraron lentamente.
—Ninguno saldrá con vida.
El viento sopló con fuerza.
Las hojas secas comenzaron a girar alrededor de ambos combatientes.
Durante unos segundos...
Nadie volvió a moverse.
El bosque entero parecía contener la respiración, como si incluso la naturaleza aguardara el desenlace de aquel enfrentamiento.
Arthur observó al anciano en silencio.
En sus ojos no había miedo.
Solo una profunda frustración.
Por primera vez comprendía la verdadera escala de aquel mundo.
Había enemigos que no podía enfrentar.
Seres cuya existencia estaba varios niveles por encima de él.
Y aceptar esa realidad era tan doloroso como necesario.
Entonces...
El anciano dio el primer paso.
Con una determinación inquebrantable, avanzó hacia el hombre del Sol Sangriento.
La batalla había comenzado.
El anciano avanzó sin titubear.
Cada paso hacía temblar ligeramente la tierra bajo sus pies, como si incluso el bosque reconociera la presencia de aquella batalla.
Mientras reducía la distancia con su enemigo, llevó una mano hacia sus ropas y extrajo una pequeña daga oculta. Sin la menor vacilación, trazó un profundo corte sobre su brazo derecho.
La sangre brotó con fuerza.
Sin embargo, antes de tocar el suelo, las gotas comenzaron a elevarse y evaporarse en el aire, dejando tras de sí un intenso olor metálico que impregnó los alrededores.
Entonces, el anciano habló con voz grave:
—Armadura de Hueso Negro.
La sangre que escapaba de la herida fue absorbida nuevamente por su cuerpo.
La abertura desapareció en un instante, como si nunca hubiera existido.
Al segundo siguiente...
Crack.
Crack.
Crack.
Un sonido seco comenzó a resonar bajo su piel.
Desde su espalda, sus hombros y su pecho, huesos negros emergieron violentamente, creciendo como si fueran organismos vivos.
Uno tras otro, comenzaron a envolver su cuerpo.
Primero sus brazos.
Después su torso.
Finalmente, sus piernas y su cabeza.
En cuestión de segundos, una gigantesca armadura ósea cubrió por completo al anciano.
Su cuerpo comenzó a crecer de manera alarmante.
Dos metros.
Dos metros y medio.
Tres metros.
Hasta convertirse en una existencia que superaba ampliamente la altura de cualquier humano común.
La coraza estaba formada por gruesas placas de hueso ennegrecido, cubiertas de espinas afiladas y estructuras deformes que parecían haber nacido de una pesadilla.
Sobre sus hombros crecían enormes púas.
Y un gigantesco cráneo con cuatro retorcidos cuernos ocultaba por completo su rostro.
Ya no parecía un anciano.
Ya no parecía siquiera un humano.
Era un coloso de guerra.
El maná cian que envolvía su cuerpo se filtraba entre las grietas de la armadura, iluminando cada espacio vacío con una luz inquietante.
Lamilla y Persica contuvieron la respiración.
Incluso Arthur sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Aquello no era una técnica común.
Era una transformación capaz de convertir a un guerrero en una auténtica máquina de destrucción.
Por un instante, Arthur olvidó incluso respirar.
La presión que emanaba aquella forma era tan intensa que parecía llenar cada rincón del Bosque.
El anciano ya no transmitía la presencia de un hombre.
Parecía una bestia ancestral que había abierto los ojos después de permanecer enterrada durante cientos de años.
Sin embargo...
El hombre del Sol Sangriento permaneció completamente impasible.
Ni una mínima alteración apareció en su expresión.
Observó aquella gigantesca figura durante unos segundos.
Después comenzó a caminar.
Su paso era tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Como si no estuviera acercándose a un enemigo capaz de aterrorizar, sino simplemente caminando por un sendero cualquiera.
El contraste resultaba absurdo.
Frente a él se encontraba una existencia monstruosa.
Pero para aquel hombre...
Solo era un obstáculo más en el camino.
Sin apartar la mirada del anciano, habló con serenidad:
—No intervengan.
Los miembros del Sol Sangriento permanecieron inmóviles.
Nadie cuestionó la orden.
Cuando apenas cinco metros separaban a ambos combatientes, el hombre sombrío realizó un ligero movimiento con la muñeca.
La enorme espada desapareció.
Nadie logró seguir el movimiento.
Solo un leve silbido atravesó el aire.
Entonces...
Diez cortes aparecieron suspendidos frente a él.
Cada uno brillaba con una tenue luz plateada y se entrelazaba con los demás, formando una estrella perfecta.
