Tras el encuentro con el oso, Damián esa noche, al regresar a la aldea, no pudo dormir por el dolor constante de las heridas y decidió salir a buscar un lugar donde alguien pudiera cerrárselas antes de que empeoraran. Cada vez que intentaba recostarse, el ardor en su abdomen y el tirón en el cuello lo obligaban a incorporarse de nuevo, con la respiración entrecortada y los dientes apretados.
No podía acudir siempre a los curanderos de su aldea local, ya que sospecharían demasiado del porqué sus heridas se volvían a abrir una y otra vez, e incluso de por qué le aparecían heridas nuevas en el cuerpo, cada vez más grandes y profundas. No era normal para un simple vendedor ocasional de fruta o leñador presentar ese tipo de marcas. Demasiadas preguntas terminarían llevándolo a problemas que no podía permitirse.
Así que, con el cuerpo entumecido y la ropa manchada de sangre seca, salió de la aldea caminando con dificultad, apoyándose en los árboles del camino para no caer. Cada paso le arrancaba una mueca de dolor, y el pulso en su abdomen parecía latir con vida propia, recordándole que estaba a un mal movimiento de volver a sangrar. El aire nocturno era frío y húmedo, y se le colaba por la piel como agujas.
Se dirigió hacia una zona donde anteriormente había escuchado que se encontraba un barbero-cirujano, alguien que no hacía demasiadas preguntas mientras el pago fuera bueno. No era un lugar al que la gente decente acudiera por gusto, pero para Damián era una opción necesaria.
Tomó una calle lateral de la plaza principal. El lugar estaba hecho de madera y piedra fría, hundido en la oscuridad de un callejón donde solo destacaba un cartel de franjas rojas y blancas que crujía con el viento, golpeando suavemente la pared. Frente a él, una puerta de roble macizo sin ventanas parecía más la entrada a una bodega que a un lugar de sanación, como si el interior no quisiera ser observado desde fuera.
Damián alzó la mano y tocó la puerta con los nudillos, tres golpes secos que resonaron en el silencio. Una voz de hombre sonó desde el interior, grave, cansada y sin curiosidad.
—Pase adelante.
Damián empujó la puerta y observó el lugar con cautela antes de dar un solo paso dentro.
El interior estaba iluminado solo por velas tenues que proyectaban sombras irregulares contra las paredes. En el centro destacaba una silla de roble con correas de cuero gastadas, junto a una mesa repleta de herramientas de hierro: agujas de distintos tamaños, pinzas, cuchillas, sierras pequeñas y recipientes con líquidos turbios. Había otra silla, esta sin respaldo, y vendas sucias apiladas en un rincón. El ambiente olía a sangre seca, óxido y alcohol fuerte, un olor espeso que se le metió en la garganta y le revolvió el estómago.
—¿Qué necesitas? —dijo el hombre, sin mirarlo directamente, mientras limpiaba una herramienta con un trapo oscuro.
—Escuché que usted puede hacer costuras en heridas abiertas de las personas —respondió Damián, procurando que su voz no temblara.
El barbero-cirujano levantó la vista por fin. Tenía el rostro curtido, la barba descuidada y unos ojos apagados que ya habían visto demasiada carne abierta como para impresionarse.
—Así es.
—Quisiera pedirle que me ayude a cerrar algunas heridas que tengo en el abdomen y el cuello.
El hombre lo observó durante varios segundos, evaluándolo con calma, como quien decide si vale la pena el esfuerzo.
—Toma asiento.
La luz de la vela temblaba sobre la mesa de instrumental, proyectando la sombra de una aguja curva contra la pared de piedra. Damián estaba sentado en la silla de roble sin respaldo, con el torso desnudo y la piel pálida bañada en sudor frío. Cada respiración era un suplicio que tensaba los bordes abiertos de su carne, como si en cualquier momento fueran a desgarrarse de nuevo. Sentía la sangre correr lenta bajo la piel, caliente y peligrosa.
El barbero, un hombre de unos cuarenta y siete años aproximadamente, con manos nudosas y un delantal que contaba historias de mil carnicerías, limpió una aguja con un trapo humedecido en vino agrio.
—Muerde esto, muchacho —dijo con voz ronca, lanzándole un trozo de cuero endurecido—. No quiero que te rompas los dientes cuando empiece el baile.
Damián lo atrapó con dedos temblorosos, mirando con aprensión el metal brillante.
—Señor… —murmuró, tratando de mantener la compostura a pesar del dolor—, por favor, trate de ser… lo más firme posible. No puedo permitirme que los puntos salten mañana.
El barbero soltó una risa seca, breve, sin rastro de humor.
—Tú ocúpate de no moverte y yo me ocuparé de que no te desparrames por el suelo. Eres joven, tu piel aún tiene agarre.
Sin más preámbulos, el hombre presionó los bordes del primer zarpazo en el abdomen. Damián hundió los dientes en el cuero, soltando un gemido ahogado mientras sentía el primer pinchazo frío de la aguja atravesando su dermis.
—Quédate quieto —le ordenó el barbero, tirando del hilo con una eficiencia brutal—. Si tiemblas, el agujero se hace más grande y me haces perder el hilo.
