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Chapter 9 - Capítulo 8 – Raciones y terremoto

Días después de la reunión de los veintiocho

El mundo no supo lo que realmente había ocurrido en la Antártida.

No hubo comunicados oficiales, ni transmisiones filtradas, ni imágenes satelitales claras. Para la humanidad, aquellos días fueron solo una sucesión de noticias confusas, rumores y silencios incómodos.

Pero los gobiernos sí lo supieron.

Cada superhumano regresó a su país con una versión distinta de los hechos, adaptada no a la verdad completa, sino a lo que creían que sus naciones podían soportar.

Ninguno mintió del todo.

Pero ninguno dijo todo.

En gran parte del continente americano, la reacción fue inmediata… y tensa.

Los presidentes y altos mandos entendieron el mensaje con claridad: existía ahora un grupo de individuos capaces de actuar por encima de fronteras, leyes y ejércitos.

Para muchos, aquello no era cooperación.

Era una amenaza directa a la democracia.

Se habló de pérdida de soberanía, de actores no electos, de un poder imposible de fiscalizar. Sin embargo, todas las discusiones terminaban en el mismo punto muerto:

No podían hacer nada.

Ni amenazas.

Ni sanciones.

Ni fuerza militar.

Estados Unidos fue un caso particular.

La administración recibió informes indirectos a través de aliados europeos y latinoamericanos, pero no tuvo uno propio. Su superhumana nunca regresó a rendir cuentas. El silencio fue interpretado como un desafío.

Aun así, tras intensos debates internos, se aceptó una postura oficial: respaldar ciertas regulaciones internacionales, siempre que parecieran surgir de acuerdos multilaterales y no de imposiciones abiertas.

En privado, muchos sabían la verdad:

No estaban regulando a los superhumanos.

Estaban intentando no provocarlos.

En Asia, la reacción fue distinta.

No hubo discursos incendiarios ni llamados públicos al miedo.

Hubo análisis.

Reuniones largas.

Silencio estratégico.

En países donde la disciplina, el orden y el progreso colectivo ya eran valores centrales, la existencia de los superhumanos fue vista como un factor más a integrar… con cuidado.

No como salvadores.

No como enemigos.

Sino como una fuerza que debía alinearse.

China, Corea del Sur y Japón coincidieron en algo fundamental: si el mundo estaba cambiando, resistirse frontalmente solo aceleraría el conflicto.

La palabra alianza no apareció en documentos oficiales.

Pero, en la práctica, todos entendieron que tarde o temprano terminarían colaborando con ellos.

India no mostró sorpresa.

Su liderazgo escuchó el informe de Anaya Mehra sin interrupciones ni reproches. Cuando terminó, nadie habló durante varios segundos.

Luego, una sola pregunta:

—¿Esto evitará una guerra mayor?

La respuesta fue honesta.

—Tal vez.

Eso fue suficiente.

India no debatió sobre legitimidad moral ni precedentes peligrosos. Para ellos, el mundo siempre había sido caótico, y sobrevivir había requerido adaptarse una y otra vez.

Si los superhumanos podían inclinar la balanza hacia la estabilidad, entonces debían ser utilizados con responsabilidad.

Nada más.

Nada menos.

En Europa, la palabra más repetida no fue miedo, sino precedente.

Aceptaron el diálogo.

Aceptaron la cooperación.

Pero cada informe fue archivado con una etiqueta no oficial:

Riesgo a largo plazo.

A pesar de las diferencias culturales y políticas, todos los análisis coincidían en algo inquietante:

Los superhumanos no se veían a sí mismos como gobernantes.

Pero tampoco como simples ciudadanos.

Habían creado reglas.

Habían fijado fechas.

Habían asumido responsabilidades que nadie les otorgó formalmente.

Y lo más alarmante no era su poder, sino su organización.

Un presidente europeo lo resumió en una reunión privada:

—No nos enfrentamos a dioses…

—sino a personas que creen que deben decidir antes de que lo hagamos nosotros.

Turquía | Febrero de 2023

Osman

No fue un temblor lo que sentí primero.

Fue la calma.

Ese instante antinatural en el que el suelo parece contener la respiración, como si la tierra misma dudara antes de decidir si va a romperse. Lo había sentido antes, en batallas, justo antes del impacto.

Pero esto era distinto.

Más grande.

Más antiguo.

Algo se estaba acumulando bajo mis pies.

La tierra siempre tiene presión en sus placas tectónicas. Eso es normal.

Pero esto no lo era.

