La Oficina del Hokage olía a tabaco viejo y a burocracia.
Para el Equipo 7, la sesión de asignación de misiones era una tortura rutinaria.
Sasuke estaba aburrido, Sakura estaba ansiosa por complacer, y Kakashi leía su libro verde con su habitual desinterés fingido.
Naruto Uzumaki, sin embargo, estaba en "modo operativo".
Externamente, estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas, haciendo un puchero exagerado y ruidoso. —¡Viejo! ¡Danos una misión de verdad! —gritó, agitando los brazos—. ¡Estoy harto de buscar gatos y cuidar bebés! ¡Quiero acción! ¡Dattebayo!
Hiruzen Sarutobi suspiró, echando humo de su pipa. —Naruto, sois Genin recién graduados. Las misiones D son para construir carácter y...
—¡Bla, bla, bla! —interrumpió Naruto, dándole la espalda—. ¡Quiero algo que no sea aburrido!
Kakashi le dio un golpe suave en la cabeza. —Ten respeto al Hokage.
Pero por dentro, la mente de Naruto estaba fría.
No gritaba por impaciencia infantil.
Gritaba porque necesitaba salir de la aldea.
Necesitaba probar su espada y su sangre en un entorno no controlado.
Las misiones D eran seguras.
Y la seguridad no afila los instintos.
El Hokage, divertido por la "ingenuidad" del chico, cedió. —Está bien. Si tanto insistes... Tengo una misión de Rango C. Escoltar a una persona importante.
Los ojos de Naruto brillaron (una parte actuación, una parte interés real).
—¿Quién es? ¿Un señor feudal? ¿Una princesa?
La puerta se abrió.
Un hombre mayor entró tambaleándose.
Llevaba una botella de sake en la mano, una toalla al cuello y gafas oscuras.
Olía a alcohol barato y a sudor rancio.
—¿Estos son los mocosos que van a protegerme? —dijo el hombre, tomando un trago—. Especialmente el bajito con cara de idiota. Parece que se va a romper con un soplo de viento.
Naruto se levantó de un salto, furioso. —¡¿A quién llamas idiota, viejo borracho?! ¡Te voy a matar!
Kakashi lo retuvo por el cuello de la chaqueta. —No puedes matar al cliente, Naruto.
Mientras Naruto fingía patalear en el aire, sus sentidos se agudizaron.
Su "berrinche" era una cortina de humo para acercarse y escanear al objetivo.
Naruto dejó de gritar por dentro. Se concentró.
Objetivo: Tazuna.
Constructor de puentes.
Estado físico: Intoxicación etílica leve. Estrés crónico.
Naruto agudizó el oído, filtrando el ruido de la oficina para centrarse en el tórax del anciano.
El corazón de Tazuna no latía con el ritmo perezoso de un borracho despreocupado.
Latía rápido. Tun-tun-tun-tun. Arritmia por ansiedad.
—Solo necesito que me lleven a mi país para terminar un puente —dijo Tazuna, con voz pastosa—. No hay peligros. Solo algunos bandidos de poca monta.
Mentira, registró el cerebro de Naruto al instante.
En el momento en que Tazuna dijo "no hay peligros", sus pupilas se contrajeron detrás de las gafas oscuras (Naruto pudo percibir la tensión muscular alrededor de los ojos).
Su olor corporal cambió sutilmente: un pico de cortisol, la hormona del miedo.
No era miedo a que Naruto fuera incompetente.
Era miedo a morir.
Un cliente que paga por una misión C (protección contra bandidos) no tiene ese nivel de terror fisiológico.
Ese terror pertenece a alguien que sabe que hay ninjas persiguiéndolo.
Ninjas de verdad.
Esto es una misión B, tal vez A, calculó Naruto.
Está falsificando el contrato porque no puede pagar el precio real.
Naruto podría haberlo dicho. Podría haber gritado: "¡Miente! ¡Su corazón va a mil por hora! ¡Nos está llevando a una trampa!" Kakashi habría cancelado la misión o renegociado. Hiruzen habría investigado.
Pero Naruto miró al viejo. Vio sus manos callosas temblando sobre la botella. Y luego miró su propia necesidad de salir al mundo real.
Si denunciaba a Tazuna, se quedaban en la aldea haciendo misiones D otra semana. Si se callaba... iban a la boca del lobo.
Naruto dejó de patalear. Se cruzó de brazos y soltó un bufido. —Hmph. Está bien. ¡Protegeré a este viejo borracho aunque sea un grosero!
—Lo sabes —no fue una pregunta. La voz de Kurama resonó en su mente.
—Sabe que le persiguen asesinos —respondió Naruto internamente, mientras Kakashi aceptaba los papeles de la misión—. Nos está usando de escudos humanos baratos.
—¿Y no te importa?
—No. Es entrenamiento de campo. Si vienen asesinos, podré usar la espada.
Naruto archivó la mentira de Tazuna en una carpeta mental etiquetada como "Amenazas Probables: Emboscada Ninja". No confió en el cliente. Simplemente, decidió usar la mentira del cliente para su propio beneficio.
Una hora después, el Equipo 7 estaba reunido en las grandes puertas verdes de Konoha.
El sol brillaba.
Sakura estaba emocionada por salir de la aldea por primera vez.
Sasuke revisaba su equipo con arrogancia silenciosa.
Tazuna bebía otro trago, mirando nervioso hacia el camino.
Naruto llegó el último.
Llevaba una mochila enorme, llena de cosas inútiles (mantas, copas de ramen, juegos de cartas) para mantener la apariencia de niño inexperto.
Pero pegada a su espalda, debajo de la camisa y la chaqueta naranja, la chokutō recta estaba envainada y asegurada. Y en su bolsa de armas, los kunais estaban afilados al micron.
—¡Muy bien! —gritó Naruto, lanzando un puño al aire—. ¡Vamos allá! ¡Es la hora de la aventura!
Kakashi lo miró con su ojo perezoso. —No te emociones tanto, Naruto.
—Has madurado, cachorro —reflexionó Kurama, observando cómo Naruto se colocaba en la formación, cubriendo sutilmente el punto ciego de Tazuna sin que nadie se diera cuenta. —Hace un año, habrías gritado la verdad para demostrar que eres listo.
—Hoy, te guardas la verdad para asegurar la supervivencia. Ya distingues entre el fanfarrón que ladra y el mentiroso que oculta los dientes.
Naruto sonrió su sonrisa de tonto. —¡Vamos, viejo! —le gritó a Tazuna—. ¡Si te quedas atrás te comen los lobos!
El equipo cruzó el umbral.
Naruto sabía que Tazuna mentía.
Tazuna creía que había engañado al niño.
Y Kurama sabía que, de todos los monstruos que salían de la aldea ese día, el más peligroso no era el que llevaba la botella de sake, sino el que llevaba la chaqueta naranja.
