El aire gélido del bosque cortaba como cuchillas mientras Azrael corría, con los pulmones ardiendo. En los segundos finales, justo cuando el hechizo del mago comenzaba a brillar con un brillo mortal, un grupo de aventureros emergió de entre los árboles. Su intervención fue tan rápida como brutal. Azrael solo alcanzó a ver un destello de acero antes de que la cabeza del mago rodara por el suelo, separada de su cuerpo. El terror y la adrenalina corrieron por sus venas. En ese instante, la advertencia de Dam resonó en su mente con una claridad aterradora: «Ten cuidado. No confíes en nadie». El corazón le latía con fuerza contra las costillas. Sin pensar, sin mirar atrás, sus pequeñas piernas lo impulsaron hacia adelante sin descanso. Miró hacia atrás solo por un momento y vio al grupo de figuras de pie junto al cadáver, pero no le importó. Su único pensamiento fue una sola frase, repitiéndose como un redoble de tambor: «Tengo que llegar a casa rápido».
La carrera se convirtió en un torbellino de ramas que le golpeaban la cara y raíces que amenazaban con hacerle tropezar. Finalmente, la silueta familiar de su cabaña apareció entre los árboles. Abrió la puerta de golpe y encontró a sus padres dentro, con el rostro desdibujado por la profunda preocupación. La noche había caído hacía mucho tiempo.
—¿Dónde estabas, Azrael? —preguntó su madre con la voz entrecortada por la ansiedad—. Desapareciste sin dejar rastro.
"Lo siento, papá, mamá", logró decir entre jadeos, mientras el calor de la cabaña contrastaba con el frío que aún lo aferraba. "Solo quería ayudar".
No pudo contenerlo más. Los sollozos sacudieron su pequeño cuerpo con una fuerza incontrolable, liberando toda la tensión del ataque y la huida. Sus padres no dijeron nada. Lo envolvieron en un abrazo fuerte y cálido, sosteniéndolo mientras temblaba. Y allí, en medio de esas lágrimas, Azrael sintió algo que no había sentido en muchísimo tiempo: el amor incondicional y protector de sus padres. Un sentimiento que creía perdido para siempre.
Sin embargo, la paz no duró. Esa noche, al dormirse, lo asaltaron pesadillas. No eran simples sueños, sino recuerdos vívidos y distorsionados: el rostro burlón del mago, el brillo del hechizo, el filo del cuchillo del goblin acercándose a su mano. Despertó sobresaltado, empapado en sudor frío, con lágrimas secas adheridas a sus mejillas. La habitación estaba oscura, pero no vacía. Su hermana pequeña, Nikol, se acercó sigilosamente a su saco de dormir.
"¿Estás bien, hermano?", susurró con voz soñolienta pero preocupada. "Gritabas y te movías mucho".
Azrael se frotó los ojos, intentando calmar el temblor de sus manos. "Estoy bien, Nikol. Solo fue una pesadilla."
La niña lo miró con sus grandes ojos, llenos de una seriedad que no correspondía a su corta edad. Sin decir nada, se apartó un momento y regresó con su posesión más preciada: una muñeca de tela desgastada y remendada con forma de conejo, a la que llamó Felfa.
—Si quieres, puedo darte a Felfa para que se quede contigo y te proteja —ofreció, extendiendo el juguete como si fuera un talismán sagrado.
Con un nudo en la garganta, Azrael aceptó la muñeca. No creía en su poder mágico, pero el gesto de su hermana valió más que cualquier hechizo. Esa noche, abrazando al conejo de tela, las pesadillas no volvieron. A la mañana siguiente, desayunó con calma, aunque no podía dejar de repasar cada detalle de lo sucedido, una y otra vez.
Al día siguiente, la tensión reinaba en la pequeña casa. Sus padres, sentados a la mesa, hablaban en voz baja sobre los rumores que habían traído los vecinos.
—Amor, ¿escuchaste el rumor sobre un mago decapitado encontrado en el bosque del este? —preguntó su madre, frotándose los brazos como si tuviera frío.
—Sí, cariño —respondió su padre con voz grave y cansada—. Debe ser porque el reino se prepara para la guerra. La situación se está poniendo fea.
Azrael estaba sentado en un rincón, con la mirada perdida mientras revivía la escena que había vivido. Sus padres lo observaban de reojo, preocupados. Ya no veían la chispa de curiosidad en los ojos de su hijo, solo una sombra de miedo. Finalmente, no pudieron soportarlo más.
—Azrael —dijo su madre con dulzura mientras se acercaba—. ¿Puedes contarnos qué pasó ayer? ¿Por qué desapareciste?
Ante su mirada expectante, Azrael se derrumbó. Con voz temblorosa, les contó todo: su deseo de ayudar, el ataque del goblin, la aparición del mago y su traición. Al terminar, un silencio denso inundó la sala.
"Hijo... gracias a Dios que estás a salvo", exclamó su madre, abrazándolo de nuevo, mientras su padre asentía con una mirada de profunda impotencia. "Podría haberte pasado algo terrible".
