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Chapter 123 - Presas y Cazadores

En lo profundo y sombrío del Bosque Susurrante, un grupo de más de diez siluetas avanzaba a gran velocidad entre los árboles.

El hombre que encabezaba la marcha giró apenas la cabeza hacia quien corría a su lado.

—¿Qué grupo falta?

—Solo el Grupo Cinco.

El líder asintió.

—Cuando estemos todos, regresaremos a Trimbel.

Sin reducir la velocidad, el grupo volvió a perderse entre la oscuridad del bosque.

---

Mientras tanto, la batalla entre la Secta del Hueso y el Sol Sangriento ya había comenzado.

Tres esqueletos menores rodeaban a uno de los encapuchados.

Persica sostenía su grimorio mientras recitaba palabras en un antiguo idioma. Bajo sus pies apareció un inmenso círculo mágico, un pentagrama de varios metros de diámetro que brilló con un tenue resplandor.

Al instante, más y más esqueletos comenzaron a emerger de la tierra.

El encapuchado reaccionó sin vacilar. Sacó una esfera azul oculta entre sus ropas. La gema resplandeció con intensidad y desató un poderoso vendaval zafiro que barrió a todos los esqueletos de un solo golpe.

La batalla cayó en un punto muerto.

Cada vez que Persica invocaba nuevas criaturas, el vendaval volvía a aparecer, reduciéndolas a montones de huesos que se desvanecían lentamente.

A pocos metros de allí, Lamilla y el anciano dominaban por completo a sus respectivos oponentes.

Lamilla lanzó una violenta patada que envió a su enemigo varios metros por el aire.

El encapuchado dio varias vueltas antes de aterrizar de pie.

Entonces sonrió.

Su mirada descendió hasta la pierna ensangrentada de Lamilla.

—Jajaja... Reflexión.

Una punzada recorrió la extremidad de Lamilla. Una nueva herida se abrió sobre la anterior y la sangre comenzó a brotar con mayor fuerza.

Chasqueó la lengua con evidente fastidio.

—No tengo ganas de seguir jugando.

Impregnó ambas palmas con su propia sangre y unió las manos formando un sello.

—Manifestación.

La sangre que escapaba de su pierna salió disparada y comenzó a reunirse entre sus manos.

Una pequeña esfera de un rojo oscuro cayó lentamente al suelo.

En cuanto tocó la tierra...

La sangre estalló hacia arriba.

Una criatura humanoide tomó forma frente al encapuchado.

Sus brazos eran exageradamente largos, rematados por enormes garras, y todo su cuerpo parecía estar compuesto de sangre coagulada.

—Ghul de Sangre.

La criatura lanzó un grito espeluznante y se abalanzó sobre su presa.

El sonido de sus garras arrastrándose sobre la tierra recordaba al inicio de una pesadilla.

Su mandíbula se abrió de forma antinatural mientras intentaba arrancarle la cabeza de un mordisco.

Antes de que pudiera alcanzarlo, el encapuchado desenvainó una espada negra.

—¡Contraataque!

Un destello de luz salió disparado.

El impacto lanzó al ghul varios metros por los aires.

Sin darle un instante para recuperarse, el encapuchado levantó nuevamente su espada.

La hoja vibró levemente.

—Gema de Luz.

Dos cortes en forma de cruz impactaron sobre el pecho del ghul.

En el punto donde ambas heridas se cruzaban apareció un pequeño cristal brillante que comenzó a parpadear.

Con un tercer corte...

La gema explotó.

El ghul estalló en una lluvia de sangre.

El encapuchado soltó un suspiro de alivio.

Pero un escalofrío recorrió su espalda.

Giró lentamente.

Lamilla ya estaba detrás de él.

Intentó preparar otro ataque, pero era demasiado tarde.

Lamilla dio un único paso.

Desapareció.

Al instante reapareció a escasos centímetros de su enemigo.

El encapuchado trató de retroceder.

De pronto, varias garras de sangre brotaron del suelo y atravesaron ambos pies.

Un grito desgarrador rompió el silencio del bosque.

Lamilla extendió lentamente la mano.

Toda la sangre esparcida por el campo de batalla comenzó a elevarse y a reunirse sobre su palma hasta formar una espada carmesí.

Sin mostrar la menor emoción...

Realizó un único corte diagonal.

El cuerpo del encapuchado se dividió en dos con una facilidad aterradora.

Un instante después, el ghul emergió nuevamente del suelo y comenzó a devorar la sangre del cadáver.

Cuando terminó su festín...

Solo quedaron ropa y huesos.

La batalla de Lamilla había concluido.

No habían transcurrido ni dos minutos.

Al darse la vuelta, vio a su maestro acercarse con paso tranquilo.

Detrás del anciano solo permanecía el cadáver reseco de su adversario, reducido a una simple momia.

Ambos dirigieron entonces la mirada hacia Persica.

Ella seguía atrapada en un combate de desgaste.

Cada vez que invocaba nuevos esqueletos, el vendaval zafiro los reducía a escombros.

Al notar que sus compañeros ya habían terminado, frunció el ceño.

Era la única que seguía luchando.

Se mordió el labio hasta hacerlo sangrar.

Después escupió al suelo.

—Escarabajo de Sangre.

De la sangre surgió un pequeño escarabajo del tamaño de un puño que desapareció bajo tierra.

Unos segundos después...

El grito del encapuchado resonó por todo el bosque.