Parecía una grieta abierta en el espacio mismo.
El hombre guardó nuevamente la espada.
Después extendió lentamente la mano.
La estrella descendió hasta su palma.
Se comprimió.
Se dobló sobre sí misma.
Y finalmente fue absorbida por su cuerpo.
Una intensa luz plateada envolvió su mano derecha.
Era como si sostuviera un pequeño universo entre sus dedos.
El anciano no esperó más.
Con un rugido que hizo estremecer todo el bosque, avanzó.
Dos gigantescas lanzas de hueso brotaron violentamente desde sus costillas.
La fuerza del impulso hizo que la tierra bajo sus pies se partiera.
En un instante, atravesó la distancia que los separaba.
Las lanzas perforaron el pecho del hombre sombrío.
El cuerpo quedó completamente empalado.
Durante un segundo...
Todo quedó en silencio.
Los ojos de Lamilla se abrieron con esperanza.
—¡Lo consiguió!
Pero aquella ilusión desapareció casi al instante.
El cuerpo del hombre comenzó a deshacerse.
Su figura se fragmentó en incontables partículas luminosas que fueron arrastradas por el viento.
Era solo una imagen residual.
Los ojos de Arthur se abrieron ligeramente.
Ni siquiera él había podido percibir el movimiento.
Aquel hombre no solo era fuerte.
Su velocidad estaba en un nivel completamente diferente.
Antes de que el anciano pudiera reaccionar, una voz sonó detrás de él.
Fría.
Vacía.
Sin emoción alguna.
—Impulso Perfecto...
El hombre apareció a su espalda.
Sin esfuerzo.
Sin prisa.
Como si siempre hubiera estado allí.
Apoyó lentamente su palma cubierta de luz plateada sobre el pecho de la armadura.
—Palma Estelar.
No hubo explosión.
No hubo estruendo.
Solo un leve destello.
Desde el punto donde la palma hizo contacto, la armadura comenzó a desaparecer.
No se quebraba.
No se agrietaba.
Simplemente dejaba de existir.
Las gruesas placas de hueso negro se transformaban lentamente en diminutos hilos de luz que ascendían hacia el cielo nocturno.
El fenómeno avanzó con una velocidad aterradora.
Primero desapareció el pecho.
Después los brazos.
Luego el torso.
Las piernas.
Finalmente, el gigantesco cráneo con cuatro cuernos se desvaneció junto al resto de la armadura.
En apenas dos segundos...
No quedó absolutamente nada.
Solo miles de filamentos luminosos flotando entre los árboles del Bosque Susurrante, como incontables luciérnagas acompañando el último rastro de un alma.
El anciano de la Secta de Hueso...
Había desaparecido.
Ni siquiera un fragmento de su cuerpo quedó sobre la tierra.
El hombre sombrío retiró lentamente la mano.
La luz plateada se extinguió.
Su expresión continuaba siendo la misma.
Sin satisfacción.
Sin orgullo.
Sin desprecio.
Como si acabar con un guerrero de semejante nivel hubiera sido un acto completamente insignificante.
El viento volvió a recorrer el bosque.
Y durante unos segundos...
Todo quedó sumido en un silencio absoluto.
Arthur permaneció inmóvil.
Todo había ocurrido demasiado rápido.
Tan rápido que su mente apenas lograba procesarlo.
La diferencia de poder era tan abismal que aquello ni siquiera podía llamarse una batalla.
Había sido una ejecución.
El anciano de la Secta de Hueso, un hombre cuya presencia por sí sola era capaz de imponer respeto, había sido eliminado sin dejar siquiera un cadáver.
Arthur sintió un peso en el pecho.
No era miedo.
Era algo más profundo.
Era la comprensión de una realidad que hasta ese momento se había negado a aceptar.
En aquel mundo existían monstruos que estaban mucho más allá de su alcance.
Seres capaces de destruir aquello que él consideraba una fuerza absoluta como si no fuera más que una simple ilusión.
Y él...
Solo podía observar.
El silencio apenas duró un instante.
Los miembros del Sol Sangriento comenzaron a avanzar.
Sus pasos eran lentos.
Tranquilos.
Como depredadores acercándose a una presa incapaz de escapar.
Lamilla fue la primera en reaccionar.
Sus puños temblaban con fuerza.
La ira había reemplazado por completo al miedo.
Sus ojos se llenaron de rabia mientras clavaba la mirada en el hombre sombrío.
—¡¡Malditos...!!
Sin esperar respuesta, impulsó todo el maná de su cuerpo.
Su sangre comenzó a hervir.
