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Chapter 12 - Capítulo 11: Conversaciones que No Existen

El cuarto de baño era el único lugar donde la máscara caía por completo.

Naruto, de ocho años, estaba subido a un taburete para alcanzar el lavabo. 

El agua fría corría. 

Se echó un puñado a la cara, frotando con fuerza, como si quisiera borrar la expresión estúpida que había llevado puesta durante las últimas ocho horas en la Academia.

Levantó la vista. 

El espejo le devolvió la imagen de un niño de cabello rojo intenso, mojado y pegado a la frente.

Sus ojos azules ya no eran medias lunas risueñas. 

Eran dos pozos fríos, analíticos, que diseccionaban su propio reflejo.

—Funcionó —murmuró para sí mismo. Su voz era plana, sin la inflexión chillona que usaba en público—. Creen que no sé leer. Creen que el chakra me confunde.

Naruto cerró el grifo. 

El silencio volvió al apartamento. 

Pero, como había aprendido el año anterior, el silencio nunca estaba vacío.

El sonido de la respiración profunda seguía allí, vibrando en sus costillas.

Inhalar... 

Exhalar...

Naruto se secó la cara con una toalla.

—Sé que estás ahí —dijo al espejo.

No esperaba respuesta. 

Era una afirmación, una forma de validar su propia cordura. 

Llevaba un año conviviendo con ese eco.

Pero esta vez, el eco articuló.

—Y yo sé que tú no eres un idiota.

La voz no entró por sus oídos. 

Resonó directamente en su tronco cerebral, grave, antigua y rasposa, como piedras arrastrándose en el fondo de un río.

Cualquier niño de ocho años habría gritado. 

Habría salido corriendo. 

Habría llorado llamando al Hokage.

Naruto Uzumaki no se movió.

Sus manos, que sostenían la toalla, se congelaron por un segundo. 

Luego, con una calma espeluznante, terminaron de secarse la cara y colgaron la toalla en su gancho.

Naruto apoyó las manos en el borde del lavabo y volvió a mirar al espejo, buscando a alguien detrás de él. 

No había nadie.

—Estás dentro —dedujo Naruto. Su pulso no se aceleró. Su sangre, entrenada para la eficiencia, mantuvo su ritmo cardíaco estable—. Eres la respiración.

—Perspicaz —ronroneó la voz. Tenía un tono de burla seca, pero no de amenaza. —La mayoría de los humanos se habrían desmayado.

—Desmayarse no sirve —respondió Naruto, mirando sus propios ojos en el cristal—. Si me desmayo, me golpeo la cabeza.

—Lógica fría. Me gusta.

Naruto ladeó la cabeza. 

La situación era imposible, pero la evidencia era irrefutable. 

Había una conciencia viviendo en su torso.

—¿Eres el monstruo? —preguntó. No había miedo en la pregunta, solo curiosidad taxonómica. Quería saber cómo clasificar a su inquilino.

Hubo una pausa. 

La presencia interna pareció expandirse, llenando la habitación con una presión densa que hizo vibrar los frascos de cepillos de dientes.

—Los aldeanos me llaman así. Tu maestro me llama el Zorro de Nueve Colas.

—¿Y tú? —insistió Naruto—. ¿Cómo te llamas tú?

La presión se detuvo. 

La sorpresa de la entidad era palpable.

—...No tienes miedo —observó la voz, ignorando la pregunta. —Sientes mi chakra. Sientes que podría aplastar tu mente como una uva. Y sin embargo, tu ritmo cardíaco no ha subido ni un solo latido. ¿Por qué?

Naruto se miró las manos. 

Pensó en su sangre. 

Pensó en cómo sus heridas se cerraban solas, en cómo tenía que fingir ser torpe, en cómo el mundo lo odiaba por algo que no había hecho.

—Porque tú no me tiras piedras —dijo Naruto simplemente—. Y porque estás encerrado. Si quisieras matarme, ya lo habrías hecho. Si no lo has hecho, es porque no puedes o porque no quieres.

—Eres un pragmático.

—Soy un superviviente.

Kurama, desde la oscuridad, mostró una sonrisa de dientes afilados que nadie pudo ver.

Había esperado encontrar a un niño llorón. 

O a un héroe idealista. 

En su lugar, había encontrado a un pequeño sociópata funcional, moldeado por la soledad y una biología defectuosa.

Naruto no veía al Kyūbi como un demonio. Lo veía como una variable.

—No soy tu amigo, cachorro —advirtió la voz, bajando el tono a un susurro cavernoso. —Soy odio encarnado. Soy desastre.

—Bien —dijo Naruto, apagando la luz del baño—. Yo soy el payaso de la clase. Los dos somos mentirosos.

Naruto salió al pasillo oscuro. 

La conversación había terminado. 

Lo sintió. 

La presencia se retrajo, volviendo a ser solo esa respiración de fondo rítmica y pesada.

El niño de ocho años se metió en la cama.

No rezó. 

No tembló. 

Se quedó mirando el techo con una satisfacción nueva.

El mundo pensaba que estaba solo. 

El mundo se equivocaba.

Tenía una voz en su cabeza. Y por primera vez en su vida, Naruto sintió que tenía una ventaja injusta.

—Buenas noches, inquilino —susurró.

Desde lo profundo, un gruñido casi imperceptible respondió. No era un "buenas noches". Era un reconocimiento.

El juego había comenzado.

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