No necesitaba mapas ni sensores. Mi cuerpo lo entendía antes que mi mente: la tensión, la violencia contenida a kilómetros de profundidad. Una fuerza invisible que exigía ser liberada.

Un terremoto venía.

Y no uno pequeño.

Aparecí fuera de la ciudad casi sin pensarlo. El aire se desgarró a mi espalda cuando me detuve. Cerré los ojos y dejé que mi percepción descendiera, atravesando capas de roca y tiempo.

Era enorme.

La falla estaba al límite. Si se liberaba de forma natural, la sacudida sería larga, brutal, impredecible. Pensé en edificios antiguos, en ciudades densas, en gente durmiendo sin saber que el suelo ya había decidido su destino.

Si no hacía nada…

No sabía cuántos morirían.

Esa fue la peor parte: no había números.

Solo intuición.

Mi poder siempre había sido simple: fuerza contra fuerza. Golpear, resistir, detener. Pero aquí no había un enemigo. No había intención. Solo la tierra, acumulando siglos de presión sin importarle quién vivía encima.

Podía intervenir o podía observar.

¿Cuál era la decisión correcta?

Pensé en los otros. En las reglas no dichas. En la advertencia constante de no tomar decisiones importantes solo.

Pero el tiempo se acababa.

Elegí hacer algo.

No por orgullo.

No por querer ser un salvador.

Lo hice porque no podía quedarme quieto sabiendo que, tal vez, podía reducir el daño.

Golpeé.

No con toda mi fuerza, sino con precisión. Un impacto profundo, dirigido al punto exacto donde la tensión era mayor. La idea era simple: liberar parte de la energía, suavizar el quiebre, convertir una catástrofe en algo manejable.

Por un instante…

Sentí alivio.

La presión bajó.

La vibración se estabilizó.

Me pregunté si había funcionado.

No lo había hecho.

Cuando la tierra se rompe no es como un muro.

Es como un cristal.

La energía escapó del punto que había tocado, buscó salida en otros lugares. Fallas secundarias. Zonas débiles. Terreno que no estaba listo para absorber lo que yo había redirigido.

El primer gran sismo llegó sin aviso.

No fue uniforme.

No fue "natural".

Fue caótico.

Algunas zonas apenas se sacudieron.

Otras se desplomaron como si hubieran sido castigadas.

Sentí edificios colapsar como si fueran parte de mi propio cuerpo. La vibración viajaba por la tierra y regresaba a mí convertida en ruido, en dolor, en gritos que todavía no escuchaba, pero que sabía que existirían.

Luego vino otro temblor.

Más corto.

Más profundo.

Ahí entendí que ya no estaba controlando nada.

Cuando salí de la tierra, caí de rodillas.

No porque la tierra me venciera, sino porque por primera vez pensé algo que nunca había pensado antes:

Tal vez no debía haber intervenido.

Después ayudé.

Claro que ayudé.

Con mi oído fue fácil detectar dónde estaban las personas. Tras un tiempo, otros superhumanos llegaron. No todos, pero los suficientes.

Saqué gente de entre los escombros.

Sostuve edificios el tiempo necesario para que otros escaparan.

Corrí y volé sin descanso durante horas.

Pero cada vida que salvaba llevaba una sombra.

Porque no podía dejar de preguntarme:

Si no hubiera hecho nada…

¿esto habría sido peor?

¿O simplemente distinto?

Tal vez el terremoto natural habría sido más amplio, más largo, más uniforme.

Tal vez habría matado a muchos más.

O tal vez no.

Tal vez mi intervención no salvó a nadie.

Tal vez solo cambió quiénes murieron.

Y esa es una diferencia que nadie puede medir.

El silencio

Nadie supo lo que hice.

Los informes hablaron de anomalías, de modelos que no encajaban, de una liberación de energía irregular. Los científicos estaban confundidos. Los políticos, ocupados contando cadáveres y reconstruyendo discursos.

Yo no dije nada.

Los otros lo sabían.

No me juzgaron.

Eso fue peor en su opinión.

Aviso importante Esta obra es una creación de ficción. Los personajes, sucesos y diálogos aquí descritos son producto de la imaginación del autor. Cualquier semejanza con personas reales, incluidas figuras públicas como presidentes, líderes políticos o instituciones, es utilizada únicamente con fines narrativos y no pretende reflejar hechos reales ni opiniones sobre dichas personas o entidades. No debe interpretarse como una representación fiel de la realidad, sino como parte de un universo ficticion la historia si me pertenece.

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