Un aura escarlata apareció a su alrededor.
—¡Góul de Sangre!
Dos criaturas humanoides surgieron detrás de ella.
Sus cuerpos estaban formados por sangre coagulada y despedían un intenso olor metálico.
Sus rostros carecían de expresión.
Solo existía un hambre salvaje reflejada en sus ojos.
Con un grito cargado de furia, Lamilla desenvainó su espada y se lanzó al ataque.
Los dos góules avanzaron junto a ella.
Tres miembros del Sol Sangriento recibieron el impacto de frente.
El choque hizo que retrocedieran varios pasos.
Pero eso fue todo.
Dos destellos atravesaron el aire.
Lamilla apenas tuvo tiempo de levantar su espada.
Los cortes rozaron su cuerpo y dejaron dos heridas profundas sobre su hombro y su costado.
Antes de recuperar el equilibrio, una patada brutal impactó contra su abdomen.
El golpe expulsó todo el aire de sus pulmones.
Su cuerpo salió despedido varios metros hasta caer junto a Persica.
—¡Lamilla!
Persica corrió hacia ella.
Sin perder un segundo, extendió ambas manos.
El suelo comenzó a vibrar.
Un enorme círculo mágico apareció bajo sus pies.
El maná comenzó a condensarse con rapidez.
Entonces...
Un gigantesco esqueleto de más de tres metros emergió desde la tierra.
Su estructura ósea era gruesa y resistente.
Un verdadero muro entre ellas y sus perseguidores.
Por un breve instante...
Parecía que habían conseguido ganar algo de tiempo.
Pero aquella esperanza desapareció rápidamente.
Tres ataques descendieron al mismo tiempo.
Uno.
Dos.
Tres.
El enorme esqueleto explotó.
Miles de fragmentos óseos salieron despedidos en todas direcciones antes de convertirse lentamente en polvo.
Persica sintió un violento impacto recorrer todo su cuerpo.
La conexión con la invocación se rompió de manera abrupta.
Una bocanada de sangre escapó de sus labios.
Su rostro perdió todo color.
El hechizo había consumido hasta la última gota de maná que poseía.
Sus ojos comenzaron a cerrarse.
Y finalmente...
Cayó inconsciente sobre la tierra.
Lamilla intentó levantarse.
Sus brazos temblaban.
Su respiración era irregular.
Apenas podía mantener la espada en sus manos.
Los miembros del Sol Sangriento continuaron avanzando.
Sin prisa.
Sin emoción.
No había odio en sus rostros.
Solo una fría costumbre.
Como si acabar con vidas humanas fuera una tarea más dentro de su rutina.
Uno de ellos lanzó su espada.
Otro arrojó dos largas lanzas.
Las tres armas atravesaron el aire con un sonido agudo.
La espada descendía directamente hacia el cuerpo indefenso de Persica.
Las lanzas buscaban atravesar el pecho de Lamilla.
Ella apretó los dientes con fuerza.
Intentó levantarse.
Intentó mover su cuerpo.
Pero sus fuerzas ya no respondían.
Solo pudo cerrar los ojos mientras una amarga sensación de impotencia consumía su interior.
Entonces...
¡CLANG!
Un violento sonido metálico resonó por todo el Bosque Susurrante.
Las tres armas fueron desviadas en el último instante.
Arthur había aparecido frente a ellas.
Sus dos espadas temblaban por la fuerza del impacto.
El retroceso lo obligó a deslizarse varios metros sobre la tierra.
Sus brazos ardían de dolor.
Todavía no se había recuperado de las heridas anteriores.
Pero no soltó las armas.
Respiró con dificultad mientras observaba a sus enemigos.
Sabía perfectamente lo que acababa de hacer.
Era una locura.
Una decisión que probablemente terminaría con su propia vida.
Pero si no intervenía...
Lamilla y Persica morirían frente a él.
Y no estaba dispuesto a permitirlo.
Arthur bajó lentamente la mirada.
Entre sus ropas, un viejo pergamino permanecía oculto.
Ya había tomado una decisión.
Mucho antes de bloquear aquellos ataques.
No existía otra alternativa.
Introdujo la mano bajo su capa y extrajo el antiguo sello.
En el instante en que sus dedos lo tocaron, una densa aura de muerte comenzó a escapar de su superficie.
Un recuerdo cruzó su mente.
La voz del lich volvió a resonar en su memoria.
—Este sello contiene una parte de mi miasma.
Arthur observó el pergamino con atención.
—Úsalo únicamente como último recurso.
La voz del lich continuó.
—Canaliza tu maná hacia esos brazos de hueso mientras sostienes el sello.
