Teresa.
Entré a la casa de mi hija con el bolso aún colgándome del brazo y la sensación de que algo no terminaba de encajarme en el pecho.
—Ya regresamos —dije, elevando un poco la voz.
—En la cocina —respondió Michael.
Luna entró detrás de mí, dejándose caer primero en el sillón como si el día le hubiera pesado de golpe.
Desde la cocina salieron Michael y mi esposo con dos cafés humeantes en las manos. El aroma llenó la sala.
—¿Todo bien? —preguntó mi esposo, extendiéndome una taza—. ¿Cómo les fue en la escuela?
—Bien —respondió Luna antes que yo—. Todo normal.
—Conocimos a una amiga de Lily —continuó—. Abi, muy dulce la niña.
—Ajá… —asentí, distraída.
—Y también a su profesora —agregó Luna—. Alice.
Michael levantó la vista.
—¿La maestra suplente?
—Esa misma —dijo Luna—. Es linda… aunque no se veía nada bien.
—¿Cómo que no se veía bien? —preguntó Grace, apareciendo desde el pasillo y sentándose frente a nosotros.
—Cansada —explicó Luna—. Dijo que había hecho ejercicio.
—Mucho ejercicio —murmuré sin darme cuenta.
Todos me miraron.
—¿Qué? —preguntó mi esposo.
Negué con la cabeza y tomé el café, aunque ni siquiera lo probé. Nos sentamos todos en la sala. Michael y Grace frente a nosotras, los hombres un poco más atrás, como si intuyeran que no era su terreno.
Mi mente no se callaba.
La cara de esa mujer.
La forma de los ojos.
La nariz.
La boca.
La manera en que tensó el cuerpo cuando Lily habló.
Carajo.
—¿Tú ya la conocías, Grace? —pregunté, mirándola fijo.
—Sí —respondió ella—. Es la maestra suplente. Solo estará este semestre y luego se irá.
—¿Se irá? —repetí.
—Eso dijo —asintió Michael—. Viene del extranjero. Mucho viaje, poco arraigo.
Apreté la taza.
—Interesante.
—Mamá… —Grace suspiró—. Ya sé esa cara. ¿Qué pasa?
Luna se aclaró la garganta.
—Bueno… —dijo—. Teresa empezó a hacerle preguntas.
—¿Qué tipo de preguntas? —preguntó Michael con cautela.
—Las normales —respondí—. De dónde es. Cuántos años tiene. Si tiene familia.
Grace frunció el ceño.
—¿Mamá…?
—¿Y sabes qué dijo? —continué, sin darle espacio—. Que es huérfana. Desde nacimiento. Que no tiene familia. Que ha vivido fuera la mayor parte de su vida.
El café de Grace se detuvo a medio camino de su boca.
—…No puede ser.
—Eso mismo dije yo —asentí—. Y no solo eso.
Luna me miró, sabiendo lo que venía.
—Se parece a ti —dije, mirándola directamente—. Muchísimo.
Silencio.
Mi esposo parpadeó.
—¿Cómo que se parece a Grace?
—Físicamente —insistí—. Cuando eras joven. La misma estructura. Los mismos gestos.
—Mamá, por favor… —Grace dejó la taza sobre la mesa—. ¿Otra vez con eso?
—"Otra vez" —respondí, más fuerte—. Es que esta vez no es una idea suelta. Es demasiado.
—Ese "demasiado" —intervino Michael— casi mete en problemas a esa pobre mujer.
—¿Cómo? —preguntó mi esposo, confundido—. ¿Qué problemas?
Grace cerró los ojos.
—Un malentendido —dijo—. Algunos padres empezaron a murmurar. Preguntas. Suposiciones. Todo en su segundo día de trabajo.
—¿Y no te parece sospechoso? —repliqué—. Una mujer sin pasado claro, con la edad exacta, con el parecido exacto…
—¡Mamá! —Grace alzó la voz—. Ya basta.
—No —respondí, firme—. No basta. No después de lo que salió a la luz con ese doctor. No después de saber que hubo bebés intercambiados. No después de saber que tú fuiste atendida por él.
Los hombres se removieron incómodos.