Azrael sintió que se le quitaba un peso del pecho, pero el miedo, ese gélido compañero, se le aferraba con fuerza. Días después, mientras acompañaba a su madre al mercado, vio a magos callejeros usar fuego como parte de una actuación. Al instante, su cuerpo reaccionó antes que su mente: su corazón se aceleró, sus manos temblaron, un sudor frío le cubría la nuca. Alerta, su madre notó su palidez y rápidamente lo llevó a casa.
Sus padres comenzaron a ver que Azrael mejoraba muy lentamente, pero se sentían profundamente impotentes. Carecían de magia, no eran espadachines y carecían de los medios para proteger a sus hijos de un mundo que repentinamente se sentía hostil y lleno de amenazas. Una noche, durante conversaciones en voz baja, llegaron a un acuerdo: no permitirían que sus hijos recorrieran el mismo camino de limitaciones y pobreza que ellos mismos padecieron. Tomarían medidas drásticas.
Empezaron a considerar la posibilidad de vender las tierras familiares, la única propiedad que poseían. La decisión fue dolorosa, pero la tomaron. Una vez vendidas, buscaron trabajo desesperadamente. Les rogaron a los comerciantes que les dieran cualquier trabajo, por pequeño que fuera. Algunos les lanzaron agua para ahuyentarlos; otros los insultaron. Ya no les importaba. Su única guía era la esperanza de un futuro mejor para sus hijos.
Por la noche, durante la cena, los padres solo bebían un vaso de agua y comían un poco de pan seco para calmar el hambre. No les importaba su salud; les bastaba ver la felicidad con la que sus hijos devoraban sus porciones, llenándoles el corazón de una alegría amarga pero satisfactoria. Al día siguiente, lo intentaron de nuevo. Y esta vez, lo lograron: un trabajo de plantar y cosechar diversos tipos de verduras y frutas. Era un trabajo agotador, pero era un comienzo.
Pasaron tres meses. Temprano esta mañana, sus padres despertaron a Azrael para desayunar. Era un día especial: cumplía nueve años. Feliz, aunque con una madurez prematura en la mirada, salió de su habitación y fue recibido con una lluvia de abrazos.
"¡Feliz cumpleaños, hermano!" gritó Nikol, saltando de alegría.
"¡Feliz cumpleaños, pronto!" corearon sus padres, mientras sus sonrisas intentaban ocultar meses de agotamiento y sacrificio.
Los cuatro se abrazaron con fuerza, formando un círculo de amor resiliente. En ese momento, Azrael sintió que comenzaba a dejar atrás su vida pasada —una vida llena de lamentos y vacío— y a abrazar una nueva vida que le daba la motivación para seguir viviendo, para seguir luchando.
—Hijo —anunció su padre con solemnidad—, queremos decirte que ahorramos lo suficiente para que puedas asistir a la Academia del Reino. Romperás el ciclo.
Explicaron que habían vendido las tierras familiares. Habían decidido arriesgarlo todo para darle a su hijo lo que nunca habían podido obtener. Con la mente de un adulto, Azrael comprendió de inmediato la magnitud del sacrificio y el peso de la decisión que ahora recaía sobre él.
"Hijo, no te preocupes", dijo su madre, leyendo la duda en su rostro. "Acéptalo. No hay vuelta atrás, y nosotras no la queremos. Queremos verte llegar muy lejos".
—Papá… Mamá… hermanita… —logró decir Azrael, con un nudo en la garganta mientras parpadeaba rápidamente para contener las lágrimas.
Corrió hacia ellos y los abrazó con fuerza, sellando su decisión con ese gesto. Iría a la academia. Pero aún le quedaba un año de preparación. Solo lo sabía por rumores, y uno en particular lo aterrorizaba: «Por lo que he oído, solo los hijos de condes y reyes asisten a la Academia del Reino. ¿Podré estar a su altura?».
El miedo a no ser lo suficientemente bueno lo abrumaba. Al ver su ansiedad, su padre le entregó un viejo libro que guardaba: una guía para dominar la espada de forma sencilla. Emocionado, Azrael comenzó a estudiarlo. Como no tenía espada, encontró una rama gruesa y resistente y empezó a practicar con ella. Pronto descubrió que el cuerpo de su hijo no estaba acostumbrado a tanta intensidad; cada día terminaba dolorido y magullado. Pero persistió. Golpeó una enorme piedra una y otra vez, con la mente fija en la idea de que tenía que partirla. Sin embargo, con el paso de los días, la frustración crecía. No mejoraba. Su progreso era mínimo.
"¡Ahhhhhh!", gritó una tarde, exhausto. "¿Por qué no puedo aprender algo tan básico con una guía sencilla?"
Su grito de frustración resonó por el claro del bosque mientras golpeaba la piedra con todas sus fuerzas, hasta que la rama finalmente se rompió con un crujido seco y final.
