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El Observador de los Cielos Muertos

Wexaishin
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Synopsis
Tras un despertar que se siente más como una condena que como el fin del sueño, un hombre se encuentra atrapado en un paisaje alienígena de agujas de piedra imposibles y arenas compuestas por polvo de huesos. Ataviado con una túnica ceremonial que no reconoce, descubre que ha dejado de ser un individuo para convertirse en el Observador: el último testigo
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Chapter 1 - página I: El Despertar en el Altar de Huesos

Narra Sergio 

El tránsito no fue violento, y eso fue lo más aterrador. No hubo un túnel de luz ni un desgarro en el tejido de la realidad; simplemente, la habitación donde solía dormir se evaporó como el vaho en un espejo limpio. De pronto, mis pies, que deberían haber estado envueltos en sábanas de algodón, sintieron el beso abrasador de una arena que no era mineral. Era una sustancia grisácea, pálida y fina, que se filtraba entre mis dedos con una ligereza antinatural. Al agacharme y tomar un puñado, comprendí con un escalofrío que no era sílice: era calcio pulverizado, el residuo de millones de esqueletos triturados por el paso de los eones.

Me puse en pie, y fue entonces cuando noté el peso. Una túnica de un azul profundo, del color del océano a medianoche, caía desde mis hombros hasta el suelo. El tejido no se sentía como seda o lana; era más bien una membrana orgánica, una segunda piel que vibraba levemente contra mi columna vertebral. Al intentar quitandomela, mis manos se negaron a obedecer. Mis dedos estaban entrelazados bajo la tela en una posición de oración forzada, soldados por una voluntad externa que utilizaba mis tendones como hilos de marioneta. Yo era un espectador en mi propio cuerpo, un prisionero de carne en un escenario de pesadilla.

Frente a mí se alzaba el horizonte más imposible que la mente humana pudiera concebir. No había sol, pero el cielo no estaba oscuro. Una esfera colosal de un rojo visceral dominaba el cenit, tan cerca que parecía que podía estirar la mano y tocar su superficie rugosa. No era un cuerpo celeste inerte. Era una masa de carne atmosférica, un remolino de nubes de hemoglobina que giraban alrededor de una pupila blanca y cegadora. De esa pupila emanaba un zumbido, una frecuencia de 18 Hz que hacía que mis globos oculares vibraran en sus cuencas, creando ilusiones de sombras que corrían por la periferia de mi visión.

A los flancos del gran astro, dos lunas menores, como tumores orbitales, flotaban sin rumbo fijo. Emitían un brillo anaranjado y enfermo que bañaba las agujas de piedra que me rodeaban. Esas formaciones rocosas no eran producto de la erosión. Eran pilares de obsidiana y basalto que se retorcían hacia arriba, imitando la forma de columnas vertebrales gigantescas. Al mirar con atención las paredes de los cañones, vi rostros. Miles de rostros atrapados en la piedra, con las bocas abiertas en un grito eterno que el aire denso y seco se encargaba de silenciar. El lugar no era un desierto; era un cementerio vertical de dimensiones.