—Teresa… —murmuró mi esposo—. Cálmate.
—¿Cómo quieres que me calme? —le lancé—. ¿Cómo? ¿Y si…?
—No —interrumpió Grace—. No vamos a hacer esto.
—Yo no estoy diciendo que lo sea —mentí—. Solo digo que las coincidencias ya no son coincidencias.
—¿Y qué quieres hacer? —preguntó Michael, serio.
Lo pensé un segundo.
—Nada… aún —respondí—. Solo observar.
Luna me tomó la mano.
—Teresa…
—No voy a decir nada más —continué—. Pero no me pidan que ignore lo que vi. Porque esa mujer… esa miss Alice…
Tragué saliva.
—No es cualquier persona. Y algo me dice que su historia no está completa.
El silencio volvió a caer sobre la sala.
Y nadie, absolutamente nadie, supo qué decir.
***
Alice.
Receso.
No sé cómo diablos lo logré.
Cuatro horas.
Cuatro malditas horas sentada, de pie, caminando entre los pupitres, inclinándome para ver cuadernos, estirando el cuerpo para escribir en el pizarrón como si no tuviera suturas frescas en el abdomen y un cráneo que late como si alguien golpeara desde dentro con un martillo oxidado.
En cuanto sonó el timbre, no esperé a nadie.
No había profesores en la sala de maestros —lo confirmé apenas crucé la puerta—, así que entré directo al baño. Cerré con seguro. Apoyé la espalda contra la puerta un segundo… solo un segundo.
El aire me faltó.
—Mierda… —susurré.
Abrí la mochila con manos que ya no fingían firmeza. Saqué el pequeño botiquín improvisado que cargaba desde el domingo.
Gasas limpias. Antiséptico. Cinta médica.
Todo calculado para no levantar sospechas si alguien lo veía por accidente.
Me levanté un poco la blusa.
El espejo devolvió una imagen que me dio ganas de reírme y vomitar al mismo tiempo.
Las suturas seguían ahí. Rojas, tensas, pero estables. No había infección. No había sangrado activo.
Eso era lo bueno.
Lo malo era todo lo demás.
El dolor no había bajado ni un poco desde la explosión. Tres días.
Tres días y mi cuerpo seguía reaccionando como si todavía estuviera en el suelo del hospital, cubierta de polvo, con el oído zumbando y el estómago ardiendo.
Limpié con cuidado alrededor de la herida.
Cada roce era una descarga eléctrica.
Apreté los dientes. No hice ruido. No ahora. No aquí.
—Aguanta —me dije en voz baja—. Aguanta, maldita sea.
El antiséptico ardió. Cerré los ojos con fuerza, apoyando la frente contra el espejo frío.
Mi cabeza punzaba. No era solo dolor muscular. Era profundo. Persistente. Como si algo no hubiera terminado de acomodarse desde el golpe.
Recordé el abrazo de Abi.
Demasiado fuerte. Demasiado repentino.
No la culpo. Es una niña. Solo… mi cuerpo no estaba listo. Yo no estaba lista.
Respiré hondo. Conté.
Uno.
Dos.
Tres.
Volví a mirar la herida. Todo seguía en su lugar.
—Bien —murmuré—. Sigues viva.
Cerré la gasa nueva con cuidado, fijé la cinta, bajé la blusa lentamente. Me miré otra vez al espejo.
Ojeras. La piel pálida. El raspón en la mejilla apenas cubierto con maquillaje barato que aún no sabía usar.
Una maestra cansada.
Eso es lo que veían.
No la mujer que había salido del epicentro de una explosión.
No la que había visto sangre en el suelo del hospital.
No la que llevaba años huyendo de un lugar que nunca dejó de existir.
Me lavé las manos despacio.
El agua fría ayudó un poco con el dolor de cabeza. O eso quise creer.
Apoyé las palmas en el lavabo.
—Tres días —susurré—. Y todavía duele como si fuera hoy.
El timbre del receso sonó a lo lejos. Aún tenía unos minutos.
Enderecé la espalda con cuidado.
Forcé una expresión neutra.
La que practiqué durante años.
La de "estoy bien".
Porque podía con Helix.