El insecto estaba devorando lentamente su pierna desde el interior.

Su rodilla cedió.

Persica sonrió.

Aumentó el flujo de maná.

Decenas de esqueletos emergieron simultáneamente y se abalanzaron sobre el hombre como una marea interminable.

Las pequeñas mazas de madera comenzaron a golpearlo una y otra vez, sin darle la menor oportunidad de defenderse.

Cuando Persica canceló el hechizo...

Los esqueletos se deshicieron en niebla.

Donde momentos antes había un hombre...

Solo quedaba una masa irreconocible de carne y huesos.

La batalla había terminado.

No habían pasado ni cinco minutos.

---

Oculto entre los árboles, Arthur observaba la escena en completo silencio.

Aprovechó aquellos instantes para beber varias pociones y recuperar parte de sus fuerzas.

Aun así...

Sentía un nudo en la garganta.

No sabía si aquellas personas eran enemigas o aliadas.

Lo único que tenía claro era que, si decidían matarlo...

No tendría ninguna posibilidad de escapar.

«¿Aún tendré alguna oportunidad...?»

Mientras evaluaba sus opciones, el anciano comenzó a caminar hacia él.

Sonreía con amabilidad.

Pero Arthur percibía el peligro oculto tras aquella expresión.

Se puso de pie lentamente.

Preparó Paso Sombrío.

El anciano soltó una ligera carcajada y se detuvo a unos metros de distancia.

—Jajaja... Joven aventurero, no temas. No es nuestra intención matarte.

Arthur no relajó la guardia.

—¿Entonces puedo irme?

Lamilla soltó un bufido.

—¿Crees que te salvamos gratis?

Arthur frunció el ceño.

—Entonces... ¿qué quieren?

El anciano respondió con serenidad.

—Somos miembros de la Secta del Hueso. Hemos dedicado nuestras vidas al estudio de la magia de muerte.

Su mirada descendió hasta los brazos de Arthur.

—Esos brazos llamaron mucho nuestra atención.

Guardó silencio un instante antes de preguntar:

—Dime... ¿eres un no muerto?

Arthur sostuvo su mirada sin vacilar.

—¿Y si lo fuera?

Lamilla perdió la paciencia.

—Maestro, llevémoslo a la secta. Con un poco de tortura terminará hablando.

Arthur volvió a adoptar una postura defensiva.

El anciano dejó escapar un suspiro.

—Solo buscamos conocimiento. No somos asesinos como los miembros del Sol Sangriento.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

—Pero debo advertirte algo. Si realmente eres un no muerto con conciencia... muchos dentro de nuestra secta harían cualquier cosa por descubrir tu secreto.

Arthur permaneció callado unos segundos.

Finalmente negó con la cabeza.

—Soy humano. Estos brazos son una maldición que me impuso un lich.

Lamilla y el anciano abrieron los ojos con sorpresa.

—Comprendo... Entonces los rumores sobre un lich en este bosque eran ciertos...

El anciano estaba a punto de continuar hablando cuando todo su cuerpo se tensó.

Su expresión cambió por completo.

Clavó la mirada en la oscuridad del bosque.

Una rosa roja cayó lentamente entre los árboles.

Nadie la había visto llegar.

Instantes después...

Más de diez figuras emergieron de entre las sombras.

Todas vestían túnicas negras con detalles carmesí.

El mismo uniforme que llevaban los cadáveres esparcidos por el campo de batalla.

Eran miembros del Sol Sangriento.

El anciano frunció el ceño.

Sin apartar la vista del comandante que encabezaba el escuadrón, habló con voz grave.

—Lamilla... Persica...

—¿Sí, maestro?

—Cuando comience la batalla... corran hacia la secta sin mirar atrás.

Lamilla lo miró desconcertada.

—¿Qué ocurre?

El anciano respondió sin apartar los ojos del recién llegado.

—Nos hemos encontrado con un tigre.

Las lámparas de maná apenas lograban atravesar la oscuridad del Bosque Susurrante.

El olor a sangre seguía impregnando el aire.

A un lado descansaban los cuerpos destrozados de los miembros del Sol Sangriento.

Al otro...

Más de diez nuevos enemigos acababan de aparecer.

El silencio se volvió asfixiante.

Nadie se movía.

Nadie hablaba.

Ambos grupos se observaban fijamente, esperando que el otro diera el primer paso.

Arthur permanecía inmóvil entre ellos.

Sentía cómo el sudor descendía lentamente por su frente.

«¿Qué demonios está pasando...?»

El anciano de la Secta del Hueso no apartó la vista del comandante que encabezaba el escuadrón enemigo.

Sus años de experiencia le gritaban una única cosa.

Aquel hombre era peligroso.

Muy peligroso.

No era alguien a quien pudiera derrotar con facilidad.

Tal vez...

Ni siquiera pudiera derrotarlo.

Apretó con fuerza su bastón.

Si la batalla comenzaba, él se quedaría para ganar tiempo.

Lamilla y Persica debían escapar.

Era la única opción.

Una ligera brisa atravesó el bosque.

La rosa roja que había caído momentos antes rodó lentamente sobre el suelo, tiñéndose con la sangre de los cadáveres.

El comandante del grupo sonrió.

Una sonrisa tranquila...

Pero suficiente para hacer que el ambiente se volviera todavía más pesado.

El destino era incierto.

En la oscuridad del bosque, todos eran presas y cazadores.

Fin del capítulo.

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