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Chapter 1 - Capítulo 1 — El final del rey

El choque de las espadas rasgaba el aire como trueno metálico: clang… clang…. En el campo de batalla, el barro estaba teñido de rojo y los gritos de los guerreros se mezclaban con el olor a hierro y pólvora. Todo tenía un mismo propósito: acabar con el Gran Rey.

En el centro de la contienda, dos titanes se miraban a los ojos mientras cruzaban sus hojas. Una vibración oscura y palpable brotaba de sus cuerpos, una energía que hacía vibrar las lanzas clavadas en la tierra y agrietaba el aire entre ellos.

—No tenías que interponerte en mi camino, Rey Oscuro —dijo Drake, la mano derecha del rey del mundo—. Ese apodo te persigue porque los que intentaron detenernos acabaron igual que tú. No escaparás de mis manos. Pondré fin a tu estúpida farsa de querer dar paz a quienes defiendes. Te demostraré que eso no se cumplirá.

El Rey Oscuro, con la capa empapada de sangre, apretó la empuñadura de su espada con una mano temblorosa pero firme.

—Aún no he muerto —respondió—. Sigo en pie y lucharé por esta gente. No te saldrás con la tuya.

Sus espadas volvieron a chocar y la vibración que emanó de nuevo se expandió por todo el campo. A lo lejos, en un pueblo cercano, el ejército del régimen arrasaba sin piedad. Soldados con armaduras negras arrastraban a los aldeanos, prendían fuego y mataban a quienes se habían aliado con los revolucionarios.

Un soldado vio a una mujer y a su hijo correr hacia el bosque.

—¡Atrápenlos! —gritó—.

La persecución se lanzó como lobos tras una presa. La madre jaló de la mano al niño, tirando de él entre raíces y ramas.

—¡Corre, hijo! ¡No te detengas!

El niño, pequeño y asustado, tropezó con una raíz. La madre lo recogió en brazos y, con el pulso tembloroso, lo ocultó dentro de una cueva cubierta de maleza. El latido de la tierra parecía sincronizarse con su respiración; sus ojos, llenos de desesperación, miraron la entrada esperando que el acero no los encontrara.

Volviendo al centro del combate, Drake tenía al Rey Oscuro contra las cuerdas.

—¿Sabes qué es lo más triste? —escupió Drake—. Que lo perderás todo. Incluso tu familia…

—¿Qué…? —El Rey Oscuro se sobresaltó cuando un mensajero llegó corriendo, jadeante—.

—¡Señor! Atacaron el pueblo de Huaiyan… —las palabras del joven se quebraron—. ¡Están matando a todos!

La mirada del Rey Oscuro se clavó en la distancia, y en ese instante, Drake aprovechó la distracción. Con un movimiento frío y certero, atravesó al Rey Oscuro. La espada entró con un sonido sordo. Un silencio terrible cayó sobre la zona como si el mundo contuviera la respiración.

—¿Ves ahora cuál es tu debilidad? —se rió Drake—. Se acabó tu tiempo. Este es el fin de tu estúpida guerra.

El Rey Oscuro, arrodillado, miró el cielo. La sangre le coloreó la mano que aún sostenía la espada.

—Perdón, Nao… por no cumplir mi promesa —susurró con los últimos hilos de voz—. Te amo.

En la cueva, la madre notó que algo iba mal. Sintió el peso de la desesperanza en el aire y, con voz entrecortada, tomó una decisión que le desgarraría el alma: usó lo poco que le quedaba, su propia fuerza vital, para trazar un sello de protección sobre la entrada. No era un hechizo ostentoso; fue un suspiro convertido en escudo, una última ofrenda para que su hijo pudiera escapar.

—Perdón, hijo… —murmuró con lágrimas—. No sabes cuánto te amamos. Perdóname si no puedo quedarme… corre.

El niño gritó como si el mundo se partiera en dos y, entre sollozos, emprendió la huida guiado por el pequeño resplandor del sello. Cuando el grito se desvaneció entre los árboles, la madre quedó apoyada en la roca, la vida escapando de ella lentamente, hasta apagarse como una vela.

La guerra llegó a su fin esa noche, pero no en gloria: muchos revolucionarios lograron escapar entre el caos, el régimen mundial se proclamó vencedor, y el campo quedó sembrado de cadáveres. El paisaje, ahora silencioso, hablaba de la masacre: cuerpos inmóviles, estandartes rotos y el amargo eco de promesas incumplidas.

La luna se alzó sobre Huaiyan como un testigo frío e implacable.

Continuará.

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