Podía con un hospital explotando.
Podía con heridas mal cerradas y noches sin dormir.
Pero lo que realmente me estaba desgastando…
Era sentarme frente a un salón lleno de niños
y mirar a Lily sin que se me rompiera algo por dentro.
Salí del baño despacio.
Demasiado despacio para alguien que "solo había ido al baño".
La mano se me fue sola al abdomen, presionando con cuidado, como si así pudiera convencer al dolor de quedarse quieto. Sentía la piel tirante bajo la blusa, la sutura reclamando cada paso.
Y entonces vino la comezón.
La maldita comezón en el brazo izquierdo.
Me froté suavemente sobre la manga larga, apenas lo suficiente para sentir la venda debajo sin moverla. Picaba como si la piel estuviera sanando… o enfadándose. Ambas opciones eran malas.
—No ahora… —murmuré.
Caminé hacia la salida de la sala de profesores. El pasillo estaba vacío, silencioso, con ese eco incómodo que tienen los lugares cuando no debería haber nadie.
Di otro paso.
Y el abdomen tiró.
Fuerte.
—Ah… —el sonido se me escapó antes de poder detenerlo.
Me doblé un poco, instintivamente, llevando el brazo al vientre, respirando corto.
Justo en ese momento, la puerta se abrió.
—¿Alice?
La voz me cayó encima como un balde de agua fría.
Levanté la mirada de golpe.
La directora estaba ahí. De pie. Mirándome.
Silencio.
Su mirada bajó un segundo. No mucho. Pero lo suficiente.
—¿Está… bien? —preguntó, con ese tono cuidadoso que usan cuando ya saben que la respuesta es no.
Enderecé el cuerpo de inmediato. Demasiado rápido.
Mala idea.
—Sí —respondí, forzando una sonrisa—. Perdón, solo… me mareé un poco.
—Usted estaba… —hizo un pequeño gesto con la mano hacia mi abdomen—. ¿Se siente mal?
—No, no —me apresuré—. Es que… —reí suavemente, nerviosa— creo que exageré con el ejercicio el fin de semana.
La directora frunció ligeramente el ceño.
—¿Ejercicio… después de todo lo que ocurrió el domingo?
—Justo por eso —improvisé—. Estrés. Intento mantenerme activa.
Ella me observó con más atención ahora. No como directora. Como alguien que no termina de creerte.
—Está muy pálida, Alice.
—Siempre he sido así —respondí rápido—. Genética.
—Y camina con dificultad.
—Calambres —dije, encogiéndome de hombros—. Nada serio.
Silencio otra vez.
La directora suspiró.
—Mire, entiendo que no quiera faltar. De verdad lo entiendo —dijo—. Pero si no se siente bien, podemos reorganizar horarios. No queremos que se descompense frente a los alumnos.
—No va a pasar —aseguré, quizá con demasiada firmeza—. Estoy bien para dar clases. De verdad.
—¿Segura?
Asentí.
—Segurísima.
Ella dudó. La vi debatirse entre insistir y dejarlo pasar.
—Está bien —cedió al fin—. Pero si se siente mal, me avisa. No es negociable.
—Claro —sonreí—. Gracias.
La directora dio un paso hacia la salida, luego se detuvo.
—Alice.
—¿Sí?
—Si necesita algo… lo que sea… dígalo.
La miré a los ojos.
—Lo haré.
Mentí sin parpadear.
Ella salió. El sonido de sus pasos se perdió por el pasillo.
Yo exhalé despacio, apoyando la mano otra vez en el abdomen.
—Eso estuvo cerca —susurré.
La comezón en el brazo volvió. El dolor en la cabeza seguía ahí, constante, como un recordatorio.
Me acomodé la mochila sobre el hombro, respiré hondo y caminé hacia el pasillo.
Todavía quedaban horas de clase.
Y no podía darme el lujo de caerme ahora.
****
Directora Hawthorne.
Me quedé quieta.
Demasiado quieta para alguien que acababa de terminar una conversación normal con una profesora.
Me pegué a la esquina del pasillo, lo suficiente para no ser vista, y asomé apenas la cabeza.
