Capítulo 2
El tejado olía a ozono y metal caliente. Ese olor siempre aparecía después de correr, como si el aire se quejara por haber sido cortado demasiado rápido. A mi lado, la barrita de chocolate estaba hecha pedazos; migajas aplastadas contra el concreto. Tenía los dedos sucios, un poco temblorosos, todavía calientes.
La camiseta soltaba un humo fino, casi tímido, que se perdía en la noche. No era grave. Aún no.
Me apoyé en el borde del edificio y miré la ciudad desde arriba. Luces amarillas, blancas, rojas. Coches avanzando como insectos lentos. La autopista parecía un río espeso de luz sucia, arrastrándose con paciencia infinita. Inspiré hondo.
Ser rápido no era solo moverse.Era respirar distinto.Era sentir que el mundo iba mal sincronizado… y yo no.
Allí arriba, con el tiempo estirado como chicle, todo tenía sentido.
Entonces el aire cambió.
No fue un ruido. Fue una presión. Como si el mundo hubiera inhalado de golpe.
…Ah. No soy el único.
Una estela roja atravesó el cielo y aterrizó a pocos metros de mí con un golpe seco. Las tejas crujieron, algunas se desplazaron un centímetro. Polvo en el aire. Movimiento controlado, pero no elegante. Profesional.
El tipo se incorporó, sacudiéndose el polvo de los hombros. Alto. Atlético. El traje rojo con cintas amarillas parecía moverse incluso cuando él estaba quieto, como si la tela no aceptara la idea de detenerse del todo. Las gafas reflejaban la ciudad, pero no dejaban ver sus ojos.
Tenía postura de alguien que siempre está apurado.
—No esperaba encontrar otro velocista en este barrio —dijo.
Su voz era rápida, un poco rasposa, con ese tono de alguien que ha hablado demasiado sin descansar. No sonaba amenazante. Sonaba… cansado.
Definitivamente no es policía.
—Pues mira —dije, apoyando más peso en un pie—, parece que la noche está llena de sorpresas.
Sonreí. La sonrisa automática. La que uso cuando no quiero que me lean por dentro.
Sus gafas bajaron un poco. Me recorrió de arriba abajo. No como alguien evaluando una presa… sino como alguien revisando daños. Se detuvo en mis hombros. En los pequeños agujeros de la camiseta. En el borde chamuscado de la manga.
No dijo nada. Eso fue peor.
Avanzó despacio, pasos medidos. Demasiado tranquilo para alguien que puede cruzar una ciudad en segundos. Luego señaló mi bolsillo, donde asomaba la esquina doblada del ticket.
—"Devuelto sin cargo. 😏" —leyó en voz alta.
Hizo una pausa. Ladeó la cabeza.
—Buen marketing. ¿Quieres un consejo? Deja de firmar las escenas del crimen.
Me encogí de hombros.
—Me gusta que sepan que alguien pasó por ahí. Es… satisfactorio. Además, si voy a ser un fantasma, mejor uno con marca registrada.
Su boca se curvó apenas. No era sonrisa completa. Más bien una grieta de humanidad.
—Fantasma, eh —murmuró—. ¿Cuántos años tienes, chico?
Ahí está.
—Tre… —me detuve. No por nervios. Por cálculo—. Catorce. Casi quince.
Lo vi tensarse. No mucho. Solo lo suficiente para notarlo. Como cuando alguien pisa el freno antes de tiempo.
—Eres joven —dijo—. Demasiado.
Su tono cambió. Menos ligero. Más real.
—Te lo digo claro: esto no es un juego. La velocidad come sin pedir permiso. Y cuando rompes los límites… el cuerpo cobra.
Sentí el calor aún atrapado en la manga. En los antebrazos. En los muslos. Como brasas apagándose lento.
—Lo sé —respondí—. Por eso no corro hasta romper todo. Solo… lo suficiente para que la gente no me vea.
Soltó una risa breve. Seca. Sin humor.
—Ajá.
Dio un paso atrás.
Y desapareció.
No se fue.No corrió.Simplemente dejó de estar ahí.
El aire me golpeó un segundo después. Una ráfaga que me sacudió la ropa y me obligó a clavar los pies. Giré la cabeza instintivamente.
Al otro lado del tejado, una teja estaba partida. No explotada. Agrietada con precisión. El aire vibraba, como si aún no aceptara que había pasado algo imposible.
Él reapareció frente a mí, quieto, respirando normal.
—Eso —dijo, señalando la grieta— no es para presumir. Es para que sepas hasta dónde puede romperse algo de verdad.
No alzó la voz. No necesitaba hacerlo.
—No te lo digo para asustarte —continuó—. Te lo digo para que no lo ignores… hasta que sea demasiado tarde.
Mi corazón iba rápido. No por el viento. Por otra cosa. Algo pesado.
Red Rush.
No lo dijo. No hacía falta. El traje, la forma, la manera en que miraba el mundo como si siempre llegara tarde a salvarlo.
—¿Y tú qué quieres? —pregunté.
Porque siempre hay algo.El GDA.Un micrófono.Una jaula bonita con la palabra protección escrita afuera.
Él miró hacia la ciudad. Sus hombros se tensaron.
Seguí su mirada.
Allí. Un brillo blanco. Pequeño. Demasiado estable. Parpadeó una vez, como si alguien acabara de ajustar un enfoque.
—Quiero que te cuides —dijo—. Y que te muevas con cabeza. Hay ojos. No todos son amigos.
Silencio.
—Y los que no lo son… te tratarán como un experimento.
Un zumbido bajo llenó el aire. Mecánico. Circular.
Un punto de luz triangular avanzaba hacia nosotros. Demasiado limpio. Demasiado ordenado.
No es policía.
Red Rush apretó la mandíbula.
—Tenemos compañía.
No pensé. El cuerpo decidió primero. Me incorporé, sentí el calor subir de nuevo por los brazos. Sonreí. No una sonrisa alegre. Una sonrisa afilada.
—Nivel no completado todavía —dije—. ¿Plan?
Por primera vez, su voz perdió dureza.
—No corras como si fueras invencible —dijo—. Corre como si tu vida dependiera de ello. Y aprende a desaparecer.
Saltamos.
La ciudad se inclinó. El aire gritó.
Red Rush aceleró primero. Su borrón rojo cortó la noche como una cuchilla viva. Yo lo seguí, manteniéndome justo por debajo del sonido. Sentí el calor subir, controlado, concentrado en brazos y piernas. El dron intentó seguirnos, luces parpadeando desesperadas.
Pero éramos sombras.
Esa noche, por primera vez…
No corrí solo.
