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Chapter 39 - Capítulo 38: La Rebelión de Gatoō

El sonido de un aplauso lento y sarcástico rompió el silencio fúnebre del puente.

La niebla se disipó completamente para revelar una multitud en el extremo sur. 

Eran cientos. 

Hombres sucios, armados con espadas oxidadas, bates y lanzas. 

Mercenarios de bajo nivel, la escoria que se vende al mejor postor.

Al frente de ellos, un hombre pequeño con gafas de sol y traje caro caminaba con un bastón. Gatoō.

—Vaya, vaya —dijo el magnate, mirando el cadáver de Haku y a Zabuza herido—. Parece que mis "demonios" no eran tan temibles después de todo.

Gatoō se acercó al cuerpo de Haku. —Este niño me rompió el brazo hace un tiempo —dijo con desprecio—. Le tenía ganas.

Gatoō levantó el pie y pateó el rostro inerte de Haku. 

La cabeza del chico muerto se movió bruscamente hacia un lado.

Naruto, que estaba a unos metros, sintió un impulso eléctrico en sus piernas. 

Su sangre quiso saltar. 

Quiso decapitar a Gatoō en un parpadeo.

Pero no se movió. 

Porque vio los hombros de Zabuza.

El "Demonio de la Niebla" no había dicho nada. 

No había reaccionado. 

Naruto entendió entonces que esta no era su pelea. 

Si Naruto mataba a Gatoō, le robaría a Zabuza lo único que le quedaba: su dignidad final.

—¿No vas a decir nada? —preguntó Naruto. Su voz era baja, dirigida a la espalda de Zabuza—. Él murió por ti. Y ese cerdo lo está pateando.

Zabuza no se giró. —Cállate, mocoso. Haku está muerto. Ya no siente nada. Era una herramienta. Cuando una herramienta se rompe...

—Mientes —cortó Naruto.

No fue un grito. Fue una sentencia clínica.

—Tu ritmo cardíaco es inestable —continuó Naruto, recitando los datos biológicos que sus sentidos captaban—. Tus conductos lagrimales están produciendo fluido, aunque intentas contenerlo. Tu temperatura corporal está subiendo por la ira.

Naruto dio un paso hacia él. —Puedes mentirte a ti mismo, Zabuza. Pero tu cuerpo te delata. Te importa. Te importa tanto que te está matando.

Zabuza tembló. Lágrimas reales brotaron de sus ojos, mojando las vendas de su rostro. —Maldito mocoso... —gruñó Zabuza, con la voz rota—. Tienes una boca muy grande.

Zabuza se arrancó las vendas de la cara con los dientes. Sus brazos estaban inutilizados por el ataque de los perros de Kakashi y el combate. Colgaban muertos a sus costados.

—Oye, mocoso —dijo Zabuza—. Dame tu kunai.

Naruto no dudó. Sacó un kunai de su bolsa. No se lo lanzó. Se acercó y lo puso en la boca de Zabuza. El Demonio mordió el anillo del mango con fuerza, sus dientes rechinando contra el metal.

—Gracias —murmuró Zabuza con el kunai entre los dientes.

Lo que siguió no fue una batalla ninja. Fue una carnicería.

Zabuza se lanzó contra la multitud de mercenarios. Sin brazos. Sin jutsus. Solo con un cuchillo en la boca y una voluntad demoníaca.

Naruto observó desde atrás, junto a Kakashi y Sakura. Vio cómo Zabuza corría a través de las lanzas. Vio cómo las espadas se clavaban en su espalda. Pero Zabuza no se detenía.

Era una exhibición de fuerza bruta impulsada por el arrepentimiento. Zabuza cortó gargantas. Esquivó golpes mortales por pura suerte o destino.

Llegó hasta Gatoō. El magnate gritó de terror, intentando retroceder. —¡Estás loco! ¡Mátenlo!

Zabuza, cubierto de su propia sangre y la de sus enemigos, miró al hombrecillo. El Demonio no dijo nada. No podía hablar con el kunai en la boca. Simplemente atacó.

Un movimiento de cuello. El kunai rasgó el aire y la garganta de Gatoō. El magnate cayó al agua, empujado por el impacto.

Zabuza se quedó de pie un segundo más, recibiendo más golpes de los mercenarios aterrorizados, hasta que Gatoō desapareció bajo las olas. Entonces, el Demonio colapsó.

Cayó de rodillas, y luego de cara, cerca del cuerpo de Haku.