La señorita Alice caminaba alejándose, con la mochila colgándole del hombro y una mano demasiado cerca del abdomen.
No caminaba mal… pero tampoco caminaba bien.
—No… —murmuré para mí misma—. No te adelantes.
La observé unos segundos más. Su postura rígida. El modo en que respiraba, corto, controlado. Como alguien que está administrando dolor, no ignorándolo.
Y el maquillaje.
Ahí fue cuando lo vi con claridad.
El maquillaje no estaba mal hecho… estaba mal colocado. Demasiado concentrado en el pómulo derecho. Como si hubiera intentado cubrir algo con prisa. Con mano torpe. No era el maquillaje de alguien que se arregla por gusto; era el de alguien que necesita ocultar.
—No hagas suposiciones —me repetí—. No hagas suposiciones.
Alice dobló en el pasillo y desapareció de mi vista.
Esperé unos segundos más.
Luego salí de mi escondite.
Caminé hacia la sala de profesores con paso lento, casi intentando convencerme de que esto era solo una verificación rutinaria. Nada más.
Abrí la puerta.
Vacía.
Las mesas intactas. Las tazas sin tocar. El silencio habitual del receso cuando cada quien está en su salón o vigilando patios.
Pero el olor…
Fruncí el ceño.
—¿Desinfectante…? —susurré.
No era fuerte, pero estaba ahí. Ese olor limpio y punzante que no pertenece a una sala de profesores. Mucho menos a esa hora.
Mis pies me llevaron solos al baño.
Abrí la puerta.
El olor se intensificó.
Medicinas. Alcohol. Antiséptico.
—Alice… —murmuré, ahora sí con preocupación.
Miré el lavabo. Limpio. El espejo, sin marcas. El piso, seco. Todo parecía normal.
Demasiado normal.
Me giré para salir… y entonces lo vi.
El bote de basura.
Me acerqué despacio, como si el objeto pudiera acusarme de algo. Incliné un poco el bote.
Ahí estaban.
Envoltorios de gasas.
Empaques de vendas.
Plásticos arrugados, cerrados con prisa.
Eso no es para un calambre.
Eso no es para "exceso de ejercicio".
Tragué saliva.
—No deberías… —me dije.
Pero ya estaba inclinándome.
Tomé uno de los envoltorios y lo abrí con cuidado.
La gasa estaba ahí.
Usada.
Vieja.
Y tenía manchas.
Pequeñas. Oscuras. Secas.
Sangre.
Sentí un nudo en el estómago.
—Esto no es normal —susurré, ahora sin intentar convencerme de lo contrario.
Me enderecé despacio, dejando todo exactamente como estaba. No quería que pareciera revisado. No quería que pareciera… acusatorio.
Apoyé una mano en el lavamanos, respirando hondo.
Alice no se veía bien.
No olía a alguien que fue al gimnasio.
No se movía como alguien con agujetas.
Se movía como alguien que se está manteniendo en pie por pura voluntad.
Pero la imagen de su rostro pálido, del maquillaje mal puesto, del gesto contenido de dolor… no se iba.
Salí del baño. Cerré la puerta con cuidado.
No tenía pruebas.
No tenía derecho a acusar.
Pero sí tenía una responsabilidad.
La puerta de la sala de profesores se abrió antes de que pudiera dar un paso más.
—¿Directora? —dijo una voz femenina desde el umbral.
Me giré de inmediato.
—Sí —respondí, acomodándome el saco casi por reflejo.
La mujer entró con paso firme, elegante, aunque había algo tenso en su postura. No era una madre nerviosa ni una abuela distraída. Se movía como alguien que había tomado una decisión difícil y ya no pensaba echarse atrás.
—Soy Teresa Whits —dijo—. Abuela materna de Lily Carter.
El nombre me encajó al instante.
—Ah… sí, claro —asentí—. Lily Carter, primer año. Un placer conocerla, señora Whits. ¿En qué puedo ayudarla?
Teresa cerró la puerta detrás de ella. No con brusquedad. Con cuidado. Como si no quisiera que nadie más escuchara.
—Necesito su ayuda —dijo—. En algo… y con alguien.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Con qué exactamente? ¿Y con quién?