—El hechizo se activará por sí solo.
Arthur cerró los ojos durante un instante.
Después dirigió el maná desde su núcleo hacia sus brazos esqueléticos.
Las runas grabadas sobre el pergamino comenzaron a oscurecerse.
Un espeso miasma empezó a escapar lentamente de ellas.
Como si aquella energía tuviera voluntad propia.
El sello absorbió el poder poco a poco.
Una inscripción tras otra comenzó a iluminarse con un resplandor oscuro.
Hasta que...
El hombre sombrío abrió los ojos de golpe.
Por primera vez desde el inicio del enfrentamiento, una verdadera emoción apareció en su rostro.
Sus pupilas se contrajeron.
Una tensión evidente recorrió su expresión.
Giró bruscamente la cabeza hacia Arthur.
—¿Cómo...?
La sorpresa desapareció al instante.
Fue reemplazada por una alarma absoluta.
Su voz resonó por todo el bosque.
—¡¡Retrocedan!!
Los miembros del Sol Sangriento se quedaron inmóviles.
El hombre volvió a gritar.
Esta vez con una urgencia imposible de ignorar.
—¡¡No se acerquen a él!!
Pero ya era demasiado tarde.
El sello explotó entre las manos de Arthur.
Una inmensa cantidad de miasma negro surgió como una erupción oscura.
La energía se expandió en todas direcciones.
Como un océano de sombras devorando todo a su alrededor.
En apenas un instante, el miasma tomó la forma de una gigantesca esfera.
El Bosque Susurrante entero comenzó a estremecerse.
Y al segundo siguiente...
La esfera colapsó.
La explosión sacudió la tierra.
Una onda de oscuridad recorrió el bosque, arrancando hojas, quebrando ramas y haciendo vibrar el suelo bajo los pies de todos los presentes.
Desde el interior de aquella nube negra emergió una figura.
Primero aparecieron dos enormes ojos carmesíes.
Después, una mandíbula repleta de colmillos irregulares, cada uno tan largo como una espada.
Finalmente, el resto de su cuerpo abandonó la oscuridad.
Era una criatura cubierta por un pelaje negro como la noche.
Tan oscuro que parecía absorber la luz a su alrededor.
Sus garras curvas arañaban la tierra con facilidad, mientras una espesa niebla de miasma escapaba constantemente de su cuerpo.
Entonces abrió sus fauces.
Un rugido gutural atravesó el bosque.
Las copas de los árboles se agitaron violentamente.
El aire pareció congelarse.
Y todos los presentes sintieron cómo sus instintos gritaban peligro.
Antes de que alguien pudiera reaccionar...
Tres enormes colas negras atravesaron el campo de batalla.
Nadie logró seguir su movimiento.
Los miembros del Sol Sangriento que estaban más cerca fueron despedazados al instante.
Brazos.
Piernas.
Cabezas.
Fragmentos de armaduras.
Todo salió despedido en una lluvia de sangre.
Arthur sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Aquello...
No era una invocación común.
Era una calamidad.
Una existencia creada no para combatir.
Sino para destruir.
Sin perder un segundo, tomó a Lamilla del brazo y cargó a Persica sobre su hombro.
Activó Paso Sombrío.
Su figura desapareció.
Apareció varios metros más lejos.
Volvió a desaparecer.
Y una vez más.
Cada salto lo alejaba del campo de batalla.
Mientras tanto...
El hombre del Sol Sangriento permanecía inmóvil frente a la criatura.
Por primera vez...
Había miedo en sus ojos.
Su voz, siempre fría y controlada, ahora llevaba una clara urgencia.
—¡¡Retírense!!
Nadie discutió la orden.
—¡Corran hacia el bosque!
Los supervivientes comenzaron a huir desesperadamente.
Uno de ellos volvió la mirada hacia su líder.
—¡Señor! ¿Qué... qué es esa cosa?
El hombre no apartó la vista de la bestia.
—¡No hay tiempo para explicaciones!
Apretó con fuerza el mango de su espada.
—¡Escapen!
Sin esperar respuesta, dio un paso al frente.
Era el único que permanecía entre aquella criatura y sus subordinados.
La bestia giró lentamente la cabeza.
Sus ojos rojos se clavaron sobre él.
Durante un instante...
Ambos permanecieron completamente inmóviles.
Después...
La criatura desapareció.
No fue un movimiento.
Simplemente dejó de existir en aquel lugar.
Los instintos del hombre gritaron peligro.
Giró sobre sí mismo y desenvainó la espada en un único movimiento.