Punto tras punto, el barbero fue cerrando las tres marcas del vientre. Damián sentía que el fuego líquido le recorría las costillas y la espalda, pero mantenía la vista fija en la pared, contando las grietas de la piedra para no perder el conocimiento. Sus manos se aferraban a la madera de la silla, los nudillos blancos por la tensión.
—No es la primera vez que te cosen —comentó el barbero de pronto, sin levantar la vista—. Se nota en la forma en que aguantas.
Damián no respondió. No se atrevía a soltar el cuero de la boca ni a desperdiciar fuerzas.
Finalmente, el barbero-cirujano pasó a la herida más peligrosa: el tajo en el cuello.
—Esta es la que te iba a llevar al hoyo —comentó el hombre, evaluando la profundidad de la herida cerca de la yugular—. Levanta la barbilla. Un poco más. Así.
Damián obedeció con dificultad, sintiendo cómo la piel tirante amenazaba con abrirse de nuevo.
—¿Usted… cree que dejará mucha cicatriz? —logró articular, con la voz quebrada.
—Te dejará una marca que recordará a todos que eres demasiado estúpido o demasiado suertudo para seguir respirando —sentenció el barbero mientras clavaba la aguja en el tejido sensible del cuello—. Ahora cállate y deja de gastar aire, que esto va a escocer de verdad.
Damián cerró los ojos con fuerza. El olor a hierro de su propia sangre y el vinagre del barbero lo envolvieron mientras sentía el tirón final del hilo anudándose bajo su mandíbula. Estaba vivo, pero cada fibra de su ser le recordaba que solo era un conjunto de costuras y voluntad.
Cuando el barbero terminó, dio un paso atrás y limpió sus manos con desgano.
—Eso es todo. Si se abre otra vez, no vuelvas llorando.
Tras la suturación, Damián tomó su bolsa y contó las monedas.
—¿Cuánto es el precio por esto?
—Tres monedas de plata —respondió el barbero—. Y cinco para no dar información de que viniste aquí.
Damián asintió.
—Le daré siete —dijo—, pero olvide mi rostro olvide que me vio como si nunca hubiera venido a este lugar.
El barbero lo miró con algo de sorpresa y luego encogió los hombros.
—Está bien.—Dijo ya que le sorprendio un poco que le pagara mas de lo que suele cobrar.
Damián se vendó con cuidado, ya que aún sangraba un poco. Salió caminando con dolor, pero más tranquilo, sabiendo que sus heridas no se abrirían mientras caminaba.
—Si regreso ahora, probablemente mis heridas se infecten… es obvio que ese lugar contiene suciedad —murmuró para sí—. Lo bueno es que conozco a una herbolaria.
Se internó en el bosque, esta vez atento a no entrar en territorio de animales depredadores. Caminó con cautela, escuchando cada crujido y cada susurro del viento entre las hojas, hasta que finalmente llegó.
La cabaña de la herbolaria, oculta bajo musgo, tenía una calavera de ciervo sobre la puerta. Al entrar, el olor a sangre fue reemplazado por tierra mojada y flores amargas. Plantas marchitas colgaban del techo y frascos con raíces y aceites llenaban los estantes. Una mesa de piedra manchada esperaba en el centro.
Mora.
Una mujer de unos cuarenta y cinco años, de presencia gélida y autoritaria. Sus ojos ámbar analizaban debilidades, y sus manos estaban teñidas de negro y violeta por raíces y venenos. Vestía una túnica verde oscuro y un delantal de cuero con pequeños viales que tintineaban al moverse.
—Hueles a miedo y a la carnicería del barbero muchacho —dijo sin girarse.
—Señora… —Damián se sostuvo el abdomen—. Fui a suturarme, pero necesito evitar infecciones.
—Siéntate.
Desató los vendajes y bufó al ver las costuras.
—Esos hombres cosen personas como sacos —murmuró.
Le dio una infusión amarga y luego aplicó una pasta verde que ardió como fuego. Aunque trato de evitar quejarse.
—¿Qué me está dando? —preguntó él.
—Algo para que no mueras del susto.
—¿Como puedo pagarle señora?
—Puedes traerme raíz de sueño y musgo de tumba. La plata no me beneficiaria ya que las hierbas y raíces que uso no se suelen vender, ademas ya no estoy en edad de trepar arboles oara conseguir las mayoria de lo que uso —respondió ella—. Cuando la luna cambie puedes ir. Pero si decides marcharte sin hacerlo, cuando vuelvas necesitandome otra vez hare que tu carne se descomponga.
Damián asintió, aceptando el trato sin discutir. Aunque no puede morir por completo, una infeccion en sus heridas seria muy dolorosa
Al salir, el amanecer ya era cada vez mas notorio.
Caminaba aún lentamente por el dolor pero se encontraba más tranquilo ya que ahora sus heridas no se abrirían tan fácil y ademas estas las cuales recíen suturadas no se infectarán.
Regresó lentamente a la aldea, entró en la posada sin hacer ruido.
Se quito la ropa sucia y se puso un cambio limpio.
Se recosto lentamente sobre su cama.
Recordó su vida en el mundo real, la tranquilidad perdida y los días que jamás volverían.
Ya no tenía casi nada de esperanza de poder volver.
Cerró los ojos, dejando que el cansancio lo arrastrara finalmente al sueño.