Teresa respiró hondo. Pude ver cómo sus manos se apretaban alrededor del asa de su bolso.
—Antes de decírselo —comenzó—, necesito revelarle algo. Algo que mi familia ha guardado durante décadas… y que recientemente salió a la luz.
Levanté una mano casi de inmediato.
—Señora Whits, no tiene por qué contarme nada que no quiera. Si es algo personal—
—Es importante —me interrumpió, con suavidad, pero con firmeza—. Importante para que usted pueda ayudarme.
La miré en silencio unos segundos.
—Está bien —cedí finalmente—. Si es su deseo.
Teresa asintió, agradecida… y nerviosa.
—Usted ya debe estar enterada del incidente del doctor del que todo el mundo habla —dijo—. Del médico que intercambiaba bebés vivos por muertos.
Sentí un peso familiar en el pecho.
—Sí —respondí—. Estoy al tanto.
—Hace veinticinco años —continuó—, mi hija fue víctima de ese mismo doctor.
Me quedé inmóvil.
—Hace veinticinco años —repitió—, mi hija recibió a una bebé muerta en sus brazos. Le dijeron que había fallecido por un problema cardíaco no detectado.
Tragué saliva.
—Durante veinticinco años —su voz tembló apenas— creímos que mi nieta había muerto.
El silencio se volvió espeso.
—Pero ahora… —prosiguió— con la confesión de ese hombre, con todo lo que salió a la luz… hemos empezado a pensar que esa bebé pudo haber estado viva. Que pudo haber vivido todo este tiempo.
—Creo —dijo Teresa, mirándome directamente a los ojos— que la profesora Alice puede ser ella.
El golpe fue directo.
Abrí la boca, pero no salió nada.
—Tiene demasiado parecido con mi hija cuando era joven —añadió—. Demasiado como para ser solo una coincidencia.
Y entonces, sin pedir permiso, los recuerdos se encadenaron solos en mi cabeza.
El segundo día de clases.
La reunión de padres.
La madre de Abigail comentando en voz alta.
Abi riendo, diciendo que Lily y la profesora se parecían.
Yo misma, en privado, preguntándole a Alice si tenía algún parentesco con la familia Carter.
Pura coincidencia, había dicho ella.
—Directora —la voz de Teresa me sacó de mis pensamientos—. Quiero que me ayude.
Parpadeé.
—¿Ayudarla… cómo? —pregunté, ya sabiendo que no me gustaría la respuesta.
—Averiguar si es posible que ella sea mi nieta.
Negué con la cabeza casi de inmediato.
—No… no creo poder ayudarla con eso —dije—. ¿Cómo se supone que lo haría?
—No lo sé —admitió Teresa—. Pero necesito algo. Lo que sea. Algo que nos permita confirmar o descartar esta posibilidad.
Mi estómago se encogió.
—¿Confirmar… cómo?
—Una prueba de ADN —respondió sin rodeos—. Un cabello. Una uña. Una taza con labial. Una cuchara. Cualquier cosa.
Sentí un escalofrío.
—Señora Whits —dije con seriedad—, no creo que deba meterme en algo así. La profesora Alice ha confirmado que es del extranjero. Que es huérfana. No tiene registros familiares, según lo que ella misma ha dicho. Y aunque entiendo su dolor, esto—
—Por favor —me interrumpió.
Metió la mano en su bolso con un movimiento rápido.
Sacó una fotografía.
Me la tendió.
—Es mi hija Grace —dijo—. Cuando era joven.
Tomé la foto.
Y el aire se me fue de los pulmones.
Era ella.
No exactamente… pero sí.
La forma del rostro.
La mirada.
La nariz.
Incluso el lunar.
La viva imagen de la profesora Alice, con apenas pequeñas diferencias que podían explicarse por el tiempo, por la vida… por el destino.
—Dígame —susurró Teresa— que no hay ningún parentesco.
Mis dedos temblaron al devolverle la fotografía.
—Aun así —dije, forzándome a mantener la voz firme—, no creo poder intervenir. No sé si la profesora Alice quiera esto. Podría ser ilegal. Podríamos meternos en problemas. Podríamos meterla a ella en problemas.