Un enorme corte estelar atravesó la oscuridad.
La hoja alcanzó una de las colas de la bestia.
La gigantesca extremidad cayó al suelo envuelta en miasma.
Sin embargo...
Antes de tocar la tierra, una nueva cola comenzó a crecer desde la herida.
La regeneración era instantánea.
La criatura volvió a desaparecer.
Esta vez, una densa niebla negra cubrió los alrededores.
El hombre apenas alcanzó a percibir un destello rojo.
Un dolor insoportable atravesó su cuerpo.
—¡Aaagh...!
Las fauces de la criatura habían arrancado de un mordisco todo su brazo izquierdo.
La sangre brotó violentamente.
Apretando los dientes para soportar el dolor, descargó otro corte.
La hoja de energía atravesó el cuerpo del monstruo y abrió una profunda herida en uno de sus costados.
La criatura retrocedió unos pasos.
Pero la carne comenzó a regenerarse inmediatamente.
Como si aquella herida nunca hubiera existido.
El rugido de la bestia volvió a estremecer el Bosque Susurrante.
Mientras tanto...
Arthur continuaba huyendo.
Cada uso de Paso Sombrío desgarraba un poco más sus piernas.
Sus músculos ardían.
Su respiración se volvía cada vez más pesada.
Pero no se detuvo.
Solo cuando abandonó el Sendero Perdido y alcanzó el camino principal redujo finalmente la velocidad.
Sus piernas cedieron.
Cayó de rodillas.
Respirando con dificultad, sacó las pociones restantes y comenzó a beber una tras otra.
El calor medicinal recorrió lentamente su cuerpo.
A su lado, Lamilla hizo lo mismo.
Después ayudó a Persica a beber varias pociones mientras intentaba detener sus heridas.
Pasaron varios minutos.
Finalmente, Persica abrió lentamente los ojos.
Su respiración seguía siendo débil.
Lamilla permanecía en silencio.
Sus puños estaban tan apretados que sus nudillos habían perdido el color.
Cuando habló, su voz sonó apagada.
Vacía.
—Supongo...
Hizo una pausa.
—...que ya no tenemos ninguna deuda contigo.
Respiró profundamente.
—Regresaremos a la Secta de Hueso.
Bajó la mirada.
—Debo informar a los ancianos sobre la muerte de mi maestro.
Sus manos comenzaron a temblar.
Arthur guardó silencio durante unos segundos.
Después se incorporó lentamente.
—Entonces estamos a mano.
Miró a ambas jóvenes por última vez.
—Espero que no volvamos a encontrarnos.
Persica soltó un bufido.
Aunque seguía pálida, su carácter no había cambiado.
—Oye, mocoso.
Lo señaló con gesto molesto.
—Nosotros fuimos quienes te salvamos primero.
Si el maestro no hubiera decidido intervenir...
No estaríamos metidos en este desastre.
Desvió la mirada.
—Pero supongo que da igual.
Adiós.
Comenzó a alejarse junto a Lamilla.
Sin embargo, antes de desaparecer, la joven volvió la cabeza una última vez.
—Esa criatura...
Sus ojos reflejaban temor y curiosidad.
—¿Qué era?
Hizo una breve pausa.
—Parece que dejó de perseguirnos.
¿Eso significa que es lo bastante fuerte como para mantener ocupado a ese monstruo?
Arthur permaneció en silencio unos segundos.
Luego respondió sin girarse.
—No tengo ninguna obligación de responder.
Su voz era fría.
—Ni siquiera sé si ustedes serán mis enemigas en el futuro.
Comenzó a caminar.
—Adiós.
Y como ya dije...
Espero no volver a cruzarme con la Secta de Hueso.
Activó Paso Veloz.
Su figura desapareció entre la oscuridad del camino.
Lamilla permaneció observando el lugar donde había desaparecido.
Una suave brisa agitó su capa.
Entonces murmuró:
—No...
Tengo la sensación de que el destino volverá a cruzar nuestros caminos.
Porque, tarde o temprano...
Terminarás llegando a nuestra secta.
La noche recuperó lentamente su tranquilidad.
En algún lugar del Bosque Susurrante, el rugido de aquella bestia continuaba resonando entre los árboles.
La batalla había terminado.
Y ambos bandos habían sufrido pérdidas irreparables.
Sin embargo...
Aquel no era el único lugar donde el destino comenzaba a mover sus piezas.
Muy cerca de Trimbel, otros acontecimientos ya estaban tomando forma.
Su impacto sería suficiente para cambiar el rumbo de toda la historia.
**Fin del capítulo.**