Naruto miró la escena. Gatoō había muerto chillando, rico pero solo. Zabuza estaba muriendo lleno de agujeros, pobre, pero al lado de la única persona que lo amó.

—La muerte de un guerrero limpia su vida —comentó Kurama en voz baja. —La muerte de una rata solo ensucia el agua.

Los mercenarios, aunque su jefe había muerto, no huyeron de inmediato. —¡Gatoō está muerto! —gritó uno—. ¡Pero estos ninjas están agotados! ¡Saqueemos el pueblo! ¡Matémoslos y robemos todo!

Eran demasiados. Kakashi estaba sin chakra. Sasuke estaba inconsciente. Naruto estaba herido y cansado.

Naruto sacó otro kunai, preparándose. Su sangre estaba al límite. Podría usar el Kage Bunshin masivo, pero eso lo dejaría en coma después.

—Si vienen... los mataré a todos —pensó Naruto, calculando fríamente cuánta sangre necesitaba extraer de los primeros para usarla como proyectiles contra los siguientes.

Pero entonces, un sonido diferente llegó desde el otro lado del puente. Gritos. Pero no de guerra. Gritos de pueblo.

—¡¡FUERA DE NUESTRA ISLA!!

Naruto se giró. Inari corría hacia el puente. Detrás de él, cientos de aldeanos. Hombres con palas, mujeres con sartenes, ancianos con arpones de pesca. Toda la Ola había venido.

Inari, el niño que lloraba en la mesa ayer, corría al frente con una ballesta de juguete. —¡Si quieren pasar, tendrán que pasar por encima de nosotros! —gritó el niño.

Los mercenarios vacilaron. Una cosa es pelear contra tres ninjas heridos. Otra es pelear contra una turba enfurecida dispuesta a morir.

Naruto miró a Inari. Vio el cambio. El niño ya no era un espejo de rendición. Era un espejo de resistencia.

Naruto sonrió levemente. Decidió darles el empujón final.

Cruzó los dedos en cruz. —¡Tajū Kage Bunshin no Jutsu!

Puf, puf, puf. Cuatrocientos clones de Naruto aparecieron en el puente, llenando los huecos entre los aldeanos. No eran clones de combate perfectos, eran mayormente farol, pero el efecto visual fue devastador.

—¡AHHH! ¡SON DEMASIADOS! —gritaron los mercenarios. Tiraron las armas y huyeron en los barcos de Gatoō.

La batalla había terminado. Los aldeanos celebraban. Inari abrazaba a su abuelo.

Pero Naruto se apartó de la fiesta. Caminó hacia donde yacía Zabuza.

El hombre aún respiraba, pero era cuestión de segundos. —Mocoso... —susurró Zabuza.

Naruto se arrodilló. —Estoy aquí.

—¿Podrías... hacerme un favor? —pidió Zabuza, con la voz gorgoteando sangre—. Quítame este kunai... y llévame... a su lado. Quiero ver su cara... una última vez.

Naruto asintió. Con cuidado, retiró el kunai de la boca de Zabuza. Luego, ignorando el dolor en sus propios músculos, levantó al hombre pesado y lo arrastró suavemente hasta dejarlo junto a Haku.

Comenzó a nevar. Copos blancos cayendo sobre la sangre roja.

Zabuza extendió una mano temblorosa y tocó la mejilla fría de Haku. —Ojalá... pudiera ir a donde tú vas... Haku.

Zabuza exhaló por última vez. Murió con los ojos abiertos, mirando a su herramienta, a su hijo, a su compañero.

Naruto se quedó de pie, mirando los dos cadáveres bajo la nieve.

Se sentía viejo. Tenía doce años, pero se sentía como si hubiera vivido una vida entera en esa semana.

Había visto la cobardía de Gatoō. La lealtad ciega de Haku. La redención sangrienta de Zabuza. Y el coraje nacido del miedo de Inari.

Naruto Uzumaki no era el héroe de esta historia. Solo era el testigo que había sobrevivido para recordarla.

Miró sus manos vacías. Ya no tenía espada. Pero Kurama tenía razón. No la necesitaba.

—Descansen —susurró Naruto a los muertos.

Se dio la vuelta hacia su equipo. Kakashi lo miraba con respeto. Sakura lloraba en silencio. Naruto no lloró más. Ya había llorado en la cocina. Ahora, solo quedaba el silencio del deber cumplido.

El puente estaba terminado. Pero el puente dentro de Naruto, el que conectaba su humanidad con su monstruosidad, acababa de hacerse mucho más sólido.

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