—Mi hija no sabe que estoy aquí —dijo Teresa con rapidez—. Ni que estoy haciendo este pedido tan absurdo.
Levantó la mirada. Sus ojos estaban brillosos.
—Pero yo necesito saberlo —continuó—. Necesito saber si esa joven… es la nieta que me arrebataron. La que creí muerta durante veinticinco años.
El silencio volvió a caer entre nosotras.
Pesado.
Irrevocable.
Y supe, con una certeza incómoda, que nada de esto iba a quedarse ahí.
Caminé unos pasos hacia la pequeña barra lateral de la sala de profesores, intentando que el movimiento pareciera casual, normal. Mis manos temblaban más de lo que quería admitir.
Tomé dos vasos de plástico del dispensador y los llené de agua.
—Tome —le dije a la señora Teresa, extendiéndole uno.
—Gracias —respondió ella, aceptándolo con ambas manos.
Bebimos en silencio. El agua fría me recorrió la garganta, pero no calmó el nudo que tenía en el pecho.
Teresa fue la primera en hablar de nuevo.
—Si llegara a darse la oportunidad… —dijo despacio— una muestra de sangre también ayudaría.
La miré.
—¿Sangre? —repetí, aunque sabía perfectamente a qué se refería.
—Una curita usada —aclaró—. Un pinchazo con alguna manualidad escolar. Un raspón. Algo… más concluyente. Para que la prueba sea clara. Para que no haya dudas.
Dejé el vaso sobre la barra con cuidado y me pasé una mano por el cabello, desordenándolo un poco.
—Esto… —exhalé— esto es demasiado.
Teresa no dijo nada. Solo me observó.
—En toda mi carrera —continué— nadie me ha pedido algo así. Nunca. Y no es solo una cuestión ética… podría meter en problemas a mucha gente. A usted. A mí. A la profesora Alice.
—Lo sé —dijo Teresa en voz baja—. No estoy pidiéndolo a la ligera.
—Y tampoco sé —añadí— si la profesora Alice está buscando a su familia biológica. O si ya la encontró. O si no quiere saber nada de eso.
Teresa apretó el vaso entre sus dedos.
—Pero si vino a buscarlos —susurró—, esto podría ayudarle. O al menos darle respuestas.
Cerré los ojos un segundo.
Me giré hacia el baño de la sala de profesores.
—Permiso —murmuré.
Entré y cerré la puerta detrás de mí.
El olor a desinfectante seguía ahí, persistente.
Me acerqué al bote de basura y lo miré como si fuera un objeto prohibido.
Esto es una mala idea, pensé.
Es entrometido.
No me incumbe.
Aun así, incliné el bote apenas y tomé la gasa con cuidado, usando un trozo de papel para no tocarla directamente.
La sostuve en la mano.
Había manchas secas. Sangre. No mucha… pero suficiente.
—Esto está mal —susurré para mí misma—. Muy mal.
Pero no la solté.
Salí del baño y regresé a la sala donde Teresa me esperaba, de pie ahora, inquieta.
—Directora… —empezó a decir.
Levanté la mano.
—Escúcheme bien —dije, con voz firme—. Esto no viene de mí. Y usted no sabe cómo lo obtuvo.
Teresa frunció el ceño.
—¿Está diciendo…?
Extendí la mano.
En mi palma, la gasa.
—No sé qué le ocurrió a la profesora Alice —continué—. No sé dónde se lastimó ni por qué. Pero esto es suyo. Y probablemente sea la razón por la que hoy se veía tan mal.
Teresa llevó una mano a la boca.
—Está herida… —murmuró.
—Sí —asentí—. Y no sé de dónde. No sé cuándo. Solo sé que esto… es de ella.
Di un paso más y puse la gasa en sus manos.
—Depende de usted si usa esto —dije—. Y qué decide hacer con lo que descubra.
Teresa cerró los dedos alrededor de la gasa, como si fuera algo frágil… y sagrado.
—Gracias —susurró, con la voz quebrada—. No sabe lo que significa para mí.
La miré a los ojos.
—Sí lo sé —respondí en voz baja—. Y por eso mismo… espero no estar cometiendo el peor error de mi vida.
